viernes, 18 de agosto de 2017

Mamá en Apuros: Y llegó el cansancio



La doctora me dijo que el tratamiento que iba a llevar las pacientes lo solían tolerar bien… Hasta que llegaban al final, que se hundían. Un poco. No era una quimio muy agresiva, por lo que los efectos secundarios no serían muy terribles, pero iba combinada con la radio externa TODOS LOS DÍAS, y luego la radio interna, de la que hablaré en otro momento… La mezcla de todos los componentes daban como resultado un cóctel molotov de cansancio.

Y la doctora, como persona inteligente que es (y que debe haber visto casos como el mío a cientos), no se equivocó.

Recuerdo la primera semana de la quimio. Comenzó un viernes, y aunque no es como si no hubiera tenido nada, no me afectó mucho. Hasta el domingo. El domingo empezaron las náuseas, y el lunes fue apoteósico. Era como si estuviera en un barco metida, solo que el suelo bajo mis pies no se movía. El domingo tomé una ducha, aguantando estoicamente el revuelto de estómago, hasta que me dije: “¿Acaso soy gilipollas? ¿Por qué no voy a tomar el medicamento que hay contra las náuseas?” Y en cuanto salí del baño fui a la cocina a por él.

Estábamos en la casa de retiro de mis suegros, en la sierra, y desafortunadamente no soy la única enferma de cáncer de la familia. Mi suegro anda a la lucha con su Voldemort particular, por lo que su botiquín estaba bien surtido de medicamentos que me podían hacer falta. Como es el caso del Primperán, cuyo nombre conocen bien las embarazadas, y como acababa de descubrir, las personas en tratamiento quimioterápico.

Era un jarabe y tenía que tomar una cucharada. Y sin haber estudiado farmacia, enseguida supe cómo funcionaba el puñetero jarabe: con tal de no tomar más te quitaba las náuseas y lo que hiciera falta. ¡Qué cosa más amarga y asquerosa, por favor! En cuanto volví a casa lo compré en la farmacia, pero en pastillas.

De las seis sesiones, en cuestión de náuseas, esa fue la peor. Hasta la cuarta sesión semanal de “chute” lo estuve tolerando más o menos bien. Revuelto de estómago y algo de cansancio, pero salía a andar casi todas las mañanas una hora. Había días que luego volvía, me sentaba con las piernas en alto, y ya no me daban las fuerzas para levantarme más hasta que tocaba ir a por la peque al cole. Para eso he sacado hasta de dónde no tenía. Pero daba igual, me había movido, me habían dado las fuerzas para eso, y luego para atender a MiniP, aunque solo fuera la atención básica (comida; ¿qué me enseñas?, es precioso; ¿quieres ver dibus?). Lo justo para no sentirme peor madre de lo que suelo ser…


Pero llegó la penúltima. La quinta sesión de quimioterapia. Y yo que quería que fuera la última, por favor que me diga que no hay más. Los análisis previos daban unos niveles justitos, pero normales teniendo en cuenta el tratamiento, por lo que me dieron “el chute”. Y esa semana no levanté cabeza.

Ya esa quinta semana no fui a andar. Por suerte se había terminado el colegio, y aunque había apuntado a MiniP al campamento urbano, me dieron las fuerzas para llevarla, al menos de martes a viernes. Los lunes eran mi peor día, me costaba levantarme de la cama, y si MiniP estaba dormida, no hacía ni el intento. 

Llegué a creer que había tocado fondo, en lo que a cansancio se refiere. Pero el jueves tuve braquiterapia, y me levanté con sensación de escozor al ir al baño. Y me mandaron antibiótico para tratar la infección de orina. Hasta ahí bien. Pero era un antibiótico de dos días, y el viernes tocaba también chute de quimio, la última, ahora sí, por lo que la medicina se perdió en el torrente de la química que me metieron para el cuerpo, y cuando quise llegar al lunes no tenía ni fuerzas para pestañear. 

Me mareaba con solo ponerme en pie, y para ir del sofá al baño tenía que agarrarme a lo que pudiera: sillas, la mesa, la pared… Y yo que creía que había tocado fondo la semana anterior… ¡Esto sí que era aniquilación total! 

Pensé que el miércoles o el jueves estaría mejor, teniendo en cuenta el histórico de las otras semanas, pero llegaron y mis fuerzas no aparecían. De repente, y a pesar del calor, me convertí en un lirón: echaba siesta y luego me acostaba a las diez como muy tarde. Y del calor casi ni me enteré, estaba destemplada casi de forma constante.

Esa semana además terminé con la radio externa (no lo celebré ni por dentro, no tenía energía, pero me alegré mucho), y tendría la tercera sesión de braquiterapia (radio interna), lo que significaba que en dos semanas terminaría todo. Mi cerebro tenía la fiesta organizada, pero mi cuerpo se negaba a colaborar.

De nuevo nos fuimos el fin de semana a la sierra, pero ni con la comida metida por un embudo (mi suegra es de las que cree que todo se cura comiendo) levantaba cabeza. La pasé a la sombra, y me metí en la piscina una sola vez. Y de hecho me metí, me salí y me fui directa a la ducha. 

El domingo, por hacer algo diferente, nos fuimos a comprar el pan al pueblo de al lado, y a ver la iglesia y la calle principal. No, no hice un tour turístico, era una calle de apenas cien metros, la recorrí a tramos, vi la iglesia (me encantan las iglesias, pero no por su significado de fe, sino como elemento arquitectónico) y la recorrí de vuelta a tramos también. Iba floja de energía, casi arrastrando los pies. Venga, vale, confieso, sin el casi. Iba arrastrando los pies, y aunque mi imagen así no lo refleje, por dentro me sentía como un zombie de los de The Walking Dead (un zombie lento). El caso es que mi imagen exterior en casi ningún momento se ha reflejado el interior: excepto algún caso de palidez extrema, no he parecido enferma…

Llegamos a la casa con el pan, y yo con escalofríos. Entré, me tumbé en la cama, y me arropé. ¡Me arropé! Con casi 40 grados de temperatura exterior, que parecía el puto infierno en la tierra y yo arropada. 

Vino Papá en Apuros y me hizo la típica pregunta tonta: “¿Tanto frío tienes?” En serio. Si no lo tuviera, ¿me estaría arropando con el apocalipsis del calor desatado? Al cabo de un rato, y viendo que el frío no se pasaba, me fui para afuera, no sin antes coger una chaqueta. A la que salía mi suegra: “Uy, con chaqueta. ¿Tienes frío?” “No, es que me hace juego con los ojos”, contesté. Ya sé de dónde ha sacado Papá en Apuros la manía de las preguntas tontas. (Para ser justa, he de decir que suelo hacer bastantes de esas preguntas yo también, pero ahora no estamos hablando de eso, ¿no?)

Después de un rato a la sombra, pero bajo el calor abrasador, me había quitado la chaqueta. Pero la piel me ardía y no me encontraba nada bien. Me metí para dentro, no es que la casa fuera muy fresca, pero se estaba mejor que fuera, y viendo que seguía teniendo frío, decidí ponerme el termómetro. 38,5 grados estaba soportando mi cuerpo. 

Qué contrariedad. Ahora tendríamos que ir a urgencias… 

Pero esa historia la dejo para otro momento.

viernes, 11 de agosto de 2017

Mamá en apuros: Primer día de tratamiento





Nunca me ha gustado esperar. De pequeña quería ser mayor a toda costa y me agobiaba pensando en todo el tiempo que tendría que esperar para que eso sucediera (y ahora me gustaría volver atrás y darme dos leches y paralizar el tiempo en algún momento feliz). Cuando me quedé embarazada (y este es un recuerdo que tengo muy vívido), recuerdo que me senté un día en el sofá de casa, me toqué la tripa aún plana (¡ja!, nunca he tenido la tripa plana, a quién quiero engañar, me toqué el michelín), y pensé en lo largo que se me iba a hacer todo, hasta que naciera MiniP (y ahora me gustaría volver atrás en el tiempo y… bah, no, no me perdería por nada del mundo a MiniP, la verdad, pese a que no todo ha sido un camino de rosas). 

Y, aunque esto sea casi spoiler porque cuando lo estoy escribiendo ya he terminado el tratamiento, cuando por fin llegó el primer día de tratamiento, pensé que se me haría larguísimo. Y en efecto, se ha hecho largo, pero también ha terminado.

