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viernes, 29 de septiembre de 2017

Mamá en apuros: Los nuevos logros



Vivir es renacer a cada rato. La vida se compone de ciclos que vamos cerrando para abrir ciclos nuevos. 

Que no cunda el pánico: no me he vuelto una escritora de autoayuda. No soy Paulo Coelho ni nada por el estilo; no voy a ir ahora por la vida soltando perlas que harán que cambie tu vida, la mía, y la del perro de la esquina que por casualidad me estaba escuchando.

No, nada más lejos de la realidad. Si, con casi cuarenta años, recién estoy aprendiendo a vivir a gusto, bien, en paz conmigo misma, no soy quién para enseñar nada a nadie. Y sin embargo, la primera frase viene a cuento.

Llevo unos días que me encuentro bien. No fenomenal, porque los sofocos hacen que me despierte muchas veces en la noche, y eso hace que me encuentre cansada, pero bien. Por cierto, ¿alguien sabe de termostatos? ¿Y de dónde está el nuestro? Porque no consigo afinar el mío. De repente me suben los calores y me pongo a sudar como si estuviera en un asador de pollos y yo fuera el pollo… Si alguien sabe de alguno, por favor, que me de el número.

Lo segundo peor que los calores eran las piernas, y la verdad es que llevo ya unos días que estaban bastante bien. El plomo que las lastraba parece que se ha aligerado, y aunque sigo teniendo molestias en el tendón de Aquiles, por lo menos no las voy arrastrando por la vida. 

Ahora, lo del tendón es una pesadilla. Me levanto de la cama y parece que hay un gobbling escondido bajo la cama para darme un hachazo justo encima del talón. Voy para el baño que parece que el suelo es lava y tengo que ir pisándola. Sin embargo, cuando voy a andar, se me pasa. Luego estiro en casa y estoy genial en lo que tengo los músculos aún calientes. Pero es sentarme un rato, con las piernas en alto tal y como me aconsejó la doctora, y a la que me levanto está el mismo gobbling con el hacha cortando tendón. 


(Será asqueroso el gobbling, que se vaya al laberinto con David Bowie y me deje en paz, que yo no le he invocado).

Decía lo de renacer y los ciclos porque hacía seis meses que no corría. Desde la operación de los ganglios, donde me reordenaron por dentro. Antes de haberme recuperado del todo empezamos con el tratamiento y antes de terminar el tratamiento me convertí en un cojín en el sofá de mi casa. Casi todo el tiempo pude salir a andar, excepto en las últimas semanas de tratamiento (el tiempo cojín), pero correr ni pensarlo. Entre las vísceras que tenía que se debían colocar (convalecencia de la cirugía), y luego las energías y las defensas que se fueron de vacaciones, llegó un momento en que creí que no podría volver a correr.

Es que tengo un punto dramático bastante potente. Y estaba ya con un brazo sobre la frente, suspirando cual dama salida de la pluma de Jane Austen, quejándose porque Edward no le había respondido a su carta. En ese plan, pero sin corsé, que no estoy yo para apretarme.
¿Por qué no me escribirá Edward?


Sin embargo, todo ciclo llega a su fin. Dice el refrán que no hay mal que cien años dure, y es que el refranero español es de lo más listo. Ayer estaba yo en casa pensando que no me dolían nada las piernas. Bueno, solo un poco, lo que viene siendo nada si lo comparamos con esas piernas de metal que he ido arrastrando por la vida tras mi fase cojín. Y pensé: ¿y si pruebo a correr mañana? Y me entusiasmé yo sola solo con pensarlo.

Pero como soy muy de gafar las cosas, no dije nada. No lo puse en facebook, como había tenido intención inicial. Trasteé en mi súper reloj (es un reloj de los de correr, pero yo lo llamo súper porque ya puede tener súperpoderes con lo que costó), y lo programé para que me avisara. El plan era sencillo:

10 minutos de andar (calentamiento)

Luego 1 minuto de correr + 4 minutos de andar. Esto, 6 veces para que llegara a la media hora.

Y luego 20 minutos de andar. Pero como tengo la cabeza como la tengo, solo programé 10.

Y ahí que he ido, a la aventura. He dejado a la peque al cole, he escogido la ruta más plana, y he arrancado el reloj.

Qué emoción, esos primeros diez minutos. Tenía hasta nervios. Una cosica en el estómago flotando. Y no era el desayuno, que hoy en honor a la gesta, he desayunado sano. Después del primer tramo de calentamiento el reloj ha vibrado y me ha dado la orden: 1 minuto.

