lunes, 22 de agosto de 2016

SHEILA LEVINE ESTÁ MUERTA Y VIVE EN NUEVA YORK, Gail Parent





Sinopsis (Libros del Asteroide): Sheila es una chica mona. Su madre dice que es guapísima, claro, pero ya se sabe cómo son las madres. Vive en Manhattan con su mejor amiga, Linda, que es más alta y más delgada que ella.

Sheila no piensa demasiado en el futuro y su vida transcurre como la de cualquier otra chica. Sin embargo, su despreocupación termina el día en que cumple treinta y cae en la cuenta de que no tiene pareja. Sheila intentará resolverlo, pero no es tarea fácil: el que no es gay, se enamora de su mejor amiga; y el que parecía tan buen chico, solo busca ahorrarse el alquiler. Un desastre.

Las decepciones se transforman en desesperación y, en un momento de lucidez, Sheila toma una decisión drástica: suicidarse. Pero antes de hacerlo, tiene que dejar sus cosas en orden y explicar los motivos en una larga nota.

Considerada cuando se publicó, en 1971, como la alternativa femenina al Alexander Portnoy de Philip Roth y a las primeras comedias de Woody Allen, Sheila Levine está muerta y vive en Nueva York continúa siendo la nota de suicidio más divertida que se haya escrito nunca.



Me topé con la maravilla de edición de Libros del Asteroide en la estantería de novedades de la biblioteca. No iba a coger nada, porque tenía pendientes varios, pero le había visto por las redes, con pronóstico favorable, y desde su sitio en el anaquel me hizo ojitos. ¿Quién podría resistirse a Sheila haciéndole ojitos a una?

Me lo llevé, y la verdad es que lo leí rápido. En tres días me había comido la historia de Sheila y su penar por los hombres. Tuvo momentos buenos, pero la sensación general fue de “meh, ¿tanto bombo para esto?”

La historia me pareció un poco patética, y Sheila un personaje patético. Lo bueno de esto es que me creí su personaje, es decir, que está bien dibujado y es profundo, pero no empaticé con ella. Y es que esa búsqueda de marido porque ya tiene 30, y la decisión que toma de suicidarse porque no lo encuentra y no hay ningún hombre bueno en toda Nueva York, ya no digo bueno, sino medio decente, es cansina. Me entraban ganas de gritarle: “¿Y qué? Eres una chica inteligente, sigue tu vida, que casarse no es lo único en el mundo”.

Luego me di cuenta de que había cometido un error. Había juzgado al libro, y a su personaje, con la mentalidad de hoy. O al menos con mi mentalidad. Pese a haber sido criada como una niña (entre otras cosas porque fue mi sexo biológico, y el que sigo conservando, espero que por muchos años) en los años ochenta (con la visión de género que había en aquella época), mi mentalidad al respecto siempre ha sido un tanto… digamos… rebelde. Ya desde pequeña me rebelé contra los vestidos, las muñecas y los lazos. (Cómo odio los lazos). Y el color rosa. Una de mis tías (y esto lo recuerdo muy bien), tuvo la generosidad de catalogarme como “machorra”, y decía, entre sornas, que de mayor me iba a operar para ponerme pene, que en aquel entonces sonaba como a ciencia ficción, pero que lo hacían donde hacían toda la ciencia ficción por los ochenta, en EEUU… Sin embargo, esto no hizo mella en mí, que me encogía de hombros y seguía jugando a lo que tocase.

Cuando fui adolescente, yo siempre decía que no me iba a casar. Mi abuela materna me decía que cómo iba a tener hijos si no, y yo la escandalizaba (pero de verdad, que así es mi abuela) contestando que si quería tener hijos sería madre soltera. Al final resultó que sí me casé y que tuve una hija, aunque en mi defensa diré que me casé por el juzgado… ¡y de morado!

A lo que pretendo llegar es que, a pesar de haberme casado finalmente, nunca fue mi objetivo en la vida. No era el eje central de mi existencia ni muchísimo menos, como lo era de Sheila Levine, y como lo fue para una generación de mujeres. Puede que, incluso hoy día, lo sea para muchas. Bajo mi punto de vista no es algo prioritario, y no me gusta que la sociedad de ahora, que se supone moderna, presione a las mujeres para que siga siendo su objetivo primordial. Obvio que cada cual es libre de escoger su camino, pero me gustaría que este camino fuese libre y no impuesto mediante presiones subliminales.

Por eso hice introspección y juzgué el libro de forma más justa, con la visión que podría tener la propia Sheila.

Una judía, criada por su padre y por su madre, para un único propósito: conseguir a un buen hombre (judío a poder ser), y formar una gran familia con él. Con lo que, nos guste o no, Sheila tan solo es culpable al 50% de su obsesión. Ahí están sus padres y su entorno para el otro 50.

Y teniendo en cuenta esto, además, es el precursor de otros libros que particularmente me han encantado, como puede ser Bridget Jones, Loca por las Compras, o cualquiera de la Familia Walsh. Es el precursor de lo que llaman chick-lit (término que no me gusta, no lo creo exclusivo para mujeres). Y es divertido, también. Si arañas bajo toda esa roña machista y machacona que hacen de Sheila una inútil al estar soltera a los 30 años, encuentras la gracia.

