viernes, 22 de septiembre de 2017

Mamá en apuros: La parte divertida




Ahora que ya pasó lo peor, ahora que ya no siento el cerebro como envuelto en una niebla espesa y no me duelen zonas del cuerpo que no sabía ni que tenía, ahora veo las cosas desde otra perspectiva.

Y, oye, que hay cosas que me ha traído el cáncer que no me esperaba.

Por un lado, está el aprendizaje del que todo el mundo habla. Lo de ver las cosas buenas de la vida, y quitarte de encima lo malo. A esto lo llamo yo «la limpieza».

Porque el cáncer me ha permitido hacer limpieza en mi vida. Había obligaciones autoimpuestas que me estaban resultando pesadas, que me quitaban tiempo para otras obligaciones, o para hacer otras tareas que me apetecían más. He simplificado y ahora mi vida se compone de lo que yo quiero que se componga. Como obligación, tan solo el trabajo. Como devoción, mi hija, mi marido, y escribir. Son tres devociones que me llevan todo mi tiempo.

Por desgracia, también he hecho limpieza de personas. Quizá es la parte que menos me ha gustado, pero también es parte de la vida. Ha habido personas que no se han acordado de mí en dos meses ni para mandarme un mensaje preguntando cómo estoy. Eso me ha demostrado que no les importo (si no preguntan cómo estoy pasando un cáncer, qué puedo esperar por algo menor), y si no les importo entonces no sé qué pintan en mi vida. Cada cual es dueño de sus actos, de sus decisiones, de por quién se preocupan y de por quién no. No voy a hacer un drama de esto, aunque en algunos casos me he sorprendido. 

Pero también está el lado contrario. Ha habido personas que conocía de poca cosa, de vista, de por las tardes un rato, de saludos, que cada cierto tiempo en estos dos meses que no nos hemos visto me han preguntado qué tal. Un mensajito. Una llamada. Un: «qué tal vas, te mando toda mi fuerza». Puede parecer poco, pero que se acuerden de una gusta. Y que se acuerden cuando estás por los suelos y te mandan una energía que tú no tienes, gusta aún más. Lo agradecí mucho.

Luego están dos personas, mis malas madres, que han hecho por mí más de lo que yo podré pagarles nunca. No solo han estado a mi lado, sino que se han hecho cargo de lo más preciado que tengo, mi hija, cuando yo no he podido hacerlo. Os quiero, chicas, ya sé que lo sabéis, pero me gusta recordároslo.
Esta soy yo después de la radioterapia. Irradiando luz...


Pero no todo es místico. De hecho lo último que piensas cuando te están chutando o te están achicharrando es en el misticismo. No piensas en lo que aprendes, o en lo que valoras de la vida. Piensas en que se acabe ya esa puta mierda que te deja para el arrastre. También he pensado alguna vez que como no funcione me arranco yo misma el útero y le dan por saco a Voldemort de una vez. Pero eso ha sido en algún momento desesperado, no siempre, claro. Y apenas un destello. No estoy tan loca (ejém, ejém, *huye haciendo la croqueta*).

Y al terminar todo, llegó la parte divertida. Más que divertida, casi pornográfica. Esto sí que no me lo esperaba yo tras un tratamiento tan agresivo…

A ver cómo lo cuento que este blog lo lee mi madre y me da vergüencita…

¡Aviso! ¡Aviso! ¡Tres rombos! ¡A la cama!


En la tercera sesión de braquiterapia, estaba yo sufriendo lo indecible con el culo sobre una tabla de metal, con unos cables que salían de mi vagina (aún sin enchufar), y tumbada boca arriba sin poder moverme, cuando llegaron dos enfermeras. La más mayor, no solo de edad si no también de rango, llevaba algo en las manos. La más joven, la morena, me miraba con curiosidad.

La mayor empezó a hablar mostrando lo que tenía en las manos.

—Esto es un dilatador. Cuando termines todo el tratamiento tendrás que usarlo para evitar que se te atrofien los músculos de la vagina.

Miré fijamente lo que tenía en la mano. Era un palo blanco de silicona, largo y algo grueso. Parecía un falo… Un momento… ¡Era un falo!

Paseé la vista entre la enfermera más joven y la que me lo estaba explicando. Debí poner una expresión cómica porque a la enfermera joven se le escapó la risa. No continuó porque la mayor la miró de soslayo, por lo que bajó la cabeza mordiéndose la boca por dentro.

—¿En serio?

—Sí, es el tratamiento estándar para después de la braquiterapia… Tienes que usarlo dos veces al día la primera semana —continuó con tono serio y profesional—. Te lo metes, lo mueves un poco, a los lados, arriba, abajo y lo dejas dentro diez minutos.

Tosí un poco, y evité mirar a la enfermera más joven. Si la miraba seguro que tendríamos un ataque de risa y como empezara a reírme no sabía cuándo terminaría… 

—Claro —contesté a la enfermera mayor, que me miraba como esperando algo de mí.

—También puedes… —la enfermera dudó—. Estás casada, ¿verdad?

—Sí.

—Bueno, también puedes convalidarlo con las relaciones sexuales —. Ahora era ella la que parecía azorada—. Pero para que valga tendrá que ser por lo menos dos veces a la semana.

—Verás que contento se va a poner mi marido —. Ambas enfermeras rieron—. Uy, ¿lo he dicho en alto?

Reímos las tres.

Al finalizar la sesión me lo dio para que lo llevara a casa. Aún tendría que esperar para usarlo, porque debía empezar un par de semanas después de la última sesión.

Pero las dos semanas pasaron y a mí se me olvidó que tenía que usar el dilatador. Vale, no se me olvidó, pero es una cosa complicada de agendar. Sobre todo cuando tienes una niña de siete años suelta por casa y que te pregunta esto qué es para cada cosa que ve que no conoce. Me imagino teniendo que explicar para qué sirve el dilatador y me da la risa tonta…

¿Lo veis? ¡Existen! 


Aunque no hay mal que por bien no venga. Como olvido el dilatador, me voy a la opción B. Es un win-win para el matrimonio Apuros, un matrimonio como otro cualquiera. Aunque yo gano por partida doble. Guiño, guiño, codazo, codazo.

De modo que no diré que todo lo que me ha venido ha sido malo. No. Lo he pasado mal, pero la recompensa estaba al final del túnel, en forma de falo de silicona.

Lo siento, eso que habéis escuchado son mis risas.



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viernes, 15 de septiembre de 2017

Mamá en apuros: La espera final



Si de algo me he dado cuenta durante el tiempo que ha pasado desde que me diagnosticaron hasta ahora, es que el cáncer es una enfermedad que te enseña a esperar.