He empezado a correr.

Despacio, eso sí, pero qué felicidad. Se me han ido los nervios, se me ha ido la incertidumbre. Simplemente he dado zancadas, una tras otra, controlando que no me emocionara demasiado y fuera a irme de madre con la velocidad. Que me conozco, me caliento, me flipo, y en dos segundos estoy emulando a Usain Bolt.

El primer minuto ha pasado volando. Cuando me he querido dar cuenta me ha vuelto a vibrar el reloj para avisarme que comenzaban los 4 minutos de caminata. He parado, y me he puesto a andar, obediente yo. Pero ya iba con otro ritmo. 

Se me escapaba la sonrisa.

He completado todo lo que tenía programado, he corrido los seis minutos en sus intervalos correspondientes, y el último un poco más deprisa que los demás. No me he vuelto loca, pero me he dejado llevar un pelín. Hasta me he grabado un vídeo corriendo, cosa que no había hecho nunca hasta ahora. 

No sé si han sido las endorfinas o el atisbar un poco de mi vida normal, pero he acabado el entrenamiento eufórica. 
Sí, esta soy yo, en todo mi esplendor, feliz como una perdiz


Buenas sensaciones, las piernas no me pesaban, un poco de molestia en la zona de la pelvis (normal) y en los pies, pero nada que no se pueda soportar. 

Es solo un primer paso. Pero es un paso. Son solo 6 minutos, y no seguidos, pero han sido 6 minutos. Hacía seis meses que no corría, pero hoy la sequía ha terminado.

Ahora me queda por ver cómo me responden las piernas, pero da igual. Si duelen mucho y no puedo repetir la gesta hasta la semana que viene no importa. Porque hace tres meses, cuando estaba empezando el tratamiento, la quimio y la radio, hubo un momento en que parecía que no iba a estar bien nunca, y ahora estoy bien. Todo pasa.

Hasta lo malo.


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viernes, 16 de junio de 2017

Mamá en apuros: DES-PA-CI-TO (La canción del verano se ha escrito para mi)




Si no me habían operado más que una vez, solo había tenido una ocasión para probar lo que era la convalecencia. En aquella ocasión, con 13 años y de vacaciones, unos padres demasiado histéricos velaron por mi bienestar, impidiendo que entrara en la playa, que me tocara los puntos, o que me sentara al estilo indio. ¡Pero si yo estaba bien!

Pero ahora… Ahora tenía 38 años, a apenas una semana de cumplir 39, y no iba a permitir a nadie que me dijera dónde tenía el límite. A nadie excepto a mi propio cuerpo, claro que sí. Ese es el más sabio y el que más pies me ha parado en esta post operación.

— Cuerpito mío — le decía yo, cariñosa, porque ya se sabe que se cazan más moscas con miel que con vinagre — ¿Tendrás a bien dejarme salir a la calle sin marearme?

— Dormir. — Contestaba mi cuerpo, con su dicción del paleolítico.

Y yo, que soy una chica obediente, me iba a dormir.

La verdad es que lo pasé fatal los primeros días. Tenía la barriga peor que cuando salí con un bebé del hospital (va a hacer ya 7 años), más hinchada y más dolorida. Era como si me hubiera comido tres cocidos seguidos y no hubiera echado ningún gas. El horror.

Pero para el día de mi cumpleaños, el lunes siguiente al alta, ya estaba algo mejor. Al menos no me mareaba y el cuerpo pedía algo más que dormir. No mucho más, no se nos fuera a ir la pinza, pero al menos pude pasear. 

Hay que ver cómo se te queda el cuerpo después de no moverte. Te duele todo. La barriga por lo obvio, pero también la espalda, las piernas, hasta el nacimiento del pelo. Y me dije que la barriga no me quedaba más remedio que me doliera, ahí es por dónde habían entrado y sajado, pero que lo demás no me tenía por qué doler. 

Mi cuerpito me respetó y además de dormir consintió en pasear.

Pero tampoco muy deprisa. 

Nada deprisa.

Nada de nada deprisa.

Hay un parque donde vivo que hace un circuito cerrado de unos 900 metros, con pinos plantados y además algún puesto de ejercicios. Como barras laterales, o para hacer abdominales. Está muy bien, aunque podría estar mejor si hubiera sombra en todo el circuito. Allí que me he estado yendo cada mañana, según dejaba a MiniP en el cole, a dar mis vueltas. La primera semana dos vueltas, y a pasito corto.

