viernes, 28 de abril de 2017

Mamá en apuros: Las pruebas médicas



En las películas estas cosas son más rápidas. Por desgracia (o por fortuna, que en las pelis la madre que enferma suele acabar mal) no estamos en una película, y tras la escena en la que una doctora muy amable me dio el diagnóstico de forma clara y sin ambages, no vino la escena en la que me hacían las pruebas, y tras eso la imagen de una yo más delgada, con ojeras y con un pañuelo en la cabeza para tapar la calvicie provocada por la quimio.

No.

Bueno, la siguiente escena sí que puede ser la de las pruebas, pero después de algunos días en casa, asimilando la bomba que supuso conocer a Voldemort, y la preparación para ellas, claro.

La peor semana de todas, hasta el momento, ha sido la primera. Desde que me dieron el diagnóstico, hasta que me volvieron a ver con las pruebas ya realizadas. 

En la preparación para las pruebas ya pude vislumbrar que el proceso no va a ser agradable. Para el tac no tuve que hacer mucho: presentarme en ayunas. Tuve suerte y me dieron cita temprano. A las 8:30. Llegué, me hicieron desnudarme y me dieron una bata azul de papel que no la veo yo en la pasarela Cibeles. Estuve a punto de poner una reclamación para exigir que me dieran la bata verde, que la azul no daba bien en pantalla, pero como abrochaba cruzada y vi que me quedaba bien opté por no hablar. No fuera a ser que me dieran una verde que me dejara el culo al aire, cosa que con esta no me pasaba. 

Tras el pase de modelos me tumbaron en una camilla y me pusieron una vía. La vía era porque me tenían que poner un contraste. Me dijeron que podía notar calor en alguna parte del cuerpo, y que algunas personas se mareaban. Una enfermera muy amable me conectó, me puso en posición, me pidió que no me moviera y salió de la estancia.

Y allí me quedé yo, tumbada en una camilla que se movía sola y que me hacía pasar por una especie de puerta de lavadora gigante, solo que sin lavadora. Yo intentaba respirar tranquila, menos cuando la voz metálica de la no lavadora me decía que no respirase, que entonces no respiraba. Obediente que es una.

Empecé a notar el calor. Creo que me puse roja, y me sonreí, no porque el calor del líquido de contraste me estuviera dando en la cara, no. Era porque empecé a notar mis ingles ardiendo. Hubo un momento en que parecía que había fuego en mis bajos. Uff, si hubiera habido un poco más de intimidad habría sido casi perfecto. 

El efecto se pasó enseguida, eso sí, al igual que la prueba. Aunque hubo un momento en que pensé que me había colado en una nave alienígena y que despegaríamos en breve hacia el planeta Ómicron Persei 8, pasó enseguida, las turbinas se apagaron poco a poco y la enfermera volvió a entrar para decirme que ya había terminado. Tras quitarme la vía me fui a por un merecido desayuno.

Esa fue la prueba fácil. Y la más agradable. Tuve un rato de casi gustito con el calorcete y además casi viajo a otro planeta. No sé qué más podía pedir. Desde luego no se me hubiera ocurrido pedir una resonancia.

La resonancia es otra prueba que parece sencilla pero que no lo es. Bueno, complicada tampoco, te vuelven a tumbar en una camilla y no te puedes mover, pero es que te meten en un tubo estrecho y además hace ruido. Pero lo peor no fue eso. Lo peor casi fue la previa.

Para empezar me dieron la cita a la una y pico de la tarde, con un ayuno de seis horas. Tuve que madrugar para desayunar, con lo que odio madrugar. Y, por si fuera poco, tuve que estar toda la mañana sin poder comer nada.

Lo que no es nada comparado con lo que tuve que hacer la tarde anterior: ponerme un enema.

Tan solo nombrarlo me dan escalofríos. Un enema, ese líquido que se administra vía rectal. Tan solo me había puesto uno en mi vida: a los trece años, cuando me operaron de apendicitis. Desde entonces no he vuelto a probarlo. 

Fui a la farmacia tan pichi yo, pidiendo un enema. La farmaceútica me preguntó qué clase, y yo, que no sé ni siquiera si hay clases de eso, le expliqué para qué lo quería. Y va la cachonda y me saca un bote de 200 ml. La caja más grande que la de un jarabe para la tos. Me la quedo mirando muy seria y levanto una ceja: ¿en serio? Sí, me dijo. Si es para una prueba necesitas que esté muy limpito y solo se consigue con esto.

Como no le he hecho nada a mi farmacéutica no dudé de la veracidad de sus palabras. Lo pagué y me lo llevé. El espectáculo vino más tarde: cuando me lo tuve que poner. Parece ser que hay que estudiar al menos dos años de enfermería para saber poner un enema. Yo lo hice como me indicaban en las instrucciones, y como era en casa, me puse velitas y música romántica para hacerlo todo menos impersonal. Que una tiene su corazoncito. Pero cuando voy a apretar el tubo, el líquido no entraba. Hacía tope y no entraba. Yo que pensaba que eso iba a ser coser y cantar, y estuve cerca de dos horas para vaciar los 200 ml. Claro que hice trampa y lo dejé por la mitad, cuando pude comprobar que no había nada que echar en los intestinos.