De modo que sí, lo recomiendo, aunque solo sea para gritarle (inútilmente, que no te escucha) a Sheila que efectivamente, es tonta, pero no por lo que ella cree.

viernes, 19 de agosto de 2016

Mamá en Apuros: Arreglos en el hogar



En casa somos un tanto dejados, he de reconocerlo. Este verano hemos querido aprovechar (muy a mi pesar, que me habría pasado todas mis vacaciones de picos pardos) una de las semanas de vacaciones para hacer unos arreglillos en casa, y me he dado cuenta (una vez hechos) de la falta que hacían.

Uno de ellos no ha sido cosa de dejadez, sino de no preguntar en el sitio adecuado. Resulta que nuestro cuarto de baño no tiene ventilación, y desde que somos tres duchándonos se extendió una mancha de moho por el techo que cubre la bañera. Le pintamos encima y volvió a salir. Pregunté en una tienda de pinturas y me vendieron un producto que mata el moho, pero que no lo elimina. Le di, lo maté y lo intenté quitar raspando el techo. Ni con esas. Pintamos de nuevo. De nuevo afloraron las manchas negras. 

En el sitio de pinturas nos dijeron que mal apaño tenía aquello. Que si estábamos seguros de que no era una gotera. He tenido goteras en otras partes de la casa y sí, estoy segura de que no son goteras. Es condensación.

Un día, comprando en el Lidl, nos topamos con un cacharro que absorbe la humedad. No demasiado caro y pequeñito, justo lo que necesitaba para el cuarto de baño. Lo compramos. Y ese fue el principio del fin (del moho). 

Nos dimos cuenta que al poner el deshumidificador después de las duchas ya no se condensaba humedad en el cuarto de baño. Y ahí nos decidimos a volver a preguntar en otra tienda de pinturas. 

Fue entrar y besar el santo. Le dijimos a la señorita que atendía: “perdone, pero tenemos moho en el techo del cuarto de baño y queríamos alguna pintura para taparlo y que no vuelva a salir”. La chica no tardó ni dos segundos en aconsejarnos lo que necesitábamos: un quitamanchas y una pintura antimoho (aquella que me aseguraron en la otra tienda que no exisitía). En dos días tuvimos solucionado el asunto: una para dar el quitamanchas, con lo que el techo quedó blanco inmaculado, y otra para dar el antimoho, con lo que esperamos no volver a tener el mismo problema. 

Tanto sufrir para tenerlo listo en dos mañanas.

Aprovechando el tirón de actividad que nos había dado, decidimos terminar, de una vez, la cocina. 

Hicimos obra en la cocina hará la friolera de diez años. La cambiamos entera, de hecho, la dejamos desnuda, en sus cuatro paredes de hormigón, para empezar de cero. Le sacamos centímetros por donde pudimos (nuestra cocina, como nuestro cuarto de baño, es de dimensiones reducidas). Bueno, nosotros no, los obreros, claro. Por suerte o por desgracia no me ha dado por la albañilería, ni a Papá en Apuros tampoco, aunque poco le falta. Fueron tan buenos trabajando, que me consiguieron el medio metro que necesitaba para poner un lavavajillas, aunque de tamaño pequeño. Pero menudo servicio hace. 

Peeeeerooooo, hubo una cosa que se quedó sin poner: la salida de la campana. No me acuerdo ya por qué fue o por qué no, el caso es que ya no les dio tiempo y Papá en Apuros, tan servicial él, dijo que no pasaba nada y que eso no tardaba él nada en ponerlo.

Nada. Diez años de nada se ha tirado la campana sin salida. Y menudo circo montamos para ponerla. Lo primero, la visita de rigor a la tienda de bricolaje. Nos fuimos al Brico Depot, que es más barata que el Leroy Merlin, quizás porque no se preocupa de la imagen y sí de los precios. En el Leroy parece que estas en el Corte Inglés de la ferretería, aunque el Corte Inglés tiene el suyo propio, y por los precios pues parece que también. Compramos tubo flexible, una unión, y una sección de tubo rígido para completar, aunque creíamos que no nos haría falta.

Cuando llegamos a casa nos dimos cuenta de que el tubo no nos valía, la sección de unión era de un diámetro menor que el agujero de la campana. Otra vez de vuelta a la tienda.

Ya con todo listo, nos pusimos manos a la obra. Para acceder a la zona del techo tuvimos que quitar la nevera… ¡Y aquello se convirtió en una película de terror! ¿De dónde sale tanta grasa, por favor? Después del impacto visual que supuso aquello, dejé a Papá en Apuros que se pegara con el tubo flexible para llevarlo hasta la campana mientras yo cogía el KH7 y me liaba a bayetazos con la suciedad. 

Que a ver, no es que una sea muy limpia (ya lo sabéis de otros post), pero sí que intento que todo esté lo más decente posible. Afortunadamente el quitagrasas es poderoso y no tuve que frotar mucho, pero sí visualizar los churretes de grasa cayendo por las paredes, y he de confesar que aún tengo pesadillas. 

