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viernes, 10 de noviembre de 2017

Mamá en Apuros: Bye bye Voldemort




Hace ocho meses me encontraba sentada en la silla de la consulta de ginecología, luchando por reprimir las lágrimas, sin conseguirlo. Me acababa de caer un jarro de agua encima, mi cuerpo me había traicionado y había comenzado a duplicar células sin control.

El cáncer, al que denominé Voldemort, había dado la cara.

Ahí empezó la guerra. Yo lo denomino así porque me crié con los dibujos de Érase una vez… La vida, en los que las defensas eran tres muñecos que luchaban contra las infecciones, y los glóbulos rojos cargaban a sus espaldas el oxígeno en forma de burbujas. De modo que sí, para mi fue una guerra en la que mis defensas atacaron al invasor, ayudadas y arrasadas por la quimio y la radio. Una lucha encarnizada en la que mi cuerpo fue campo de batalla, y como tal quedó: para el arrastre.



Pero todo en esta vida tiene inicio y tiene fin, y hoy, por fin, puedo escribir que mi lucha ha terminado. 

Voldemort ha muerto.

El viernes pasado tuve la revisión de los tres meses. Ya me habían hecho un tac y una resonancia magnética, y tocaba la consulta, para que me dijeran cómo había quedado todo. 

Papá en Apuros vino a buscarme desde el trabajo. Era una consulta importante. Yo iba con esperanzas, pero con esperanzas a medias, me habían dado buenas expectativas, pero podía ser que tuviera que pasar por quirófano si quedaban indicios de cáncer en los ganglios. Y yo, como soy así de optimista, iba casi segura de que me operaban.

Llegamos con diez minutos de margen para la cita. Nos sentamos a esperar. Me había echado en el bolso la tablet, el ganchillo y un libro, para tener donde elegir, pero no saqué ninguna de las cosas. Mis dedos tamborileaban solos, encendía y apagaba el móvil, miraba facebook, twitter e instagram sin fijarme en lo que veía.

Papá en Apuros se cansó de decirme que me relajara, que iba a estar todo bien… Claro, como no era él el que tenía que someterse a inspección… Cuando por fin me llamaron a consulta casi salgo corriendo por la puerta. Así tendría el diagnóstico de Schrodinger: estaría bien y mal al mismo tiempo. Pero no, afronté la entrada a consulta.

Cuando entramos la doctora estaba hablando por teléfono. Nos sonrió y yo pensé que era un buen augurio. Porque si no estaba bien la cosa no sonreiría, ¿no? O tal vez sí, para relajar tensión… Colgó y me entraron ganas de cogerla por el cuello de la bata y zarandearla hasta que me dijera cómo habían quedado mis bajos.

No hizo falta.

—Bueno, Mamá en Apuros, está todo bien.

En mi cabeza ese bien rebotó de lado a lado como la pelota del Atari. Y no me lo podía creer, pero me entraron ganas de llorar. Pensé que no estaba bien que me pusiera a llorar igual que cuando me dijeron que tenía cáncer, ahora que me decían que ya no lo tenía, así que parpadeé muy deprisa y me concentré en otra cosa. Por ejemplo, en lo que decía la doctora, que había seguido hablando y yo no la había hecho ni caso.


—…adenopatías perfectas… bla, bla, bla… 

—¿Y los ganglios? —pregunté. 

—Sí, está todo correcto, no hay adenopatías, que son los ganglios…

Se me quedó cara de idiota, pero yo no tengo la culpa de no hablar el mismo idioma.

—Bueno… —pregunté— ¿Y ahora qué?

Ella se echó a reír.

—Ahora te haremos una revisión cada tres meses, que no te creas que te vas a librar de nosotros tan fácilmente.

Nsk.

Salí con quince papeles para varias citas, incluida la de la revisión, y me dejé en la consulta un peso muerto que había estado cargando durante estos ocho meses. El cáncer era historia.

No ha sido fácil. No ha sido cómodo. Pero ya es pasado.

Gracias por haberme acompañado en este viaje, por haberme leído cada semana, por haber tenido paciencia cuando me han faltado las fuerzas para sentarme a escribir. Esta aventura ha terminado, por fin. 


Pero la vida sigue y una mamá en apuros siempre tiene mucho que contar. Espero que sigas acompañándome.

¡VOLDEMORT HA MUERTO! ¡LARGA VIDA A LA NORMALIDAD!