Pero por si fuera poca la gracia, el día de la prueba una enfermera súper amable me informa a la par que me da la bata de que me va a tener que rellenar la vagina con un líquido para crear contraste en la imagen. Me lo comunicó con antelación para que me fuera haciendo a la idea. 

Me hice a la idea, me tumbé en la camilla y me rellenó como a un roscón de reyes. Y aún así, fue peor un pinchazo que me pusieron en la pierna para paralizar los movimientos de las tripas para que salieran bien en la imagen. Y yo pensando: ¿no lo podéis arreglar luego con photoshop? Pero se ve que no, que para ellos es muy importante que la imagen sea clara y sin movimientos. 

Me dejaron sola en la habitación, con mi bata y unos cascos, y la máquina empezó a moverse. Subió, subió y subió, tanto, que por un momento creí que me iba a pegar de morros con la parte alta del tubo. Luego se movía un poco hacia delante, otro poco hacia atrás, se paraba y hacía un ruido horrible que era capaz de escuchar hasta con los cascos. Yo intentaba no ponerme nerviosa, pero decirte a ti misma no te pongas nerviosa no funciona mucho en estos casos. Respiré hondo, lo más que pude que no fue mucho, e intenté evadirme. No lo conseguí. Empecé a pensar si se habrían olvidado de mí, y me habrían abandonado dentro de ese tubo, medio atada. ¿Sería capaz de salir yo sola de allí? Paraba la progresión de la paranoia antes de que fuera a más, pero el tiempo se me hizo eterno. Por suerte no tuve que comprobar si sería capaz de escapar o no, ya cuando me veía perdida y abandonada allí dentro volvió a entrar la enfermera para liberarme. La hubiera abrazado, pero no lo vi oportuno.

La parte buena de ambas pruebas es que di con personas muy amables que supieron tratarme muy bien y tranquilizarme en todo momento. Durante la resonancia tuve en la mano una perilla de llamada en caso de que me agobiara mucho, pero preferí aguantar sin tocarla. Quería ver hasta dónde era capaz de llegar mi psicosis.

Eso sí, a partir de ya tengo prohibidísimas las películas de temática cáncer (demasiado sentimentales) y las de zombis, que no será la última resonancia que me hagan y no quiero que mi cabeza vuelva por ciertos derroteros. Antes de las pruebas, unicornios rosas. 

Unicornios rosas.

Unicornios rosas zombies.

Unicornios rosas zombies que atacan justo en el momento en que estoy atrapada.

¡Mierda!

viernes, 21 de abril de 2017

Mamá en Apuros: No lo llames cáncer



Hay un miedo extendido a no nombrar esta enfermedad. El cáncer, la palabra en sí, es como tabú en nuestra sociedad.

Quizá es porque la palabra se ha hecho sinónimo de muerte. Al menos así lo veo yo. Así lo estoy viviendo. No porque me vaya a morir, que espero que no (estoy casi convencida que al menos no de esta), pero por lo que veo en los ojos de las personas a las que les cuento lo de mi tumor. 

Siempre es igual, cambia el gesto, y hay un instante, un momento, en el que brilla una especie de chispa en sus iris. Esa chispa que ya te está enterrando, que te mira con pena, a ií y a tu hija si está contigo. O a tu marido. Ese gesto con la boca, metiendo un poco la comisura hacia dentro como diciendo: qué vida más puta, pero menos mal que te ha tocado a ti y no a mí.

Bueno, supongo que este último pensamiento es lícito tenerlo. Todos deseamos el mal fuera de nuestras vidas, yo incluida. 

En base a estas experiencias, me cuesta más contarlo. No me cuesta hablar del tema, me encanta hablar de mí misma (¡a quién no!), y es la mejor manera de monopolizar una conversación. Llegas a un grupo de personas, dices: “¡tengo cáncer!”, como quien suelta una bomba y ya está: el resto del día son preguntas exclusivas sobre tu persona. Y sí, me encanta hablar de mí misma, pero hay ciertos contextos en los que no. Y sentir manitas frotándome la espalda como si fuera una pobrecita que no tiene esperanza pues como que no. Atenciones las justas y las sanas, por favor.