Los enfermos en los hospitales se llaman pacientes y no creo que sea casualidad que se utilice ese término.

Yo, que de la paciencia sé lo que pone en el diccionario, estoy aprendiendo mucho y a marchas forzadas sobre ello. ¿Cuántas veces he hablado aquí acerca de esperar, de tomárselo con calma, de ir despacito? Para mi gusto demasiadas, pero aún no se ha terminado.

Porque ahora ya he terminado todo el tratamiento. Ahora estoy despertando, por así decirlo. Esperaba estar en plena forma ya a estas alturas, pero en lugar de ello estoy recuperando poco a poco algo de mi energía vital. Al menos ya no me duele pestañear, y me levanto de la cama con ganas de hacer cosas. 

Ahora, ya con esa energía, miro hacia atrás y veo la lucha encarnizada que ha tenido lugar en mi cuerpo. La quimio, la radio externa, la interna… Ha sido una guerra cuyo escenario ha sido mi cuerpo, y ahora está arrasado. Me doy cuenta que esperaba que fuera como en un constipado: que cuando ya se te pasa la fiebre estás operativa al instante. Yo esperaba poder correr, poder hacer mi vida normal, y poder descansar tranquila psicológicamente hablando.

Pero no.

Para empezar, tengo algunos efectos secundarios que son un poco desagradables y que no parece que quieran marcharse. Me duelen las piernas, me pesan como si llevara bloques de hormigón en ellas. Me imagino con una escafandra andando por debajo del mar, porque es así como me siento. También me duelen los tendones de Aquiles. Hablando con otra superviviente de cáncer de mama me dice que a ella le pasa lo mismo, y en ese momento no me sentí tan mal. Mal de muchos, consuelo de tontos, que me solía decir mi abuela. Y sí, abuela, soy tonta, pero me sentí acompañada, por así decirlo.

La energía ha vuelto, pero no toda la que tuve. A veces me pregunto si voy a poder volver a ser la que era. Si voy a poder levantarme, tener un día ajetreado y acostarme tarde estando cansada, sí, pero cansada normal, no cansada nivel me acaba de pasar una apisonadora por encima. Y sí, he tenido algún que otro día ajetreado (por ejemplo, cuando celebramos el cumple de MiniP en el parque de bolas), pero durante el cual he tenido que hacer muchas pausas para subir las piernas, y por el que terminé cansada ese día y los dos posteriores. Nunca había tenido una resaca de cansancio. Ni siquiera cuando hice la Media Maratón estuve así de cansada al día siguiente. 

Y lo peor de lo peor. Con lo que me ha castigado el karma. Durante toda mi vida me he burlado de un síntoma que solemos tener las mujeres durante la menopausia. Desde jovencita, cuando alguien de mi alrededor tenía calores hacía la típica broma: será la menopausia. Cuando los tenía yo también lo decía. Y ahora, que parece que la quimio ha convencido a mis hormonas para que descansen un ratito, estoy teniendo esos calores. Y no me gustan nada.

Por un lado está muy bien no sangrar una vez al mes. Sobre todo teniendo en cuenta lo que llevaba ya sangrado de más desde enero hasta junio. Al principio supuse que mi cuerpo había hecho balance de beneficios y que estaba ahorrando ahora todos los recursos que había gastado entonces. La idea no era mala, ¿no? 

Pero parece ser que no. Se lo comenté a mi oncóloga y la mujer se rió un rato a mi costa. No en mi cara, pero se lo vi en los ojos. Me dijo que eso era un efecto secundario de la quimioterapia, y que la menstruación podría volver o no. Y yo, si no fuera por los calores, le diría que se quedara donde está. Pero es que lo de los calores no me gusta nada.

Aparecen de repente. Se habían camuflado porque han hecho temperaturas muy altas en Madrid, pero cuando el termómetro nos dio un respiro salieron a la luz. Llegan de repente: me sube un calor hacia la parte de arriba del cuerpo, cara, brazos y pecho que va aumentando de intensidad gradualmente. Después empiezo a sudar, la frente se llena de pequeñas perlas de sudor que, junto con las del resto del cuerpo, ayudan a que la temperatura baje. En alguna ocasión he pensado que acabaría en combustión espontánea. Quien inventó a Antorcha Humana (de los 4 Fantásticos) seguro que tenía estos sofocos.

Claro, que ahora tengo más tiempo para fijarme en estas cosas, porque ya no tengo citas médicas. No tengo que ir cada día al hospital, ni cada viernes, ni nada hasta dentro de dos meses. Tres meses desde que se termina el tratamiento. Yo lo he llamado: LA GRAN ESPERA. Lo sé, los títulos se me dan fatal.

¡Pero es que son tres meses! Tres meses sin saber nada de nada. Y con lo que me gusta a mi esperar…

En noviembre descubriremos si el tratamiento ha sido efectivo. Los médicos me han dado buenas expectativas, pero tampoco se mojan mucho, por eso de las ilusiones que nos solemos hacer los pacientes. Nos dicen: tal vez no sea nada; o: hay un 80 por ciento de probabilidades de curarse (o un noventa, o un noventa y nueve), y nosotros escuchamos: ¡no es nada en absoluto! ¡No tienes de qué preocuparte! ¡Contrata un crucero! Y luego llega el día del crucero, no puedes ir porque estás en tratamiento, y la culpa es del pobre doctor que tan solo te había dicho lo que por su experiencia sabía. Nunca una certeza.

Por suerte yo no contraté un crucero. Yo quise creer que podría ir a la piscina en agosto, con lo que imaginé que podría ir todos los días y disfrutar de nadar y tumbarme a la sombra a leer, pero esto último suele ser imposible con MiniP, y lo primero resultó no ser cierto. No tuve cuerpo para ir a la piscina nada más que un par de veces, y ya casi a finales de mes.

Pero debo tener pensamiento positivo: ya ha pasado un mes de los tres de espera. Ahora solo me quedan sesenta días que tachar del calendario para saber si esto por fin se ha terminado o todavía nos queda algún fleco que cortar. No quiero pensarlo. 

Pero y si…

No quiero pensarlo. Me taparé los oídos y cantaré muy fuerte cuando me venga algún pensamiento de esos. 

¡La la la laaaaaa!

viernes, 8 de septiembre de 2017

Mamá en apuros: El día que me hice pis




A veces no soy consciente de todo por lo que he pasado. Me han dado un tratamiento de quimioterapia y radioterapia externa. Y además he tenido 5 sesiones de radioterapia interna. Aparentemente estoy bien. Tengo buena cara, me muevo razonablemente bien (aún sigo lenta, pero eso lo noto yo por ser yo) y en general, tengo buen tono. Pero por dentro debo de estar un pelín afectada.

