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viernes, 29 de enero de 2016

Taller Literautas enero: El último beso



El uno de enero, como siempre, Literautas publicó su taller habitual. Para este mes incluye una ligera variación de la normativa, ya no recibes tres textos para comentar, sino que se publican todos y luego cada usuario comenta el que quiere. Para que ningún texto se quede sin comentarios, recomiendan comentar los tres siguientes al tuyo.

El lema de enero era que llevara como título El último beso. Como reto opcional, podría estar escrito con un narrador testigo. Me devané los sesos para que se me ocurriera un argumento, inicié un texto varias veces y lo dejé otras tantas porque no me llevaba a ningún sitio. Finalmente algo salió, con su narrador testigo y todo, con bastante tiempo de antelación. Como tenía tiempo, lo dejé ahí, en su carpetita del ordenador, tan calentito... Y al final se me pasó la fecha. 

Casi lloro de la rabia que me dio. 

He decidido que los últimos viernes de cada mes compartiré por aquí mi aportación al taller de Literautas, de momento aquí os dejo el de enero, agradeceré cualquier comentario, tanto si os ha gustado como si os ha horrorizado... Me ha costado entenderlo pero con las críticas es con lo que más aprendo. 



EL ÚLTIMO BESO 

Fui a escoger un libro de mi biblioteca personal. La lectura es de los pocos vicios que me quedan, a mi edad los que no te ha quitado el médico lo ha hecho tu familia. 

Pasé los dedos por el lomo de los libros, sintiendo el contacto con el papel, como si las palabras se pudieran transmitir a través del tacto. Me paralicé cuando toqué aquel libro. Precisamente aquel. El Ulises de Joyce, el único de mi biblioteca que jamás había leído. Lo intenté en una época convulsa, y lo llevaba encima aquel fatídico día. Desde entonces no lo volví a tocar. 

Lo cogí, con los dedos temblorosos. Creí haberlo perdido en alguna mudanza, hacía años que no pensaba en él. Probablemente en la última limpieza de desván mi hija lo encontró y lo colocó con los demás libros. 

Lo hojeé, buscando su secreto. Enseguida lo encontré, una fotografía en blanco y negro con las esquinas amarilleadas. Desde la lámina plastificada dos rostros jóvenes se miraban el uno al otro. Merce y Juan, los que habían sido mis mejores amigos, en la última fotografía de sus vidas. Y fui yo quien la sacó. 

Éramos jóvenes e impulsivos. Teníamos unos ideales y teníamos las ganas y las fuerzas para defenderlos. En aquella época eso era delito, y lo acabamos pagando con creces. 

Nos conocimos los tres en el instituto, y desde el primer día fuimos inseparables. Por supuesto, ambos chicos nos colamos por ella irremediablemente. Era imposible no enamorarse, era perfecta. Guapa, inteligente, dulce. Adelantada a su época, era una feminista convencida y convincente. Nos llevó a los dos a su terreno. 

Pero su debilidad siempre fue Juan. Y yo lo supe desde la primera vez que se miraron a los ojos, por lo que me retiré a un discreto segundo plano. Eso no impidió que entre los tres surgiera una amistad que duró toda su corta vida. 

Cuando cumplimos los dieciocho empezaron a salir oficialmente. A veces iban ellos solos, pero la gran mayoría del tiempo éramos tres, con lo que la gente empezó a murmurar. No nos importó, éramos felices así. Entre ellos se amaban físicamente, los tres nos amábamos platónicamente. 

Con la mayoría de edad también maduraron nuestras inquietudes políticas. En la universidad nos unimos a grupos clandestinos de protestas. Creíamos firmemente en que había que derrocar el régimen que impuso la guerra y estábamos dispuestos a jugarnos la vida para recuperar la libertad. 

A estas alturas de mi vida me pregunto si hubiéramos estado tan seguros de saber lo que el destino nos deparaba. Probablemente sí. 