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viernes, 22 de septiembre de 2017

Mamá en apuros: La parte divertida




Ahora que ya pasó lo peor, ahora que ya no siento el cerebro como envuelto en una niebla espesa y no me duelen zonas del cuerpo que no sabía ni que tenía, ahora veo las cosas desde otra perspectiva.

Y, oye, que hay cosas que me ha traído el cáncer que no me esperaba.

Por un lado, está el aprendizaje del que todo el mundo habla. Lo de ver las cosas buenas de la vida, y quitarte de encima lo malo. A esto lo llamo yo «la limpieza».

Porque el cáncer me ha permitido hacer limpieza en mi vida. Había obligaciones autoimpuestas que me estaban resultando pesadas, que me quitaban tiempo para otras obligaciones, o para hacer otras tareas que me apetecían más. He simplificado y ahora mi vida se compone de lo que yo quiero que se componga. Como obligación, tan solo el trabajo. Como devoción, mi hija, mi marido, y escribir. Son tres devociones que me llevan todo mi tiempo.

Por desgracia, también he hecho limpieza de personas. Quizá es la parte que menos me ha gustado, pero también es parte de la vida. Ha habido personas que no se han acordado de mí en dos meses ni para mandarme un mensaje preguntando cómo estoy. Eso me ha demostrado que no les importo (si no preguntan cómo estoy pasando un cáncer, qué puedo esperar por algo menor), y si no les importo entonces no sé qué pintan en mi vida. Cada cual es dueño de sus actos, de sus decisiones, de por quién se preocupan y de por quién no. No voy a hacer un drama de esto, aunque en algunos casos me he sorprendido. 

Pero también está el lado contrario. Ha habido personas que conocía de poca cosa, de vista, de por las tardes un rato, de saludos, que cada cierto tiempo en estos dos meses que no nos hemos visto me han preguntado qué tal. Un mensajito. Una llamada. Un: «qué tal vas, te mando toda mi fuerza». Puede parecer poco, pero que se acuerden de una gusta. Y que se acuerden cuando estás por los suelos y te mandan una energía que tú no tienes, gusta aún más. Lo agradecí mucho.

Luego están dos personas, mis malas madres, que han hecho por mí más de lo que yo podré pagarles nunca. No solo han estado a mi lado, sino que se han hecho cargo de lo más preciado que tengo, mi hija, cuando yo no he podido hacerlo. Os quiero, chicas, ya sé que lo sabéis, pero me gusta recordároslo.
Esta soy yo después de la radioterapia. Irradiando luz...


Pero no todo es místico. De hecho lo último que piensas cuando te están chutando o te están achicharrando es en el misticismo. No piensas en lo que aprendes, o en lo que valoras de la vida. Piensas en que se acabe ya esa puta mierda que te deja para el arrastre. También he pensado alguna vez que como no funcione me arranco yo misma el útero y le dan por saco a Voldemort de una vez. Pero eso ha sido en algún momento desesperado, no siempre, claro. Y apenas un destello. No estoy tan loca (ejém, ejém, *huye haciendo la croqueta*).

Y al terminar todo, llegó la parte divertida. Más que divertida, casi pornográfica. Esto sí que no me lo esperaba yo tras un tratamiento tan agresivo…

A ver cómo lo cuento que este blog lo lee mi madre y me da vergüencita…

¡Aviso! ¡Aviso! ¡Tres rombos! ¡A la cama!


En la tercera sesión de braquiterapia, estaba yo sufriendo lo indecible con el culo sobre una tabla de metal, con unos cables que salían de mi vagina (aún sin enchufar), y tumbada boca arriba sin poder moverme, cuando llegaron dos enfermeras. La más mayor, no solo de edad si no también de rango, llevaba algo en las manos. La más joven, la morena, me miraba con curiosidad.

La mayor empezó a hablar mostrando lo que tenía en las manos.

—Esto es un dilatador. Cuando termines todo el tratamiento tendrás que usarlo para evitar que se te atrofien los músculos de la vagina.

Miré fijamente lo que tenía en la mano. Era un palo blanco de silicona, largo y algo grueso. Parecía un falo… Un momento… ¡Era un falo!

Paseé la vista entre la enfermera más joven y la que me lo estaba explicando. Debí poner una expresión cómica porque a la enfermera joven se le escapó la risa. No continuó porque la mayor la miró de soslayo, por lo que bajó la cabeza mordiéndose la boca por dentro.

—¿En serio?

