lunes, 22 de agosto de 2016

SHEILA LEVINE ESTÁ MUERTA Y VIVE EN NUEVA YORK, Gail Parent





Sinopsis (Libros del Asteroide): Sheila es una chica mona. Su madre dice que es guapísima, claro, pero ya se sabe cómo son las madres. Vive en Manhattan con su mejor amiga, Linda, que es más alta y más delgada que ella.

Sheila no piensa demasiado en el futuro y su vida transcurre como la de cualquier otra chica. Sin embargo, su despreocupación termina el día en que cumple treinta y cae en la cuenta de que no tiene pareja. Sheila intentará resolverlo, pero no es tarea fácil: el que no es gay, se enamora de su mejor amiga; y el que parecía tan buen chico, solo busca ahorrarse el alquiler. Un desastre.

Las decepciones se transforman en desesperación y, en un momento de lucidez, Sheila toma una decisión drástica: suicidarse. Pero antes de hacerlo, tiene que dejar sus cosas en orden y explicar los motivos en una larga nota.

Considerada cuando se publicó, en 1971, como la alternativa femenina al Alexander Portnoy de Philip Roth y a las primeras comedias de Woody Allen, Sheila Levine está muerta y vive en Nueva York continúa siendo la nota de suicidio más divertida que se haya escrito nunca.



Me topé con la maravilla de edición de Libros del Asteroide en la estantería de novedades de la biblioteca. No iba a coger nada, porque tenía pendientes varios, pero le había visto por las redes, con pronóstico favorable, y desde su sitio en el anaquel me hizo ojitos. ¿Quién podría resistirse a Sheila haciéndole ojitos a una?

Me lo llevé, y la verdad es que lo leí rápido. En tres días me había comido la historia de Sheila y su penar por los hombres. Tuvo momentos buenos, pero la sensación general fue de “meh, ¿tanto bombo para esto?”

La historia me pareció un poco patética, y Sheila un personaje patético. Lo bueno de esto es que me creí su personaje, es decir, que está bien dibujado y es profundo, pero no empaticé con ella. Y es que esa búsqueda de marido porque ya tiene 30, y la decisión que toma de suicidarse porque no lo encuentra y no hay ningún hombre bueno en toda Nueva York, ya no digo bueno, sino medio decente, es cansina. Me entraban ganas de gritarle: “¿Y qué? Eres una chica inteligente, sigue tu vida, que casarse no es lo único en el mundo”.

Luego me di cuenta de que había cometido un error. Había juzgado al libro, y a su personaje, con la mentalidad de hoy. O al menos con mi mentalidad. Pese a haber sido criada como una niña (entre otras cosas porque fue mi sexo biológico, y el que sigo conservando, espero que por muchos años) en los años ochenta (con la visión de género que había en aquella época), mi mentalidad al respecto siempre ha sido un tanto… digamos… rebelde. Ya desde pequeña me rebelé contra los vestidos, las muñecas y los lazos. (Cómo odio los lazos). Y el color rosa. Una de mis tías (y esto lo recuerdo muy bien), tuvo la generosidad de catalogarme como “machorra”, y decía, entre sornas, que de mayor me iba a operar para ponerme pene, que en aquel entonces sonaba como a ciencia ficción, pero que lo hacían donde hacían toda la ciencia ficción por los ochenta, en EEUU… Sin embargo, esto no hizo mella en mí, que me encogía de hombros y seguía jugando a lo que tocase.

Cuando fui adolescente, yo siempre decía que no me iba a casar. Mi abuela materna me decía que cómo iba a tener hijos si no, y yo la escandalizaba (pero de verdad, que así es mi abuela) contestando que si quería tener hijos sería madre soltera. Al final resultó que sí me casé y que tuve una hija, aunque en mi defensa diré que me casé por el juzgado… ¡y de morado!

A lo que pretendo llegar es que, a pesar de haberme casado finalmente, nunca fue mi objetivo en la vida. No era el eje central de mi existencia ni muchísimo menos, como lo era de Sheila Levine, y como lo fue para una generación de mujeres. Puede que, incluso hoy día, lo sea para muchas. Bajo mi punto de vista no es algo prioritario, y no me gusta que la sociedad de ahora, que se supone moderna, presione a las mujeres para que siga siendo su objetivo primordial. Obvio que cada cual es libre de escoger su camino, pero me gustaría que este camino fuese libre y no impuesto mediante presiones subliminales.

Por eso hice introspección y juzgué el libro de forma más justa, con la visión que podría tener la propia Sheila.