Hoy me he dado cuenta de eso, y no ha sido una experiencia feliz. Pero como hay dos formas de tomarse la vida, en lugar de llorar y patalear, me lo pienso tomar con humor. ¿Qué sería de la vida sin humor?

Por cierto que en el fondo me da un poco por saco eso de tener buena cara, porque cuando la gente me ve, es lo primero que me dice: “qué buena cara tienes”, a veces con un tono como diciendo: “no puede ser verdad que estés enferma”. De modo que en el fondo me siento un poco impostora. Luego me da un dolor en los bajos, o en las piernas, y se me pasa, claro.

Como soy un culo inquieto, ahora que he recuperado parte de mis energías, quiero recuperar más. Y las piernas me duelen una barbaridad, pero he probado de todo: si estoy sentada con las piernas en alto, me duelen. Si estoy sentada con las piernas en el suelo también me duelen. Y si voy a andar para moverlas, también me duelen. Se lo dije a la doctora y me dijo que me venía bien andar. Y yo ya había llegado a la conclusión de que, si me iban a doler igual, por lo menos me movía, y así dejaba de dolerme la espalda.

Así que llevo ya una semana saliendo a andar de manera rutinaria. El problema que tengo es que aún no hay cole, y tengo a MiniP en casa, por eso decidí llevármela.

Por el tema de la velocidad no me preocupa, porque tal y como voy yo, ella va más deprisa que yo. Pero es que es una pequeña petarda. No hace más que quejarse.

El primer día la llevé andando. Fui a un parque cercano (está más o menos a un kilómetro de casa), que tiene un circuito circular de unos 900 metros. Quería dar tres vueltas y volver a casa, pero aún no habíamos terminado la primera vuelta cuando ya estaba preguntando si nos íbamos a casa. Al final la dejé jugando en unos columpios y yo dando vueltas cortas para no perderla de vista. Desventajas de ser una madre histérica.

El segundo día (dejando uno de descanso entre medias, que no fui capaz de sacarla de casa), la llevé con el patinete. Al menos aguantaría un poco más. Ese día fue mejor, porque el circuito tiene una bajada larga, por la que se dejó caer, y luego le quité parte de la subida dejándola cruzar al otro lado del circuito por el césped. Hacía calor, y los aspersores estaban conectados, por lo que la dejé jugar un poco con el agua. Ese día se lo pasó bien.

Hemos salido algunos días más, con el patinete, pero me volvió a protestar y no pude hacerlo tranquila. Pero tuve suerte y bajaron las temperaturas.

A la semana siguiente decidí cambiar de circuito. Hay un parque regional cercano, con un paseo, también circular, de unos 4 km, así que allí que nos aventuramos. Y todo fue mejor, pero para mi desgracia estuvimos parando cada dos por tres para coger moras. La parte positiva es que llegamos a casa con un botín muy rico…


Aprovechando que los suegros se quedan una semana entera en la casa de la sierra, decidimos traer a la peque para que les entretenga, y así que tuviera unos días “de vacaciones”. Ella, y nosotros. Que la echaremos mucho de menos, pero de vez en cuando un descanso nunca viene mal.

Aproveché que la llevaba a la sierra para salir a caminar por allí, yo sola. Por fin. Me puse mi música, pulsé el reloj, y me dispuse a andar una hora, más o menos, a mi ritmo. Lenta, pero sin protestas ni parones inesperados.

Como mi forma física es la que es, decidí andar media hora por el camino, y cuando cumpliera el tiempo, darme la vuelta. Así me aseguraba estar el tiempo estipulado. Comencé a andar, y ya paré un par de veces para hacer unas fotos. Pensé con fastidio que ahora no era MiniP la que me hacía parar. Pero no lo puedo evitar, cuando camino por senderos de la sierra me gusta tanto el paisaje que tengo que sacar la cámara…

Casi hacía la media hora, y me estaba meando. No creía que fuera posible aguantar hasta el final, eso suponía otra media hora. Para cuando quisiera llegar a casa me habrían estallado los riñones. Pero no había problema, en la mochila llevaba el Gogirl, del que no me suelo separar.
Te hablo del gogirl aquí


Justo había una zona de árboles cumpliendo el tiempo justo para darme la vuelta, así que allí busqué un lugar discreto para ponerme a hacer pis. Saqué el embudito, me lo coloqué y solté el esfínter. Un gran chorro salió disparado.

Pero.

El problema es que soy torpe por naturaleza, me va en estos genes que, para su desgracia, MiniP ha heredado, y pese a que llevo utilizando el Gogirl bastante tiempo, a veces no lo utilizo bien. Y esta fue una de esas veces.

Noté que se estaba escapando líquido por la parte de atrás del embudo. Bueno, corté el pis (que sí, que ya sé que no es sano, pero solo lo hago en contadas ocasiones, y porque no me queda más remedio), me lo quité y me lo volví a colocar. Pero antes de poder volver a colocarlo sentí que la orina que se suponía que estaba reteniendo no se estaba reteniendo para nada. Deprisa volví a colocar el embudo en su sitio, terminé de vaciar la vejiga, y me limpié.

Pude comprobar, con consternación, que me había manchado las bragas enteras. Y aún me quedaba media hora de vuelta. Tuve un instante de vergüenza, y de preocupación. Y luego resolví: no pasa nada. Solo es otro efecto secundario.

Me han metido unos cables por la vagina cinco veces, y esos cables han llevado radiación hasta la zona. Creo que perder firmeza en el suelo pélvico es el menor de mis males. Siempre lo puedo recuperar. Espero.

¡Kegel, yo te invoco!

¡Hipopresivos, venid a mí!

A dios (con minúscula, sí) pongo por testigo que no volveré a hacerme pis encima.

viernes, 1 de septiembre de 2017

Mamá en apuros: La braquiterapia




La braquiterapia es un tipo de radiación, pero en lugar de dártela externamente, se da internamente. Es decir, desde dentro. Es decir, en mi caso, desde la vagina. Y un poco más allá, puesto que llegaban a introducirme el implante hasta el útero.

Sabiendo lo que era, como lo sabía, porque el doctor se había encargado de explicármelo todo con pelos y señales, tenía claro que no iba a ser agradable. Pero había decidido afrontarlo con valentía y honor, como la media maratón, o mejor, como un entreno cualquiera en el que no hubiera podido con las piernas, o con el cansancio. Afrontarlo con humor. Pero la primera experiencia no fue muy buena, y mi cabeza, que funciona como funciona, la ha convertido en una pequeña historia de terror.