—Sí, es el tratamiento estándar para después de la braquiterapia… Tienes que usarlo dos veces al día la primera semana —continuó con tono serio y profesional—. Te lo metes, lo mueves un poco, a los lados, arriba, abajo y lo dejas dentro diez minutos.

Tosí un poco, y evité mirar a la enfermera más joven. Si la miraba seguro que tendríamos un ataque de risa y como empezara a reírme no sabía cuándo terminaría… 

—Claro —contesté a la enfermera mayor, que me miraba como esperando algo de mí.

—También puedes… —la enfermera dudó—. Estás casada, ¿verdad?

—Sí.

—Bueno, también puedes convalidarlo con las relaciones sexuales —. Ahora era ella la que parecía azorada—. Pero para que valga tendrá que ser por lo menos dos veces a la semana.

—Verás que contento se va a poner mi marido —. Ambas enfermeras rieron—. Uy, ¿lo he dicho en alto?

Reímos las tres.

Al finalizar la sesión me lo dio para que lo llevara a casa. Aún tendría que esperar para usarlo, porque debía empezar un par de semanas después de la última sesión.

Pero las dos semanas pasaron y a mí se me olvidó que tenía que usar el dilatador. Vale, no se me olvidó, pero es una cosa complicada de agendar. Sobre todo cuando tienes una niña de siete años suelta por casa y que te pregunta esto qué es para cada cosa que ve que no conoce. Me imagino teniendo que explicar para qué sirve el dilatador y me da la risa tonta…

¿Lo veis? ¡Existen! 


Aunque no hay mal que por bien no venga. Como olvido el dilatador, me voy a la opción B. Es un win-win para el matrimonio Apuros, un matrimonio como otro cualquiera. Aunque yo gano por partida doble. Guiño, guiño, codazo, codazo.

De modo que no diré que todo lo que me ha venido ha sido malo. No. Lo he pasado mal, pero la recompensa estaba al final del túnel, en forma de falo de silicona.

Lo siento, eso que habéis escuchado son mis risas.



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viernes, 15 de septiembre de 2017

Mamá en apuros: La espera final



Si de algo me he dado cuenta durante el tiempo que ha pasado desde que me diagnosticaron hasta ahora, es que el cáncer es una enfermedad que te enseña a esperar.

Los enfermos en los hospitales se llaman pacientes y no creo que sea casualidad que se utilice ese término.

Yo, que de la paciencia sé lo que pone en el diccionario, estoy aprendiendo mucho y a marchas forzadas sobre ello. ¿Cuántas veces he hablado aquí acerca de esperar, de tomárselo con calma, de ir despacito? Para mi gusto demasiadas, pero aún no se ha terminado.

Porque ahora ya he terminado todo el tratamiento. Ahora estoy despertando, por así decirlo. Esperaba estar en plena forma ya a estas alturas, pero en lugar de ello estoy recuperando poco a poco algo de mi energía vital. Al menos ya no me duele pestañear, y me levanto de la cama con ganas de hacer cosas. 

Ahora, ya con esa energía, miro hacia atrás y veo la lucha encarnizada que ha tenido lugar en mi cuerpo. La quimio, la radio externa, la interna… Ha sido una guerra cuyo escenario ha sido mi cuerpo, y ahora está arrasado. Me doy cuenta que esperaba que fuera como en un constipado: que cuando ya se te pasa la fiebre estás operativa al instante. Yo esperaba poder correr, poder hacer mi vida normal, y poder descansar tranquila psicológicamente hablando.

Pero no.

Para empezar, tengo algunos efectos secundarios que son un poco desagradables y que no parece que quieran marcharse. Me duelen las piernas, me pesan como si llevara bloques de hormigón en ellas. Me imagino con una escafandra andando por debajo del mar, porque es así como me siento. También me duelen los tendones de Aquiles. Hablando con otra superviviente de cáncer de mama me dice que a ella le pasa lo mismo, y en ese momento no me sentí tan mal. Mal de muchos, consuelo de tontos, que me solía decir mi abuela. Y sí, abuela, soy tonta, pero me sentí acompañada, por así decirlo.