A mi también me cuesta nombrar la enfermedad, pero no es por miedo. No es porque me de miedo decir que tengo cáncer, pero sí que es verdad que cuando dices el nombre suena como cavernoso, como con eco, como si fuera gigante. Y yo no quiero tomarme mi enfermedad como algo gigantesco a lo que casi no podré vencer. Quiero tomármelo como una enfermedad, ni más, ni menos. Es una enfermedad tratable, que no será agradable de vencer, pero a la que voy a hacer frente sin hacerme yo pequeña. ¿Perderé el pelo? Puede. ¿Me cagaré en los muertos del diablo? Seguro, soy mucho de blasfemar. Pero no perderé las ganas de luchar. Eso nunca. Y para hacerlo más pequeño, para no amilanarme frente a ese nombre que es casi sinónimo de muerte, prefiero utilizar otros apelativos. Así, en plan cariñoso. Voldemort, por eso de ser un nombre prohibido, ya que el mago oscuro es El-que-no-debe-ser-nombrado. La enfermedad, el diagnóstico, el mal, y volvemos a Voldemort. Es el que más me gusta porque además me imagino el tumor como al mago malvado en la primera película, que iba adosado al lomo del profesor como un amasijo de carne mal puesta. Lo imagino con mala cara, lleno de bultos y escupiendo sangre (casi todo el día, qué molesto es el jodío). Imagino que se enfada cuando voy a correr y por eso voy casi todos los días. Imagino que sonríe cuando me da un pinchazo y hace que me siente en el sofá, y por eso, por fastidiarle, me levanto y me pongo a hacer cosas. Así me lo imagino yo, un bulto deforme con cara desagradable en el cuello de mi útero, que intenta paralizarme. Por supuesto, no se lo permito.


Quizás sea causa de mi imaginación hiperactiva unida al hecho de tener más tiempo libre, pero me hace gracia imaginarlo así. Disfruto como una malvada de película imaginándome el bombardeo que supondrá la radio y la quimio. ¡Achichárrate, Voldemort! ¡No volverás a hacerme sangrar! ¡Vuelve a la oscura caverna de donde saliste! Una guerra es una guerra y aquí no hay concesiones.

El caso es que, lo llame como lo llame, soy consciente de lo que tengo. Soy consciente de la gravedad del asunto, pero no necesito a nadie que me recuerde con una simple mirada que estoy en el abismo. No quiero mirar abajo, porque me podría caer. No quiero que miren a MiniP con pena, porque aún no está huérfana, y hay un porcentaje muy cercano a 100 de posibilidades de que no lo esté en un futuro inmediato.

De modo que no lo llamaré cáncer. Mi tumor a partir de ya tiene nombre y será Voldemort. Por favor, no lo digáis muy alto no vaya a ser que J.K. Rowling venga y me pida derechos de autor…

viernes, 7 de abril de 2017

Mamá en apuros: MARZUS HORRIBILUS




Cuando te dan una noticia horrible, tan solo puedes pensar: ¿qué?

¿Qué?

La doctora sigue hablando. Te da información, te mira fijo, sabe que es un palo, pero ella tiene que contártelo. Pero tú solo piensas: ¿qué?

Me entero de la mitad de lo que cuenta, porque mi mente sigue divagando. ¿Qué? Parece que se ha quedado en pausa, no consigo avanzar más allá de la palabra maldita, la que más cuesta pronunciar, como si tan solo al nombrarla estuvieras llamando en la puerta del infierno. Como si fuera Voldemort. Pero mi mente solo piensa: ¿Qué?

No un por qué. No un cómo. Solo un: ¿qué?

En ningún momento he pasado por la negación. No es un no me lo creo. No es un: ¿perdona? Es un: ¿qué?

Quizá era una noticia que no esperaba escuchar nunca. Todos mis análisis han sido perfectos siempre. Estoy sana, hago deporte, intento cuidarme, aunque para qué nos vamos a engañar, no siempre lo consigo. Pero intentarlo, lo intento. Y ahora esto. 

¿Qué?

Me he quedado como si me hubieran dado un palazo en la cabeza. En shock. Abrumada. Las lágrimas vienen después, porque vienen. No podía ser de otra manera, soy una llorona desde que nací. Pero no son malas, las lágrimas no son malas, al contrario. Me ayudan a contestar a ese qué, que parece que no quiere moverse de mi cerebro. 

Salimos de la consulta, Papá en Apuros está conmigo. Por suerte. Él también se ha quedado helado. No es para menos. La palabra maldita ha estado en su familia el último año, y ahora que parecía que se había marchado resulta que ha saltado hasta mi útero. 

El útero, vaya cosa. Si yo ya lo he usado, no lo quiero para nada más. Pero parece ser que no me lo quieren quitar. Debe ser que como ahora está defectuoso no lo quiere nadie. 

Cuando consigo avanzar más allá del qué, iluminado con bombillas fosforescentes, lo siguiente que pienso es que tenía que ser en marzo. Estoy segura de que si hubiera sido otro mes distinto esto se habría quedado en un susto, pero marzo es el mes maldito. El mes que se llevó a mi padre hace ya cinco años, y el mes en el que me nombran la palabra maldita. Es horrible, podría borrarse del calendario. Me ha traído mala suerte. No lo quiero. Lo regalo junto con el útero.