Porque si una cosa buena tiene esperar, es que nunca esperas eternamente.

Y ahora vuelvo al punto del pasado en el que la eterna espera por el primer día de tratamiento terminó, y llegó aquel viernes que era el principio del fin de Voldemort. 

Nos dieron cita a las nueve y media, con lo que nos dio tiempo de llevar a MiniP al colegio. Yo me levanté echa un manojo de nervios. De verdad que no sabía en qué iba a consistir, y sobre todo me preguntaba si antes de quitarme la vía del brazo ya se me habría caído el pelo (pese a lo que dijera la doctora, yo no las tenía todas conmigo). Papá en Apuros tampoco sabe manejar muy bien los nervios, y aquella mañana se levantó refunfuñando, de manera que ya me puso de mala hostia desde primera hora. Fui al colegio con los morros de aquí a Lima, y con ganas de llorar.

Pero conseguí no hacerlo, aunque le regalé a mi marido el silencio todo el camino hasta el hospital. De hecho me duró el enfado hasta que me sacaron la sangre, y luego nos tuvimos que ir a la cafetería a tomar un café, y luego dar un paseo porque teníamos como hora y media (o más, ya no lo recuerdo bien) hasta la consulta. Con el café se disolvió la mala leche, y ya solo quedaron los nervios.

La doctora me felicitó por los análisis, era muy bueno partir de una analítica tan alta (estaba como una rosa, solo que con cáncer, no como ahora, que ya —es más que probable— que no tenga cáncer pero estoy de puta pena)y yo me sentí como una niña que saca todo dieces. Me volvió a explicar en qué consistiría el tratamiento, los efectos secundarios, y dejó abierta una ventana a preguntas, y me dijo que estaba lista para recibir el cisplatino (la quimio) en cuanto estuviera preparado de farmacia. 

Otra hora y media por ahí perdida. Y era algo que se volvería habitual.

Cuando por fin pasamos al hospital de día y me sentaron en un sillón estaba tan espídica a causa de los nervios que a punto estuve de salir corriendo. Solo que si salía corriendo Voldemort iba a estar cómodamente instalado en mi cérvix durante el tiempo que le diera la gana, y encima se podría ir de vacaciones a cualquier parte de mi cuerpo, de modo que me senté y dejé que me enchufaran.

Las enfermeras vinieron y me explicaron muy amablemente el funcionamiento del sillón (súper cómodo) y en qué iba a consistir el tratamiento: suero primero, medio litro, para hidratar; luego dos bolsitas pequeñas de pre-medicación; la bolsa del veneno (como ellas mismas lo llamaron) de nuevo suero y para casa. 


Según comenzó a pasar el suero por mi vena, me relajé. Y ya relajada, se pasaron las tres horas y media mucho más rápido de lo que pensaba en un principio.

Tenía instrucciones de acudir al hospital de la Princesa según terminara con la quimio, para empezar con la radio externa. También tenía instrucciones de ir con la vejiga llena, por lo que primero de todo, antes de salir del hospital de día, fui al baño (tenía una hora para llegar a la Princesa, más o menos), y lo segundo que hice fue coger una botella de agua de litro y medio e ir bebiéndola por el camino.

Cuando quise llegar, ya tenía necesidad de ir al baño, pero me cogieron enseguida, me explicaron instrucciones, y me dejaron esperando un poco. Poco, como cinco minutos, que a mi se me hicieron un milenio. La vejiga me daba toques de atención a cada rato, recordándome que su capacidad era limitada, y que yo la estaba sobrepasando. Por mucho que hubiera ido al baño donde la quimio, me habían puesto un litro de suero directamente en vena, y yo había bebido lo equivalente a un embalse. 

Antes de que pudiera rendirme e ir al baño, me llamaron para entrar. Me tumbaron en la camilla y un cabezal enorme se puso sobre mi. 

Les advertí a los técnicos —un chico y una chica muy jóvenes, tan atentos que el chico, muy pudorosamente, me puso un papel para taparme el monte de venus— que estaba al límite de mi aguante, y me dijeron que era cosa de diez minutos. Pero que si tenía necesidad que levantara la mano.

Respiré hondo y acepté. 

— Que sea rápido, por favor.

— Como las balas — me contestaron.

Efectivamente, enseguida noté cómo la máquina se ponía en marcha. No daba claustrofobia, ya que es abierta, además, mi cerebro estaba demasiado ocupado con la alarma que se iluminaba en intermitente rojo, advirtiendo que quedaban escasos minutos, puede que segundos, para que tuviéramos una inundación. Cuando empecé a sentir que el dolor se hacía insoportable, levanté la mano.

Inmediatamente (lo que tardó en abrirse una puerta de acero del grosor de un campo de fútbol por lo menos, en la que en ese momento, entretenida como estaba con el nivel de mi vejiga no pensé, pero que me daría entretenimiento en sesiones posteriores), apareció el chico y me dijo que me quedaban dos minutos. Dos minutos. Pero que si iba al baño ahora tendría que esperar otro buen rato a que se me volviera a llenar la vejiga. Respiré hondo de nuevo, y le insté a correr.

Dos minutos después volvió a abrirse la puerta y yo no salté de la camilla porque estaba muy alto. Además, me dijo el chico que me tenía que marcar tres puntos de tatuaje de referencia. ¿Otros tres? Le dije que ya los tenía.

— Ya, pero esos son los primeros, ahora los que te marquemos serán mucho más precisos.

Cogió una aguja, la inundó de tinta y allá que fue con ella.

— Ten cuidado donde me marcas que te sale un chorro de orina. Estoy que exploto.

El técnico rio.

Después de marcarme los tres puntos de rigor, en el mismo eje que los anteriores pero mucho más abajo (tan abajo que el del centro, que el de arriba está por encima del ombligo, no se ve ni con un minibikini), me dejó libre para ir al baño.

Salí corriendo (ainss, aún tenía energía entonces…), y no esperé ni a vestirme. Como no me había descalzado salí a la sala de espera, que había que cruzar para ir al baño, desnuda de cintura para abajo, tapada únicamente por una bata de papel azul de cuya opacidad tengo mis dudas. No me lo pensé, ni en este momento me arrepiento, creo que no he sentido jamás hasta ahora una sensación de liberación más potente que la de aquella tarde, cuando por fin pude vaciar la vejiga.

Pensé, a la vuelta hacia el coche, que con 24 sesiones más por delante seguro que mejoraría en eso de controlar lo de llevar la vejiga llena. Y no, no me equivoqué. Un mes y pico dio para un máster por lo menos.

Pero el primer día ya estaba superado.

viernes, 4 de agosto de 2017

Mamá en apuros: Citas, esperas y tratamiento



Después de tantas esperas, de la operación, de la postoperación, de las citas y un lío que hubo en mi hospital de referencia, por el que gracias a una administrativa que recoge las citas me hizo creer durante unos días que mi expediente ya no estaba allí, con la ansiedad que este hecho provocó en mí, después de que le tuviera que dejar los papeles y salir corriendo por no arrancarle la cabeza, y comerme el te lo dije cuando me llamó para darme la cita, después de todo eso, llegó el día en que tenía que ver a mi oncóloga por primera vez.

Bueno, allí nos plantamos Papá en Apuros y yo, con nervios y algo más… Tenía una sensación en el fondo del estómago que no era del todo buena, una premonición, algo no tenía que ir como debía. Estuvimos en la sala de espera un cuarto de hora cuando, de repente, una bombilla se me iluminó. Fue como un pinchazo. Como en los dibujos animados cuando el personaje salta con una bombilla encendida dibujada sobre su cabeza y gritando: “¡Eureka!”. Solo que yo no grité eureka, sino que susurré mierda cuando saqué el móvil y vi el mensaje de la cita.

No era ese día. Me había confundido.

Por suerte me había presentado un día antes, y no había perdido la cita. Papá en Apuros me quería matar o algo así, por la mirada que me echó. Había perdido de trabajar para nada, solo porque se me había metido que ese día era día 3, cuando en realidad era día 2. (Por lo que realmente no es que me confundiera de cita, sino de día de existencia, y es que no tengo calendarios en casa).

Pues nos fuimos a casa.