La energía ha vuelto, pero no toda la que tuve. A veces me pregunto si voy a poder volver a ser la que era. Si voy a poder levantarme, tener un día ajetreado y acostarme tarde estando cansada, sí, pero cansada normal, no cansada nivel me acaba de pasar una apisonadora por encima. Y sí, he tenido algún que otro día ajetreado (por ejemplo, cuando celebramos el cumple de MiniP en el parque de bolas), pero durante el cual he tenido que hacer muchas pausas para subir las piernas, y por el que terminé cansada ese día y los dos posteriores. Nunca había tenido una resaca de cansancio. Ni siquiera cuando hice la Media Maratón estuve así de cansada al día siguiente. 

Y lo peor de lo peor. Con lo que me ha castigado el karma. Durante toda mi vida me he burlado de un síntoma que solemos tener las mujeres durante la menopausia. Desde jovencita, cuando alguien de mi alrededor tenía calores hacía la típica broma: será la menopausia. Cuando los tenía yo también lo decía. Y ahora, que parece que la quimio ha convencido a mis hormonas para que descansen un ratito, estoy teniendo esos calores. Y no me gustan nada.

Por un lado está muy bien no sangrar una vez al mes. Sobre todo teniendo en cuenta lo que llevaba ya sangrado de más desde enero hasta junio. Al principio supuse que mi cuerpo había hecho balance de beneficios y que estaba ahorrando ahora todos los recursos que había gastado entonces. La idea no era mala, ¿no? 

Pero parece ser que no. Se lo comenté a mi oncóloga y la mujer se rió un rato a mi costa. No en mi cara, pero se lo vi en los ojos. Me dijo que eso era un efecto secundario de la quimioterapia, y que la menstruación podría volver o no. Y yo, si no fuera por los calores, le diría que se quedara donde está. Pero es que lo de los calores no me gusta nada.

Aparecen de repente. Se habían camuflado porque han hecho temperaturas muy altas en Madrid, pero cuando el termómetro nos dio un respiro salieron a la luz. Llegan de repente: me sube un calor hacia la parte de arriba del cuerpo, cara, brazos y pecho que va aumentando de intensidad gradualmente. Después empiezo a sudar, la frente se llena de pequeñas perlas de sudor que, junto con las del resto del cuerpo, ayudan a que la temperatura baje. En alguna ocasión he pensado que acabaría en combustión espontánea. Quien inventó a Antorcha Humana (de los 4 Fantásticos) seguro que tenía estos sofocos.

Claro, que ahora tengo más tiempo para fijarme en estas cosas, porque ya no tengo citas médicas. No tengo que ir cada día al hospital, ni cada viernes, ni nada hasta dentro de dos meses. Tres meses desde que se termina el tratamiento. Yo lo he llamado: LA GRAN ESPERA. Lo sé, los títulos se me dan fatal.

¡Pero es que son tres meses! Tres meses sin saber nada de nada. Y con lo que me gusta a mi esperar…

En noviembre descubriremos si el tratamiento ha sido efectivo. Los médicos me han dado buenas expectativas, pero tampoco se mojan mucho, por eso de las ilusiones que nos solemos hacer los pacientes. Nos dicen: tal vez no sea nada; o: hay un 80 por ciento de probabilidades de curarse (o un noventa, o un noventa y nueve), y nosotros escuchamos: ¡no es nada en absoluto! ¡No tienes de qué preocuparte! ¡Contrata un crucero! Y luego llega el día del crucero, no puedes ir porque estás en tratamiento, y la culpa es del pobre doctor que tan solo te había dicho lo que por su experiencia sabía. Nunca una certeza.

Por suerte yo no contraté un crucero. Yo quise creer que podría ir a la piscina en agosto, con lo que imaginé que podría ir todos los días y disfrutar de nadar y tumbarme a la sombra a leer, pero esto último suele ser imposible con MiniP, y lo primero resultó no ser cierto. No tuve cuerpo para ir a la piscina nada más que un par de veces, y ya casi a finales de mes.

Pero debo tener pensamiento positivo: ya ha pasado un mes de los tres de espera. Ahora solo me quedan sesenta días que tachar del calendario para saber si esto por fin se ha terminado o todavía nos queda algún fleco que cortar. No quiero pensarlo. 

Pero y si…

No quiero pensarlo. Me taparé los oídos y cantaré muy fuerte cuando me venga algún pensamiento de esos. 

¡La la la laaaaaa!

viernes, 8 de septiembre de 2017

Mamá en apuros: El día que me hice pis




A veces no soy consciente de todo por lo que he pasado. Me han dado un tratamiento de quimioterapia y radioterapia externa. Y además he tenido 5 sesiones de radioterapia interna. Aparentemente estoy bien. Tengo buena cara, me muevo razonablemente bien (aún sigo lenta, pero eso lo noto yo por ser yo) y en general, tengo buen tono. Pero por dentro debo de estar un pelín afectada.