Una judía, criada por su padre y por su madre, para un único propósito: conseguir a un buen hombre (judío a poder ser), y formar una gran familia con él. Con lo que, nos guste o no, Sheila tan solo es culpable al 50% de su obsesión. Ahí están sus padres y su entorno para el otro 50.

Y teniendo en cuenta esto, además, es el precursor de otros libros que particularmente me han encantado, como puede ser Bridget Jones, Loca por las Compras, o cualquiera de la Familia Walsh. Es el precursor de lo que llaman chick-lit (término que no me gusta, no lo creo exclusivo para mujeres). Y es divertido, también. Si arañas bajo toda esa roña machista y machacona que hacen de Sheila una inútil al estar soltera a los 30 años, encuentras la gracia.

De modo que sí, lo recomiendo, aunque solo sea para gritarle (inútilmente, que no te escucha) a Sheila que efectivamente, es tonta, pero no por lo que ella cree.

viernes, 19 de agosto de 2016

Mamá en Apuros: Arreglos en el hogar



En casa somos un tanto dejados, he de reconocerlo. Este verano hemos querido aprovechar (muy a mi pesar, que me habría pasado todas mis vacaciones de picos pardos) una de las semanas de vacaciones para hacer unos arreglillos en casa, y me he dado cuenta (una vez hechos) de la falta que hacían.

Uno de ellos no ha sido cosa de dejadez, sino de no preguntar en el sitio adecuado. Resulta que nuestro cuarto de baño no tiene ventilación, y desde que somos tres duchándonos se extendió una mancha de moho por el techo que cubre la bañera. Le pintamos encima y volvió a salir. Pregunté en una tienda de pinturas y me vendieron un producto que mata el moho, pero que no lo elimina. Le di, lo maté y lo intenté quitar raspando el techo. Ni con esas. Pintamos de nuevo. De nuevo afloraron las manchas negras. 

En el sitio de pinturas nos dijeron que mal apaño tenía aquello. Que si estábamos seguros de que no era una gotera. He tenido goteras en otras partes de la casa y sí, estoy segura de que no son goteras. Es condensación.

Un día, comprando en el Lidl, nos topamos con un cacharro que absorbe la humedad. No demasiado caro y pequeñito, justo lo que necesitaba para el cuarto de baño. Lo compramos. Y ese fue el principio del fin (del moho). 

Nos dimos cuenta que al poner el deshumidificador después de las duchas ya no se condensaba humedad en el cuarto de baño. Y ahí nos decidimos a volver a preguntar en otra tienda de pinturas. 

Fue entrar y besar el santo. Le dijimos a la señorita que atendía: “perdone, pero tenemos moho en el techo del cuarto de baño y queríamos alguna pintura para taparlo y que no vuelva a salir”. La chica no tardó ni dos segundos en aconsejarnos lo que necesitábamos: un quitamanchas y una pintura antimoho (aquella que me aseguraron en la otra tienda que no exisitía). En dos días tuvimos solucionado el asunto: una para dar el quitamanchas, con lo que el techo quedó blanco inmaculado, y otra para dar el antimoho, con lo que esperamos no volver a tener el mismo problema. 

Tanto sufrir para tenerlo listo en dos mañanas.

Aprovechando el tirón de actividad que nos había dado, decidimos terminar, de una vez, la cocina. 

Hicimos obra en la cocina hará la friolera de diez años. La cambiamos entera, de hecho, la dejamos desnuda, en sus cuatro paredes de hormigón, para empezar de cero. Le sacamos centímetros por donde pudimos (nuestra cocina, como nuestro cuarto de baño, es de dimensiones reducidas). Bueno, nosotros no, los obreros, claro. Por suerte o por desgracia no me ha dado por la albañilería, ni a Papá en Apuros tampoco, aunque poco le falta. Fueron tan buenos trabajando, que me consiguieron el medio metro que necesitaba para poner un lavavajillas, aunque de tamaño pequeño. Pero menudo servicio hace. 

Peeeeerooooo, hubo una cosa que se quedó sin poner: la salida de la campana. No me acuerdo ya por qué fue o por qué no, el caso es que ya no les dio tiempo y Papá en Apuros, tan servicial él, dijo que no pasaba nada y que eso no tardaba él nada en ponerlo.