Pero lo peor vino después. Cuando tuvimos que poner el tubo que va hacia la calle. Aprovechamos la suerte de que el tubo que compramos, más estrecho, cabía dentro del que ya estaba puesto, pero antes hubo que echar a los inquilinos.

El nido. Llevamos con un nido allí dentro varios años. Cuando empieza el otoño escuchamos ir y venir a los pajaritos, suenan sus patitas por dentro del tubo y luego se van. En primavera se les siente salir a todos, volando. Pero, por muy divertido que resulte, no los queremos allí. 
Afortunadamente no había pajaritos en el nido


Tras probar infructuosamente varios métodos, en los que Papá en Apuros casi pierde un ojo bajo un montón de guarrería, decidimos echarlo al patio utilizando un trozo cuadrado de plástico de protecciones que teníamos por ahí (cosas de la vida). En el primer intento cayó una lluvia de pajitas al patio, y al mirar hacia abajo nos dimos cuenta de que el vecino (es un chico) del bajo tenía ropa tendida. 

Dudamos. Quisimos ser malos vecinos, tirar el nido y luego hacernos los longuis, pero nos pudo la buena educación que ambos recibimos. De modo que bajé a avisar, y el vecino, muy amable, quitó la ropa. 

Ahí tuvimos vía libre. Metimos el plástico, que ocupaba casi todo el hueco, y empujamos con un palo. Papá en Apuros empujaba mientras yo miraba por la ventana para comprobar que cayera entero. Y sí, entero cayó, un pedazo de nido inmenso, y tuvimos la enorme puntería de colarlo en el barreño que el vecino se había dejado en el suelo del patio. 

Ya con la vía libre, terminamos los empalmes y volvimos a colocar la nevera en su sitio, ya limpito todo.

Había sido un día productivo, pero llegó la hora de irse. Tenemos más arreglos que afrontar, pero como son más recientes, creo que pueden esperar un poco más, que estoy de vacaciones. Espero que no sean diez años…

A la que nos bajamos a la calle, a sufrir disfrutar del infierno calorcito, decidí terminar de ser buena vecina, y pasé por el patio a tirar el nido. Me vino genial que tuviera allí el barreño, ya que así no tuve que tocar la guarrería que era el nido con las manos. Me dio pena infinita ver un cadáver de pajarito allí, pero me alegré de que ya no estuviera en mi cocina. 

Al tirarlo a la basura pensé que este invierno echaré de menos a los pequeños visitantes.

lunes, 8 de agosto de 2016

Yo, Claudio de Robert Graves




En el comedor de casa de mis padres había un montón de libros. Qué digo, en casa de mis padres había un montón de libros. Creo que en el único sitio donde no había libros era en la cocina (y ahora que lo pienso, ahí estaba el de 1080 recetas de cocina…) Mi padre era encuadernador y no sé si es que les daban los libros excedentes o se los llevaba él, el caso es que teníamos hasta títulos repetidos.

¿Cómo no íbamos a ser lectores en casa?

A lo que iba, en el comedor de mi casa había colocados, junto a la tele (y en las estanterías de encima, y dentro de las puertas del mueble) un montón de libros. Uno de ellos era este Yo, Claudio.

Y supongo que a base de verlos cada día de mi vida, a la hora de desayunar, comer, cenar, y en las horas de asueto de ver la tele, pues como le que cogí algo de inquina. No me llamaban nada esos libros. No me llamaban con cantos de sirena, o tal vez lo que pasaba era que tenía tan escuchados esos cantos que ya ni me inmutaba. Por un oído me entraban y por el otro, sin hacer conexión mental, me salían. Alguna vez los abría, los ojeaba y los volvía a dejar. 

Por eso cuando tocó en el Club de Lectura esta historia del emperador romano hice un mohín de fastidio, a la par que me invadió la nostalgia. Lo de la nostalgia quizá de para un mamá en apuros, porque no sé si será la edad, o las ausencias, que cada vez se me tiñen los recuerdos de un sepia de película…

Fastidiada o no, comencé la lectura. Una lectura que me pareció eterna. De hecho, acudí a la cita mensual del club sin haber completado la novela. Me pareció una lectura farragosa, lenta, costosa, con muchos nombres y con una sucesión de hechos en algunos momentos inconexos, pero la resolución final (que voy adelantando) es que mereció la pena.

Siempre me ha interesado la historia de Roma, recuerdo retazos del instituto, donde di una asignatura que era Mitología griega y romana (al final la romana es una copia de la griega), y tras leer Yo, Claudio despertaron en mí muchos recuerdos.

Al parecer Robert Graves basó su novela falsamente autobiográfica, en hechos reales. O casi. Vamos, se documentó, y de distintos legajos supervivientes al paso del tiempo, fue tejiendo la historia de este emperador que lo tenía todo en contra, hasta a su propia familia, que nunca le quiso.