Y por fin, al día siguiente, llegó el día de la cita con la oncóloga, donde me explicó muy bien en qué iba a consistir el tratamiento, dónde iba a ser, y me instó a preguntarle dudas. Salí muy tranquila (mentira, salí igual de nerviosa que entré, tranquila solo en un aspecto) porque me dijo que era muy probable que no se me cayera el pelo (cosa en la que acertó. Ahora que lo pienso, acertó en todo). Puede parecer una tontería, pero era la pregunta que más me hacía MiniP, y lo que más me preocupaba (después del índice de supervivencia, claro). Me parecía que sería un impacto psicológico muy fuerte, que además de a mí, afectaría a la peque, y por nada del mundo quería que MiniP se viera afectada más de lo imprescindible.

Para variar, salí de la consulta con más tiempo de espera. Mi tratamiento consistiría principalmente en radio externa y una dosis semanal de quimio. El problema es que mi hospital no tiene servicio de radiología, por lo que esa parte me tocaría en La Princesa. Y me tenían que llamar de allí para una consulta inicial, y luego esperar otra vez a que me dieran el día de comienzo. 



Y yo lo que quería es que empezara todo ya, para poder empezar a tachar días en el calendario y terminar cuanto antes. No soporto esperar, y el karma me ha dado de esperas más de dos tazas. 

Pero esta vez tampoco tuve que esperar mucho, al cabo de pocos días me llamaron, y tuve consulta con el doctor de radio.

Me encontré con un señor raro, pero raro bueno. Es como si fuera tímido, pero sin embargo me explicó las cosas muy bien explicadas, y ya me dio fecha de inicio del tratamiento. Me contó más exhaustivamente en qué consistiría la radio externa, y me dijo que me darían también cinco sesiones de radio interna, una semanal, que no podía coincidir ni con quimio ni con la radio externa. Esto lo cuento porque más adelante cobrará importancia. Sabía que no sería cómodo, pero… Mejor lo dejo para otro post.

Salí de allí con la recomendación de que cuando fuera a la radio externa tendría que ir con la vejiga llena, que antes me llamarían para un tac para delimitar los puntos de referencia (que fue en esa misma semana, y me marcaron tres puntos con tatuaje), y que me llamarían para empezar, pero que sería aproximadamente el viernes, el lunes o el martes venideros.

Total, salí ya con el estómago encogido de los nervios de lo que vendría, que ya se acercaba la verdadera prueba.

Pero aún tendría que esperar (¡más!) hasta que me llamaran por teléfono para concertar la cita en firme.


¡Dios, dame paciencia, porque si me das fuerza me los cargo a todos!

viernes, 16 de junio de 2017

Mamá en apuros: DES-PA-CI-TO (La canción del verano se ha escrito para mi)




Si no me habían operado más que una vez, solo había tenido una ocasión para probar lo que era la convalecencia. En aquella ocasión, con 13 años y de vacaciones, unos padres demasiado histéricos velaron por mi bienestar, impidiendo que entrara en la playa, que me tocara los puntos, o que me sentara al estilo indio. ¡Pero si yo estaba bien!

Pero ahora… Ahora tenía 38 años, a apenas una semana de cumplir 39, y no iba a permitir a nadie que me dijera dónde tenía el límite. A nadie excepto a mi propio cuerpo, claro que sí. Ese es el más sabio y el que más pies me ha parado en esta post operación.

— Cuerpito mío — le decía yo, cariñosa, porque ya se sabe que se cazan más moscas con miel que con vinagre — ¿Tendrás a bien dejarme salir a la calle sin marearme?

— Dormir. — Contestaba mi cuerpo, con su dicción del paleolítico.

Y yo, que soy una chica obediente, me iba a dormir.

La verdad es que lo pasé fatal los primeros días. Tenía la barriga peor que cuando salí con un bebé del hospital (va a hacer ya 7 años), más hinchada y más dolorida. Era como si me hubiera comido tres cocidos seguidos y no hubiera echado ningún gas. El horror.

Pero para el día de mi cumpleaños, el lunes siguiente al alta, ya estaba algo mejor. Al menos no me mareaba y el cuerpo pedía algo más que dormir. No mucho más, no se nos fuera a ir la pinza, pero al menos pude pasear. 

Hay que ver cómo se te queda el cuerpo después de no moverte. Te duele todo. La barriga por lo obvio, pero también la espalda, las piernas, hasta el nacimiento del pelo. Y me dije que la barriga no me quedaba más remedio que me doliera, ahí es por dónde habían entrado y sajado, pero que lo demás no me tenía por qué doler. 

Mi cuerpito me respetó y además de dormir consintió en pasear.

Pero tampoco muy deprisa. 

Nada deprisa.

Nada de nada deprisa.

Hay un parque donde vivo que hace un circuito cerrado de unos 900 metros, con pinos plantados y además algún puesto de ejercicios. Como barras laterales, o para hacer abdominales. Está muy bien, aunque podría estar mejor si hubiera sombra en todo el circuito. Allí que me he estado yendo cada mañana, según dejaba a MiniP en el cole, a dar mis vueltas. La primera semana dos vueltas, y a pasito corto.

Que a ver, sé perfectamente que estoy convaleciente, soy consciente de lo que eso conlleva, pero mi cabeza va por libre, y el cerebro se siente bien, y recuerda. Recuerda cuando era capaz de correr a 6 minutos el kilómetro. Que para los “pros” no es mucho, no lo voy a negar, pero para mí era como Usain Bolt. Porque antes de la operación estaba corriendo un minuto por encima. ¡Por encima! Y aún así ahora lo echo de menos. 

Porque es muy triste que tú, que has volado como el viento, te veas ahora adelantada por una anciana con andador. 



¡Verídico! Allá que iba la señora, con cara de velocidad incluida, y casi la pude escuchar hacer con la boca: “ñiaunnnn” al adelantarme. Luego se giró para verme, se ajustó sus gafas de piloto, y los guantes, y me guiñó un ojo, para seguir su camino a toda velocidad. Bueno, puede que lo haya adornado un poco, no voy a decir que no. No llevaba guantes.

Pero mi cuerpo no quería ir más deprisa, y no le quería presionar, no fuera a ser que me volviera a pedir dormir todo el día, por lo que me resigné, y cada vez que la señora anciana con andador me adelantaba, yo sonreía y saludaba con la mano. Mientras, por dentro, me cagaba en el andador, en la señora y en Usain Bolt. Que él tiene la culpa de todo. Hombre, ya.

Pero poco a poco se consiguen las cosas, y si durante dos semanas tuve que hacer solo dos vueltas, a la tercera ya pude aumentar a tres, e incluso cuatro. Y la velocidad fue aumentando sola. Correr aún no, pero no puedo evitar ser mala: ahora me pongo delante de la señora y la voy picando, pero como he aumentado mi velocidad, nunca me coge. 

Es un placer perverso, pero ahora vivo con miedo a pasar junto a una anciana con andador por la calle, no vaya a ser la del parque y me pegue con el andador en la cabeza. Se le veía en la cara que tiene mal perder…

viernes, 9 de junio de 2017

Mamá en apuros: La primera batalla





El cielo se tiñó de rojo justo un segundo antes de que sonaran todas las alarmas.

La soldado de infantería 835697 miró hacia el horizonte y frunció el ceño. 

— ¡Vamos, vamos, 835697! — Escuchó tras de sí. 

— ¡Esto no es un simulacro! ¡Repito! ¡No es un simulacro! — se escuchó por la misma megafonía que se escuchaban las alarmas. 

Las luces del hangar se apagaron y se encendieron las de emergencia, al unísono con los bocinazos de las alarmas. Todo se tiñó de rojo y amarillo. 

La soldado de infantería 835697 se estremeció por un instante, lo que tardó su adrenalina en correr por si torrente sanguíneo. 

— He nacido para esto. — Casi se gritó a sí misma, y se puso el casco blanco. 

Corriendo salió del hangar junto con miles de compañeras y ocupó su lugar, en posición defensiva, en el frente de batalla. 

Frente a ellas estaba el mal. El Mal. Al que llevaban combatiendo meses, pero que no habían podido contener. Dónde él estaba el cielo era más negro. Conforme avanzaba dejaba tierra yerma a su paso. Se había cobrado miles de vidas de soldados como ella, que se entregaron gustosas a la causa, pero que la soldado 835697 sentía muertes vacuas, pues no habían conseguido parar el avance. 

Sin embargo... 

Sin embargo hoy parecía que iba a ser diferente. 

Se rumoreaba que hoy, por fin, llegaban refuerzos. Se rumoreaba que un ejército mil veces más potente que el propio llegaría de un momento a otro. Sabían que era un ejército destructor y que no tenía criterio, pero estaban dispuestas a asumir el riesgo. Nacidas para morir, decía su lema. Nacidas para morir matando. Defender a toda costa. 