Y después, fases. Montañas rusas. Me sorprende salir a la calle. En la silla de la consulta, cuando la doctora me ha dicho lo que tenía, parecía que mi vida se había acabado. Pero no. La vida continúa. La de los demás y la mía también. Todo sigue girando, el sol sigue saliendo tras la lluvia, las nubes siguen su misterioso y desconocido camino.

Y mi vida está en suspenso, pero no interrumpida. Está en suspenso porque no sé qué pasará en un futuro próximo, no sé qué tratamiento me darán ni cómo me va a sentar. Mi vida normal, mi estrés, mis puzles diarios de horas se han visto afectados. Ahora todo eso no me importa. Porque tengo otras cosas en qué pensar. Y son más importantes.

Tengo miedo, pero no tengo miedo. 

Soy una guerrera y presentaré batalla. No será fácil, pero lo haremos divertido.



La victoria está un paso más cerca.

viernes, 31 de marzo de 2017

Mamá en apuros: Los genes de la torpeza




Mi torpeza es antológica. Son mis genes, la culpa no es (del todo) mía. Admito la parte en la que mi cabeza, siempre en otros mundos, no atiende al mundo real, el de las cosas en 3D y luego pasa lo que pasa, pero hay veces que no es por eso. Hay veces que lo veo venir y aun así no puedo hacer nada por evitarlo.

Lo peor de todo es que MiniP ha sacado mis genes. No le podía dejar los ojos verdes, no. Tenían que caerle los cromosomas en los que iban mis pies gigantes con deditos como tentáculos de un pulpo y la torpeza extrema de la que hacemos gala. 

Somos como la ley de Murphy: si nos podemos caer, nos caeremos. En el lugar más tonto, en el sitio más insospechado. Lo que todo el mundo ve, nosotras no. Algún día, estoy segura, dominaremos el mundo, pero lo echaremos a perder vertiendo agua encima del ordenador central que controla los misiles. E iremos a la cárcel donde nos tropezaremos en cada bordillo.

MiniP cuando empezó a andar caía siempre de cabeza. Daba igual si era un tropiezo tonto: acababa con chichón en la frente. Le enseñé a poner las manos, pero fue inútil: ponía las manos y la cabeza seguía su trayectoria para acabar estrellándose en el suelo. Chichón asegurado.

Pero es que yo tengo también unas pocas de anécdotas. Me avergüenza un poco reconocerlas, pero la torpeza es parte de mí, y tengo que aprender a aceptarla, al igual que a mis pies (con deditos como tentáculos de largos).

Cuando nos compramos la casa nos la dejaron hecha una mierda. Había porquería por todas partes, sucia, y hasta con cosas. El piso tenía una terraza, donde había un mueble donde nos habían dejado unos zapatos de trabajo y varias porquerías. La terraza tenía una puerta doble de cristal. 

Un día que estábamos limpiando, antes de mudarnos, yo estaba en la cocina trasteando (peleándome con algo que había cobrado vida en el frigorífico), y Papá en Apuros estaba en la habitación del fondo de la casa colgando una lámpara (nos dejaron hasta sin bombillas, con los cables pelados colgando del techo). Necesitó un destornillador, y en lugar de bajar de la silla e ir a buscarlo, pues me preguntó, a voces, que si lo había visto.

Y sí lo había visto. En la terraza.

Cogí carrerilla desde la cocina, exaltada por la batalla con el primo de Cthulhu que había quedado en el frigo, y me dirigí hacia la terraza cegada por la furia y con el único objetivo en mente de recoger el destornillador y clavárselo al bicho para ganar la batalla. Y luego que lo cogiera Papá en apuros, aunque lo tendría que limpiar de la potencial sangre verde del primo de Cthulhu. Y allí que fui: aguerrida, dispuesta, casi victoriosa cuando… ¡Cataplún! Me choqué contra las puertas de la terraza, que estaban cerradas.

Cuando Papá en Apuros cuenta la anécdota, y la cuenta demasiado a menudo para mi gusto, nunca se olvida de añadir que los cristales tenían aún pegados unos cuadraditos de corcho, pequeños, de esos que ponen para que en el transporte no se rompan. Eso, y que estaban sucios.

Yo siempre me sorprenderé de no haber sangrado, aunque la mayor parte del golpe se lo llevó la frente. Después de eso di la guerra con el primo de Cthulhu por terminada, ya que del golpe se asustó y salió huyendo, y me vengué de las puertas quitando la terraza e incorporándola al comedor. No me volvería a pasar.

Pero años después me pasó algo parecido. Volvía del trabajo y debía recoger a MiniP de casa de mi hermana. Fue poco después de la muerte de mi padre, y cuento esto para mi descargo, ya que por aquel entonces tenía como una nube negra a mi alrededor. Era como si la realidad se hubiera oscurecido, y esa nube ralentizaba mis sentidos. Todos.