Quizás lo que más llame la atención de la vida romana de la época es lo exageradamente brutos que resultaban. Entiéndase brutos como faltos de lo que hoy consideramos humanidad. No tienen reparos en matar, ya sea a adultos o incluso a niños, y jalean la violencia de modo que hoy día nos causaría vergüenza. Por lo menos a algunos, porque hay una gran parte de la humanidad que no ha superado la fase romana.

Pese a la cantidad de nombres que componen el árbol genealógico, pese a lo lioso de la historia, y lo lento de su lectura, es un libro que me ha cautivado. Si no fuera por eso no habría podido terminarlo. La historia que narra al final te atrapa en sus garras de acero, y sufres con la crueldad de cada emperador, con la eficacia de manipulación de la abuela de Claudio, Livia, a la que no le temblaba la mano para envenenar a quien se pusiera entre ella y el Imperio. Pero lo que más me impresionó fue la locura de Calígula. Sabía que era malo, pero no que estuviera tan loco…

No es una novela fácil, la verdad es que no me extraña que no me atreviera con ella cuando pasé de leer infantil-juvenil a cualquier género que se pusiera en mis manos, allá por los quince años. No era edad, y yo tuve mucho pavo para comprender que una narración difícil puede esconder una gran historia. Pero ahora ya lo voy comprendiendo. Poquito a poco, que aún me queda algo de pavo (caducado, sí, pero pavo al fin y al cabo).

Aquí os dejo un vídeo de la serie que realizaron para la televisión:




Por ello no puedo por menos que recomendar Yo, Claudio, con la advertencia. Es un esfuerzo, pero merece la pena. Sobre todo si os interesa (como a mí) la vida romana. No tiene desperdicio.

viernes, 5 de agosto de 2016

¡No estoy gorda, estoy fuertecita!



A ver, que no estoy gorda. Estoy, como decía Cartman, fuertecita. Y además soy de huesos anchos. Es un hecho que no estoy en mi peso ideal, tomando como peso ideal la última vez que estuve sanísima y feliz de la vida con cualquier cosa que me pusiera. Y sin dolores de espalda ni de rodillas. Pero las personas somos animales de costumbres, y en un descuido, dejas de comer sano y vuelves a vicios nada saludables. Aun así, no me conservo mal, pero es verdad que mis michelines me hacen sentir incómoda.

Reconozco que es un problema mental. Pero sshhhhh, no se lo digáis a nadie, a ver si me va a escuchar algún especialista y me va a internar en un sanatorio. Siempre me ha pasado, me he visto más gorda de lo que realmente estoy, por lo que últimamente trabajo casi más la parcela mental que la física. O al menos lo intento. Es de sobra conocida mi incapacidad para controlarme cuando me ponen algún dulce delante. No lo puedo evitar.



El caso es que este verano, no sé por qué, lo estaba llevando especialmente mal. Arrancó en Madrid con temperaturas dignas de una ola de calor, con casi ningún día de descanso. Mi cuerpo en plan vago, que no quiere correr con estos calores, y yo más vaga aún, que de quince días que me propuse levantarme temprano para salir a correr lo conseguí cuatro. Aunque cada uno de ellos lo celebré como una victoria.

Es curioso cómo funciona mi organismo. Me levanto a las 6 de la mañana, con la fresca pero queriéndome morir (y eso que estoy acostumbrada a madrugar tanto, y más, pero jamás me levantaré con alegría a esas horas), ganas que no se me pasan hasta los primeros trescientos metros, más o menos; pero aún así, consigo terminar unos decentes 6 o 7 km. No muy rápidos, no estoy en forma, pero pasables. Y no me hago más porque se me hace tarde para ducharme y comenzar el día, si no me hubiera atrevido algún día con los 10 km. Pero luego salgo una tarde, a las 20 horas más o menos, por una zona que hay sombra durante todo el día y casi no consigo terminar los 3 km. Y en un estado más que lamentable. Una vergüenza.

Esa falta de ejercicio, sumada a una alimentación un tanto arbitraria, han hecho de mi cuerpo un campo de michelines. No me veo bien con nada de lo que hay en mi armario, que ya es mucho decir. Tengo bastante ropa, pero me he dado cuenta de que o tiene muchos años o tiene poca talla.

Sobrevivo como puedo hasta mis vacaciones. Pantalones porcosos y camisetas que marcan barriga prominente. O monos marca tripa, que yo barriga siempre he tenido mucha pero lo de la tripa es algo nuevo. Decido no mirarme ni en el espejo, para no horrorizarme, aunque no puedo mantener mi promesa. Todas las veces acabo haciéndole burla a la imagen del otro lado. Y lo peor de todo: no me puedo poner vestidos fresquitos porque me rozan los muslos. Cuando voy a echar el paso se quedan atorados entre sí, lo que provoca que ande como una jinete que ha perdido su caballo.

Creo que esto se notó en mi carácter. Estaba más agria, incómoda por el calor que tengo e incómoda con la vestimenta. Solo soy feliz en la piscina, por contradictorio que parezca. Porque sí, en la piscina estoy en bikini (hace ya tiempo que decidí pasar del bañador), pero me remojo y estoy fresquita. Y dentro del agua estoy como más ágil. Además de que con MiniP me divierto mucho, este año aún más, que ya sabe nadar un poco.