De modo que si has llegado hasta aquí para saber lo que es una braquiterapia porque te van a tener que dar alguna próximamente, mejor no sigas leyendo. Creo que no puedo servirte de ayuda. 

Eso sí, tened en cuenta que en todo momento tanto el doctor como las enfermeras se portaron de manera ejemplar conmigo. Fueron atentos y amables. Ellos y ellas no tienen la culpa de haber sido unos carniceros salvajes por un día. En mi cabeza, digo.

Pero no sé cómo le puedo reprochar nada a mi cerebro. Lo tenía todo a favor: había leído mucha novela de terror (casi toda de Stephen King, aunque no exclusivamente) y la consulta la tenía en la planta sótano del hospital.

La planta sótano. A ver, que levante la mano quien no haya visto/leído/escuchado una historia de terror que comenzara en el sótano de un hospital. Preferiblemente abandonado, claro, pero eso son detalles menores.
Así me lo imaginaba yo. Afortunadamente la sanidad pública está un poquito mejor que esto.


Tenía que estar allí a las 9:30 am en ayunas. Nada bueno pasa estando en ayunas, ya debería haber sospechado entonces. Bajé las escaleras puntual, y allí estaba el equipo médico que se iba a ocupar de mí, conspirando frente a las puertas del lugar de tortura.

Vale, puede que solo estuvieran hablando, dándose los buenos días y comentando la jornada que tenían por delante, pero para mi imaginación estaban conspirando. Y, además, se les puso una sonrisa maléfica al verme. El doctor hasta se frotó las manos.

Según caminaba hacia ellos las luces del techo empezaron a fallar una por una, la oscuridad nos envolvió y las paredes comenzaron a sudar sangre. Y eso lo pude ver sin luz porque no ocurrió en absoluto, claro. Me lo iba imaginando según daba los pasos.

Me hicieron pasar enseguida. La sonrisa de las enfermeras, apaciguadora, contrastaba con mi sonrisa tensa y mi mirada de desconfianza. Me hicieron desnudar y me subieron al potro de tortura. Y eso sí que no fue mi imaginación, lo siento pero la camilla ginecológica es un potro de tortura.

Me colocaron las piernas en los apoyos, y una enfermera me cogió una vía en el brazo derecho mientras que otra me tomaba la tensión en el izquierdo. La que me ayudó a colocar las piernas procedió a limpiarme la zona pélvica, con un líquido que, he de decir, estaba muy frío.

Miré a un lado y a otro. Estaba rodeada. Si hubiera querido escapar me habría resultado imposible. La luz del techo tembló y se escuchó una risa diabólica. Vale, me ha dado por lo de la luz, pero no, deben de tener los recibos al día porque no falló para nada.

Para que no protestara, o escapara, o les apuñalara con la aguja de la vía (que en realidad no es una aguja, sino un tubito de plástico con el que poco hubiera hecho), me sedaron. La anestesista me dijo que me iba a marear un poco, y apenas noté el mareo se me fundió todo en negro. Fue el momento más feliz del día.

Oí que me llamaban, pero pensé que no pasaba nada si me hacía un poco más la dormida. Pero no coló. Siguieron llamándome, y utilizando mi nombre completo, con el María incluído, para hacer más daño. Cuando ya se hacía evidente que estaba fingiendo, decidí contestar.

En lugar del “qué” de mala gana que me habría gustado soltar, tan solo pude articular con un hilo de voz si ya habían terminado. 

-Esta fase sí. Todo ha ido bien.

Me trasladaron de camilla y me llevaron a otra sala para verme por dentro: un tac les diría si el implante estaba bien colocado o si me habían perforado algo como les hubiera gustado (por la cosa de la malignidad y el gusto por la sangre). 

Todo correcto, de vuelta a la sala de tortura.

Solo que no a la misma sala. Me metieron en otra que tenía puerta de plomo para que nadie escuchara mis gritos cuando decidieran acabar conmigo. También me dieron drogas, para que no me quejara. Y una enfermera salió a la sala de espera para traerme el móvil, que lo tenía Papá en Apuros. Jamás había visto tanta maldad junta. 

En la habitación me tuvieron unos tres años, más o menos. Tumbada en una camilla, con los pies apoyados en un rectángulo de gomaespuma medio rígido, cuyo objetivo era que mantuviera las piernas separadas, y sin poder moverme. Debajo del culo, para que sufriera, me habían puesto una placa rígida. Al cabo de un rato me dolía la rabadilla y se me empezó a dormir el culo. Pedí más drogas. Las trajeron. Me siguió doliendo la rabadilla y además del culo, se me durmieron las piernas. Me intenté entretener con lo que me descargué de Netflix, pero mi mente contaba los segundos que quedaban para terminar con la tortura.

Cuando pensaba que no podría más (estiraron mi agonía todo lo que pudieron los muy canallas), llegó una persona, me conectó unos cables a otros que salían de mi cuerpo (adivinad desde qué parte), y se fue. Levanté la cabeza y vi los cables. La volví a bajar, impresionada. Parecían los tentáculos de un alien. Ay, por favor, con el asco que me da la escena esa en la que el alien sale de dentro de aquel pobre hombre…

Conectaron. Lo supe porque habían cerrado la puerta de plomo y aquello empezó a hacer ruido, y los cables se movieron como si algo estuviera circulando por ellos (posiblemente, y digo solo posiblemente, fuera la radiación necesaria para acabar con Voldemort, pero eso quizá en el plano de la realidad). Después de unos diez minutos eso dejó de moverse (¿el alien había muerto?), y la puerta se abrió. Hacía más ruido que la del castillo de Drácula.

Llego la misma persona que me había puesto los cables para quitarlos, acompañada del doctor y de varias enfermeras. Me desconectaron todo lo que tenía conectado (los cables, la vía, la sonda), y el doctor empezó a sacar cosas de mi vagina.

Y como si de un mago se tratara, empezó a tirar de una gasa. Y siguió tirando. Y siguió. Aquella era la gasa infinita, era como el truco de los pañuelos anudados. Cuando por fin salió del todo, vi al doctor fruncir el ceño.
Los instrumentos de tortura


-Uf, se ha quedado muy adentro.

-¿El qué? –Pregunté alarmada. ¿Acaso podían caber más cosas? ¡Mi vagina es limitada!

-Queda una gasa y un colposcopio.

A saber qué era eso. Te pones en manos de los médicos y te meten cualquier cosa.

De hecho ese doctor en concreto me estaba metiendo la mano hasta el fondo. Si se esforzaba un pelín más me podría tocar la campanilla. Un poco más, un poco más, uy, casi.