Aquel día teníamos prevista una protesta pacífica frente a la universidad. El ambiente era más festivo que guerrero, las últimas manifestaciones habían sido un éxito, la policía no había hecho nada. Los tres estábamos nerviosos y excitados, pero muy emocionados; Juan portaba una pancarta y Mercedes tenía unas cuartillas para repartir. Yo llevaba mi cámara. 

Antes de que empezara todo, entre risas, les dije que se besaran para hacerles una foto. Eran una pareja espectacular y me encantaba fotografiarles. Por supuesto, accedieron, se besaron y les saqué una ráfaga. Fue el último beso que se dieron. 

A los cinco minutos escuchamos voces, la gente se alteró, y de repente la protesta pacífica se convirtió en un caos. Los policías habían empezado a cargar y cada uno intentó salvarse por su lado. Los tres huimos hacia el mismo lugar, pero yo me agaché tras una columna para sacar fotografías de la carga. 

Merce y Juan corrían de la mano cuando les alcanzó un antidisturbios. Sin piedad levantó la porra y golpeó, acertándole de lleno a Mercedes en la cabeza, que cayó al suelo, inmóvil. Enseguida se formó un charco de sangre en el suelo, los panfletos habían volado y algunos se posaban suavemente, tiñéndose de rojo. Juan se enfrentó al policía, cegado de furia, le atacó con la pancarta, y se llevó dos tiros en el pecho. 

Jamás olvidaré sus cuerpos tirados en el suelo, cubiertos de sangre. 

Cuando revelé las fotografías tan solo conservé una de ellos dos, una en la que no se besaban. Las otras las repartí para enterrarlas con ellos. Las de la carga policial fueron las que me consagraron como periodista gráfico. 

Devolví la foto a su tumba de papel, y, enjuagándome las lágrimas, escondí el libro entre los ejemplares de la estantería. Salí de la biblioteca con las manos vacías, los recuerdos me habían quitado las ganas de lectura.

viernes, 11 de diciembre de 2015

Taller Literautas de noviembre: El Lápiz Mágico

Os traigo el taller de noviembre de Literautas, en esta ocasión la única norma era que se titulara "El lápiz mágico". Yo opté por la siguiente historia:



Jugueteaba con el cable del teléfono mientras hablaba. Pasaba los dedos siguiendo la espiral eterna de los muelles de aquel aparato antiguo. Tan antiguo como su propia abuela. Balanceaba las piernas, que colgaban del taburete. Y resoplaba sin hacer ruido. Esa era la parte más importante, no hacer ruido.
De vez en cuando, y para no tener que aguantar más charla, intervenía.
- Sí, mamá. Claro, mamá.
Pero eso lo que hacía era alentar a su madre, que inquieta y nerviosa por no poder estar con ella, la martilleaba a órdenes, a pórtates bien y no des guerra a la abuela. Un machaque constante incentivado por la culpabilidad. Era el primer verano, en sus catorce años, que lo pasaba sin su madre. El primero desde el divorcio.
- Sí, mamá, como bien, mamá.
Las manos, cansadas ya de seguir los bucles, rebuscaron en el mueble del teléfono, junto al que estaba sentada. Allí encontró papel, y atendiendo ahora a la búsqueda, tras unos segundos eternos en los que su madre le estaba contando el calor que hacía allí y que se alegraba de que ella pudiera disfrutar del fresco del pueblo, por fin lo encontró. El lápiz.
- Sí, mamá, hace mucho calor. Aquí por la noche no, tengo que dormir arropada.
Se puso a dibujar distraídamente. Primero un garabato, luego una flor.
- Sí, mamá, me abrigo. Sí, el plumas si hace falta. No, mamá, no estoy siendo insolente…
Cinco pétalos, un pequeño tallo, y una hoja en el tallo. Le estaba dando sombra a los pétalos cuando sintió el calor. Emanaba del lápiz, un calor envolvente, calentaba sin quemar. Miró detenidamente el pequeño cilindro de madera, y no le vio nada extraño. Se encogió de hombros, como queriendo quitar importancia a una tontería, y continuó con su dibujo.
- Sí, mamá, lo paso bien. No, aún no tengo amigos, pero no me hacen falta. Ya lo sé, mamá.
Terminó de darle sombra a los tallos y se dispuso a darle profundidad a la hoja. Luego comenzó a hacer pequeñas rosas, un rosal entero que ocupaba ya media hoja.
- Vale, mamá, un beso. Sí, yo también – suspiró mirando al techo – .Sí, claro que puedo decirlo, mamá. Te quiero.
Colgó y aún se entretuvo un rato con su rosal. Total, no tenía nada mejor que hacer. Su abuela estaba trabajando en el huerto, y a ella eso de mancharse las manos de tierra no le iba nada. Le puso pequeñas espinas a su rosal.
Apoyó la mano sobre el folio, para sujetarlo mientras atacaba una esquina con una telaraña, y enseguida la retiró, con una pequeña exclamación de sorpresa y dolor. Se miró la palma y ahí lo vio, una pequeña gota de sangre. Se había pinchado con algo.
Examinó su folio más de cerca, y al moverlo a contra luz, un reflejo de color rojo le deslumbró. Pasó la mano por encima y tiró el folio al suelo al volver a pincharse. Desde el suelo, haces de luz de colores brotaron e inundaron la sala.
Paralizada por la impresión, pudo ver cómo de un simple folio estaba brotando el rosal que ella misma había dibujado. Las rosas crecían pequeñas y deformes, nunca se le había dado bien dibujar, y ahora más que nunca lo estaba comprobando.
La otra flor también surgió, con una hoja verde, perfecta en su simetría, colgando de un tallo imposible de tan fino. Las hojas, de un morado oscuro, destilaban pequeñas gotas de color allí donde el trazo del lápiz había sido más grueso.
Miró el lápiz, atónita. Era normal y corriente, el que te encuentras en cualquier papelería, naranja con rayas negras. Nada en él sugería que fuera especial.
Seguro que estaba soñando. Para comprobarlo, se pincharía con el lápiz en la mano. Si sentía dolor, estaba despierta, pero seguro que al parpadear desaparecería el rosal que seguía creciendo ante ella.
Antes de que la punta de grafito pudiera tocar su piel, sintió cómo alguien le arrebataba el lapicero de las manos. Miró casi sin ver a su abuela con un mohín de preocupación en los labios.
- Creí que lo había guardado a buen recaudo. Desde luego – miró el cajón abierto – en este cajón no estaba.
Revolvió el contenido para, al instante, mostrar triunfante una goma de borrar. Se agachó y la pasó por el folio.
- Reina, menos mal que no te ha dado por dibujar un monstruo. – Sonrió.
Guardó el lápiz y nunca más volvió a hablar de él.

Para las personas que se hayan quedado con ganas de más, es una historia que me gustó tanto que sí me gustaría continuarla. En cuanto lo haga, lo compartiré aquí. ¿Qué os ha parecido? ¿Tenéis alguna idea propia sobre la forma en que llegó el lápiz a estar en poder de la abuela?
Os invito a leer los demás cuentos aquí.

viernes, 20 de noviembre de 2015

Taller Literautas Septiembre: El sobre morado

Ya os he hablado aquí del taller Literautas. En septiembre ha vuelto a empezar, tras el parón de las vacaciones, y ya tenía ganas, muchas ganas, de taller. La norma de septiembre era que apareciera en el texto "el sobre estaba vacío".  A mi me surgió la siguiente historia:

EL SOBRE MORADO

Llegó tan cansada que casi se salta la rutina de abrir el buzón. Se había vuelto a quedar a echar horas, a terminar los pedidos, y con éste ya llevaba cinco días seguidos de jornadas extendidas. Su trabajo no consistía en estar sentada en una silla ocho horas, pendiente del ordenador. No. Ella tenía un trabajo físico, en el que debía cargar peso y seguir el ritmo durante toda la jornada. Por eso después de cinco días llegaba con los pies arrastrando y el alma a cuestas.

Casi pasa de largo el buzón. Aunque nunca le llegaba nada lo miraba todos los días. Ecos de su infancia, de cuando tenía muchos amigos postales y casi todos los días le llegaba una carta a casa. Ahora siempre se quedaba con las ganas, o con la desilusión de ver una carta y comprobar que era del banco.