La semana previa a irme de vacaciones me compré algo de ropa. En un ataque de locura me compré unos shorts vaqueros, dos monos, uno de tirantes y otro sin ellos y un par de camisetas de tirantes finos. Y, la locura total: talla 42.

Esta imagen la he sacado  de We Lover Size, que es un blog muy recomendable, por cierto.


Llegué a casa, me lo probé todo y comprobé que me quedaba justo. “Solo un poco de ejercicio”, me dijo mi marido. Y le hice caso y no lo devolví.

Y sí, me volví a tomar lo de correr un poco en serio, y a salir en lugar de quedarme durmiendo, pese a que empezaba las vacaciones. Hice las maletas, metí toda la ropa nueva y la de deporte, y nos vinimos a Asturias, desde donde estoy escribiendo el post. Y fue venir aquí, bajar el termómetro casi diez grados, ver paraíso natural allá donde mire y todo cambió.

Para empezar, estamos andando mucho. Desde donde estamos hay muchos caminos y los estamos recorriendo todos con la peque. Pero es que también estoy saliendo a correr por las mañanas. No tengo que madrugar tanto, con ir a las 9 basta, y aunque hago pocos kilómetros se convalidan porque hay unas cuestas importantes.

Y mi actitud es completamente opuesta. Ahora no estoy enfrentada a mi cuerpo. Ahora me gusta. Y posiblemente tenga la misma barriga prominente que antes de venir (al fin y al cabo la alimentación sigue siendo la misma, o casi peor), pero ahora me da igual. 

Y los vaqueros, los shorts, se han convertido en mi prenda favorita. Me quedan bien, tirando a justitos pero no aprietan mucho (parece que lo que he hecho ha sido deshincharme), pero me encanta verme las piernas desde arriba. Tengo celulitis, lo sé, pero lo que también tengo es que se me nota el músculo del muslo, y eso me gusta. Estoy fuerte. No fuertecilla. Estoy fuerte.

Sé que posiblemente mis problemas mentales vuelvan con el calor, pero de momento estoy disfrutando. ¿Michelines? ¿A quién le importa? A mi no, desde luego…



viernes, 29 de julio de 2016

Semana Cultural en el cole: Homenaje a Don Quijote


Ya sé que estamos en verano, y como es verano, no hay cole. Lo sé, demasiado bien lo sé que aún no tengo vacaciones (pero que para cuando leáis esto ya casi, casi). Pero este post lo tenía escrito, y no lo he podido publicar por asuntos varios, y... Bueno, sin excusas. Que así puedo rememorar esos buenos tiempos del calendario escolar, en los que no tengo que hacer quinielas, ni tetris extraños para poder dejar a la pequeña bien cuidada mientras el matrimonio Apuros trabaja. Aunque eso da para otro post, lo escribiré alguna tarde entre baño y baño de piscina... De momento, aquí os dejo el documento, imaginaros que aún estamos por finales de abril...

Este año las mamás (locas) del cole estuvimos de suerte. En la reunión trimestral, celebrada como a mediados de abril, nos anunciaron que habría actividades con motivo de la semana cultural. Celebraban el cuatricentenario de la muerte de Cervantes, y querían celebrarlo por todo lo alto: con photocall, concursos, actividades culturales… Y habían pensado las profesoras que, si queríamos las mamás o papás podríamos hacer una actuación que tuviera que ver con El Quijote.

No terminó de hablar cuando varias manos ya estaban arriba. La mía también, por supuesto. Dos veces en un año… ¡estábamos de suerte!

Por supuesto, al pensar en Quijote y música, lo primero que se nos vino a la cabeza fue la canción de los dibujos animados. La parte mala es que no fuimos las únicas que lo pensamos. A las mamás de 3 y 4 años se les había ocurrido lo mismo.

Aquí quiero hacer un inciso para que no se me trate de excluyente. Digo, y voy a decir a partir de ahora mamás porque no hubo ni un solo papá que colaborara. No porque no se les ofreciera, pero hubo quien no pudo y hubo quien no quiso. Es verdad que hoy, en pleno siglo XXI, seguimos cargando más las mujeres que los hombres con estos temas. Tal como dijo uno de los papás interrogados: “esto a vosotras se os da mejor”. 

No sé por qué ni de dónde surgió la idea, quizás porque son escasas las canciones de El Quijote (aunque yo les habría llevado alguna de Mago de Öz, creo que no me habrían dejado…), o porque todas tuvimos la misma idea y nos agarrábamos a ella con los dientes apretados, pero el caso es que decidimos hacerlo conjuntamente. Los tres cursos. Todas las mamás.


Con las petardas. Vaya tela.

La parte positiva de esto es que no nos iban a esconder su baile para luego hacérnoslo bailar a todas juntas. La parte negativa es que las iba a tener que ver la cara durante los ensayos, y en el baile final. Y a mí que no me sale ser hipócrita…

Aquí, viendo que había tanta gente, me desvinculé un tanto, y de hecho tuve que faltar a algún ensayo. De modo que yo ni decidí ni organicé. Simplemente me dejé llevar. Oye, qué gusto, por una vez. Eso de llegar y preguntar: ¿dónde me pongo? Y obedecer. Ya sé por qué hay tanta gente que lo hace cada día.