-No llego.

El muy cabrón.

-Te voy a tener que mirar en la camilla ginecológica.

Así que nada, me tuve que levantar, ir caminando hacia el potro de tortura, y una vez allí colocarme con las piernas en los soportes, bien abierta.

El doctor se asomó y la luz bajó, dejando iluminada tan solo la parte de sus ojos, que se medio cerraron en una expresión de maldad absoluta. Se escuchó una risa diabólica con voz cavernosa.

Pero no me dio tiempo a preguntar de dónde venía. El doctor metió la mano y su brazo entero dentro de mí. Y esto no es exageración por las drogas. Bueno, puede que sí. Pero le sentí hurgar en mi vagina, intentando cazar algo. Juraría que le vi sacar la lengua por una de las comisuras de la boca, como hago yo cuando me concentro en algo. Cuando ya creía que no podría más y que me iban a salir sus dedos por la boca, el doctor cantó eureka.

Sacó una cosa que recogió la enfermera. Ni siquiera la vi. Creía que me podría levantar, pero él volvió a meter su mano dentro. Faltaba otra gasa.

Mientras me hurgaba y me hacía el mayor daño que me ha hecho nadie jamás en mi historia personal (y mira que he tenido una hija y se me fue la epidural mientras me cosían, y además me he partido un brazo, y una vez de pequeña me caí por las escaleras y me di en la cabeza con el asa de una botella de butano), me iba explicando que normalmente ponían solo una venda, pero que en mi caso habían puesto dos porque tenía la vagina muy larga.

Iba a protestar, pero por fin atrapó la gasa y la sacó, de nuevo con el truco de los pañuelos anudados. Una vez que dejó la gasa en el cuenco que tenía la enfermera preparado, volvió a repetir lo de la vagina larga y se fue.

Yo me quedé pasmada, dolorida y enfadada. 

Ni que fuera mi culpa que mi vagina fuera así de larga. Los tíos se pelean por ver quien tiene el pene más largo y nadie se lo echa en cara… 

Me vestí, y salí en silencio. Fuera me esperaban los agentes de FBI que me habían rescatado en el último minuto de las garras de un asesino en serie. Los focos iluminaban el sótano del hospital abandonado donde me habían tenido presa, y gracias a ellos pude comprobar que las manchas de la pared efectivamente eran de sangre…

Papá en Apuros me abrazó y yo no pude evitar las lágrimas. No había sido una historia de terror de verdad, pero realmente se le había parecido mucho.

Esa fue la primera de cinco sesiones. Afortunadamente fue la peor. La última de ella fue casi como un paseo. 



Y aunque quizá no fue para tanto, me alegro mucho de haberlo dejado atrás.

viernes, 18 de agosto de 2017

Mamá en apuros: ¡En urgencias!



¿Qué es pasar una enfermedad, cualquiera siempre y cuando sea larga, sin las visitas a urgencias? Son parte de la vida, sobre todo de la vida de una hipocondríaca como yo.

Y ya no enfermedad: el embarazo. Durante los nueve meses conseguí ir tan solo una vez a urgencias. Sí, estoy orgullosa. 

Ahora, ya digo que no tiene nada que ver cómo te tratan los médicos si estás embarazada (sobre todo si es el primer embarazo) o si tienes cáncer. Es la noche y el día. Recuerdo las visitas a cualquier consulta con el embarazo, cuando preguntaba cien mil cosas diferentes, que me trataban con condescendencia y hasta con un poco de hastío. Como si fuera una niña de 3 años que además es tonta. Ya le tuve que decir en una ocasión a una doctora que para ella no era novedad, que habría visto cien mil embarazos iguales, pero que para mi era el primero. Doy gracias a mis hormonas por dejarme decirlo sin llorar, la cara que puso mereció la pena.

Sin embargo, es decir que eres paciente oncológica (y además joven, lo veo en sus ojos cuando me miran) (jaja, soy joven), y me crece un nido de algodón alrededor mío, que me mece, que me cuida y que me mima.

El domingo aquel que estuvimos en la sierra, me puse el termómetro y vi los 38,5 grados. Me habían advertido que si tenía fiebre de más de 38 acudiera a urgencias. Y estaba decidida a acudir, pero primero me tomé un paracetamol y me eché en la cama. De repente empecé a sudar como si no hubiera un mañana, no el tipo de sudor que tienes cuando hace calor, no. El tipo de sudor con el que se va la fiebre. Es como más líquido y uniforme. Sudas igual por todo el cuerpo. “Oh, oh”, pensé. “Que se me va la fiebre. ¿Y ahora qué hago? ¿Voy a urgencias? ¿No voy? Venga, voy.”

Esperamos a después de comer y desde la sierra nos fuimos a mi hospital de referencia. Por el camino iba pensando que cuanto más tiempo pasara menos fiebre tendría, y qué les iba a decir cuándo llegara: “Hola, sí, vengo por fiebre”. “¿Qué fiebre, si usted está perfecta? ¡Gente como usted colapsa urgencias!”. Sí, me sentía culpable por ir a urgencias. También puede ser que estuviera afectada por la falta de energía total que había tenido durante la semana, y que no tenía pinta de mejorar.

Llegamos al hospital y Papá en Apuros me dejó en la puerta para ir a aparcar. Entré como pude, si la semana anterior las fuerzas me habían abandonado, en ese momento era como un flan de pudding que intenta andar. Sin huesos ni nada que le sostenga. Pero conseguí entrar.

(Si esto fuera una novela ahora añadiría: no saldría de allí en dos días. Pero no lo es, es mi vida, y no quiero hacer spoilers…)

(Ups, creo que eso era un spoiler)

Di mis datos en la ventanilla y entré en la sala de espera. Bien, tan solo había un padre con su hijo. Sabía que tardarían en atenderme y que llegaría tarde a casa (¡ja! Y tan tarde…), por lo que me senté tranquilamente. Pero no pude ni sacar el móvil, antes casi de posar el trasero en la silla me habían llamado.

Entré. La enfermera me preguntó qué me pasaba. 

— Verás, he tenido fiebre de 38 y medio, y como estoy con quimio me dijeron que si tenía más de 38 que viniera…

Esperaba que arrugara la frente, o algo así, pero no. Me preguntó qué tipo de cáncer tenía.

— Cuello de útero.

Me tomó las constantes. Pulso bien (algo alto para ser yo, pero bien), tensión algo baja, pero lo normal en mi. Temperatura 37,5. 

— Te juro que tenía 38,5, pero me he tomado un paracetamol…

— Tranquila — me sonrió —. Te ha bajado por el antipirético, es normal. Espera aquí.