Pero hoy tenía una sorpresa deparada. Abrió la puertecilla metálica y descubrió un sobre morado, de papel de alto gramaje, opaco a la luz.

Se mordió el labio inferior, una medio sonrisa quería escaparse de su boca. Pero el cansancio era más fuerte y no apareció. Miró el sobre durante lo que le pareció una eternidad, miles de años podrían haber pasado sin ella enterarse.

¿Qué podría ser? Se preguntó. ¿Quién le habría escrito?

De repente una parte de su cerebro se reactivó y enseguida comenzó a hacer elucubraciones. Por el tipo de sobre parecía una invitación de boda. Pero no sabía de nadie que se fuera a casar, y esas cosas se sabían. La única pareja de su entorno que había estado cerca de casarse habían sido, precisamente, ella y su novio. Pero no salió bien, y por eso ahora vivía sola y se veía obligada a echar horas extras en el trabajo. Arrugó el ceño y sacudió un poco la mano, como para espantar una mosca o los malos pensamientos.

No, invitación de boda no sería.

Quizás tenía un admirador secreto. Preferiría que fuera una nota de un admirador a que fuera una carta de su exnovio pidiéndole perdón. No quería volver a ser segundo plato de nadie, él hizo su elección y no fue a ella a quién escogió. Ya lloró bastante y ya lo superó. No quería volver a pensar en ello. Pero en un admirador…

Tal vez la había visto por la calle, o era algún vecino. Seguro que le había llamado la atención pero no se atrevía a decirle nada en persona. No era nada descabellado. No estaba en su mejor momento, pero sabía que era atractiva. Seguro que sería un admirador.

Se dio cuenta de que llevaba un rato admirando el buzón abierto y el sobre de su interior, y miró a los lados, avergonzada. No había nadie en el portal, lo que le hizo suspirar de alivio, y estiró la mano para coger el sobre.

Era áspero al tacto. Lo miró por el anverso y el reverso. No había nada escrito. Sus dedos viajaron solos hacia el cierre y comprobó que no estaba pegado. Abrió la solapa mientras sentía el corazón acelerado.

Esperaba una carta. O tal vez algún recorte. Incluso habría entendido que hubiera letras cortadas de una revista, como hacían los psicópatas de la tele. Pero no estaba preparada para lo que encontró.

El sobre estaba vacío.

Cerró el buzón con hastío y se encaminó hacia su casa. Hoy sería otro día igual, nada marcaría la diferencia.

viernes, 12 de junio de 2015

TALLER DE LITERAUTAS: ESTÁTICA

Este viernes toca compartir de nuevo uno de mis trabajos para el taller de Literautas. Se trata del taller de marzo, en el que había que incluir una radio encendida, y, como siempre, no superar las 750 palabras. No sé por qué mi relato derivó hacia tintes oscuros... 
Se agradecen los comentarios edificantes y constructivos. Espero que lo disfrutéis...