Que a ver, sé perfectamente que estoy convaleciente, soy consciente de lo que eso conlleva, pero mi cabeza va por libre, y el cerebro se siente bien, y recuerda. Recuerda cuando era capaz de correr a 6 minutos el kilómetro. Que para los “pros” no es mucho, no lo voy a negar, pero para mí era como Usain Bolt. Porque antes de la operación estaba corriendo un minuto por encima. ¡Por encima! Y aún así ahora lo echo de menos. 

Porque es muy triste que tú, que has volado como el viento, te veas ahora adelantada por una anciana con andador. 



¡Verídico! Allá que iba la señora, con cara de velocidad incluida, y casi la pude escuchar hacer con la boca: “ñiaunnnn” al adelantarme. Luego se giró para verme, se ajustó sus gafas de piloto, y los guantes, y me guiñó un ojo, para seguir su camino a toda velocidad. Bueno, puede que lo haya adornado un poco, no voy a decir que no. No llevaba guantes.

Pero mi cuerpo no quería ir más deprisa, y no le quería presionar, no fuera a ser que me volviera a pedir dormir todo el día, por lo que me resigné, y cada vez que la señora anciana con andador me adelantaba, yo sonreía y saludaba con la mano. Mientras, por dentro, me cagaba en el andador, en la señora y en Usain Bolt. Que él tiene la culpa de todo. Hombre, ya.

Pero poco a poco se consiguen las cosas, y si durante dos semanas tuve que hacer solo dos vueltas, a la tercera ya pude aumentar a tres, e incluso cuatro. Y la velocidad fue aumentando sola. Correr aún no, pero no puedo evitar ser mala: ahora me pongo delante de la señora y la voy picando, pero como he aumentado mi velocidad, nunca me coge. 

Es un placer perverso, pero ahora vivo con miedo a pasar junto a una anciana con andador por la calle, no vaya a ser la del parque y me pegue con el andador en la cabeza. Se le veía en la cara que tiene mal perder…

viernes, 5 de febrero de 2016

Mamá en Apuros: Carrera en Alovera



Hasta que leí a Murakami pensaba que el oficio de escribir no era muy compatible con la afición de correr. Así soy yo, cuadriculada, pero desde pequeña. Creía que las cosas solo podían tener una faceta, y que si querías ser, por ejemplo, astronauta, ya no podías aprender a cocinar. Total, en el espacio te lo daban todo deshidratado.

Pero leí a Murakami y su De qué hablo cuando hablo de correr, y se me cayeron dos mitos, pero en el buen sentido. Supe que se podía compaginar escribir y correr, y además me confirmó que te puede venir la vocación de escritor siendo ya mayor. Hasta entonces también pensaba que tenía que ser vocacional desde la infancia.

Y no solo los escritores pueden compaginar su vida con el deporte, las blogueras literarias también. Como no podía ser de otra manera, no soy la única tampoco en ese aspecto. Mi querida Isi, de From Isi, se inició en el running* hará ya un año o dos, y resulta que tuve la gran suerte de compartir salida, el pasado domingo, con otra ilustre bloguera literaria: La Hierbaroja.

Y si lo pensamos bien no es tan descabellado. Lo que siempre había pensado era que un escritor se pasaba la vida sentado frente a su máquina de escribir. Y como lectora me he pasado el mayor tiempo posible sentada (o tumbada) leyendo. Por eso lo pensaba incompatible y por eso precisamente es, no solo compatible, si no necesario.

Yo ya llevo casi cuatro años corriendo, salvo el año excepcional que supuso el de inicio de cole de la peque. A mí no solo me ha salvado del inmovilismo, también de la depresión. Y me ha ayudado en muchas otras cosas. He descubierto que tengo ambición, cosa de la que creía que carecía, en el sentido de que quiero mejorar en ciertos aspectos, y proponerme retos y cumplirlos. Y no es solo un aspecto de mi vida, sino que está relacionado con todo lo demás.

Luego tuve la suerte de cruzarme (casi literalmente) con el Club de Atletismo del pueblo donde vivo, y me uní a él. Tenía en mente hacer una media maratón más bien pronto que tarde, y supuse que si me juntaba con un club de atletismo lo tendría más fácil. No me equivocaba.

He dado con gente estupenda, que no te hace sentir mal si no vas a correr, pero siempre te anima para que salgas. Si no te acompaña una persona lo hace otra, y más de una vez han aflojado ritmo para acompañarme. Vamos acompañados a las carreras, y nos mandamos fotos por el grupo para los que no han ido. La verdad, es genial.