Hoy me he dado cuenta de eso, y no ha sido una experiencia feliz. Pero como hay dos formas de tomarse la vida, en lugar de llorar y patalear, me lo pienso tomar con humor. ¿Qué sería de la vida sin humor?

Por cierto que en el fondo me da un poco por saco eso de tener buena cara, porque cuando la gente me ve, es lo primero que me dice: “qué buena cara tienes”, a veces con un tono como diciendo: “no puede ser verdad que estés enferma”. De modo que en el fondo me siento un poco impostora. Luego me da un dolor en los bajos, o en las piernas, y se me pasa, claro.

Como soy un culo inquieto, ahora que he recuperado parte de mis energías, quiero recuperar más. Y las piernas me duelen una barbaridad, pero he probado de todo: si estoy sentada con las piernas en alto, me duelen. Si estoy sentada con las piernas en el suelo también me duelen. Y si voy a andar para moverlas, también me duelen. Se lo dije a la doctora y me dijo que me venía bien andar. Y yo ya había llegado a la conclusión de que, si me iban a doler igual, por lo menos me movía, y así dejaba de dolerme la espalda.

Así que llevo ya una semana saliendo a andar de manera rutinaria. El problema que tengo es que aún no hay cole, y tengo a MiniP en casa, por eso decidí llevármela.

Por el tema de la velocidad no me preocupa, porque tal y como voy yo, ella va más deprisa que yo. Pero es que es una pequeña petarda. No hace más que quejarse.

El primer día la llevé andando. Fui a un parque cercano (está más o menos a un kilómetro de casa), que tiene un circuito circular de unos 900 metros. Quería dar tres vueltas y volver a casa, pero aún no habíamos terminado la primera vuelta cuando ya estaba preguntando si nos íbamos a casa. Al final la dejé jugando en unos columpios y yo dando vueltas cortas para no perderla de vista. Desventajas de ser una madre histérica.

El segundo día (dejando uno de descanso entre medias, que no fui capaz de sacarla de casa), la llevé con el patinete. Al menos aguantaría un poco más. Ese día fue mejor, porque el circuito tiene una bajada larga, por la que se dejó caer, y luego le quité parte de la subida dejándola cruzar al otro lado del circuito por el césped. Hacía calor, y los aspersores estaban conectados, por lo que la dejé jugar un poco con el agua. Ese día se lo pasó bien.

Hemos salido algunos días más, con el patinete, pero me volvió a protestar y no pude hacerlo tranquila. Pero tuve suerte y bajaron las temperaturas.

A la semana siguiente decidí cambiar de circuito. Hay un parque regional cercano, con un paseo, también circular, de unos 4 km, así que allí que nos aventuramos. Y todo fue mejor, pero para mi desgracia estuvimos parando cada dos por tres para coger moras. La parte positiva es que llegamos a casa con un botín muy rico…


Aprovechando que los suegros se quedan una semana entera en la casa de la sierra, decidimos traer a la peque para que les entretenga, y así que tuviera unos días “de vacaciones”. Ella, y nosotros. Que la echaremos mucho de menos, pero de vez en cuando un descanso nunca viene mal.

Aproveché que la llevaba a la sierra para salir a caminar por allí, yo sola. Por fin. Me puse mi música, pulsé el reloj, y me dispuse a andar una hora, más o menos, a mi ritmo. Lenta, pero sin protestas ni parones inesperados.

Como mi forma física es la que es, decidí andar media hora por el camino, y cuando cumpliera el tiempo, darme la vuelta. Así me aseguraba estar el tiempo estipulado. Comencé a andar, y ya paré un par de veces para hacer unas fotos. Pensé con fastidio que ahora no era MiniP la que me hacía parar. Pero no lo puedo evitar, cuando camino por senderos de la sierra me gusta tanto el paisaje que tengo que sacar la cámara…

Casi hacía la media hora, y me estaba meando. No creía que fuera posible aguantar hasta el final, eso suponía otra media hora. Para cuando quisiera llegar a casa me habrían estallado los riñones. Pero no había problema, en la mochila llevaba el Gogirl, del que no me suelo separar.
Te hablo del gogirl aquí


Justo había una zona de árboles cumpliendo el tiempo justo para darme la vuelta, así que allí busqué un lugar discreto para ponerme a hacer pis. Saqué el embudito, me lo coloqué y solté el esfínter. Un gran chorro salió disparado.