ESTÁTICA
Apagó la radio, cansada de escuchar sólo estática. Llevaba manipulando los mandos del viejo aparato desde que la televisión dejó de emitir, y se quedaron aislados, huérfanos de noticias.
Suerte habían tenido que estaban visitando a la abuela cuando estalló todo. La casa, en un pueblo pequeño, era antigua, de muros anchos, y bien aislada. La anciana siempre había sido un poco paranoica y se empeñó en convertir su morada en un pequeño fortín. Con terreno detrás, bien aislado por muros altos coronados con alambre de espino, pese a estar prohibido, donde trabajaba un huerto bien surtido. Nunca se fio de lo que vendían en los supermercados. Su paranoia había resultado su salvación, y de paso, la de su hija y sus nietos.
Todo había sido muy confuso, y aún ahora la adolescente no tenía muy claro qué es lo que había ocurrido. Llevaban en el pueblo unos cinco días, pronto volverían a la capital. Ella contaba los días, se aburría mortalmente. No había gente de su edad, ni internet, ni nada interesante que hacer, aparte de ayudar a su abuela en el huerto, lo que le dejaba las uñas destrozadas. Los adultos solo sabían hablar de la crisis, y de que el pueblo estaba yendo a la ruina, ningún joven se quedaba. A ella no le extrañaba en absoluto. Pero un día dejaron de hablar de la crisis. Los ceños empezaron a fruncirse, las conversaciones pasaron a susurrarse y a cortarse cuando se acercaba algún niño, incluida ella. No le interesaba el mundo de los adultos, pero que la metieran en el saco de los infantes cuando ya tenía casi dieciséis años le indignaba mucho. Muchísimo.
El sexto día notó que faltaba mucha gente en la cola del pan, y los ojos del panadero miraban con miedo a su alrededor. El séptimo su madre no la dejó salir de casa. Se plantó frente a ella y a su abuela y exigió una explicación. Ambas se encogieron de hombros, apesadumbradas, y la invitaron a sentarse con ellas frente al televisor. También llamaron a su hermano, que sin haber cumplido los once sí que era un crío. Si le hacían partícipe a él también seguro que la cosa era seria.
En la tele todo era caos. Primero parecía una explosión en una central nuclear, que había causado una fuga de radiación que afectaba a la población de manera nunca antes vista. En otro canal la explosión había sido en un laboratorio hasta entonces secreto del ejército, que había liberado un virus mortal. Pero la peor imagen llegó a las tres horas. Un enfermo había atacado a un cámara en plena calle. Las imágenes eran muy confusas, el cámara había salido corriendo, pero sin dejar de grabar, por lo que no había un solo fotograma que no estuviera movido. Sin embargo el canal escogió la menos borrosa para congelarla. Mostraba a un ser, que podría haber sido un hombre, ya que conservaba un traje de chaqueta con corbata, pero que ahora no se le reconocía casi como humano. Pálido, con la piel colgando y la boca abierta repleta de dientes puntiagudos.
Nadie sabía qué causaba el virus. Los platós de televisión se llenaron de expertos que hacían sus propias especulaciones, pero ninguno de ellos hablaba con certeza. Después de dos días tras haber visto la primera imagen del infectado, los programas escasearon, hasta que, al tercer día, hubo apagón televisivo.
Fue su abuela quien tomó las riendas. Despertó del letargo en el que estaban los cuatro, apabullados e incrédulos, con la impresión de que vivían una película de serie B. Lo primero que hizo fue sacar la escopeta de caza que había pertenecido al abuelo. Por temas sentimentales la había mantenido limpia y a punto. Después, los organizó a todos. Su madre y su hermano pequeño se quedarían en casa cerrando los pocos puntos vulnerables que tenía. A ella le tocó acompañar a la anciana a por víveres, munición para la escopeta y alambrada.
Cuando volvieron con lo que encontraron, se les prohibió salir de casa. Empezaron las obras para cubrir el patio con valla también por arriba, y a ella le encargaron ocuparse de la radio. Buscar pacientemente emisoras en activo para estar al tanto de lo que ocurría fuera.
Aún no habían visto ningún infectado, pero lo habían escuchado fuera, alimentándose de lo que esperaban fueran animales.
Ella seguía escuchando la radio, buscando voces humanas, voces amigas. Después de un mes ya no encontró ninguna. La esperanza moría con la banda sonora de la estática.

viernes, 13 de febrero de 2015

Taller Literautas: Enero. Pájaro, jaula y sombrero

Comparto de nuevo mi aportación al taller literario de la página Literautas, si no lo conocéis y os gusta escribir pasaros por allí, es una página que ayuda mucho. Este año me propuse participar en todos los talleres, y quería compartirlos por aquí. 
El de enero era de temática libre, tan solo tenían que aparecer tres palabras: pájaro, jaula y sombrero. No sé por qué esto me hizo pensar en blanco y negro y surgió una historia de detectives. Creo que tengo que pulir el final, pero prefiero compartirla tal cual. Quien quiera es libre de opinar, lo único que pido, por favor, es que si os parece una mierda me digáis por qué (si no, no aprendo).