En la semana de los ensayos al colegio se le ocurrió pedirle al AMPA un cambio de imagen del escenario. Claro, porque lo iban a usar para el final de la semana cultural, que iban a hacer entrega de premios, y… ¿no quedaría más bonito con una mano de pintura? El colegio ponía la pintura, pero necesitaban mano de obra. Y, vaya por algún dios, que al final siempre somos las mismas. 

Me pasé varios días de la misma semana pintando en dorado y azul con las mismas caras con las que luego ensayábamos. ¿De verdad no hay variedad? De todos modos, ya digo que tuve otras preocupaciones además de bailes y pinturas, y reconozco que no estuve tan al pie del cañón ni como otras veces ni como otras madres. 

Me tocó ser Quijote. Lo hablamos por el grupo, que por supuesto habíamos creado en el minuto cero, y hubo tres que se pidieron molinos, que de esto hablaré más adelante, también estaban cogidas las dulcineas y los sanchos, pero faltaba un quijote. Así que me tocó. Yo que quería ir mona por una vez, pues no pudo ser. 

En el grupo de wasap éramos como quinientas personas, pero hubo un ensayo al que acudieron tres. De las faltantes habíamos notificado cuatro o así, de modo que una madre se enfadó y estalló por el grupo: quien no venga a los ensayos no baila. Así de sencillo. Pedimos, esta vez por favor, que quien no fuera a bailar se quitara del grupo, para evitar confusiones, y en un momento hubo una desbandada general. Ni que hubiera que evacuar por gases…

Tras dimes y diretes, ensayos por la mañana para las que no podían por la tarde, y ensayos de tarde para las que no podíamos por la mañana, nos quedamos las que íbamos a participar, con las ideas más o menos claras.

Los molinos. Las mamás que hicieron de molinos tuvieron la brillantísima idea de hacerse el disfraz con cartones. Con la inteligencia preclara que caracteriza a las mamás perfectas, se lo hicieron casi hasta los pies, de modo que casi no eran capaces de moverse. No iban a poder bailar, y para la coreografía necesitábamos que, al menos, se pudieran desplazar del sitio.

Yo es que no entiendo para qué existe internet. Yo lo primero que hice cuando supe que me iba a disfrazar de Quijote fue hacer búsqueda por Pinterest. Salieron mil y una forma sencillas de hacer un disfraz cómodo. Por curiosidad también busqué los molinos, y salieron también, y mucho más sencillos que de cartón, e incluso más sencillos que los de Quijote. Para mí el más complicado era el de Dulcinea (aunque había sido el que quería en principio). 

Llegó el día. Quedamos por la mañana para ensayar un poco, como una hora antes de la actuación. Bien, me dije, porque entre pintar el escenario, las idas y venidas a otros asuntos y los ensayos, aún no tenía el disfraz hecho. Estuve a punto de haberlo preparado la tarde anterior, en el cumpleaños de un amiguito de MiniP, pero al final se me fue el santo al cielo hablando con las otras madres. ¿Consecuencia? Las diez de la mañana y tan solo había hecho la mitad del disfraz: el casco y el escudo. Me salvó la mamá de MiniC, que se vino a ayudarme. Sin ella no habría terminado a tiempo.

Tuve sorpresa cuando llegué. Las mamás organizadoras habían preparado una mini obra de teatro, con el audio de un episodio de los dibujos animados, para que lo representara Don Quijote con Sancho y los molinos. Lo habían pensado así porque la canción se quedaba un tanto escasa, y así rellenábamos. Ya tenían todo preparado y ensayado, pero la madre que hacía de Don Quijote no se podía tirar al suelo por problemas de salud y el guión lo exigía. A mí, que no me gusta ser protagonista, me tocó. Bueno, me gusta un poco, para qué vamos a mentir.

Me dio tiempo a ensayar dos veces, lo justo para saber lo que tenía que hacer en cada momento. El diálogo no me lo aprendí, no me dio tiempo, pero al menos pude saber cuándo mover la boca y cuando no. Una barba de cartón impedía leer los labios. 

Y allí estaba yo: enfrente de unos 125 niños y niñas de entre 3 y 5 años, con una lanza de papel albal y un escudo de cartulina, haciendo que hablaba, montando un caballito de los de palo, y arremetiendo contra tres mamás petardas vestidas de molinos. Reconozco que lo pasé muy bien, quizás la parte de atacar a las petardas tuviera algo que ver… Pese a todos los pronósticos disfrutaron mucho con la actuación. Tras terminar por los suelos, envuelta en una carcajada general, nos despedimos y nos colocamos en nuestros puestos.

Siempre me sucede igual: tanta preparación, tanto ensayo y tanto nervio para que luego dure dos minutos escasos. Acabó en un pis pas, todas contentas y felices, y las pequeñas y pequeños, aún más. Tanto, que nos pidieron otra. Y nosotras con estos pelos.

