lunes, 20 de febrero de 2017

Reseña: Entre tonos de gris, de Ruta Sepetys



Sinopsis: El conmovedor testimonio de una adolescente que quita el aire, captura el corazón y revela la milagrosa naturaleza del espíritu humano.

Junio de 1941, Kaunas, Lituania. Lina tiene quince años y está preparando su ingreso en una escuela de arte. Tiene por delante todo lo que el verano le puede ofrecer a una chica de su edad. Pero de repente una noche, su plácida vida y la de su familia se hace añicos cuando la policía secreta soviética irrumpe en su casa llevándosela en camisón junto con su madre y su hermano. Su padre, un profesor universitario, desaparece a partir de ese día.A través de una voz narrativa sobria y poderosa, Lina relata el largo y arduo viaje que emprenden, junto a otros deportados lituanos, hasta los campos de trabajo de Siberia. Su única vía de escape es un cuaderno de dibujo donde plasma su experiencia, con la determinación de hacer llegar a su padre mensajes para que sepa que siguen vivos. También su amor por Andrius, un chico al que apenas conoce pero a quien, como muy pronto se dará cuenta, no quiere perder, le infunde esperanzas para seguir adelante. Este es tan solo el inicio de un largo viaje que Lina y su familia tendrán que superar valiéndose de su increíble fuerza y voluntad por mantener su dignidad. ¿Pero es sufi ciente la esperanza para mantenerlos vivos?



Fue hace un par de años, creo. Fuimos a la Feria del Libro de Madrid, y la verdad es que iba un poco desanimada, con pocas ganas de comprar. Supuestamente no firmaba nadie que me interesara especialmente, y que estaba en uno de esos días en los que no te apetece nada. Junio, calor, pocas ganas lectoras…

El caso es que, paseando, me encontré con que la autora, Ruta Sepetys, estaba firmando sus libros, y además, no había gente esperando. Ella en realidad estaba presentando otro, pero yo había leído sobre este Entre tonos de gris, mis referentes en esto de la literatura lo ponían bien, pero no sabía si me iba a gustar o no. Lo que tuve claro tras charlar un poco con ella es que un libro me iba a llevar, eso seguro. Y cogí Entre tonos de gris, en edición bolsillo, que yo para eso nunca he sido escrupulosa.

Recuerdo a Ruta Sepetys como una señora amabilísima, que me preguntó por el nombre de mi hija, me sonrió en todo momento y que fue simpatiquísima. Eso sí, nos comunicamos en mi inglés macarrónico, pero nos apañamos. Fue algo breve, pero fue de esas personas que te dan buenas vibraciones.

Total, acabó el día, y yo llevaba en la bolsa cuatro libros. Tres para mí, uno para MiniP, los cuatro firmados, que es el mayor objetivo que tengo cuando voy a la feria del libro.

Pero como los lectores somos así, el pobre libro estuvo durmiendo en mi estantería, en la zona de “libros por leer”, que aumenta por momentos, hasta que este diciembre, a últimos, que no tenía nada para leer (nunca tengo “nada” para leer al igual que nunca tengo “nada” para ponerme…) lo elegí. Mal hecho. Lo tendría que haber dejado para unos días en los que no hubiera que celebrar felicidad y esas cosas que pasan en Navidad, porque la novela me dejó un cuerpo como para bailar jotas.

Lo leí enseguida. En cuestión de tres días lo había devorado, pero no salí indemne de la lectura.

La historia está narrada en primera persona, por Lina Vilkas. Es ella la que nos va contando, desde su visión de niña de 16 años, lo que le sucede a ella y a su familia. Comienza la historia cuando un día llega a casa y se encuentra a su madre rompiendo la porcelana. Una porcelana que hasta entonces había cuidado con mucho esmero. Lina no entiende nada, pero su madre no tiene tiempo para explicaciones: la exhorta para que recoja sus cosas lo más rápido posible. Enseguida llegan los rusos, que los sacan de su casa de malas formas y los llevan a una estación de tren en un camión descubierto. Allí se encuentran con los demás compañeros de viaje.