Notaron bajo sus pies un ligero temblor. La tierra comenzó a temblar, ligera al principio, más potente cada vez. Como si llegara una manada de ñus desbocados. Y de algún modo, así era. 

La soldado 835697 miró hacia atrás justo a tiempo de verlos llegar. Eran millares, por no decir millones. El horizonte oscureció con el avance del ejército destructor. Todos con armadura negra, que absorbía toda la luz a su alrededor. 

Avanzaron por el campo de batalla sin aminorar la marcha. Pasaron por encima de las soldados que no tuvieron tiempo o la visión anticipada de quitarse de en medio. Y sin más, continuaron hacia delante. Hacia el mal.

La soldado 835697 se libró por los pelos de morir aplastada bajo el acero de sus botas. Rodó sobre sí misma y quedó a un lado del camino. Puesta en pie, observó el ataque del ejército aliado. Tal como habían pasado por encima de ellas habían continuado camino, cruzado el campo yermo de batalla, y ahora estaba toda la artillería, sus ropas de guerra negras como el carbón, sobre el mal. No se veía ni la esquina de la capa de El Mal, cubierto absolutamente por la caterva cuyo único objetivo era aniquilar.


Tres horas duró la batalla. Tres intensas horas durante las cuales algunas de las soldados acudieron llamadas por el clamor de la violencia, por la atracción de la sangre, hasta el corazón de la batalla. Ninguna de ellas volvió. 

Transcurrido el tiempo, los aliados se batieron en retirada, arrasando cuanto encontraran a su paso sin preguntar si era amigo o enemigo. La soldado 835697 retrocedió un paso para dejarlos pasar. Tenía tanto poder de sacrifio como la que más, pero quizá se distinguía por tener algo más de raciocinio. No serviría de nada a la causa si moría a manos de los aliados. Pero, si los dejaba pasar y aprovechaba la debilidad de El Mal para atacarle cuando ellos se retiraran… Ahí sí que podía morir tranquila. Morir matando.

Se giró hacia la atalaya de El Mal. Al principio no distinguió nada. Una masa informe en el suelo. Le parecía que había menguado. O puede que fuera que estaba desmadejado. Pero no muerto. Pudo observar como intentaba levantarse. El Mal tosió, esputando sangre. Se la limpió con el dorso de la mano, se la miró y sonrió de medio lado. 



La soldado 835697 se estremeció al ver esa sonrisa. Era una sonrisa que conocía bien. La había visto en miles de compañeras suyas, levantándose en una batalla, sabiendo que iban a morir, pero bien dispuestas a ello. Solo que no estaban dispuestas a morir gratis. Era la sonrisa de: yo estoy perdida, pero tú te vas a venir conmigo. Aún así sacó su arma, aseguró sus pies en modo de ataque, y antes de salir corriendo a atacar, gritó:

— ¡MUERE, VOLDEMORT!



Mientras tanto, fuera…



Me levanté del sillón del hospital de día.  

— ¿Estás bien? — Preguntó Papá en Apuros mientras me ayudaba a levantarme. 

— Sí, es solo que… Parece que me he mareado un poco.

— Es normal.

— Sí, supongo.

Y sonreí.

Muere, Voldemort.

viernes, 2 de junio de 2017

Mamá en Apuros: En busca del ovario extraviado



Desperté de la anestesia de forma muy suave, pero también muy gradual. Desperté y vi a la enfermera, volví a dormir. Desperté y vi a mi madre y a Papá en Apuros. Me preguntaron qué tal estaba. 

— He estado mejor — Contesté.

— Te han cambiado un ovario de sitio — me dijo mi madre.

No sé si llegué a encogerme de hombros o a soltar media sonrisa antes de dormirme. Creo que asentí en plan: sí, sí, qué cachonda. No estoy yo ahora para gracias.

Me subieron a la habitación, después de un rato en la sala de reanimación, bien cuidada por las enfermeras. Sobre todo por una, la que me despertó con una gran sonrisa, que además se llamaba como MiniP. La vi tan resuelta que por un momento pedí que esa seguridad la diera el nombre, para que también la tuviera mi hija.

Después de un tira y afloja con el celador para que me subieran antes del cambio de turno, efectivamente hice el viaje desde las profundidades hasta el piso quinto, que es donde tenía la habitación.

Aquí debo hacer un inciso. Viajar en camilla de hospital, qué cosa. Tumbada totalmente, viendo las luces del techo pasar y los torsos y cabezas de las personas. Desde la puerta de la habitación escuché el revuelo de mi familia que estaba allí esperando, pero, claro, desde la posición en la que me encontraba no les vi. Hasta que se me acercaron a la cama y la rodearon, literalmente.

Sentí que tenía que abrir un frente o poner las defensas o algo, ya que no me habían dejado vía libre. También sentí que esa escena la había visto en una película o una serie, o algo, pero con otras caras, obviamente. Todas (mis hermanas y mi madre) me sonrieron y me preguntaron. Creo que les contesté y volví a dormir. Papá en Apuros me dio la mano, o un beso, no recuerdo, y se marchó. Es probable que a fumar.

Me desperté de nuevo y mi hermana la pequeña me volvió a repetir lo del ovario.

— Te han cambiado un ovario de sitio.

— ¿Pero no era una broma? — le pregunté yo, con esa voz de medio borracha que se te queda cuando aún tienes anestesia en el cuerpo.

— ¿Cómo vamos a bromear con eso? — me dijo ella, el tono levemente ofendido.

— No sé. Suena a chiste.

— ¿No te lo dijeron en consulta? 

— No.

Y volví a dormir.

Las escuchaba hablar en bajito, como cuando hay un enfermo en la habitación. Ah, claro, la enferma era yo. Qué raro encontrarme en este lado de la enfermedad, he sido millones de veces acompañante, pero muy pocas la paciente. Habrá que acostumbrarse.

Vinieron enfermeras a tomarme las constantes. Me despertaron.

Pedí agua. Tenía la boca y la garganta como si me hubieran metido un tubo o algo. ¡Espera! Si era justo lo que habían hecho. Madre mía, te duermes un rato y hacen contigo lo que les da la gana, desde ponerte una vía en la otra mano, un tubo en la garganta o reorganizarte los ovarios…

Me dijeron que hasta las cinco no había agua. A esa hora me quitarían la sonda y me darían de beber para comprobar la tolerancia. Pregunté la hora. Eran como las tres y cuarto.

En cuanto se fueron volví a dormir. No era un sueño profundo, pero sí una especie de duermevela. No sé qué me habían metido para el cuerpo, pero era incapaz de reaccionar, por lo menos más de cinco minutos seguidos, me pesaban los párpados y tenía que volver a cerrarlos. Eso sí, cada vez que los abría preguntaba la hora.

Las cinco se hicieron de rogar, pero debo decir que eran en punto cuando llegaron dos enfermeras con un bendito vaso de agua. Me quitaron la sonda. Creo que era la primera vez que me quitaban una sonda en toda mi vida consciente. Y es muy molesto. Pero tenía la promesa de un trago de agua, que tomé como si acabara de salir de una travesía del desierto.

— Dentro de un rato te levantas, por si quieres ir al baño. — Me dijeron.

— Quiero levantarme ahora.

Me miraron con extrañeza, pero como insistí, me ayudaron a levantarme, cambiarme el camisón que estaba sucio, e ir al baño. Qué a gusto, estaba ya hasta las narices de estar tumbada. Me moví apoyada en ellas, pero me sentó bien el cambio. Cuando volvieron a entrar todos ya estaba sentada en el sillón.

MiniP vino a verme, y es verdad que al principio no quiso acercarse mucho, quizá intimidada por la vía, pero enseguida se repuso y estuvo danzando por allí, volviendo loco a todo el mundo. En el sillón estuve a gusto un rato, pero como me puse a beber agua como una inconsciente en seguida tuve que volver a levantarme para ir al baño. Y ya no estaban las enfermeras, qué bien.

Afiancé bien los pies en el suelo y recibí asistencia por parte de mis hermanas para levantarme. Las sentadillas me habían venido bien, porque no me costó mucho esfuerzo, pero una vez en pie, me intenté estirar pero me quedé a medio camino.