Y se marchó un momento. Enseguida volvió, me dio una pulsera azul (después de preguntarme si era alérgica a algo), y vino otra enfermera que me dio una mascarilla y me pidió que la acompañara.

— Te vamos a poner en un box de aislamiento. Mientras tanto espera aquí (una habitación pequeña llena de sofás con gente esperando o recibiendo tratamiento intravenoso.

Allí me tuvieron un rato, con la mascarilla, y me sacaron sangre. La gente que allí había estaba muy callada, cada uno a lo suyo, contemplando a una señora entrada en carnes que hablaba casi a gritos por su teléfono, en un idioma que no comprendí. Bueno, para ser sincera igual no gritaba, pero sí que tenía el timbre de voz un poco alto, y estábamos en una habitación no muy grande, con más personas… Igual debía haber bajado un poco la voz, para no molestar. Pero ninguno le dijimos nada.

Estaba frente a la puerta y apareció un señor muy delgado, con un recipiente de cartón en forma de riñón bajo la boca, dando espasmos como de vómitos y escupiendo una fuente de babas. La enfermera le iba diciendo: “siéntese aquí un momento”, señalando los sillones. Miré a mi compañera de sillón, que debía estar pensando lo mismo que yo: ¿en serio lo van a dejar aquí?

Conste que no tengo nada en contra de la gente que vomita (quizá sí contra los que usan gafas de sol en interior, como era el caso, pero mi rechazo no fue por eso), siempre y cuando yo no los vea vomitar. No es por nada, pero es escuchar arcadas y se me revuelve todo. Soy una envidiosa vomitiva, qué le vamos a hacer.

Por suerte otra enfermera, la que se había ocupado de mí, llegó diciendo que no, que no le podía dejar allí, que estaba babeando, y que a los pacientes que babean había que llevarles a otro sitio. 

Mi vecina de sillón y yo nos volvimos a mirar, aliviadas. Y quizá, gracias al alivio, me entraron ganas de ir al baño, a llenar el bote que me habían dado para análisis de orina. A la que salí (creí que de ahí saldría alguna anécdota graciosa, pero se me dio sorprendentemente bien), la enfermera ya me esperaba para llevarme al box. Allí ya podría quitarme la mascarilla, y podría entrar Papá en Apuros a esperar conmigo.

En el box que nos dieron (en realidad tenía todo lo de una habitación, excepto baño, tenía puerta y todo), yo ya no tenía que llevar mascarilla. Pero el acompañante sí. De modo que yo me dejé de agobiar para pasar a agobiar a Papá en Apuros.

Vino el médico y me preguntó un montón de cosas. Vino un celador y me llevó a hacerme una placa. Mientras, yo tumbada mirando al techo. No tenía ganas ni de jugar con el móvil. Me dolía todo y estaba cansada. Tuve momentos de frío, incluso, aunque no noté que subiera la temperatura.

Vino el doctor de nuevo. Me volvió a preguntar algo que me había preguntado cien veces: ¿tienes molestias al hacer pis? No, señor, ninguna. ¿Estás segura? Pues sí, bastante segura.

Se volvió a ir y al rato vino una doctora. Yo esperaba que me dijera que todo estaba bien, o que tenía una infección, me mandara antibiótico y a casa. Pero no. Es cierto que tenía una infección, de orina concretamente, pero no me mandó a casa. Me puso antibiótico y me dejaba en una habitación de urgencias en observación.

Pues qué bien.

Yo que quería irme a casa a cenar. 

Odio la comida de hospital.
El menú de hospital. Muy buena pinta todo. El arroz tieso, como el pollo, y todo soso.


A la mañana siguiente me sacaron sangre temprano (sobre las ocho), y a eso de las nueve vino la misma doctora. Me explicó muy amablemente y con palabras técnicas que me habían bajado drásticamente las defensas (en concreto los neutrófilos), que me iban a cambiar el tratamiento. Y, después de una pausa expectante, me confirmó lo que no quería creer: ese día tampoco me iba para casa.


Buff. 

Más comida de hospital.

La verdad, no estuve mal. El box era en realidad una habitación, lo único malo era el tema del baño. Que no había dentro y tenía que salir a uno de fuera, que era para todos los boxes. Y el primer día iba con un palo con ruedas que no rodaba, lo que hacía un tanto complicado su traslado. 

Quitando eso y lo de la comida…

Al día siguiente me sacaron sangre a las seis de la mañana. ¡Las seis de la mañana! Oigan, que no son horas…

Y la doctora no llegó hasta las doce… Eso sí, traía buenas noticias. Mis defensas se habían recuperado bastante y me iba a casa. En cuanto me dieran los papeles. 

Intenté hacer fuerza. Me vestí, me peiné y les pedí el informe rápido.

Pero ellas fueron más rápido aún. No, no con el informe. Con la comida. Salí ese día del hospital, sí, pero no antes de haber comido.

Fue mi penitencia. Aunque aún no sé el pecado…

Mamá en Apuros: Y llegó el cansancio



La doctora me dijo que el tratamiento que iba a llevar las pacientes lo solían tolerar bien… Hasta que llegaban al final, que se hundían. Un poco. No era una quimio muy agresiva, por lo que los efectos secundarios no serían muy terribles, pero iba combinada con la radio externa TODOS LOS DÍAS, y luego la radio interna, de la que hablaré en otro momento… La mezcla de todos los componentes daban como resultado un cóctel molotov de cansancio.

Y la doctora, como persona inteligente que es (y que debe haber visto casos como el mío a cientos), no se equivocó.

Recuerdo la primera semana de la quimio. Comenzó un viernes, y aunque no es como si no hubiera tenido nada, no me afectó mucho. Hasta el domingo. El domingo empezaron las náuseas, y el lunes fue apoteósico. Era como si estuviera en un barco metida, solo que el suelo bajo mis pies no se movía. El domingo tomé una ducha, aguantando estoicamente el revuelto de estómago, hasta que me dije: “¿Acaso soy gilipollas? ¿Por qué no voy a tomar el medicamento que hay contra las náuseas?” Y en cuanto salí del baño fui a la cocina a por él.

Estábamos en la casa de retiro de mis suegros, en la sierra, y desafortunadamente no soy la única enferma de cáncer de la familia. Mi suegro anda a la lucha con su Voldemort particular, por lo que su botiquín estaba bien surtido de medicamentos que me podían hacer falta. Como es el caso del Primperán, cuyo nombre conocen bien las embarazadas, y como acababa de descubrir, las personas en tratamiento quimioterápico.