Lina no entiende nada, pero escucha lo que dicen los mayores, y va atando cabos. Poco a poco. Muy poco a poco. Nos cuenta su viaje cruento hasta Siberia, y lo que padecen en el trayecto y cuando llegan al destino. No todos llegan, no todos sobreviven hasta el final.

Es un relato muy duro de la invasión soviética a los países bálticos. Esto es lo que no se estudia en los libros, lo que el miedo al comunismo nos vetó. Nos vendieron a los rusos, comunistas, como diablos con rabo y cuernos, pero no nos contaron por qué. Tendrían que haberlo hecho. No sé si fue porque a Hitler se le venció, y el horror supremo que supusieron los campos de concentración nazis eclipsó cualquier otra barbaridad cometida por el otro país, el caso es que a Rusia se la dejó tranquila tras el telón de acero y nadie quiso sacar a la luz lo que habían hecho.

Tengo compañeras de trabajo de Ucrania, de Polonia y de Rumanía, como casi todo el mundo actualmente, y fue de ellas de quien primero escuché la historia de cómo Rusia había invadido sus países. Llegaron a las casas, en Letonia, Ucrania, Polonia, y esos países que se llamaron “satélites” y que recuperaron sus nombres cuando cayó la URSS, sacaron a la gente que allí vivía y se la llevaron. En su lugar llegaron rusos, fieles al régimen (cualquier atisbo de rebeldía era rápidamente sofocado con la muerte) que ocuparon esas casas, se hicieron dueños de los enseres, la ropa, la vajilla que hubiera y hasta usurparon los apellidos. 


La gente que se llevaron las trasladaron a Siberia, a campos de trabajo, y los trataron como despojos humanos. Como los nazis trataron a los judíos. Igual. Les denigraron por ser originiarios de su propio país, por tener una cultura y por aferrarse a ella. Los que tuvieron suerte sobrevivieron. Pero no creo que fueran muchos.

Los que menos suerte tuvieron los embarcaron en grandes navíos y los llevaron al mar. Y allí los dejaron. Tiempo después, volvían a por el barco. Así no podían decir que los habían matado: se habían matado entre ellos o habían muerto de hambre. 

Todo esto nos lo cuenta Ruta Sepetys también en su novela, a cargo de Lina, en una prosa sencilla pero que te atrapa desde la primera línea. Cuenta el horror, y cuenta la muerte, pero sobre todo cuenta cómo sobrevivieron, día tras día buscando conservar la humanidad que quisieron quitarles.

La historia de la humanidad está plagada de horrores. De crueldad. Me da igual que fueran los nazis aniquilando judíos, los rusos sometiendo naciones, o los argentinos tirando gente contra el régimen de los aviones. Somos crueles y no valoramos al prójimo. No valoramos la vida. Y así nos va.



El libro, volviendo al tema, lo recomiendo, aunque para temporadas en las que estéis fuertes de ánimo, porque te toca la fibra.

viernes, 17 de febrero de 2017

RELATO: Demasiado

-Deja de hacer eso, te vas a matar.

Ella se encogió de hombros y siguió haciendo equilibrios sobre la tapia medio derruida.

-Algún día hay que morir. Puede ser hoy, mañana… No se sabe.

-¿Por qué te comportas así? – Él se pasó las manos por el pelo.

-Así, ¿cómo?

-Siempre dices esas cosas, de morirse, siempre vives como si no fuera a haber un mañana.

-Y tú te lo piensas todo mucho.

Hubo un momento de silencio. Ella siguió con sus equilibrios sobre las piedras, él fumaba sentado sobre la misma tapia. No se miraban, ella atenta a las piedras sueltas, él miraba las estrellas. Así cómo iban a encontrarse.

-No te compliques – dijo ella, mirándolo desde las alturas.

-¿Cómo?

-Que no te compliques. Si te gusto, dímelo, y si no, no me hagas perder el tiempo. Toda experiencia vale de algo, pero mi tiempo es limitado, no quiero desperdiciarlo…

-¿Lo ves?