— Y hasta aquí llego — dije.— Po zí…

Y me fui para el baño imitando al esperpento ese que salía por la tele. Amparo… Tas fumao un porro… 

En el baño me volví a acordar de las sentadillas, y de lo bien que me habían venido, porque tiré de muslos y culete para bajar a la taza. En cuanto me recupere voy a entrenarlas bien, pero bien, bien. Les acababa de encontrar utilidad de verdad.

No les quise dar la razón a las enfermeras, que me dijeron que me había levantado muy rápido, pero en verdad me notaba muy cansada. Miré la cama, que me hizo ojillos, y sucumbí. Decidí acostarme, qué narices, había que explotar el estar recién operada. Seguro que en cuanto me pusiera bien no me dejaban estar en la cama todo el día… La primera MiniP… 

Senté el culo e intenté echarlo lo más atrás que pude. Luego subí una pierna y después otra. Pero me costó colocarme porque el camisón se había enganchado por detrás, y me tiraba. Ay, por favor, qué poco glamour para tumbarme en una cama. Acabé espatarrada, moviéndome como una serpiente y sufriendo un poco hasta que cogí la postura. Lo bueno es que en seguida vino una enfermera que me puso un enantium en vena que eso es pura maravilla. Me llevó al país de los unicornios.

Al día siguiente vino el cirujano que me operó, que me dio la mano y me dijo encantado de conocerte, que ayer estabas un poco dormida. Iba a contestarle que era culpa de la anestesista, pero no quise hacerle perder el tiempo. Me miró y remiró, y me contó lo que me habían hecho. A buenas horas, mangas verdes.

— El ovario te lo hemos puesto por aquí — señaló mi costillar derecho— ¿No te lo dijeron en consulta?

— No.

— Pues mira que se lo dije…

— Pues querrían darme una sorpresa, como la semana que viene es mi cumpleaños…

En fin, tampoco tenía mucho sentido darle más vueltas. Ya estaba hecho, y la explicación era convincente. Lo quitaron de la zona de radiación para que no se achicharrara. La traducción es de mi cosecha.

Me dio el alta y me marché para mi casa molesta, aunque contenta, y con un ovario fuera de su sitio. A partir de aquel día soy más especial que nunca. ¡Cosas de la vida!

viernes, 26 de mayo de 2017

Mamá en Apuros: la operación



Decidí que me tenía que cortar el pelo. Sí, porque soy así. Las esperas me matan y tenía que hacer algo. Y de lo poco que tenía en mis manos cambiar era eso.

Es verdad que aún no sabía (y a estas alturas aún no lo sé con certeza*) si se me caería el pelo o no, porque aún ignoraba el tratamiento. Tan solo estaba esperando a que me llamaran para la dichosa operación, que me tenía el corazón en un puño. Pero me veía en el espejo, con la melena (media melena, que nunca he soportado el pelo largo) y pensaba en cómo estaría calva. Y pensaba que qué lástima de pelo, que se me caería a mechones. Mechones largos con ese color naranja raro que se me había quedado tras la última teñida. 

Y claro, lo que no iba a hacer era teñirme de nuevo para que en un tiempo indeterminado (todavía no me habían operado, así que no sabía cuánto tardaría en comenzar el tratamiento) me dieran la quimioterapia y se cayera. Que está la vida muy cara, oigan, como para ir tirando tinte así como así.

El caso es que no era capaz de soportar el pelo largo. Quería corto y ya. 

Llamé a la peluquera que me lo cortó y tintó la última vez, con la que quedé muy contenta (mis problemas con las peluquerías darían para otra serie de post), pero mi gozo en un pozo. La iluminación divina y la decisión me vinieron en plena Semana Santa y ella estaba de vacaciones. Me tocaría esperar. Ya soy una experta en esperar.

Tampoco es que esperara demasiado, era tan solo una semana. A mi se me hizo un poco larga, con coleta todos los días, ya sin saber qué hacer con el pelo que se me iba a la cara… Pero llegó de nuevo el cole, se acabaron las vacaciones, la peluquera volvió y me cortó el pelo.

Como es una mamá de un compañero de clase de MiniP me llevó a su casa un día tras dejar a los niños en el colegio. Me cortó el pelo de forma espectacular, y entre pitos y flautas nos dieron las doce largas. Bajamos a la calle y la invité a tomar algo, por las molestias (estuvo un buen rato rebajando y mirando con cara de experta, y volviendo a rebajar. Se tomó su tiempo y se nota en el resultado) y porque me apetecía. Nos fuimos a una terraza.

Estando allí con ella, haciendo tiempo ya para recoger a los peques me llamaron. Número largo: hospitales.

Efectivamente, la llamada era para decirme que me operarían el jueves de la semana siguiente.

No me puse a correr dando vueltas y gritando como pollo sin cabeza porque estaba en un lugar público y en compañía de otra mamá. Me dio miedo que le diera por llamar a servicios sociales o algo, alegando que MiniP tenía una madre que no estaba en sus cabales (y no lo está, pero guardadme el secreto). 

La semana de espera de la operación fue algo mejor que la primera que tuve que esperar los resultados de la resonancia y el tac, pero no mucho mejor. Qué ansiedad, qué paranoia. Lo bueno es que el recién estrenado corte de pelo me encantaba y me veía muy bien cuando me miraba al espejo.

Solo he pasado por quirófano una vez en mi vida y fue de urgencia. Además, tenía 13 años, y me dolía tanto que me hubiera abierto yo misma si me hubieran dejado el bisturí. Fue apendicitis, y apenas estuve dos días en el hospital. Eso sí, la cicatriz me quedó para los restos, pero es pequeña. 

El caso es que lo recuerdo entre nebulosas. Tengo recuerdos muy vívidos de entonces (de como los enfermeros mataban mosquitos con las gomas que te ponen en los brazos cuando te sacaban sangre, en plan tirachinas. Era Málaga y era verano), pero no tuve poder de decisión. Cuando me quise dar cuenta ya estaba lista.

Ahora tenía una fecha, tenía más miedo, y tenía un cuarto de siglo más. Y debo decir que ya no soy tan intrépida como lo solía ser…

Llegó el día, casi ni dormí la noche anterior. Tenía que estar en el hospital a las siete de la mañana. ¿En serio? ¿No podía ser un poco antes? Me tuve que levantar a las cinco (¡LAS CINCO DE LA MAÑANA!) para prepararme, ducharme tal como me recomendaban en los papeles del hospital y llegar a tiempo.

Cuando llegamos nevaba. ¡En abril! No supe muy bien si tomármelo como un buen presagio o como uno malo. Estaba tan nerviosa que no me decidía.

Esperamos a que abrieran la recepción, y tuvimos que esperar a una auxiliar que nos llevó a la habitación. Allí me indicaron que me pusiera la bata y que en breve irían a buscarme. Iba a tener suerte, pues no tendría que esperar mucho. 

La verdad es que fueron muy amables conmigo en todo momento, luego llegó otra auxiliar, ya mayor, que me estuvo contando cosas a tener en cuenta durante el ingreso, como el número de teléfono, y cómo funcionaba la televisión, etc. Pero la cortaron enseguida, vino otra compañera suya y me dijo que me metiera en la cama que venían a por mi. 

Efectivamente, llegaron enseguida.

Respiré hondo. Me despedí de Papá en Apuros con un beso y me metieron para la zona restringida. Allí me aparcaron en una estancia donde preparan a los pacientes para quirófano y me dejaron sola. No por mucho. En todo momento iban y venían enfermeras y enfermeros, anestesistas, doctores… Vino la enfermera que se iba a ocupar de mi dentro y se presentó. Todos muy amables y cariñosos. También vino uno de los cirujanos que me iba a intervenir. Creo que no escogió mi mejor momento para conocerme.

Porque sí, mucho cariño y mucho amor, que me hizo sentir muy bien, pero todas aquellas personas que se acercaron a mí me preguntaron: ¿estás nerviosa?

Mala pregunta. 

Muy, muy mala pregunta.

Andaba yo luchando contra mi psique, contra mis paranoias, pero estaba perdiendo la batalla. Me acordé de mi amiga E., que pasó por una operación similar hace poco y me dijo: hagas lo que hagas, no pienses en tu hija. Y, claro, no tuve otra opción que pensar en MiniP. Y ahí, ya, me hundí. No podía parar de llorar. Afortunadamente fue un llanto silencioso, las lágrimas caían por mis mejillas y algo de goteo por la nariz pero nada escandaloso. Además, intentaba por todos los medios atajarlo, pero cada vez que venía una enfermera y me hacía la dichosa pregunta, yo que soy muy sincera, respondía: “mucho”, y me echaba a llorar. Porque tan solo admitir los nervios ya abrían las compuertas al llanto. 