No habíamos previsto tanto éxito, y cuando terminamos, nos miramos todas sin saber qué hacer. Pusimos de nuevo la canción, y esta vez animamos a los niños y niñas a bailar con nosotras. Obviamente, cada mochuelo acudió a su olivo, pero además recogimos mochuelos ajenos, cuyas madres o padres no habían podido o querido participar.

Tanto gustó, que la directiva del colegio nos pidió un bis al día siguiente. La lástima es que muchas de nosotras trabajábamos y no pudimos escaquearnos más. Preferimos, además, abandonar la carrera en la cumbre, para que nos recordaran como las estrellas que habíamos sido…



domingo, 10 de julio de 2016

Si Beethoven pudiera escucharme, Ramón Gener





He de confesar algo. En mi casa somos de ese 2% que ve la programación de la 2. Documentales, programas de libros (ese magnífico Página 2), y programas culturales. Nos encantan muchos de ellos. A la totalidad de la familia. Y en uno de esos días en que teníamos la televisión conectada en el segundo canal, apareció un programa que no habíamos visto nunca antes. Era This is Opera. 

Fue un descubrimiento, no solo porque habla de la ópera sin tapujos, sin distinciones, sin ostentación, sino porque a la peque le encantó. Mi mona de 5 años se entusiasmó por la ópera, y pedía a todas horas que le pusiéramos el programa. Cosa que hacíamos gustosos, claro. 

El programa estaba presentado por Ramón Gener, un señor que habla varios idiomas, toca el piano y que también canta. Y es un apasionado. De la ópera y de la vida, y lo mejor que tiene es que sabe transmitir esa pasión como pocos.

Ramón Gener sacó un libro, este Si Beethoven pudiera escucharme, que pese a que P. no suele leer mucho, quiso en cuanto se enteró de su existencia. Y lo tuvo. Vaya si lo tuvo. Y se lo leyó en un suspiro.

Yo lo dejé reposar un poco más, por aquello de la lista de lectura que acumulamos los que leemos mucho, pero al final me decidí a leerlo, sin saber muy bien qué me iba a encontrar.

Porque, ¿qué es SBPE? No es una autobiografía, aunque Ramón Gener cuenta bastante de su vida. No es un libro sobre una ópera en concreto, pero sí es un libro sobre música. La música está presente en todas las líneas del libro, casi que le puedes sentir vibrar si pones la mano encima. En esta novela, Ramón Gener cuenta la importancia que ha tenido en su vida la música, cuenta parte de su trayectoria, y lo que ha contribuido la ópera en todo momento.

Cada capítulo está dedicado a un compositor, del que nos cuenta parte de su vida, anécdotas, curiosidades interesantes, enlazadas con la parte de su vida a la que hace referencia. También incluye episodios de historia, reciente o algo más antigua, para ilustrar lo que pretende decir. Todo ello entrelazado e hilado en la narración.

Es verdad que peca un poco de libro de autoayuda disfrazado, que cae en algunos lugares comunes para ilustrar su filosofía de vida, pero debo decir que no me ha importado en absoluto. Al igual que no soporté otros libros del estilo (odié con toda mi alma a Quien se ha llevado mi queso, porque, como la mayoría de estos libros, toma al lector por idiota), éste lo he disfrutado. Lo he saboreado. Lo he escuchado y lo he sentido.

Hay una cosa que hace a Ramón Gener diferente, y que es lo que le ha hecho triunfar al final en conferencias y con sus programas de televisión, y es la pasión que transmite. Es un gran comunicador. Sabe transmitir perfectamente lo que él siente con la música, con la ópera, y consigue trasladarlo a oídos neófitos. Es esa pasión, que también tiene su novela, lo que conquistó a P., a mí e incluso a mi hija de 5 años.

Por cierto, que además, he de decir que es pura amabilidad. Fuimos a la Feria del Libro a que nos firmara el ejemplar, los tres. MiniP le había hecho un dibujo. Como llegamos pronto tuvimos la suerte de no encontrar a nadie esperando, por lo que pudimos charlar con él cinco minutos. Se mostró muy amable y agradable, y recibió el dibujo de la peque con una sonrisa. Esa misma tarde, colgó la foto del dibujo en el Facebook, agradeciéndoselo a MiniP. Fue todo un detalle, y a la peque le hizo muchísima ilusión.


Recomendado, tanto si os interesa la ópera como si no. Después de leerlo os interesará, seguro.



viernes, 8 de julio de 2016

Fin de semana de Sierra y Bicicletas. Segunda parte: Bicicletas.


(Si te has perdido la primera parte puedes leerla aquí)

A la mañana siguiente nos levantamos temprano. Papá en Apuros protestó, porque es verdad que por más que ajustemos, siempre se nos va el tiempo y acabamos llegando, según él, tarde. Según yo llegamos bien, pero es que para P. llegar puntual supone media hora de antelación.

Apenas había cuatro gatos cuando llegamos, pero ya había ambiente. Las metas hinchables, la música a toda pastilla (electro latino de ese tan malo, pero en fin), las niñas y niños con sus camisetas rosas de la organización… MiniP era un hatajo de nervios, quería saber por dónde íbamos a ir, y quería salir ya. Entretanto esperábamos a los sobrinos, que venían con TíoJ, pero no llegaron a tiempo. Nos llamaron a la línea de salida y ahí que nos plantamos los tres, MiniP sufriendo porque sus primos no habían llegado.