-¿Qué veo?

-Lo que te decía: hablas muy raro. Toda experiencia vale de algo… ¿De dónde has sacado eso? ¿y en qué prefieres pasar el tiempo?

Ella paró para mirarle. La luz de la luna apenas iluminaba, pero le pudo adivinar la media sonrisa.

-Es un poco tarde para que te rías de mí, ¿no? ¿Qué hora es? ¿Las dos?

-Las dos y media. Y treinta y dos, para ser exactos. –Él se ajustó el reloj -. Pero, ¿qué tendrá que ver la hora?

-¡Mucho! -Ella sonrió y dio un salto de gimnasta en la barra. Gimnasta pobre, en lugar de lujosas instalaciones, tenía un cementerio medio abandonado para entrenar –. A estas horas las neuronas ya no funcionan igual. Y si has bebido, menos.

-¿Y eso cómo lo sabes? – Él se levantó de la valla, molesto porque ella no se estuviera quieta.

-Lo he leído.

-Lees demasiado.

Notó enseguida el cambio de humor. Ella dejó de moverse, frunció el ceño y saltó de la tapia. Se colocó frente a él, los brazos en jarras.

-No se puede leer demasiado. ¿O acaso tú respiras demasiado? No lo puedes limitar, es necesario.

-¿Necesario leer?

-Sí, mucho.

-Pues no sé para qué. A mí no me gusta leer.

Ella le miró de arriba abajo.

-Pues no sabes lo que te pierdes. Nunca sabrás lo que es la vida, nunca vivirás más de una a la vez. Nunca sabrás lo que es el amor…

-Eso último lo estoy intentando –. Él sonrió y alargó el brazo para tocarle el hombro -. No sabes cómo lo estoy intentando…

Ella ya lo sabía. Y él le gustaba, era guapo, pero no creía que fuera su tipo. Aun así, había consentido quedarse a solas con él cuando todos los amigos hicieron maniobras evasivas, excesivamente evidentes, para dejarlos solos. Se había dado perfecta cuenta de lo que habían planeado, pero así lo quiso, por probar.

Miró su hombro, allí donde él había posado su mano, y luego lo miró a la cara. Levantó una ceja. La mano invasora huyó como con apremio.

-¿No te gusta leer?

-No.

-¿Seguro? ¿No eres capaz ni de coger un cómic?

-Nada.

-¿Y tú qué haces para divertirte?

Él se estaba incomodando, pero esa pregunta la tenía controlada. Sonrió abiertamente y esa vez fueron sus dos manos las que avanzaron a su cintura.

-Pues esto.

Intentó atraerla para besarla, pero ella se resistió.

-¡No!

Él la soltó.

-¿Qué te pasa, tía?

-Te lo he dicho antes -dijo, elevando un tono la voz -, no me hagas perder el tiempo. No puedo estar con alguien que no lee. Punto.

Y se dio la vuelta y le dejó allí plantado.

La sonrisa que minutos antes adornaba la cara del chico se tornó en mueca. Notó la rabia subir desde las plantas de los pies, apretó los puños y gritó con todas sus fuerzas.

-¡Estás loca! ¡Vete, puta de mierda! ¡El que no quiere perder el tiempo contigo soy yo! ¡Frígida! ¡Estrecha!

Ella paró un momento y se dio la vuelta. Desanduvo sus pasos, tranquila.

-¿Lo ves? Si te gustara leer sabrías que lo que acabas de decir no tiene sentido. O soy puta, o soy estrecha.

Él la miró con la rabia en los ojos, los labios convertidos en una fina línea de tan apretados. Acercó su frente a la de la chica, desde arriba, para intimidar, y habló en susurros.

-No me provoques a ver si te voy a tener que enseñar que es lo mismo.

Ella acercó su cara aún más a la del chico. Parecía que estaban a punto de besarse.

-No me provoques tú a mí – dijo con su mejor voz de niña buena -que lo único correcto de lo que has dicho es que estoy loca –. Se retiró y ladeó la cabeza, contemplando el miedo que había anidado en los ojos del chico –. Y ahora vete a buscar el amor a otra parte.