El caso es que el barrio de mi hermana es el mismo donde vivimos de pequeñas, y tiene una curiosidad: los balcones de los pisos más bajos están demasiado bajos. Cuando éramos pequeñas y jugábamos en el barrio nos encantaba pasar por debajo, hasta que crecimos (a los diez, más o menos) y ya rozábamos la cabeza en el suelo del balcón. Pero entremedias además asfaltaron la calle, con lo que la medida entre el balcón y el suelo bajó aún más. 

Mi nube negra y yo llegamos, aparcamos el coche y caminamos hacia el portal de mi hermana, que quedaba al otro lado del edificio. En un momento dado bajé la vista al bolso para asegurarme de que había guardado las llaves del coche, no fuera a ser que las hubiera perdido (esto es otra cosa, además de la torpeza tengo mala memoria) y antes de sentir ningún dolor escuché un crujido. Al segundo del crujido ya noté un dolor sordo en la zona de la nariz, y un líquido viscoso que goteaba.

Al bajar la vista me había comido uno de los balcones que llevaban toda mi vida en el mismo sitio. 

Me empezó a sangrar la nariz como si no hubiera un mañana, y se me ocurrió taparme con la camiseta, dejando la barriga al aire. En el portal de mi hermana me crucé con unos vecinos suyos, muy simpáticos, que me miraron con cara de alucinados, pero que no se dignaron a preguntarme ni siquiera si estaba bien. Pregunta absurda, por otro lado, porque con la nariz sangrando y la camiseta manchada de sangre nadie puede estar bien. Tuve la decencia de bajarme la camiseta, no fuera a ser que se ofendieran a la vista de mis chichas. Lo que no recuerdo ya es si dejé rastro de sangre dentro del portal. En la calle sé que sí.

La cara de mi hermana fue un poema cuando abrió la puerta. Me preguntó, alterada: “¿Qué te ha pasado?” Y yo le contesté como en el chiste: ¿Ves esos balcones de ahí? ¿Sí? Pues yo no los he visto…”

Por suerte fue más maja que sus vecinos y me llevó al hospital donde me dijeron que la nariz no la tenía rota y que la torpeza es intratable.

Estoy buscando disfraces de muñeco Michelin para vestir a MiniP todos los días con ellos. Para mí ya es tarde, pero ella a lo mejor aún tiene alguna posibilidad de superarlo…



domingo, 12 de marzo de 2017

Relato: Súper Héroes en el recreo


- Tú no puedes jugar. - Le dijo Rubén, con los brazos cruzados, a Paula.

Ella permaneció de pie frente a él, postura defensiva también. Se quitó un mechón de pelo de la cara y levantó la barbilla.

- Claro que puedo.

- No -, reafirmó Rubén. - Eres una chica. Las chicas no pueden ser súper héroes.

- Pues claro que pueden. - Ahora fue Paula quien cruzó los brazos. - Las chicas podemos ser lo que queramos.

Detrás de ellos se había formado un grupito de niños y niñas de su edad. Estaban disfrutando del recreo del colegio. Detrás de Rubén había otros tres niños, dos de ellos se evidenciaban a favor de no dejar jugar a Paula. El tercero, Thiago, no lo tenía tan claro.

- Sí que puede ser súper héroe, Rubén. Déjala jugar.

Rubén pareció pensárselo. 

- Está bien. Serás la chica a la que hay que rescatar.

Cogió del brazo a Paula, para llevársela al otro lado del patio, pero la niña se resistió.

- ¡No! ¡Yo también quiero ser súper héroe!

- ¡No puedes, eres una chica! ¡Las chicas no pueden ser súper héroes!

Paula frunció los labios y pegó una patada en el suelo, frustrada. Todos los niños y niñas que estaban en el patio, ya fuera atentos a la pelea o sin haberse percatado de ella, gritaron a la vez. La patada de Paula había provocado un terremoto que había movido hasta el tobogán.

- He dicho que sí puedo - habló la niña con los dientes apretados, y con un movimiento de manos, pareció acumular algo invisible que enseguida soltó contra el pecho de Rubén.

El niño cayó hacia atrás empujado por fuerzas que no podía ver, con la sorpresa aún pintada en la cara. En cuestión de dos segundos cambió la expresión por completo, sonrió de medio lado, y se levantó. Sacudió su camiseta, ahí donde parecía haberse golpeado, y se acercó caminando despacio hasta donde esperaba Paula.

- Escuadrón de la muerte - dijo, inclinando la cabeza hacia sus amigos - ¡En guardia!

Dos de los tres niños que estaban detrás de Rubén se colocaron a ambos lados de él. Pero Thiago no se movió. Rubén le miró directamente.

- ¿Qué haces?

Thiago miró al cielo, parecía meditar. 

- Tu bando no me gusta. - dijo -. Me voy con ella.

Y, de forma tranquila, se pasó junto a Paula, donde ya se habían posicionado Candela, en actitud defensiva, y Yasmin, algo más atrás, pero con la cabeza alzada altivamente.