Dieron la salida, y de primeras tuvimos que subir una cuesta algo empinada. Papá en Apuros le plantó la mano en la espalda a MiniP y ahí que fueron subiendo. Pero yo… No, no es que me pesara el culo (posibilidad que cabía, de hecho), el problema fue otro. Yo que creía que las complicaciones se habían terminado el sábado… Pues no. Cuando arranqué con la bici me percaté de que el manillar estaba torcido con respecto a la rueda, no mucho, pero torcido al fin y al cabo. Se lo dije a Papá en Apuros que me aseguró que lo había dejado bien. Él siguió hacia arriba con MiniP y yo casi me caigo porque no solo estaba torcido, sino que no estaba apretada la tuerca, por lo que en una pequeña maniobra se torció del todo y yo casi voy al suelo. Pero no.

Papá en Apuros ni se percató de que me quedaba atrás, pero tuve la gran suerte de ser casi atropellada por mi cuñado. Afortunadamente él siempre lleva herramienta (lleva un Leroy Merlin dentro de la mochila) y me apretó el manillar en un pis pas.

Ahí pude ver el primer atisbo de la gran organización de la marcha: uno de los del Club nos esperó hasta que estuvimos listos para mostrarnos la ruta. Y por fin, con el manillar arreglado, iniciamos carrera mis sobrinos, su padre y yo misma. Por suerte cogimos a los demás enseguida.

La ruta era sencilla pero no llana. Plagada de cuestas, arriba o abajo, daba igual porque era lineal y las que cogías hacia abajo en la ida te tocaba subirlas a la vuelta. Enseguida llegamos al primer punto de avituallamiento, para los de la ruta corta, que sería en torno a 6 km. Los sobrinos quisieron dar la vuelta ahí, pero su padre les instó a continuar. MiniP quiso seguir. Ella iba a por la larga, y cuando se le mete algo en la cabeza…

Continuamos y, con alguna dificultad en algunos tramos, sobre todo en las cuestas arriba que se hacía atasco porque la mayoría se bajaba para empujar la bici, llegamos al punto de avituallamiento de la ruta larga: ahí daríamos la vuelta para retornar al punto de salida.

Los de la organización tenían montado un chiringuito donde nos ofrecían fruta cortada (plátano, sandía y melón), y bebidas energéticas para reponer. Hubo fruta y bebidas para todos, no faltó hidratación ni alimentación para nadie. Desde el primero hasta el último sació sed y hambre. Y debo decir que tras una ruta a las 10 de la mañana a pleno sol de junio, la sandía entra de miedo.


Tras un rato de asueto, en el cual MiniP con su primo MiniA se entretuvieron en regar las plantas con Aquarius, por si tenían sed, y el mayor, MaxiS, protestaba porque la ruta era muy larga y tenía muchas cuestas, volvimos a la carga. Esta vez nos repartimos mejor, y cada adulto nos encargamos de un niño. Yo me quedé con mi sobrino el mayor, al que le costaron algunas subidas pero que en general lo hizo muy bien. Para no gustarle mucho la bici, no se le dio mal. Papá en Apuros asistía a MiniP, la subía empujándola con una mano en la espalda. Y TíoJ con MiniA.

A un kilómetro y medio de la meta, en una de las paradas para cruzar una carretera, MiniP miró muy seria a su padre y le dijo: Papá, tenía que haber escogido la ruta corta. Pero como ya era tarde, Papá en Apuros se encogió de hombros y escondió la sonrisa, para que la peque no se enfadara. Lo podías haber pensado antes, le dijo, en cambio, que llevo toda la ruta empujándote en las cuestas arriba...

La organización se había encargado de hacernos cruzar las dos carreteras que cruzaban el circuito con total seguridad, parando el tráfico tanto a la ida como a la vuelta. Se encargó también del avituallamiento en ruta. Y nos recibió con más avituallamiento: más bebida energética y un festín digno de campeones. Había tortilla, ensaladilla rusa, embutidos, fruta. No faltaba de nada.


A MiniP se ve que se le despertó el hambre, porque se comió cuatro cuadrados de tortilla, pese a que en principio la declinó porque, según ella, no le gustaba. Los demás también picamos y repusimos líquidos. Lástima que como era una marcha destinada a los más pequeños no disponían de cerveza, habría sentado de miedo…

Por suerte el fin de semana terminó mejor de lo que había comenzado. La carrera fue muy divertida, con tanta camiseta rosa, y cada niño y niña esforzándose al máximo junto con los adultos. La organización se merece una medalla de oro, estuvimos muy a gusto y se nota el detalle con el que habían preparado todo.

Fue la primera vez que participamos, pero dejamos marcado en el calendario el evento, porque va a ser uno de nuestros fijos en familia.

PD: Las fotos son de la organización, las podéis ver en el blog del Club Cliclista La Morcuera.