-Y tú ve a encontrarlo en tus libros, loca de mie…

Una patada en la espinilla le impidió terminar la frase.

-En mis libros siempre hay amor. Siempre.

Se dio la vuelta para marcharse, pero se lo pensó mejor, volvió y escupió a sus pies.

-No se te ocurra volver a molestarme. Sé hacer más cosas aparte de leer y dar patadas.

Ahora sí, se marchó.

Nunca más volvieron a hablarse.




viernes, 10 de febrero de 2017

Mamá en Apuros: la maternidad según Samanta Villar




De vez en cuando abro el Facebook para cotillear un poco. Lo tengo en el móvil, y cuando me aburro, lo abro y voy bajando el timeline para ver noticias chorras. Para las noticias “de verdad” uso Twitter, que gritan más. Sigo algunas páginas de temática de mi interés, y algunas de noticias, y por eso el día que abrí el Facebook vi la foto de Samanta Villar, periodista conocida por su programa “21 días”, con el escandaloso titular: “La maternidad no me ha hecho más feliz”

Ni abrí para leer la entrevista, la verdad. No me escandalizó ni me preocupó ni me interesó. Simplemente, pasé. Cada uno vive su vida como mejor le parece. Más abajo me encontré con otro titular de la misma entrevista: “La maternidad me ha hecho perder calidad de vida”. Hostia, Samanta, pensé, qué verdad as a temple (como dirían en Superbritanico)… Y seguí pasando. Tampoco me interesó.

Pero hete aquí que debí ser la única persona y madre del mundo a la que se la repampinfló la opinión de Samanta. Una amiga que tengo agregada al Facebook comentó algo negativo acerca de la noticia, y no lo pude evitar, la comenté defendiendo a la periodista. Y luego vi el remate: “la carta de una madre que pone en su sitio a Samanta Villar”. Y encima se ha hecho viral. Comentarios por todas partes, post en las páginas que sigo. Y debo decir que tan solo ha habido una de las páginas con las que he estado de acuerdo: con la reacción de las Malasmadres.

Entonces pensé: “si todo el mundo puede dar su opinión, yo, como Mamá en apuros que soy, también podré darla, ¿no?” Y aquí estoy, tecleando con fiebre y otros pensamientos en la cabeza: ¿Quién soy yo para juzgar a Samanta? Exactamente lo mismo que todas las que se han pronunciado: NADIE. No somos nadie para juzgar una opinión, que es lo que dice Samanta en la entrevista, la que al final leí por poder dar la mía. 

Esta reacción en cadena (que, por otro lado, tanto Samanta como los periodistas que la entrevistaron sabían que iba a ocurrir) que ha desatado las opiniones de una madre, ¿a qué se debe? Me pregunto yo, desde mi mundo happy donde me importa un bledo lo que hagan los demás. Sé que no todo el mundo es así, pero a veces se me olvida. ¿Dice Samanta mentiras? No, yo no he leído ninguna mentira. Es más, en algunas cosas me he sentido plenamente identificada. 

Porque que levante la mano la madre que no haya querido volver a dormir del tirón una noche. Que no haya querido poder ducharse tranquila, o simplemente mear sin que un miniser se pusiera a llorar a pleno pulmón (de bebés) o a interrumpirte con preguntas que podrían haber esperado un rato (de más mayores). Quien no haya querido ir al cine tranquilamente sin temor a dormirse y que se le cayera la baba, quien no haya deseado ir a cenar, a bailar, a tomar copas sin que el cansancio se lo impidiera, y sin que alguien no te recordara lo mala madre que eres por dejar a tu hija para irte por ahí y tener un rato para ti.


La maternidad es sacrificio, señoras, y señores. La maternidad (y la paternidad, pero hablo desde mi punto de vista) te lleva a los extremos. Y cuando tienes sueño todo el día, cuando no tienes ni un segundo para ti, no te sientes muy feliz, que digamos. 