Nada. Diez años de nada se ha tirado la campana sin salida. Y menudo circo montamos para ponerla. Lo primero, la visita de rigor a la tienda de bricolaje. Nos fuimos al Brico Depot, que es más barata que el Leroy Merlin, quizás porque no se preocupa de la imagen y sí de los precios. En el Leroy parece que estas en el Corte Inglés de la ferretería, aunque el Corte Inglés tiene el suyo propio, y por los precios pues parece que también. Compramos tubo flexible, una unión, y una sección de tubo rígido para completar, aunque creíamos que no nos haría falta.

Cuando llegamos a casa nos dimos cuenta de que el tubo no nos valía, la sección de unión era de un diámetro menor que el agujero de la campana. Otra vez de vuelta a la tienda.

Ya con todo listo, nos pusimos manos a la obra. Para acceder a la zona del techo tuvimos que quitar la nevera… ¡Y aquello se convirtió en una película de terror! ¿De dónde sale tanta grasa, por favor? Después del impacto visual que supuso aquello, dejé a Papá en Apuros que se pegara con el tubo flexible para llevarlo hasta la campana mientras yo cogía el KH7 y me liaba a bayetazos con la suciedad. 

Que a ver, no es que una sea muy limpia (ya lo sabéis de otros post), pero sí que intento que todo esté lo más decente posible. Afortunadamente el quitagrasas es poderoso y no tuve que frotar mucho, pero sí visualizar los churretes de grasa cayendo por las paredes, y he de confesar que aún tengo pesadillas. 

Pero lo peor vino después. Cuando tuvimos que poner el tubo que va hacia la calle. Aprovechamos la suerte de que el tubo que compramos, más estrecho, cabía dentro del que ya estaba puesto, pero antes hubo que echar a los inquilinos.

El nido. Llevamos con un nido allí dentro varios años. Cuando empieza el otoño escuchamos ir y venir a los pajaritos, suenan sus patitas por dentro del tubo y luego se van. En primavera se les siente salir a todos, volando. Pero, por muy divertido que resulte, no los queremos allí. 
Afortunadamente no había pajaritos en el nido


Tras probar infructuosamente varios métodos, en los que Papá en Apuros casi pierde un ojo bajo un montón de guarrería, decidimos echarlo al patio utilizando un trozo cuadrado de plástico de protecciones que teníamos por ahí (cosas de la vida). En el primer intento cayó una lluvia de pajitas al patio, y al mirar hacia abajo nos dimos cuenta de que el vecino (es un chico) del bajo tenía ropa tendida. 

Dudamos. Quisimos ser malos vecinos, tirar el nido y luego hacernos los longuis, pero nos pudo la buena educación que ambos recibimos. De modo que bajé a avisar, y el vecino, muy amable, quitó la ropa. 

Ahí tuvimos vía libre. Metimos el plástico, que ocupaba casi todo el hueco, y empujamos con un palo. Papá en Apuros empujaba mientras yo miraba por la ventana para comprobar que cayera entero. Y sí, entero cayó, un pedazo de nido inmenso, y tuvimos la enorme puntería de colarlo en el barreño que el vecino se había dejado en el suelo del patio. 

Ya con la vía libre, terminamos los empalmes y volvimos a colocar la nevera en su sitio, ya limpito todo.

Había sido un día productivo, pero llegó la hora de irse. Tenemos más arreglos que afrontar, pero como son más recientes, creo que pueden esperar un poco más, que estoy de vacaciones. Espero que no sean diez años…

A la que nos bajamos a la calle, a sufrir disfrutar del infierno calorcito, decidí terminar de ser buena vecina, y pasé por el patio a tirar el nido. Me vino genial que tuviera allí el barreño, ya que así no tuve que tocar la guarrería que era el nido con las manos. Me dio pena infinita ver un cadáver de pajarito allí, pero me alegré de que ya no estuviera en mi cocina. 

Al tirarlo a la basura pensé que este invierno echaré de menos a los pequeños visitantes.

lunes, 8 de agosto de 2016

Yo, Claudio de Robert Graves




En el comedor de casa de mis padres había un montón de libros. Qué digo, en casa de mis padres había un montón de libros. Creo que en el único sitio donde no había libros era en la cocina (y ahora que lo pienso, ahí estaba el de 1080 recetas de cocina…) Mi padre era encuadernador y no sé si es que les daban los libros excedentes o se los llevaba él, el caso es que teníamos hasta títulos repetidos.

¿Cómo no íbamos a ser lectores en casa?

A lo que iba, en el comedor de mi casa había colocados, junto a la tele (y en las estanterías de encima, y dentro de las puertas del mueble) un montón de libros. Uno de ellos era este Yo, Claudio.