Durante diciembre he tenido un bajón, no sé por qué. Quizás las fiestas navideñas, no solo por lo que representan en cuestión de comilonas, sino también porque cada vez falta más gente a la mesa, que no andaba yo muy animada. He salido a correr, pero ni siquiera me supuso un consuelo. De hecho, estaba fatal de las piernas, aunque eso lo podía superar. Lo que no era capaz de superar era el bloqueo mental. Salía sin ganas, pero con la intención de hacer 6 o 7 km, y en el kilómetro 4 ya me estaba parando porque mi cerebro, a mis espaldas, le había dado la orden a las piernas.

Pero ha sido cruzar el año y cambiar la cosa. La fiesta de los Reyes Magos me da un soplo de alegría, y parece que me voy recuperando. Me apunté a una carrera, que llevaba desde octubre o noviembre sin ir a ninguna. Decidí estrenar el año con los 10 km de Alovera, un pueblo de Guadalajara que me queda cerca (antes trabajaba allí, de hecho), y de la que me hablaron muy bien. Me aseguraron que era muy llana.

Según se iba acercando la fecha, yo me iba ilusionando más. Parecía que iba recuperando mi habitual alegría. Contacté con Hierbaroja por Twitter, y me dijo que no sabía si iba a poder ir. Hasta el último momento no lo confirmó, y su afirmación contribuyó a mi estado de ánimo. 

Llegó el día, y yo viajé sola hasta allí. Adoro conducir, y berrear mi música mientras lo hago, por lo que no me importa. Allí recogí dorsal y camiseta, y me uní a mis compañeros de fatigas. Hacía un frío que ni Invernalia en plena ola de frío, y cuando fuimos del coche a la salida casi me hice un bicho bola, por si por un casual, al encogerme sobre mí misma, me daba un poco de calor. No funcionó.

Ya en el mogollón de la meta (éramos mil personas), me uní a Hierbaroja. Fue casi una casualidad, me mandó foto de su ubicación, y oh, sorpresa, era justo donde yo me encontraba. Miré a mi alrededor buscando a alguien de naranja atenta al móvil, y en cuestión de dos segundos, la encontré. Con ella tomé la salida y la acompañé durante el primer kilómetro. Fue un placer haber podido coincidir, y una pena que la carrera no hubiera sido más cerca de León, para haber sido tres blogueras las que tomaran la salida (Isi, nos acordamos de ti).


Fui teniendo muy buenas sensaciones, tantas que cuando me quise dar cuenta iba casi un minuto por kilómetro más rápido de mi media. Bajé un poquito el ritmo para no fundirme en las primeras de cambio. En el kilómetro dos había una pequeña cuestecita, que subía yo pizpireta y medio ciega por el sol y por los colores chillones de las camisetas de la gente que corría, cuando vislumbré a dos ciclistas muy atentos al devenir de la carrera. Iban de amarillo chillón, con lo que me terminaron de cegar, supuse que eran de organización.

Cuando llegué más cerca de ellos oí mi nombre. Volví a mirarlos, esta vez más atentamente, y la mandíbula se me descolgó. ¡Eran Papá en Apuros y TíoJ! Habíamos dejado a MiniP a dormir el día anterior con los abuelos porque yo iba a la carrera y Papá en Apuros salía con la bici junto con el marido de mi hermana, TíoJ. Ellos iban a hacer otro camino totalmente distinto, sin nada que ver conmigo, pero, no sé si de manera premeditada o como un plan de última hora, decidieron venir a animarme a Alovera. Me dieron una muy grata sorpresa, ya iba yo animada y su visita y gritos de ánimo me dieron más fuerzas. Se quedaron a verme pasar en la segunda vuelta y se fueron, que tenían otros treinta y pico kilómetros de camino…

También bajó a verme y a animarme mi compañera y amiga P., del trabajo, con la que me tomé un café reparador tras mi paso por meta.

Fue una gran carrera, la disfruté muchísimo y, aunque no fui capaz de entrar en calor en ninguno de los diez kilómetros, la voy a recordar con mucho cariño. ¡Y bajé de la hora! Vale, por un minuto, pero para mi fue un tiempazo.

Alovera supuso el pistoletazo de salida de la temporada, y, quizás gracias al tiempo que hice, un punto de inflexión en mis sensaciones de estado físico. Además, allí dejé olvidados mis pesimismos, si alguien los encuentra, por favor, no me los devuelvan…