Hay verdades ocultas en la maternidad. Te lo venden súper bonito, de color rosa pastel y que el cansancio y el dolor no importan porque tienes un hermoso bebé, que te compensa de todos los males. Pero esto no es así. Hay dolor y hay que pasarlo. Hay sueño y hay que pasarlo. Hay dudas, muchas dudas y tienes encima un ejército de alcahuetas que saben mucho más que tú sobre como criar a tu bebé y qué es lo mejor para tu bebé y para ti, ya puestos, que no te dejan decidir, que opinan sobre tu vida y sobre tus decisiones, y que por mí se podían ir todas a la mierda.

Y no sé si es por rabia, o qué, si alguien dice algo malo sobre la maternidad, las demás nos echamos encima como lobas hambrientas. ¡Qué dice ésta loca! ¡Así querrá a sus hijos! ¡Pasar por lo que ha pasado para decir que no los quiere!

Y en ningún momento he leído que no quiera a sus hijos. Simplemente dice que no se siente más feliz ahora que antes de tenerlos. Y lo dice en el contexto que ha pasado ella, con la inseminación artificial y la donación de óvulos ¿Y quiénes somos ninguno de nosotros o nosotras para decirle a alguien cómo se tiene que sentir? ¿Quiénes para decirle que su lista de prioridades está equivocada? ¿O es que nos da rabia que ella sea capaz de expresarse y nosotras hayamos callado, diciendo lo bonito que es ser madre y omitiendo las partes malas? Es eso, ¿no? Si yo me tengo que conformar con lo malo y me lo tiene que compensar lo bueno, las demás también. Igual el problema no es de quien vende la maternidad como algo real, con sus luces y sus sombras. Igual el problema es quien defiende que es una nube de algodón constante. Porque nos han vendido desde pequeñas que nuestro único objetivo en la vida debe ser el ser madre, y que no seremos felices (ni estaremos enteras) hasta que lo seamos. Por lo tanto, quien no es madre no está entera y quien no es feliz con su maternidad no es una persona “correcta”.

Quiero a mi hija con toda mi alma, pero a veces no me siento feliz. En general mi vida es más feliz que antes, puede ser así, pero eso no borra los malos momentos que he pasado. Disfruto mucho de lo bueno, de ella, de sus sonrisas, pero también me disgusto con lo malo. No es todo un camino de rosas y creo que deberíamos respetar a quien no se siente a gusto con su maternidad. Debemos alejarnos de alienaciones, y respetar tanto a quien se siente feliz solo por el hecho de ser madre como quien siente que madre es tan solo uno de los muchos roles que tiene en la vida, pero no el único ni su único motor existencial.




lunes, 6 de febrero de 2017

Muerte de un extraño, de Anne Perry (No-reseña)



No puedo hacer una reseña de este libro, en conciencia lo digo. No puedo por la simple razón de que no terminé de leerlo. De modo que esta es una no-reseña, donde intentaré explicar los motivos por los que no pude terminar la novela.

Al principio prometía. Fue el libro del Club de Lectura de la biblioteca, post Mario Vargas Llosa, de modo que lo cogí hasta ilusionada. Un libro de misterio, de asesinatos, algo más ligero, fácil de leer… Pues no.

Hice un esfuerzo, pero ni con ésas. Me quedé en la página 192. Casualmente, otra de las lectoras del club se quedó en la misma página que yo. Cosas de la vida… 

La historia prometía. Ambientada en el Londres victoriano, nos presenta a un detective, Monk y a su esposa, Hester, que trabaja de enfermera en una especie de clínica de caridad donde atienden prostitutas. Al buen señor no le importa lo más mínimo que su esposa trabaje allí, como debe de ser, ya que la señora aunque le quiere mucho se siente empoderada y no cree que deba rendir cuentas a ningún hombre. Hasta ahí, genial.

La cosa se complica cuando aparece un señor, de aspecto pudiente, muerto en un burdel, cerca del trabajo de la señora Monk. Las prostitutas empiezan a aparecer molidas a palos, con lo que la buena señora se preocupa, y aunque no le quiere dar trabajo a su marido, algo le comenta y comienza a investigar por su cuenta.