Y supongo que a base de verlos cada día de mi vida, a la hora de desayunar, comer, cenar, y en las horas de asueto de ver la tele, pues como le que cogí algo de inquina. No me llamaban nada esos libros. No me llamaban con cantos de sirena, o tal vez lo que pasaba era que tenía tan escuchados esos cantos que ya ni me inmutaba. Por un oído me entraban y por el otro, sin hacer conexión mental, me salían. Alguna vez los abría, los ojeaba y los volvía a dejar. 

Por eso cuando tocó en el Club de Lectura esta historia del emperador romano hice un mohín de fastidio, a la par que me invadió la nostalgia. Lo de la nostalgia quizá de para un mamá en apuros, porque no sé si será la edad, o las ausencias, que cada vez se me tiñen los recuerdos de un sepia de película…

Fastidiada o no, comencé la lectura. Una lectura que me pareció eterna. De hecho, acudí a la cita mensual del club sin haber completado la novela. Me pareció una lectura farragosa, lenta, costosa, con muchos nombres y con una sucesión de hechos en algunos momentos inconexos, pero la resolución final (que voy adelantando) es que mereció la pena.

Siempre me ha interesado la historia de Roma, recuerdo retazos del instituto, donde di una asignatura que era Mitología griega y romana (al final la romana es una copia de la griega), y tras leer Yo, Claudio despertaron en mí muchos recuerdos.

Al parecer Robert Graves basó su novela falsamente autobiográfica, en hechos reales. O casi. Vamos, se documentó, y de distintos legajos supervivientes al paso del tiempo, fue tejiendo la historia de este emperador que lo tenía todo en contra, hasta a su propia familia, que nunca le quiso.

Quizás lo que más llame la atención de la vida romana de la época es lo exageradamente brutos que resultaban. Entiéndase brutos como faltos de lo que hoy consideramos humanidad. No tienen reparos en matar, ya sea a adultos o incluso a niños, y jalean la violencia de modo que hoy día nos causaría vergüenza. Por lo menos a algunos, porque hay una gran parte de la humanidad que no ha superado la fase romana.

Pese a la cantidad de nombres que componen el árbol genealógico, pese a lo lioso de la historia, y lo lento de su lectura, es un libro que me ha cautivado. Si no fuera por eso no habría podido terminarlo. La historia que narra al final te atrapa en sus garras de acero, y sufres con la crueldad de cada emperador, con la eficacia de manipulación de la abuela de Claudio, Livia, a la que no le temblaba la mano para envenenar a quien se pusiera entre ella y el Imperio. Pero lo que más me impresionó fue la locura de Calígula. Sabía que era malo, pero no que estuviera tan loco…

No es una novela fácil, la verdad es que no me extraña que no me atreviera con ella cuando pasé de leer infantil-juvenil a cualquier género que se pusiera en mis manos, allá por los quince años. No era edad, y yo tuve mucho pavo para comprender que una narración difícil puede esconder una gran historia. Pero ahora ya lo voy comprendiendo. Poquito a poco, que aún me queda algo de pavo (caducado, sí, pero pavo al fin y al cabo).

Aquí os dejo un vídeo de la serie que realizaron para la televisión:




Por ello no puedo por menos que recomendar Yo, Claudio, con la advertencia. Es un esfuerzo, pero merece la pena. Sobre todo si os interesa (como a mí) la vida romana. No tiene desperdicio.

viernes, 5 de agosto de 2016

¡No estoy gorda, estoy fuertecita!



A ver, que no estoy gorda. Estoy, como decía Cartman, fuertecita. Y además soy de huesos anchos. Es un hecho que no estoy en mi peso ideal, tomando como peso ideal la última vez que estuve sanísima y feliz de la vida con cualquier cosa que me pusiera. Y sin dolores de espalda ni de rodillas. Pero las personas somos animales de costumbres, y en un descuido, dejas de comer sano y vuelves a vicios nada saludables. Aun así, no me conservo mal, pero es verdad que mis michelines me hacen sentir incómoda.

Reconozco que es un problema mental. Pero sshhhhh, no se lo digáis a nadie, a ver si me va a escuchar algún especialista y me va a internar en un sanatorio. Siempre me ha pasado, me he visto más gorda de lo que realmente estoy, por lo que últimamente trabajo casi más la parcela mental que la física. O al menos lo intento. Es de sobra conocida mi incapacidad para controlarme cuando me ponen algún dulce delante. No lo puedo evitar.