Era un jarabe y tenía que tomar una cucharada. Y sin haber estudiado farmacia, enseguida supe cómo funcionaba el puñetero jarabe: con tal de no tomar más te quitaba las náuseas y lo que hiciera falta. ¡Qué cosa más amarga y asquerosa, por favor! En cuanto volví a casa lo compré en la farmacia, pero en pastillas.

De las seis sesiones, en cuestión de náuseas, esa fue la peor. Hasta la cuarta sesión semanal de “chute” lo estuve tolerando más o menos bien. Revuelto de estómago y algo de cansancio, pero salía a andar casi todas las mañanas una hora. Había días que luego volvía, me sentaba con las piernas en alto, y ya no me daban las fuerzas para levantarme más hasta que tocaba ir a por la peque al cole. Para eso he sacado hasta de dónde no tenía. Pero daba igual, me había movido, me habían dado las fuerzas para eso, y luego para atender a MiniP, aunque solo fuera la atención básica (comida; ¿qué me enseñas?, es precioso; ¿quieres ver dibus?). Lo justo para no sentirme peor madre de lo que suelo ser…


Pero llegó la penúltima. La quinta sesión de quimioterapia. Y yo que quería que fuera la última, por favor que me diga que no hay más. Los análisis previos daban unos niveles justitos, pero normales teniendo en cuenta el tratamiento, por lo que me dieron “el chute”. Y esa semana no levanté cabeza.

Ya esa quinta semana no fui a andar. Por suerte se había terminado el colegio, y aunque había apuntado a MiniP al campamento urbano, me dieron las fuerzas para llevarla, al menos de martes a viernes. Los lunes eran mi peor día, me costaba levantarme de la cama, y si MiniP estaba dormida, no hacía ni el intento. 

Llegué a creer que había tocado fondo, en lo que a cansancio se refiere. Pero el jueves tuve braquiterapia, y me levanté con sensación de escozor al ir al baño. Y me mandaron antibiótico para tratar la infección de orina. Hasta ahí bien. Pero era un antibiótico de dos días, y el viernes tocaba también chute de quimio, la última, ahora sí, por lo que la medicina se perdió en el torrente de la química que me metieron para el cuerpo, y cuando quise llegar al lunes no tenía ni fuerzas para pestañear. 

Me mareaba con solo ponerme en pie, y para ir del sofá al baño tenía que agarrarme a lo que pudiera: sillas, la mesa, la pared… Y yo que creía que había tocado fondo la semana anterior… ¡Esto sí que era aniquilación total! 

Pensé que el miércoles o el jueves estaría mejor, teniendo en cuenta el histórico de las otras semanas, pero llegaron y mis fuerzas no aparecían. De repente, y a pesar del calor, me convertí en un lirón: echaba siesta y luego me acostaba a las diez como muy tarde. Y del calor casi ni me enteré, estaba destemplada casi de forma constante.

Esa semana además terminé con la radio externa (no lo celebré ni por dentro, no tenía energía, pero me alegré mucho), y tendría la tercera sesión de braquiterapia (radio interna), lo que significaba que en dos semanas terminaría todo. Mi cerebro tenía la fiesta organizada, pero mi cuerpo se negaba a colaborar.

De nuevo nos fuimos el fin de semana a la sierra, pero ni con la comida metida por un embudo (mi suegra es de las que cree que todo se cura comiendo) levantaba cabeza. La pasé a la sombra, y me metí en la piscina una sola vez. Y de hecho me metí, me salí y me fui directa a la ducha. 

El domingo, por hacer algo diferente, nos fuimos a comprar el pan al pueblo de al lado, y a ver la iglesia y la calle principal. No, no hice un tour turístico, era una calle de apenas cien metros, la recorrí a tramos, vi la iglesia (me encantan las iglesias, pero no por su significado de fe, sino como elemento arquitectónico) y la recorrí de vuelta a tramos también. Iba floja de energía, casi arrastrando los pies. Venga, vale, confieso, sin el casi. Iba arrastrando los pies, y aunque mi imagen así no lo refleje, por dentro me sentía como un zombie de los de The Walking Dead (un zombie lento). El caso es que mi imagen exterior en casi ningún momento se ha reflejado el interior: excepto algún caso de palidez extrema, no he parecido enferma…

Llegamos a la casa con el pan, y yo con escalofríos. Entré, me tumbé en la cama, y me arropé. ¡Me arropé! Con casi 40 grados de temperatura exterior, que parecía el puto infierno en la tierra y yo arropada. 

Vino Papá en Apuros y me hizo la típica pregunta tonta: “¿Tanto frío tienes?” En serio. Si no lo tuviera, ¿me estaría arropando con el apocalipsis del calor desatado? Al cabo de un rato, y viendo que el frío no se pasaba, me fui para afuera, no sin antes coger una chaqueta. A la que salía mi suegra: “Uy, con chaqueta. ¿Tienes frío?” “No, es que me hace juego con los ojos”, contesté. Ya sé de dónde ha sacado Papá en Apuros la manía de las preguntas tontas. (Para ser justa, he de decir que suelo hacer bastantes de esas preguntas yo también, pero ahora no estamos hablando de eso, ¿no?)

Después de un rato a la sombra, pero bajo el calor abrasador, me había quitado la chaqueta. Pero la piel me ardía y no me encontraba nada bien. Me metí para dentro, no es que la casa fuera muy fresca, pero se estaba mejor que fuera, y viendo que seguía teniendo frío, decidí ponerme el termómetro. 38,5 grados estaba soportando mi cuerpo. 

Qué contrariedad. Ahora tendríamos que ir a urgencias… 

Pero esa historia la dejo para otro momento.

viernes, 11 de agosto de 2017

Mamá en apuros: Primer día de tratamiento





Nunca me ha gustado esperar. De pequeña quería ser mayor a toda costa y me agobiaba pensando en todo el tiempo que tendría que esperar para que eso sucediera (y ahora me gustaría volver atrás y darme dos leches y paralizar el tiempo en algún momento feliz). Cuando me quedé embarazada (y este es un recuerdo que tengo muy vívido), recuerdo que me senté un día en el sofá de casa, me toqué la tripa aún plana (¡ja!, nunca he tenido la tripa plana, a quién quiero engañar, me toqué el michelín), y pensé en lo largo que se me iba a hacer todo, hasta que naciera MiniP (y ahora me gustaría volver atrás en el tiempo y… bah, no, no me perdería por nada del mundo a MiniP, la verdad, pese a que no todo ha sido un camino de rosas). 

Y, aunque esto sea casi spoiler porque cuando lo estoy escribiendo ya he terminado el tratamiento, cuando por fin llegó el primer día de tratamiento, pensé que se me haría larguísimo. Y en efecto, se ha hecho largo, pero también ha terminado.