Decidí pensar en mi media maratón. En las cuestas arriba y en cómo las subí. Me dije a mi misma que estaba en una cuesta arriba, que tan solo tenía que poner un pie detrás de otro, de puntillas tal como me dijo L. (@reto21k) y mucha concentración. Y funcionó. Hasta que venía alguien y me preguntaba si estaba nerviosa.

Llegó la anestesista. Me hizo abrir la boca. No sé qué extraña obsesión tienen las anestesistas de mirarte la boca, pero la que me vio en consulta con las pruebas también me lo hizo. Ella no me lo preguntó, directamente afirmó que me veía muy nerviosa. Y a continuación dijo las palabras más maravillosas que había escuchado desde que entré en la zona de quirófanos: “Te voy a poner algo para que estés más tranquila”.

Se fue a por una jeringuilla, vino con ella y me miró la mano, buscando la vía. Me he ahorrado la historia de terror para ponerme la vía, tan solo diré que llevaba un vendaje en el dorso de la mano, con su dolor lacerante incluido (todos los vendajes suelen llevar su dolor lacerante incorporado), y la vía en la muñeca. Allí se dirigió la anestesista con su jeringa, me inyectó el líquido, que refrescó la vena, y antes de marcharse me advirtió que me marearía un poco, que era normal.

Efectivamente, a los cinco segundo exactos (tenía un reloj en la pared de enfrente, y a falta de algo mejor que hacer…) comencé a marearme y pensé: “uy, pues era verdad, me estoy mareando”. Y el mundo se fundió en negro. No recuerdo nada más.

Me desperté de forma muy suave, tenía a una chica joven y muy guapa junto a mi, acariciándome el brazo. Me sonrió y me preguntó qué tal estaba. La verdad, no supe qué responder. 

Por lo menos ya no estaba nerviosa ni tenía ganas de llorar.

— Estoy bien.




*Ya sé que me van a tratar con quimio, aunque va a ser de la floja y solo una vez a la semana. En principio no se tiene por qué caer el pelo, pero en estas cosas nunca se puede estar seguro, ¿no? Prefiero no pensar en términos de seguridad, por si acaso, y si no se cae, pues lo celebraremos.

viernes, 19 de mayo de 2017

Mamá en Apuros: El día de la familia




Como MiniP ya pasó a primero de primaria, hay muchas cosas que han cambiado con respecto al año pasado. Una de ellas es que ya no tenemos regalos del día de la madre ni del día del padre. En lugar de eso hacen el día de la familia.

Hay mucha controversia por este tema. Yo puedo entender la diversidad y el respeto hacia todo tipo de familias, de hecho educo a MiniP para que sepa que nuestro modelo (mamá, papá e hija) no es el único ni tiene por qué ser el “normal”, pero mentiría si dijera que no me molesta quedarme sin collar de macarrones en el día de la madre. Soy una materialista, lo sé.

Pero mandaron circular del cole que tal día se celebraría el día de la familia y que todo aquel o aquella que quisiera colaborar con una lectura de cuento, una manualidad o lo que se le ocurriera bienvenido sería. 

Al principio no le hice mucho caso porque como estaba recién operada (lo tengo pendiente de contar), y hasta arriba de calmantes pues no me apetecía mucho pensar. Y por apetecer se puede entender que me resultaba un poco imposible. Siempre he tenido mala cabeza, pero la falta de concentración que me da el enantium no es normal. Ahora, también es verdad que así soy mucho más feliz, estilo Homer Simpson, que me pongo a imaginar mi país del chocolate y a dar saltitos por la calle pegando bocados a perros de chocolate… (Hummmm… Chocolaaaateeeee).



Pasados unos días (avisaron con mucho tiempo de antelación), volví a ver el papelito de la circular (lo pegué en la nevera, para recordarlo) y se me encendió una bombilla. ¿Por qué no les escribía un cuento en el que aparecieran los niños y niñas de la clase de MiniP? ¡Ja! Genial idea.

Hablé con la profesora de MiniP, y le dije que quería contar un cuento en el día de las familias, pero necesitaba saber si el evento era para una clase solo o para las dos. Le conté mi idea, pero es lo que le dije: no voy a contar un cuento para veinticinco niños y niñas y dejar a otros veinticinco con la cara como un poema porque a ellos no se les ha nombrado. Me dijo que lo consultaría con la otra profesora y que me diría algo.

Al día siguiente, al recoger a MiniP del colegio me llamaron las dos tutoras. Me acerqué a ellas con un nudo en la garganta: eran dos contra una y encima yo no estaba en mi mejor momento, operada como estaba. Pero no querían nada malo, tan solo proponerme una opción: ¿no podría incluir a los cincuenta niños y niñas en el cuento? En un arrebato de valentía acepté. Les pedí una lista con los nombres y una cualidad que más o menos les describiera y lo haría. La lista me la mandaron al día siguiente. Ya tenía todo lo que necesitaba para empezar.

Eso fue un martes, y tendría que leer el siguiente lunes. Tiempo de sobra para hacerlo.

Además, iba a hacer un poco de trampa, ya que tenía un cuento que escribí hace muchos años para el hijo de mi amiga, que leyó en su clase de la guardería (imaginad si hace años que el niño en cuestión está en el último curso del colegio), pero yo pensaba que sería quitar unos nombres y poner otros y no. Porque se me había olvidado que la primera versión era para niños más pequeños y porque tenía que meter a cincuenta niños en lugar de diecinueve. Pero sin miedo, yo podía con ello. Hasta con calmantes.

El miércoles busqué el cuento. Lo encontré.

El jueves estuve muy cansada todo el día y no pude encender el ordenador.

El viernes encendí el ordenador, pero para escribir el post de mamá en apuros que tocaba publicar ese mismo viernes. Siempre on the limits.

El sábado estábamos los tres en casa (papá, mamá y MiniP), y estuvimos procrastinando en familia. Ya sabéis, familia que procrastina unida permanece unida.

Imagen de aquí


El domingo me empecé a poner nerviosa. No había reescrito ni una sola palabra. Madre mía. Y la lectura sería el lunes. Más me valía ponerme las pilas.

Por la mañana no hice nada, salvo salir a dar un paseo.

Por la tarde Papá en Apuros se llevó a MiniP con la bicicleta y aproveché para quedarme tranquila en casa y escribir el cuento. La verdad es que se me dio bien (es cierto que lo tenía escrito casi todo, pero añadí partes y tuve que incluir a los cincuenta niños), y casi había terminado cuando llegaron Papá en Apuros y MiniP del parque. Lo terminé, lo repasé y lo di por bueno.

Ya solo quedaba imprimirlo.

Ups.

Resulta que el ordenador de mesa había decidido fallarnos un poco y no encender. Parece ser que es cosa del botón de encendido. Pero es que, además, la impresora no tiene tinta. Aunque quisiera conectarla al portátil no imprimiría nada más que algunas líneas en negro (nota mental: comprar tinta de impresora). Bueno, no pasa nada, lo llevo a una copistería antes de subir a la clase y punto. Miré por internet el horario y resulta que la copistería abría a las diez. Yo había quedado con las profesoras que subiría a las 9:15. Mierda.

Plan B. Tenía que buscar un plan B, pero los calmantes no me dejaban discurrir. Fue Papá en Apuros quien me solucionó la papeleta.

— ¿Por qué no te llevas el portátil?

Ah, jolín, qué buena idea.

Pues me llevé el portátil.

Ese día Papá en Apuros no trabajaba por lo que pudo acompañarme. Subimos a la clase según se iba la fila y la profesora nos recibió con una gran sonrisa. A MiniP se le iluminó la cara al vernos a los dos allí (me sentí más que recompensada con eso), y todos sus compañeros se revolucionaron un poco.

Mientras venían los compañeros de la otra clase su profesora nos comentó que éramos los ÚNICOS padres que se habían ofrecido a hacer algo el día de la familia. Y no lo entendí. 