- ¡Liga de la justicia! - gritó Paula - ¡Nos atacan los malos!

- No se dice malos. Se dice villanos -. Corrigió Candela.

Paula se encogió de hombros y puso los puños en modo defensa. Todos los niños y niñas que había preparados para luchar gritaron a la vez y se atacaron entre ellos.

- ¡Toma! Mi súper flecha envenenada te ha dado en la pierna - gritó Rubén.

- Mi escudo de fuerza mega invisible lo ha parado, súper malo. ¡Toma mi mega rayo flúor rompe dientes! - contraatacó Paula.

- ¡Flus! ¡Flus! ¡Flus! El súper spray anti villanos que mata arañas, cucarachas y moscones. ¡Estás muerto, súper villano! - Candela se había ensañado con David, que estaba en el suelo inmovilizado por la niña.

- ¡Yasmin! ¡Te he dado con el súper rayo mega malo que hace mucho daño! Te tienes que caer al suelo… 

Los demás habían dejado de atender sus juegos, llamados por los colores y sonidos que se escapaban de la lucha. En algún momento incluso tuvieron que esquivar rayos perdidos, que posiblemente les habrían quemado los zapatos. 

Rubén perseguía a Paula, que se había encaramado a la valla, gritando que estaba en su refugio mega secreto y allí no podía verla.

Yasmin se había recuperado del rayo mega malo, y ahora perseguía, pala en mano, a David, ayudada por Thiago, que se había quedado sin contrincante al haber huído acobardado.

Candela había cambiado a David por Aarón, y le tenía en el suelo, inmovilizado y haciéndole cosquillas. 

Las demás niñas y niños jaleaban, no se sabía bien si a favor o en contra.

De repente un trueno atravesó el cielo y llovieron gotitas de realidad que fue dibujando, de nuevo, su patio de recreo. Todos levantaron la cabeza a tiempo de ver a su profesora, Elena, dando palmadas y llamando al orden.

- ¡Vamos, chicas, chicos, a clase!

Paula miró a Rubén, en lo que fue un intento de levantar una ceja, pero que a sus cinco años se quedó bastante pobre. Bajó corriendo de la seguridad de la valla, y se puso junto a Elena.

- Profe…- Le dijo, llamándole la atención - ¿A que las niñas también podemos ser súper héroes?

Elena frenó su caminar y se agachó un poco para mirar a la cara a Paula.

- ¿Qué dices, cariño?

- ¿A que las niñas también podemos ser súper héroes?

Elena sonrió.

- Bueeeno… Súper héroes no -, hizo una pausa dramática que dejó en suspenso el corazoncito de Paula -. Nosotras somos súper heroínas, y claro que podemos serlo, en virtud de la igualdad. - Se levantó y cogió de la mano a la niña -. De hecho, hay muchas súper heroínas.

- ¿En la tele?

- En la tele, en los cómics, en los libros… Y hasta en la vida real. -Volvió a mirar a Paula y sonrió. - Aunque las de la vida real no tienen súper poderes.

Paula se giró, miró a Rubén que iba detrás suyo, y le sacó la lengua.

Volvió la vista al frente, alzó la barbilla, orgullosa, y entró en clase junto a su súper heroína favorita.

viernes, 10 de marzo de 2017

Mamá en apuros: los apuros en ginecología




Esta semana me ha tocado ir al ginecólogo. Diría que por rutina, pero la verdad es que no, ya que las visitas rutinarias hace tiempo que se pasan con la matrona en el centro de salud. No sé muy bien el motivo del cambio, tampoco cuestiono la profesionalidad de las matronas o los matrones, solo que me sorprende. 

Creo que es vox populi que el ginecólogo es a las mujeres lo que el dentista a la población general. Quien me conoce (y a quien no ya se lo digo yo) sabe que no me gusta hacer distinciones de género, y que me estoy transformando de feminista a feminista radical cada día que pasa, pero aquí debo decir que no encuentro una comparativa convincente para que cualquier hombre, que jamás ha tenido que visitar un ginecólogo y que jamás lo visitará, entienda nuestro reparo.

Para empezar, nos han criado socialmente para que no enseñemos nuestras partes íntimas. De hecho, ni siquiera las podemos nombrar. Está mal visto que digamos vulva o vagina. Para ello tenemos miles de palabras comodín para evitarlas: potorro, pipetilla, cosita, chirimiqui, o incluso, de una forma algo más grosera, coño. Aunque esta última se utiliza mucho en frases coloquiales para expresar que algo es aburrido o malo (esto es un coñazo, qué coño quieres). A MiniP intento enseñarle que, aunque está bien decir potorro, también lo está decir vulva, y es más acertado. Igualmente le intento enseñar que el pito, la pilila o la tota, se llama pene. Aunque yo prefiero decir polla, creo que es una palabra muy gruesa para ella.
El bolso chocho mandala, que ha creado la siempre genial @lola_vendetta, para mostrarle al mundo lo que siempre se ha tenido que esconder. De venta aquí.