El caso es que este verano, no sé por qué, lo estaba llevando especialmente mal. Arrancó en Madrid con temperaturas dignas de una ola de calor, con casi ningún día de descanso. Mi cuerpo en plan vago, que no quiere correr con estos calores, y yo más vaga aún, que de quince días que me propuse levantarme temprano para salir a correr lo conseguí cuatro. Aunque cada uno de ellos lo celebré como una victoria.

Es curioso cómo funciona mi organismo. Me levanto a las 6 de la mañana, con la fresca pero queriéndome morir (y eso que estoy acostumbrada a madrugar tanto, y más, pero jamás me levantaré con alegría a esas horas), ganas que no se me pasan hasta los primeros trescientos metros, más o menos; pero aún así, consigo terminar unos decentes 6 o 7 km. No muy rápidos, no estoy en forma, pero pasables. Y no me hago más porque se me hace tarde para ducharme y comenzar el día, si no me hubiera atrevido algún día con los 10 km. Pero luego salgo una tarde, a las 20 horas más o menos, por una zona que hay sombra durante todo el día y casi no consigo terminar los 3 km. Y en un estado más que lamentable. Una vergüenza.

Esa falta de ejercicio, sumada a una alimentación un tanto arbitraria, han hecho de mi cuerpo un campo de michelines. No me veo bien con nada de lo que hay en mi armario, que ya es mucho decir. Tengo bastante ropa, pero me he dado cuenta de que o tiene muchos años o tiene poca talla.

Sobrevivo como puedo hasta mis vacaciones. Pantalones porcosos y camisetas que marcan barriga prominente. O monos marca tripa, que yo barriga siempre he tenido mucha pero lo de la tripa es algo nuevo. Decido no mirarme ni en el espejo, para no horrorizarme, aunque no puedo mantener mi promesa. Todas las veces acabo haciéndole burla a la imagen del otro lado. Y lo peor de todo: no me puedo poner vestidos fresquitos porque me rozan los muslos. Cuando voy a echar el paso se quedan atorados entre sí, lo que provoca que ande como una jinete que ha perdido su caballo.

Creo que esto se notó en mi carácter. Estaba más agria, incómoda por el calor que tengo e incómoda con la vestimenta. Solo soy feliz en la piscina, por contradictorio que parezca. Porque sí, en la piscina estoy en bikini (hace ya tiempo que decidí pasar del bañador), pero me remojo y estoy fresquita. Y dentro del agua estoy como más ágil. Además de que con MiniP me divierto mucho, este año aún más, que ya sabe nadar un poco.

La semana previa a irme de vacaciones me compré algo de ropa. En un ataque de locura me compré unos shorts vaqueros, dos monos, uno de tirantes y otro sin ellos y un par de camisetas de tirantes finos. Y, la locura total: talla 42.

Esta imagen la he sacado  de We Lover Size, que es un blog muy recomendable, por cierto.


Llegué a casa, me lo probé todo y comprobé que me quedaba justo. “Solo un poco de ejercicio”, me dijo mi marido. Y le hice caso y no lo devolví.

Y sí, me volví a tomar lo de correr un poco en serio, y a salir en lugar de quedarme durmiendo, pese a que empezaba las vacaciones. Hice las maletas, metí toda la ropa nueva y la de deporte, y nos vinimos a Asturias, desde donde estoy escribiendo el post. Y fue venir aquí, bajar el termómetro casi diez grados, ver paraíso natural allá donde mire y todo cambió.

Para empezar, estamos andando mucho. Desde donde estamos hay muchos caminos y los estamos recorriendo todos con la peque. Pero es que también estoy saliendo a correr por las mañanas. No tengo que madrugar tanto, con ir a las 9 basta, y aunque hago pocos kilómetros se convalidan porque hay unas cuestas importantes.

Y mi actitud es completamente opuesta. Ahora no estoy enfrentada a mi cuerpo. Ahora me gusta. Y posiblemente tenga la misma barriga prominente que antes de venir (al fin y al cabo la alimentación sigue siendo la misma, o casi peor), pero ahora me da igual. 

Y los vaqueros, los shorts, se han convertido en mi prenda favorita. Me quedan bien, tirando a justitos pero no aprietan mucho (parece que lo que he hecho ha sido deshincharme), pero me encanta verme las piernas desde arriba. Tengo celulitis, lo sé, pero lo que también tengo es que se me nota el músculo del muslo, y eso me gusta. Estoy fuerte. No fuertecilla. Estoy fuerte.

Sé que posiblemente mis problemas mentales vuelvan con el calor, pero de momento estoy disfrutando. ¿Michelines? ¿A quién le importa? A mi no, desde luego…