Porque si una cosa buena tiene esperar, es que nunca esperas eternamente.

Y ahora vuelvo al punto del pasado en el que la eterna espera por el primer día de tratamiento terminó, y llegó aquel viernes que era el principio del fin de Voldemort. 

Nos dieron cita a las nueve y media, con lo que nos dio tiempo de llevar a MiniP al colegio. Yo me levanté echa un manojo de nervios. De verdad que no sabía en qué iba a consistir, y sobre todo me preguntaba si antes de quitarme la vía del brazo ya se me habría caído el pelo (pese a lo que dijera la doctora, yo no las tenía todas conmigo). Papá en Apuros tampoco sabe manejar muy bien los nervios, y aquella mañana se levantó refunfuñando, de manera que ya me puso de mala hostia desde primera hora. Fui al colegio con los morros de aquí a Lima, y con ganas de llorar.

Pero conseguí no hacerlo, aunque le regalé a mi marido el silencio todo el camino hasta el hospital. De hecho me duró el enfado hasta que me sacaron la sangre, y luego nos tuvimos que ir a la cafetería a tomar un café, y luego dar un paseo porque teníamos como hora y media (o más, ya no lo recuerdo bien) hasta la consulta. Con el café se disolvió la mala leche, y ya solo quedaron los nervios.

La doctora me felicitó por los análisis, era muy bueno partir de una analítica tan alta (estaba como una rosa, solo que con cáncer, no como ahora, que ya —es más que probable— que no tenga cáncer pero estoy de puta pena)y yo me sentí como una niña que saca todo dieces. Me volvió a explicar en qué consistiría el tratamiento, los efectos secundarios, y dejó abierta una ventana a preguntas, y me dijo que estaba lista para recibir el cisplatino (la quimio) en cuanto estuviera preparado de farmacia. 

Otra hora y media por ahí perdida. Y era algo que se volvería habitual.

Cuando por fin pasamos al hospital de día y me sentaron en un sillón estaba tan espídica a causa de los nervios que a punto estuve de salir corriendo. Solo que si salía corriendo Voldemort iba a estar cómodamente instalado en mi cérvix durante el tiempo que le diera la gana, y encima se podría ir de vacaciones a cualquier parte de mi cuerpo, de modo que me senté y dejé que me enchufaran.

Las enfermeras vinieron y me explicaron muy amablemente el funcionamiento del sillón (súper cómodo) y en qué iba a consistir el tratamiento: suero primero, medio litro, para hidratar; luego dos bolsitas pequeñas de pre-medicación; la bolsa del veneno (como ellas mismas lo llamaron) de nuevo suero y para casa. 


Según comenzó a pasar el suero por mi vena, me relajé. Y ya relajada, se pasaron las tres horas y media mucho más rápido de lo que pensaba en un principio.

Tenía instrucciones de acudir al hospital de la Princesa según terminara con la quimio, para empezar con la radio externa. También tenía instrucciones de ir con la vejiga llena, por lo que primero de todo, antes de salir del hospital de día, fui al baño (tenía una hora para llegar a la Princesa, más o menos), y lo segundo que hice fue coger una botella de agua de litro y medio e ir bebiéndola por el camino.

Cuando quise llegar, ya tenía necesidad de ir al baño, pero me cogieron enseguida, me explicaron instrucciones, y me dejaron esperando un poco. Poco, como cinco minutos, que a mi se me hicieron un milenio. La vejiga me daba toques de atención a cada rato, recordándome que su capacidad era limitada, y que yo la estaba sobrepasando. Por mucho que hubiera ido al baño donde la quimio, me habían puesto un litro de suero directamente en vena, y yo había bebido lo equivalente a un embalse. 

Antes de que pudiera rendirme e ir al baño, me llamaron para entrar. Me tumbaron en la camilla y un cabezal enorme se puso sobre mi. 

Les advertí a los técnicos —un chico y una chica muy jóvenes, tan atentos que el chico, muy pudorosamente, me puso un papel para taparme el monte de venus— que estaba al límite de mi aguante, y me dijeron que era cosa de diez minutos. Pero que si tenía necesidad que levantara la mano.

Respiré hondo y acepté. 

— Que sea rápido, por favor.

— Como las balas — me contestaron.

Efectivamente, enseguida noté cómo la máquina se ponía en marcha. No daba claustrofobia, ya que es abierta, además, mi cerebro estaba demasiado ocupado con la alarma que se iluminaba en intermitente rojo, advirtiendo que quedaban escasos minutos, puede que segundos, para que tuviéramos una inundación. Cuando empecé a sentir que el dolor se hacía insoportable, levanté la mano.

Inmediatamente (lo que tardó en abrirse una puerta de acero del grosor de un campo de fútbol por lo menos, en la que en ese momento, entretenida como estaba con el nivel de mi vejiga no pensé, pero que me daría entretenimiento en sesiones posteriores), apareció el chico y me dijo que me quedaban dos minutos. Dos minutos. Pero que si iba al baño ahora tendría que esperar otro buen rato a que se me volviera a llenar la vejiga. Respiré hondo de nuevo, y le insté a correr.

Dos minutos después volvió a abrirse la puerta y yo no salté de la camilla porque estaba muy alto. Además, me dijo el chico que me tenía que marcar tres puntos de tatuaje de referencia. ¿Otros tres? Le dije que ya los tenía.

— Ya, pero esos son los primeros, ahora los que te marquemos serán mucho más precisos.

Cogió una aguja, la inundó de tinta y allá que fue con ella.

— Ten cuidado donde me marcas que te sale un chorro de orina. Estoy que exploto.

El técnico rio.

Después de marcarme los tres puntos de rigor, en el mismo eje que los anteriores pero mucho más abajo (tan abajo que el del centro, que el de arriba está por encima del ombligo, no se ve ni con un minibikini), me dejó libre para ir al baño.

Salí corriendo (ainss, aún tenía energía entonces…), y no esperé ni a vestirme. Como no me había descalzado salí a la sala de espera, que había que cruzar para ir al baño, desnuda de cintura para abajo, tapada únicamente por una bata de papel azul de cuya opacidad tengo mis dudas. No me lo pensé, ni en este momento me arrepiento, creo que no he sentido jamás hasta ahora una sensación de liberación más potente que la de aquella tarde, cuando por fin pude vaciar la vejiga.

Pensé, a la vuelta hacia el coche, que con 24 sesiones más por delante seguro que mejoraría en eso de controlar lo de llevar la vejiga llena. Y no, no me equivoqué. Un mes y pico dio para un máster por lo menos.

Pero el primer día ya estaba superado.