ROSA FIGUERAS, DETECTIVE

Entró en el despacho a oscuras, esquivó el enorme escritorio y se sentó en el sillón. En su sillón, el de él, aunque nunca más lo ocuparía. Reclinó la espalda y miró la puerta. En el cristal de la entrada se podía leer su nombre, Rosa Figueras, bajo el de Sam. Ahora tendría que borrarlo, ya no tenía sentido que estuviera allí, cuando Sam descansaba a dos metros bajo tierra.
Se incorporó y comenzó a quitarse las horquillas que sujetaban su sombrero una a una. Despacio. Si movía las manos el cerebro estaría ocupado y así retendría las lágrimas. Dejó el sombrero, negro, con un tul que caía sobre los ojos, junto al teléfono.
Su mano, casi con vida propia, se extendió hacia el auricular y lo descolgó. No sabía qué pretendía encontrar, pero tan solo la saludó el pitido de la línea vacía. Así se sentía ella. Vacía. Colgó el teléfono y apoyó la cabeza en las manos, con un suspiro.
Habían sido un gran equipo, Sam y ella. Detectives privados. La gente acudía por Sam, era la cara visible, el galante y guapo detective, pero en realidad tan solo era la fachada. Era ella, Rosa, quien llevaba los casos, quien investigaba y solucionaba la mayoría de ellos, pero nadie se fiaba de una mujer. Creían que era la ayudante de Sam, y que tan solo debería coger el teléfono y tomar notas. Le reprochaban a Sam que le dejara tanto espacio para ayudarle con las pistas, tanta libertad. Sam se encogía de hombros y se limitaba a contestar:
- Si ella es feliz.
Él asumía su papel de buen grado. Nunca se quejó, ni se le subieron los humos cuando empezaron a coger fama. Incluso la ayudaba cuando a Rosa le daban ataques de rabia y quería gritar al mundo que la inteligente, la que resolvía siempre los casos, era ella, la pobre y tonta mujer florero que no era tan tonta. Pero si lo hacía la sociedad que había creado con Sam se vendría abajo, y con él su sustento y lo que la mantenía viva.
Le encantaba su trabajo. No vio venir el peligro real que asumía al hacerlo. Había resuelto todo tipo de casos, desde buscar collares perdidos hasta asesinatos. Precisamente uno de éstos, un asesinato, le había costado la vida a Sam. Y tendría que haber sido ella. ¿Por qué no había sido ella?
La chica apareció muerta en el parque, desnuda, encerrada en una jaula para animales grandes. Las pistas les condujeron hasta un importante empresario del juego que no parecía tener todos sus negocios en limpio. La policía perdió pruebas, probablemente comprados con oro y putas. Pero ella no se rindió.
Sam la apoyó. Fue a buscar más pruebas, y la última vez que le vio con vida se despidió de ella con una medio sonrisa, y le dijo que estaba a punto de encontrar la prueba definitiva. Lo que acabaría con el empresario y su imperio de corrupción. La siguiente vez le vio tendido en el depósito de cadavéres, con una sábana blanca cubriéndole y un papel con sus datos colgando del dedo gordo de su pie.
Rosa se revolvió en la silla y miró el reloj. No tardaría mucho en aparecer. Abrió el cajón sin hacer ruido y sacó su arma, un pequeño revólver que manejaba a la perfección. Según cerró el tambor tras comprobar que estaba cargado, y amartillarlo, la puerta del despacho se abrió, lentamente.
Una figura grande, envuelta en un abrigo de pieles, entró despacio. Rosa alzó las cejas, no esperaba que fuera él en persona quien aparecería. Vio dos sombras más tras el cristal, en el pasillo. No le importó. Quería venganza, no pretendía sobrevivir a ella.
La figura oronda encendió la luz, y dio un respingo cuando la vio sentada en la silla. Su boca se abrió en una o perfectamente redonda, y no le dio tiempo a replicar más, Rosa no le dejó. Sonaron dos detonaciones y sendas flores rojas aparecieron en la pechera del abrigo.
- Te metiste con la chica equivocada - le dijo al moribundo, mientras subía las manos y apretaba las mandíbulas para enfrentarse a su propio final. Pero no llegó.
Los matones entraron corriendo, vieron a su jefe tirado en el suelo y la apuntaron con sus armas, pero la sirena de policía que sonaba a lo lejos los disuadió y huyeron.
Rosa sonrió. No esperaba que le saliera tan bien la jugada.