Porque, a ver, es verdad que no ha habido mucho feeling con las tutoras este año. Que ha habido muchos desencuentros y que no hemos (por ambas partes: padres y profesoras) conseguido un acercamiento real. Pero el día de la familia no era para contentar a las tutoras, sino para ilusionar a los peques. Tan solo ver la cara de ilusión que puso mi hija (y sus compañeros) cuando entramos en la clase merecía la pena cualquier esfuerzo que se hubiera hecho. Aunque, como he explicado arriba, mi esfuerzo se limitó al día anterior, pero puedo decir en mi descargo que vivo drogada.

Me pareció una pena que de cincuenta niños y niñas (¡50!) solo hubiéramos acudido la familia de una de ellas. Pero, aparte de la pena que me dio, de repente me cayó (porque yo quise echármela encima, todo hay que decirlo) una responsabilidad: que disfrutaran con el cuento.

Me cogí la silla de la profesora, ya que no aguanto mucho de pie, y menos con el ordenador en la mano, y encendí el ordenador. Busqué el pdf que había creado con el cuento, y como mi portátil es un convertible lo puse en modo tablet: la pantalla gira 360 grados y además es táctil. 

Me senté y comencé a leer. Los nervios se apoderaron de mi y al principio me temblaba la voz. Tuve que respirar hondo para procurar serenarme, porque estaba viendo que me desconcentraba y no acertaba con las palabras justas. Casi como un milagro lo conseguí, les conté el cuento entero y por lo que pareció les gustó mucho. 

Papá en Apuros me informó que cuando les decía su nombre se les iluminaba el rostro, y que se iban buscando unos a otros para decirse: “eres tú, tú”. 

Se abrió turno de preguntas y una de las niñas que estaban delante me preguntó, sorprendida: 

— ¿Cómo has hecho para doblar así el ordenador?

Sonreí y le dije:

— Es que es un ordenador especial.

MiniP nos dio el regalo que habían hecho para la familia (un puzle que había dibujado ella, que luego nos costó hacer porque como no le gusta mucho pintar había dejado casi todas las piezas en blanco, y un punto de libro), y la profesora nos premió a Papá en Apuros y a mi dejando que nos quedáramos un rato en la clase, viendo cómo trabajaban. Aceptamos encantados.

Con mucho, ha sido la experiencia más gratificante del año, con respecto al colegio. Casi les perdono que nos dejaran sin función de Navidad. Casi.

Aunque para el año que viene les voy a proponer que la función la hagan para mi sola (bueno, y para Papá en Apuros también, venga), ya que nadie se animó a participar en este día de la familia. 

En condiciones normales a lo mejor no sería tan mala, pero como puedo alegar enajenación mental a causa de los calmantes…

viernes, 12 de mayo de 2017

Mamá en apuros: Más pruebas médicas




Toda espera llega a su fin, y en el plazo no mayor de una semana me llamaron del otro hospital para que empezara el protocolo preoperatorio.

Lo primero fue una consulta en la que un doctor gris me estuvo explicando lo que me iban a hacer. Creo que debo explicar el color del doctor. He estado pensando mucho sobre cómo describirle, y creo que gris es el apelativo ideal para él. Entramos en la consulta Papá en Apuros y yo, nos sentamos y frente a nosotros nos encontramos a tres personas. El doctor que habló, otro chico algo más joven y una mujer, ignoro si los dos eran doctores o enfermeros. La mujer no me quitó ojo de encima, atenta a todas mis reacciones, cosa que, no lo voy a negar, me puso muy nerviosa. No es con la primera profesional de la medicina que me ocurre. Leen mi historial y como que les doy pena, o algo. El caso es que no me gusta. Decidí ignorar sus miradas y me centré en Doctor Gris. Por lo que me perdí el digno espectáculo de ver al otro chico luchando por no dormirse.

Y no me extraña.

El tono de voz del doctor era monocorde, tanto, que yo creo que se ganaría muy bien la vida grabando cintas para conciliar el sueño. Tienen la cura del insomnio al alcance de la mano y no han sabido verlo…

El caso es que me explicó la intervención de tal manera que no entendí más allá de lo imprescindible: me iban a abrir para sacar unos ganglios y ya. Incidió mucho en que no iban a tocar a Voldemort, y también incidió mucho, casi con inquina, en todo lo que se podría torcer en el quirófano.

Salí de la consulta con la sensación de haber estado dentro de la casa de los horrores. Me imaginé al doctor frotándose las manos mientras se relamía con gesto casi obsceno pensando en abrirme y hurgar en mis entrañas. Hasta que le pregunté si me operaba él, claro, que ahí la fantasía se vino abajo. No sería él quien me operaría, sino el jefe de cirugía. Como a las personas importantes. 

Mentiría si no dijera que suspiré de alivio. Un poco.

También salí de la consulta con las citas de todas las pruebas que me tendrían que hacer antes de operar. Llevaba medio Amazonas en la mano, de todas las que me tenían que hacer. Eran dos días: el primero tan solo un análisis de sangre; el segundo era toda una gymkhana por el hospital, con una placa de tórax, luego un electro, el anestesista, y con todo en la mano terminar viendo al Doctor Gris. Empezaba una cita a las once menos cuarto y la última a las dos de la tarde. Una mañana entretenida.

Al análisis de sangre fui sola. Fui sola por no mover a nadie, porque era un simple análisis y porque así podría leer en la espera. Pero no calculé que yendo sola no tenía a nadie a quien endiñarle todas mis cosas, por lo que cuando pasé al cubículo de los vampiros no encontré donde dejar la carpeta con los papeles, el libro y la mochila. Los apoyé en el suelo y extendí el brazo izquierdo. Soy diestra, y ya me ha pasado que si doy el derecho luego parezco una cosa tonta intentando coger las cosas dignamente e irme.

No es por presumir, pero tengo unas venas prodigiosas. Están a la vista antes incluso de que me coloquen la goma en el brazo. Podrían clavarme la aguja desde la puerta lanzándola como un dardo y no fallarían. También me gusta mirar, no me importa y apenas me duele. Pero debí pillar a la enfermera en un día malo, porque aparte de que apenas me saludó, me hizo daño cuando me pinchó. Luego me puso un algodón y me despidió con un: apriétate ahí cinco minutos, ¡siguiente!

Cogí mis cosas como pude, con un brazo tieso y el otro sujetando el algodón y salí de allí callándome lo que le quería decir. Encima me entraron ganas de ir al baño, y cuando digo ganas quiero decir necesidad imperiosa. No sé si tengo que explicar lo difícil que resulta ir al baño cuando tienes cuarenta cosas en las manos, y además has de apretar un algodón contra el interior del codo. Tan solo diré que Pepe Viyuela se debió inspirar en algo parecido para su sketch de la silla. Afortunadamente encontré la forma de salir del atolladero, me vestí, me lavé y me fui a desayunar. Que las ayunas a mi no me sientan nada bien.

Para la gymkhana se venía Papá en Apuros conmigo. Las pruebas no iban a ser horribles, pero sí largas, y así tendría compañía. Además, con Papá en Apuros no tengo problema, puedo leer tranquilamente. Él se cargó música y algún documental en el móvil. Los dos íbamos preparados para la espera.

Me levanté con un moratón en el brazo del tamaño de una fresa. Me acordé de la simpática de la enfermera que me pinchó, de la carpeta, el libro y la mochila, y de mis esfínteres, pues de todos ellos era la culpa del morado. Y dolía. Vale, no dolía mucho, pero a veces me gusta quejarme.

Llegamos temprano al hospital y acudimos al primer sitio: la placa. El hospital tiene una máquina expendedora, donde tienes que introducir tu tarjeta sanitaria y así los médicos saben que estás allí (el mío aún no lo tiene), es por eso que según llegamos a la sala de espera, casi con una hora de adelanto, apenas nos sentamos salió mi número por la pantalla. No me dio tiempo ni de abrir el libro cuando ya tenía que pasar.

La placa de tórax es una prueba tan común y tan sencilla que en diez minutos ya estaba fuera. El chico que me atendió me hizo las fotos de la policía: de perfil y de frente, con poca simpatía pero sí amabilidad.

Primera parada superada. Nos dirigimos a la segunda, no sin preguntar primero, porque más que un hospital parece aquello el laberinto de Teseo, y yo sin ovillo de lana que seguir. 

Para el electro tuvimos que esperar un rato más largo. Me dio tiempo a leer bastante, a mandar callar a Papá en Apuros para que me dejara leer, que no hacía más que insistir en que viera el documental con él, y hasta de preguntarme si no me habría equivocado de sitio. Pero conseguí dominar la impaciencia y la pantalla del ordenador me premió sacando mi turno. 