Por otro lado, el señor Monk recibe el encargo de investigar la muerte de dicho señor, con lo que al final ambos acaban investigando de forma paralela. De fondo, sabemos que la señora Monk sirvió como enfermera en la guerra de Crimea, y que el señor Monk no recuerda nada de su pasado debido a un accidente de carruaje. Y lo sabemos otra vez, y otra más, porque de forma cíclica la autora se encarga de que sepamos que el señor Monk está muy atribulado por unos recuerdos que no tiene, y que no sabe si fue buena persona o no… Una y otra vez, y otra y otra. Y ahí lo tuve que dejar.

La narrativa, para mi gusto, es muy deficiente. No te deja entrar en la historia, porque en todo momento nos cuenta cómo se sienten, qué piensan y qué deciden los personajes. En ningún momento nos lo hace vivir, sino que lo cuenta, y te lo tienes que creer, como buen lector. Pues no, señora, no me lo tengo que creer porque lo diga usted. Si una señora se encuentra nerviosa lo suyo es que estruje un papel sin darse cuenta, o se toque mucho el pelo, o se muerda las uñas, pero no me diga que entró en la habitación y estaba nerviosa, porque yo levanto una ceja y cierro el libro. O peor, no me diga que su pareja lo ha visto en sus ojos, como en este fragmento:

“Monk reparó en la incertidumbre de su mirada, la cual daba a entender que percibía su soledad, el retraimiento de la sinceridad que los unía de ordinario. Se sentía herida e intentaba ocultarlo.”

Qué listo, Monk. No solo percibe la incertidumbre que además adivina lo que significa…

Y no sé qué era peor, si eso, o la repetición constante de lo angustiado que se siente Monk por no poder recordar, o lo angustiada que se siente su mujer porque Monk no le cuenta nada. Cada pocas páginas nos recordaba lo del accidente de carruaje, como si los lectores fuéramos tontos y se nos olvidara. 

Pues no, señora Perry, no se me olvidaba. Lo que voy a olvidar es su nombre, porque no pienso abrir un libro más suyo.

Puedo entender que haya gente a la que le guste, pero a mi este tipo de narrativa me pone de los nervios. Y es una pena, porque la historia sí que me estaba gustando. Contada de otro modo me la habría ventilado en dos días. Menos mal que en el Club de Lectura lo comentamos y me contaron el final…

viernes, 3 de febrero de 2017

Mamá en apuros: La punta del iceberg



Llevo en mi trabajo casi diez años. Entré en una oficina en la que éramos diez personas, y luego nos fusionamos con el almacén donde hemos acabado siendo casi trescientas. De esta gente, la gran mayoría desde hace ocho años juntas. Además, después de la maternidad, y como ocurre en un millón de sitios distintos, me degradaron de oficina a trabajo de almacén basándose en la categoría profesional que ya tenía. En su momento lo pasé mal, pero después de un tiempo vi que era mejor para mí, para mi vida personal y para mis proyectos. Me dio tiempo para estar con mi hija, para escribir en mi blog y para terminar una novela que aún estoy corrigiendo.

Ocho años viendo a las mismas personas. Con unas te llevas mejor, con otras peor, pero las ves cada día, en mi caso por mi reducción de jornada, seis horas al día. Buenos días, qué tal estás hoy, tienes mala cara, parece que has dormido mal. Me preocupo por mis compañeras, y ellas por mí. Pero no nos conocemos nada. Y eso pude comprobarlo el pasado sábado.

Sábado, día flojo por el mes en el que estamos. Poco trabajo. Llego media hora más tarde que el resto, a causa de mi horario de reducción, por lo que cuando entro a mi trabajo ya están todos los puestos asignados. Creí que me mandarían a la preparación de pedidos, pero no, ese día decidieron dejarme en reetiquetado.