viernes, 7 de noviembre de 2014

Taller literario de Literautas: octubre

Ya he comentado alguna vez que participo en el taller literario de la página Literautas. Me gusta mucho porque las directrices suelen ser muy fáciles, y a cambio de comentar tres textos de otros compañeros recibes tres comentarios sobre tu texto. Son los mismos que participan en el taller los que también comentan y esto me parece muy positivo. Pero más positivo aún me parece el formulario que hay que rellenar para hacer los comentarios: en primer lugar te piden que destaques lo positivo, en forma y contenido; y luego te piden que comentes aspectos que podrían mejorarse. 
Está todo enfocado de manera muy positiva, para que sea de verdad una crítica constructiva y que no sólo señales una serie de errores porque sí. Yo, que soy una persona muy susceptible con las críticas (por decirlo suavemente), lo agradezco mucho y tolero sin llegar a enfadarme y no respirar (de verdad, que soy así, me enfado y no respiro y hasta pongo morritos) las críticas que me han hecho. Algunas las he tenido en cuenta y otras no, que todo hay que decirlo, pero en eso cada uno es libre de hacer lo que quiera con su texto.
Quería compartir los ejercicios que escribo para este taller, sentíos libres de opinar sobre lo que queráis, que como ya he dicho he superado las rabietas...
En el taller de octubre se pedía que la acción se desarrollara en un patio de colegio, y que apareciera la frase: ¿Dónde están los niños?
Máximo 750 palabras.

PERRITO FALDERO

No sé quién lo dijo primero, pero parece ser que la idea tuvo mucha aceptación. Y en seguida se expandió como la pólvora, todos excitados y encantados, repitiéndolo hasta la saciedad junto con exclamaciones y palabrotas.

Era una noche como otra cualquiera. Yo había quedado con Laura, pero nos encontramos con Luis y sus amigos, Peri y El Trenzas, que iban para el parque cargados con las bolsas. Laura no dudó en unirse a ellos, y yo les seguí como un perrito faldero que no sabe quedarse solo. En el parque ya esperaban los demás, y en total nos juntamos ocho personas.

Ahora les miraba, todos riendo y chocando manos, iluminados por el tenue reflejo de la media luna que lucía en el cielo. En sus manos bailaban los minis de cerveza y de calimocho, creando olas en su superficie debido al movimiento. Algo de bebida se desperdició en el suelo, síntoma inequívoco de que la borrachera estaba en su punto álgido. Cuando aún no ha hecho efecto el alcohol solemos ir con mucho más cuidado, no nos podemos permitir desperdiciar ni una gota. Apenas tenemos dinero para comer, y el alcohol es uno de los pocos lujos que nos permitimos. Otro es el tabaco. Algunos se permiten vicios más caros, pero yo me conformo con el cáncer en barritas.

Soltaba el humo de un cigarro, mirando hacia el cielo y con la mano libre metida en el bolsillo cuando El Trenzas me zarandeó.

- ¡Vamos, tía! ¡Que te quedas en la parra!

Le miré, y por detrás de él vi que los demás ya se habían puesto en marcha.

- ¿Dónde vamos?- pregunté antes de dar otra calada.

- ¡Vamos a colarnos en el colegio! ¿No es una pasada?

Soltó un grito al estilo vaquero y dio un salto, como de triunfo.

No sé qué tiene de triunfal no tener otra cosa que hacer que colarse en un colegio. Tampoco encuentro el sentido cuando pocos años antes -muy pocos en realidad- andábamos como locos por escaparnos de allí. Sin embargo, no dije nada. Me encogí de hombros y les seguí sin rechistar. Ya he dicho que era un perrito faldero.