Llegué a la consulta y dije buenos días. La enfermera que allí había no me contestó. Estaba hablando con otra sobre dónde ubicarme (había varios cubículos) y qué hacer conmigo. Tan solo se dirigió a mi para indicarme, con un gesto del brazo, donde debía entrar y que me quitara la blusa. No me miró, no me saludó, ni siquiera una media sonrisa. Me puso los electrodos, y respondió a mis preguntas apenas con gruñidos. En todo momento de la prueba no dejó de tener un gesto como de asco, y de chasquear la lengua como si hubiera ido al hospital a molestarla. Tan solo recuerdo una experiencia así yendo a la mutua del trabajo, pero ahí ya es normal, vas porque eres una vaga que no quiere trabajar, claro… Cuando terminamos y me dio el resultado, me dijo que se lo entregara en mano a la anestesista. Y ya. Ni un hasta luego, ni un amago de sonrisa, ni siquiera me miró de soslayo. Me fui con un: “hasta luego, simpática”, por no mandarla a la mierda o ponerle una queja. 

Puedo entender que se tenga un mal día, pero volcar esos sentimientos en el paciente no lo entiendo. Ella no sabía porqué debía hacerme un electro, quizá no tenía por qué saberlo, pero desde luego me parece fatal que me tratara como si hubiera acudido allí por puro placer. 

El cabreo se me pasó cuando vi a la anestesista, de nuevo con poca espera. Antes de entrar con ella me hicieron pasar a la consulta de la enfermera para pesarme, tomarme la tensión y preguntarme por enfermedades graves. Esa enfermera ya suavizó mucho la experiencia pasada en el electro, pero la anestesista la borró por completo.

Me recibió con una gran sonrisa, estudió los resultados de mis pruebas, incluido el electro que le di y me hizo las preguntas de rigor.

— Pues esto ya está. Estás muy bien.

— Pues qué bien.

— Todas las pruebas están correctas. Estás… sana — dudó un poco antes de la palabra sana, pero la entendí. De hecho, me entró la risa.

— Ya, sana como una manzana — le dije— . Si no fuera por el tumor, claro…

Ella, lejos de ofenderse o tomárselo a mal, se rió también y lo corroboró:

— Sí, sana a excepción de eso, claro…

Cuando salimos de consulta seguí riéndome. Sana como una manzana.

Como una manzana con un tumor, claro.

Ya solo quedó visitar al Doctor Gris, que hizo un intento vano de explicarme más a fondo en qué iba a consistir la operación, y otro intento aún más vano de contestarme a todas las dudas. Por suerte tengo en mi familia a una doctora, cirujana también, a la que llamé para que me lo explicara en cristiano, y otra cosa no, pero la Prima L sabe hablar mi idioma. ¡Gracias Prima!

Salimos del hospital y miramos la hora: las doce y poco. Papá en Apuros y yo nos miramos, con los ojos muy abiertos. Esperábamos salir a las tres de la tarde como poco, pero resultó que se nos dio genial el día, y nos lo ventilamos antes de lo previsto. Ahora tocaba esperar, de nuevo, a que me llamaran con el día de la operación.

A esperar. 

Joder con esperar.

viernes, 5 de mayo de 2017

Mamá en apuros: El arte de saber esperar



Me dicen algunas personas que lo estoy llevando muy bien, todo el tema. Han llegado a decirme que soy todo un ejemplo. 

Esas personas me ven solo un rato al día, si no, no lo dirían.

Encajo mal los cumplidos, no sé por qué extraña razón, con lo que mola que te digan que vales mucho, pero es que encontrarme con que soy un ejemplo de algo me suena raro. 

¿Cómo voy a ser un ejemplo cuando pierdo los papeles frente al espejo y me echo a llorar? Hay momentos en los que me apetece revolcarme en la autocompasión, pero como eso de revolcarse suena a mancharse, me lo pienso mejor y lo dejo para otro momento, que no estoy yo como para poner lavadoras.

He de reconocer que mal, mal, tampoco lo estoy llevando. Pero ahora, claro. La primera semana fue horrible. Pero horribilus totalus.

Vas a la consulta y te dicen: tienes cáncer. Tras el impacto inicial, que sales con los papeles en la mano aturdida y con la sensación de irrealidad, ya puedes pararte a pensar. Vale, tengo cáncer, pero… ¿cuánto cáncer tengo exactamente? Porque no es lo mismo tener cuarto que cuarto y mitad…

En esa semana me hicieron las pruebas que ya he contado, y volví a la consulta apenas semana y media después. Pero esos entremedias estuvieron bien cargados de paranoias y llantos. Cada dolor que me daba pensaba que era el cáncer extendiéndose. Cada pinchazo, cada molestia. Cada amanecer era el último para mí. Con mi poca habitual tendencia al drama pensaba: ¿cuántos amaneceres me quedan? ¿Cuántos besos por dar, antes de que sea el último? 

Me faltaba el corsé y un pañuelo blanco que llevarme a la frente para ser la viva imagen de una dama en apuros. La dama de las camelias, pero sin tuberculosis. 

Aunque lo llevé bastante en secreto, pude escuchar el alivio de mi marido el día antes de la consulta. Por fin se acabaría la duda, y con la duda aniquilaríamos el drama. No hay nada como la certeza para ser prosaico. 

En la sala de espera era un saco de nervios. Llevé mi novela, para leer. ¡Ja! Para leer estaba yo. Y mira que tengo que estar mal para no poder dejarme llevar por la lectura. Me dediqué a jugar con la goma de la carpeta donde había empezado a guardar. La cogía con la uña, la tensaba un poco y la soltaba. El pequeño plop que hacía al volver a su sitio me entretenía. Una y otra vez: uña, tensar y soltar; uña, tensar y soltar. Me veía capaz de hacerlo hasta el infinito, pero no tuve que probar mi resistencia, ni la de Papá en Apuros, que ya me estaba empezando a mirar de reojo, porque me llamaron enseguida.

La doctora era distinta de la que me había visto la última vez. Pero estaba al tanto de mi caso. Era muy joven, morena, y me recibió con una gran sonrisa que me calmó un poco los nervios.

Nos hizo sentar, con algo menos de insistencia que la otra doctora, y comenzó con buenas noticias.

- Bueno, las pruebas muestran que tienes un tumor grande (esto ya lo sabía) en el cuello del útero, pero todo lo demás está correcto.

Como un globo de helio que se escapa antes de cerrarlo con un nudo, así salió todo el aire que había contenido sin darme cuenta. Pude ver que Papá en Apuros también respiró aliviado. Ambos relajamos nuestras posturas.

- Lo único - mierda, me volví a tensar - que los ganglios de la zona del cuello uterino parecen más grandes de lo normal, por lo que te tenemos que pedir una gangliodectomía de la zona paraórtica para comprobar si esos ganglios también están afectos. 

Debí poner cara de pez, porque la doctora me miró y me sonrió de nuevo. Me lo volvió a explicar, esta vez de forma más sencilla, más acorde con mi capacidad de atención, y lo entendí. Los ganglios linfáticos eran el objetivo. Si estaban afectados la zona de radiación sería más amplia, y la única manera de averiguarlo sería operando.

Vaya.

Yo que creía que me había librado de la cirugía. 

En la primera cita le ofrecí a la doctora mi útero, que me lo quitara entero, con cuello, con Voldemort y con lo que hiciera falta. Si le hacía ilusión le ponía un lazo. Pero no lo quiso. Llamó a Voldemort un tumor clínico, que se trataba solo con quimio y radio. Y yo ya me hice ilusiones.

A ver, que no me hace ilusión la quimio y la radio, pero librarse de un quirófano sí me daba algo más de vidilla. Y ahora me decían que no, que no me había librado.

Yo que creía que saldría de la consulta ya con la hoja de ruta del tratamiento, pudiendo así quitármelo de enmedio pronto, y no. Salía de la consulta con más incertidumbre, aunque de otro tipo, y con más espera. 

Tocaba esperar a que me llamaran de otro hospital, donde me habían derivado para la operación, para las citas previas, las pruebas preoperatorias y la fecha de la operación.

Esperar.

Me estoy volviendo una experta en el arte de saber esperar.

Salí al sol y respiré hondo. Por lo menos ya se me había pasado la paranoia y ya no me despedía de cada nube. Se acabó el drama. Bienvenida, paciencia.