Debe ser que como en cinco o seis años me tuvieron castigada sin hacer otra cosa que la preparación de pedidos (debía ser que como había sido madre, y me había reducido de jornada, ya no valía para nada más) ahora el destino me estaba compensando, ya que llevaba varios días que según llegaba me mandaban a ese puesto. Todos los días estaba dispuesta, pero el sábado en concreto me vino mejor, ya que tenía una regla desangrante y no me encontraba del todo bien. 

Lo genial de ese puesto es que quizás es el que menos labor física tiene. Lo único, que de vez en cuando tienes que coger una caja, cambiarle la etiqueta a todo el producto que lleva dentro, y volver a dejarla en su sitio. Pero mientras le cambias la etiqueta puedes estar de pie sobre una colchoneta especial, o incluso sentada en una silla. No es un puesto de estrés, en el que tengas una prisa especial, y tampoco es que tengas que estar súper concentrada para hacerlo bien, por lo que puedes hablar con las compañeras mientras tanto.

Aquel día no estaba yo especialmente habladora, por lo que me concentré en mi trabajo y tan solo atendía a los comentarios que hacían las demás, pero cuando bajamos del descanso me animé un poco más. Mi compañera de mesa se ausentó, y me puse a hablar con la de la mesa de al lado. No sé cómo empezó la conversación, pero acabamos hablando de ella.

No quiero dar datos concretos, tan solo una imagen rápida. Ella es de un país de áfrica, y es musulmana. Tiene cuatro hijos, tres niñas y un niño, la mayor está en su país de origen, con su madre, y los tres pequeños con ella. Actualmente, y pese a su religión, está separada, y saca ella sola adelante a sus hijos.

Hasta ahí la información que yo tenía. De lo que me contó después no tenía ni idea y me dejó hecha polvo. Cada día la veo y no tengo ni idea del sufrimiento que pasa. Ella parecía tener ganas de desahogarse. No es una persona que se queje, más bien al contrario. Siempre ha afrontado las cosas (desde que la conozco) con un encogimiento de hombros y un “qué más da”. Pero ese sábado no debía dar más de sí. 


Me estuvo contando que el marido no le da nada de dinero. Vive ella sola con sus tres hijos con un solo sueldo. Y no es un sueldo para tirar cohetes, precisamente. Y me dice que si por ella fuera mandaría a los niños a su país, a vivir con su madre, pero que no quiere porque si no a las niñas le harían la ablación genital. A ella se la hicieron dos veces, y no quiere eso para sus hijas.

Me contó que su vida no había sido fácil. Que no conoció a sus padres hasta que no fue bien mayor. A su madre la conoció en el 97, a su padre aún no lo conoce, aunque ya habla con él por mail. Con ocho meses la mandaron a la otra punta del país, a vivir con su tío. Con él sufrió mucho. Me dijo, con la mirada un poco perdida, calculando: “no sé qué edad tendría… Estaba en cuarto grado la primera vez que me violó”. Se me cayó el alma a los pies. La primera vez que la violó. Y lo cuenta sin rabia, resignada. Después la mandaron a casarse, en contra de su voluntad, a España, y cuando la despidió su tío le dio una foto para que no olvidara a quien se llevó su virginidad.

Casi me muero del asco cuando me lo contó. Sabía que estas cosas pasaban, pero no sabía que lo tenía tan cerca. Que hasta nos escondió un maltrato del marido haciéndolo pasar por dolor de muelas. Me acuerdo de ese día. Le pregunté que qué le pasaba, tenía la cara hinchada y mala cara. Me dijo que tenía una muela mal. No indagué más.

Sé que cada uno de nosotros y nosotras llevamos una vida, que apenas apreciamos la punta del iceberg del vecino, de la compañera, de las otras mamás. Pero descubrir tanta miseria me conmovió.

Ya admiraba a mi compañera antes. Siempre me ha parecido una buena persona, además de una buena compañera. Ahora la admiro más, porque aunque ella diga que aguanta por sus hijos, que si no fuera por ellos le daría igual vivir o morir, sé que aguanta porque es fuerte, y porque merece una vida mejor. Si alguien la merece, desde luego es ella.