El caso es que enseñar nuestra vulva está mal. Hasta debemos sentarnos con las piernas cruzadas, no vaya a ser que se nos intuya algo a través de la ropa. Miles de veces he tenido que escuchar, o más bien oír, por el caso que le hacía, que qué feo quedaba que una señorita se sentará espatarrada, como yo solía hacer. Siempre he odiado que me llamaran señorita. Yo no soy una señorita, solía contestar, y seguía espatarrada.

Pues está mal enseñar tu vulva, o hacer ver conscientemente que la tienes, pero un día llega el momento en que tienes que ir a ver al ginecólogo. Y ahí no vas a que te vean tu cara bonita, no. Vas a que te miren tu vulva, tu vagina y si hay ecografía de por medio, los ovarios, las trompas y todo el aparato reproductor. Y para eso, te tienes que desnudar, subir a una silla que parece muy simpática, y enseñarle tus partes en todo su esplendor al doctor o la doctora que esté en ese momento en la consulta.

A mí, la verdad, que sea ginecólogo o ginecóloga me da igual. Hay quien dice que prefiere a un hombre porque te trata con más delicadeza, pero yo no he notado diferencia. Sea quien sea quien te atienda, suele funcionar siempre igual:

Entras. El doctor o la doctora están tras un ordenador, y sin apenas mirarte a la cara te acribillan a preguntas. A mí con esto me pasa como en los concursos, que me pongo nerviosa y ya no sé si lo que he contestado es correcto o no.

-- Fecha de la última regla.

-- Uhhh, ufff, pues no sé, hará como un par de semanas.

El doctor o la doctora tuercen la boca.

-- ¿Tu última citología?

-- En un tiempo impreciso entre un año y dos. 

-- ¿No puede concretar más?

-- Noooo. ¿No debería tenerlo en la historia?

Ahí me mira fugazmente. Teclean furiosamente en el ordenador un rato, y yo miro los posters de la pared. Hasta el techo, si hace falta, con tal de no mirar hacia el potro.
El potro de la muerte. Vale, no era este el de la consulta, pero mucho no ha cambiado...


El doctor o doctora termina de teclear. Sin mirarme me indica que pase a quitarme pantalones y bragas y me siente en la silla. Ahí es cuando empiezan los sudores de la muerte. 

Paso tras una mísera cortina, donde hay una silla para dejar las cosas. Hago lo que me han indicado, es decir, me quedo desnuda de cintura para abajo, y tapándome disimuladamente camino despacio hacia la silla. La toco con un dedo, por si da calambre, y ante la mirada apremiante de la enfermera (no sé por qué, pero siempre son enfermeras, al menos las que yo he visto), me subo.

-- Pon los pies en los estribos.

Me entran ganas de decir que no, pero entonces no tendría razón de ser que estuviera allí en el médico. A veces hay que hacer cosas que no nos gustan, pero son necesarias. Trago saliva y pongo los pies en los estribos. Eso sí, las rodillas caen hacia dentro, como si pudieran tapar algo las pobres.

El doctor o doctora, mientras tanto, ha dejado de teclear, se ha puesto los guantes y se ha sentado en un taburete para quedar a la altura de mi aparato reproductor. Con firmeza me sujeta de una rodilla y me pide que abra más las piernas, aplicando un poco de presión para intentar llevarme a su terreno. Yo, que necesito un poco de cariño, me rebelo y hago fuerza en dirección contraria, en un duelo que ya sé perdido. Al final cedo, antes de ver la cara de ceño fruncido que probablemente asomaría por entre mis piernas, y dejo caer las rodillas hacia el exterior. Pero lo peor aún no ha empezado.

-- Baja.

-- ¿Qué?

-- Baja.

Me están pidiendo que baje más en la silla, si ya casi estoy con el culo fuera. 

-- Más.

Saco más el culo. Casi estoy en el aire.

-- Esto está frío.

Y me meten una cosa fría, de repente y hasta el fondo, sin posibilidad de réplica. Que digo yo, si no lo van a hacer con delicadeza, ¿para qué preguntan? ¿Para regocijarse en la impresión ajena? Toquetea, mira, le siento hurgar por mis bajos, y yo estoy en una posición que me indigna. Casi literalmente.

¿Quién inventaría los potros de ginecología? Juraría que no han cambiado nada en siglos. Entiendo que la postura es cómoda para los profesionales, pero, ¿alguien ha pensado en los pacientes? Porque os aseguro que estar un rato con el culo fuera, haciendo fuerza con las piernas para no escurrirte aún más y acabar ahogando al doctor o a la doctora, a quien toque, con la fuerza de tu vulva, no es nada cómodo. Por no decir que atenta contra la dignidad humana. Y ya puestos, contra la divina también.