Saltar la valla no supuso un problema. Pese al nivel de alcohol, no hubo ningún hueso roto. Laura se raspó una rodilla al caer, pero no fue nada grave. El Trenzas me esperó, me ayudó a encaramarme, y fue el último en saltar.

Estábamos en el patio de nuestro antiguo colegio, de noche y borrachos. Luis y El Trenzas chocaron las manos, y gritaron al cielo como posesos.

- ¡Tío, cómo mola!

- ¡Vamos a jugar al fútbol!

Y salieron corriendo a colgarse de la portería, dándose cuenta tarde de que no tenían balón.

Peri miraba alrededor con los ojos como platos, enrojecidos.

- Tío, tío... - repetía, como ido - ¿Dónde están los niños?

Como nadie le hizo caso se acercó a mi y me cogió por los dos hombros.

- ¿Dónde están los niños? - preguntó de nuevo, y pude ver lágrimas en sus ojos.

No me estaba tomando el pelo. De verdad estaba preocupado. No sé qué es lo que tenía en la cabeza, qué imaginaba, para llorar por unos niños que posiblemente estuvieran durmiendo en su casa, o jugando, o en cualquier lado excepto en el colegio porque era de noche y no tenían que estar allí.

- ¿Qué te has tomado?

Peri me miró, abrió aún más los ojos y empezó a reirse como un loco. Me zafé de él y fui a buscar a Laura.

Pude ver, entre las tinieblas del pasillo que daba paso al interior del colegio, a mi amiga con Luis. Se metían mano aprovechando la oscuridad y no quise interrumpirles. Me daba la vuelta cuando me topé con El Trenzas.

- ¿Dónde vas? - se apoyó en la pared, en una pose de chulo que, en realidad, me dio pena.

- Me voy.

Le esquivé y me dirigí hacia la parte de la valla que vi menos peligrosa para saltar. Me encaramé a ella y salí del colegio. Simplemente estaba ya aburrida de perder el tiempo, de no tener otra alternativa, otra aspiración aparte de beber y salir los fines de semana. No quería desperdiciar mi tiempo colándome en colegios, o sentada en bancos del parque.

No miré atrás.

No me despedí.
 
No volví a verlos.

viernes, 26 de septiembre de 2014

Mamá en apuros: Libro recopilación Literautas



Hace poco os contaba en la entrada de Objetivos lo feliz que me hace volver a escribir, y que estoy consiguiendo lo que me propuse a primeros de año: continuar con mi sueño de toda la vida de dedicarme a la escritura, aunque sea de forma amateur.

Nada más me gustaría en esta vida que vivir de la literatura, aunque sé perfectamente que es un sueño, si no imposible, bastante complicado. Pero ahí sigo, en la brecha, escribiendo pulsación a pulsación, idea a idea para que ese sueño imposible esté más cerca de la realidad. Si hay algo cierto es que quien no lo intenta siquiera, no lo consigue.

Para ayudarme en mi empeño me estoy proveyendo de las herramientas necesarias. Y una de las mejores que he encontrado ha sido la web Literautas. En esta página hay recursos para escritores y un taller literario mensual que se llama Móntame una escena. Te dan unas pautas, un límite de palabras, y tres participantes te comentan tu aportación.


A final de año hacen una recopilación de los trabajos, formando un libro que se puede conseguir gratis en la web.

Ayer salió el de este año, y, para mi alegría, incluía una de las escenas que yo envié. Estoy muy, muy contenta, ver mi nombre impreso en un libro, aunque éste sea digital y gratuito, hace que roce con la punta de mis dedos mi sueño de ser escritora.


Desde aquí quiero dar la enhorabuena a todos los compañeros del taller que han sido incluidos en el recopilatorio, para mi es un honor compartir espacio con todos ellos. Y espero que éste sea un pequeño primer paso dentro de un ascenso a las nubes, donde viven mis sueños de rock and roll.Os dejo el enlace al libro por si alguien quiere echarle un vistazo.