Me entraron ganas de hacerme inventora para inventar una silla que fuera más cómoda, más amable. No sé, al menos que nos masajeen la espalda mientras estamos ahí subidas, intentando no pensar en si de verdad te están mirando el cuello del útero o es que te están pintando un cuadro abstracto, de todas las pinceladas que sientes…

El caso es que no sabría ni por dónde empezar a inventar, de modo que solo me ha quedado el recurso de las tristes: la pataleta. 

Y volver las veces que hagan falta, ya que con la salud no se juega. Pero la próxima vez me llevo el ipod, un libro o me pongo una serie en el móvil, a ver si poniendo mi atención en otra cosa me relajo más y se me pasa antes el mal trago. Y al doctor, o doctora, si no les gusta, que se aguanten, que la que tiene que estar espatarrada ahí arriba soy yo, no ellos…



lunes, 6 de marzo de 2017

Kilo arriba, kilo abajo de Perra de Satán




Sinopsis (contraportada): ¡Joder! Esta es la mejor novela que he leído en mi vida. Trocito de tarta de tres chocolates. La Perra de Satán esta me parece una tía de puta madre, ojalá pudiera conocerla. Trocito de tarta de tres chocolates. Qué mala leche la tía, me he partido el culo. Aunque igual lo de santiguarse cuando ve pasar al Cristo es un poquito fuerte. Trocito de tarta de tres chocolates. Pero vamos, que cuando se tiene el horcate caliente, todo agujero es trinchera, yo la entiendo. Ojalá haya segunda parte, porque me he quedado con ganas de más. Trocito de tarta de tres chocolates. ¡Anda que con lo que le gusta comer, cómo se le ocurre ponerse a dieta! Le pasa lo que a mi, a la pobre, que habiendo tarta cerca cualquiera se pone a pensar en salud y belleza. Trocito de tarta de tres chocolates. Además, la belleza es un invento capitalista, Trocito de tarta de tres chocolates. ¡Coño, se me ha acabado la tarta! Qué poco dura lo realmente bueno, por eso esta novela es tan corta.


Este es uno de tantos libros que me presta mi hermana, la anteriormente conocida como Lady Boheme, esa que solía tener un blog y ahora solo tiene unos (miles de) apuntes. Es lo que tiene hacerse opositora, que pierdes calidad de vida y vida misma...

El caso, es que me lo dejó en casa de mi madre y de ahí lo cogí yo, intrigada, por el título de la novela (no es que sea muy intrigante, pero que me llamó la atención) y por el nombre de la autora. Perra de Satán. Toma ya. 

Y comencé a leerlo enseguida. Son de estas cosas que pasan, que tienes libros en tu estantería que esperan años (también prestados, que tengo una sección en mi biblioteca solo para libros de mi hermana) y luego te encuentras con uno que te llama y te lo lees enseguida. Así es la vida de la lectora.

También es verdad que necesitaba cosas frescas, fáciles de leer y sencillitas, para dejar atrás la racha de lectura lenta que venía teniendo desde el último trimestre de 2016, y este tenía precisamente esa pinta. La portada morada con la preciosa ilustración, a cargo de Ana Belén Rivero, de una chica inflándose a pasteles, la contraportada con una vaca flaca con bragas que le quedan grandes, las letras razonablemente grandes (tampoco nivel se ve desde la ventana de enfrente, pero grandes), capítulos cortos. Lo único que no me gustó mucho fue la textura del papel, que es demasiado satinada…

Y enseguida me puse a leerlo. Y enseguida lo terminé. Un día, concretamente, tardé en leerlo. Así me gusta acabar con las rachas malas de lectura, con libros que me duren un suspiro. Y entre medias, diversión.

La novela es divertida. Te cuenta en primera persona las vicisitudes de una chica gorda que se pone a dieta, y pierde kilos, fuelle y hasta buen humor. Entre tanto le pasan ciertas cosas, todo ello contado de forma divertida. El formato es tipo blog: entradas cortas, que no necesiariamente continúan el capítulo anterior, pero sí que tienen coherencia temporal. 

El estilo es muy dinámico, muy fresco, divertido. Tiene un gran sentido del humor, y sabe contar las cosas de manera atrayente y atrapante. Me gustó mucho, la verdad. Lo disfruté y hasta saboreé la tarta de tres chocolates, la preferida de la protagonista.

Cuando cogí el libro no sabía nada de ella, pero ahora sí. Enseguida la busqué en las redes, y la sigo ahora por Facebook. ¡Si hasta la he visto en la tele! En el programa de First Dates, donde la emparejaron con un canto rodado que no le llegaba ni a la suela de los zapatos. Eso sí, ahí pude apreciar que la frescura y la locura son de ella, de serie, no impostadas para el libro. 

Lo recomiendo para todos los públicos mayores de edad, eso sí. Para gordas y gordos, flacas y flacos, los que están en proceso de adelgazar o engordar y para los que les apetece echarse unas risas. Por cierto, en el libro explica el porqué de su pseudónimo, o al menos una versión del motivo. Ya solo por eso merece la pena leerlo…