Pero.

El problema es que soy torpe por naturaleza, me va en estos genes que, para su desgracia, MiniP ha heredado, y pese a que llevo utilizando el Gogirl bastante tiempo, a veces no lo utilizo bien. Y esta fue una de esas veces.

Noté que se estaba escapando líquido por la parte de atrás del embudo. Bueno, corté el pis (que sí, que ya sé que no es sano, pero solo lo hago en contadas ocasiones, y porque no me queda más remedio), me lo quité y me lo volví a colocar. Pero antes de poder volver a colocarlo sentí que la orina que se suponía que estaba reteniendo no se estaba reteniendo para nada. Deprisa volví a colocar el embudo en su sitio, terminé de vaciar la vejiga, y me limpié.

Pude comprobar, con consternación, que me había manchado las bragas enteras. Y aún me quedaba media hora de vuelta. Tuve un instante de vergüenza, y de preocupación. Y luego resolví: no pasa nada. Solo es otro efecto secundario.

Me han metido unos cables por la vagina cinco veces, y esos cables han llevado radiación hasta la zona. Creo que perder firmeza en el suelo pélvico es el menor de mis males. Siempre lo puedo recuperar. Espero.

¡Kegel, yo te invoco!

¡Hipopresivos, venid a mí!

A dios (con minúscula, sí) pongo por testigo que no volveré a hacerme pis encima.

viernes, 1 de septiembre de 2017

Mamá en apuros: La braquiterapia




La braquiterapia es un tipo de radiación, pero en lugar de dártela externamente, se da internamente. Es decir, desde dentro. Es decir, en mi caso, desde la vagina. Y un poco más allá, puesto que llegaban a introducirme el implante hasta el útero.

Sabiendo lo que era, como lo sabía, porque el doctor se había encargado de explicármelo todo con pelos y señales, tenía claro que no iba a ser agradable. Pero había decidido afrontarlo con valentía y honor, como la media maratón, o mejor, como un entreno cualquiera en el que no hubiera podido con las piernas, o con el cansancio. Afrontarlo con humor. Pero la primera experiencia no fue muy buena, y mi cabeza, que funciona como funciona, la ha convertido en una pequeña historia de terror.

De modo que si has llegado hasta aquí para saber lo que es una braquiterapia porque te van a tener que dar alguna próximamente, mejor no sigas leyendo. Creo que no puedo servirte de ayuda. 

Eso sí, tened en cuenta que en todo momento tanto el doctor como las enfermeras se portaron de manera ejemplar conmigo. Fueron atentos y amables. Ellos y ellas no tienen la culpa de haber sido unos carniceros salvajes por un día. En mi cabeza, digo.

Pero no sé cómo le puedo reprochar nada a mi cerebro. Lo tenía todo a favor: había leído mucha novela de terror (casi toda de Stephen King, aunque no exclusivamente) y la consulta la tenía en la planta sótano del hospital.

La planta sótano. A ver, que levante la mano quien no haya visto/leído/escuchado una historia de terror que comenzara en el sótano de un hospital. Preferiblemente abandonado, claro, pero eso son detalles menores.
Así me lo imaginaba yo. Afortunadamente la sanidad pública está un poquito mejor que esto.


Tenía que estar allí a las 9:30 am en ayunas. Nada bueno pasa estando en ayunas, ya debería haber sospechado entonces. Bajé las escaleras puntual, y allí estaba el equipo médico que se iba a ocupar de mí, conspirando frente a las puertas del lugar de tortura.

Vale, puede que solo estuvieran hablando, dándose los buenos días y comentando la jornada que tenían por delante, pero para mi imaginación estaban conspirando. Y, además, se les puso una sonrisa maléfica al verme. El doctor hasta se frotó las manos.

Según caminaba hacia ellos las luces del techo empezaron a fallar una por una, la oscuridad nos envolvió y las paredes comenzaron a sudar sangre. Y eso lo pude ver sin luz porque no ocurrió en absoluto, claro. Me lo iba imaginando según daba los pasos.

Me hicieron pasar enseguida. La sonrisa de las enfermeras, apaciguadora, contrastaba con mi sonrisa tensa y mi mirada de desconfianza. Me hicieron desnudar y me subieron al potro de tortura. Y eso sí que no fue mi imaginación, lo siento pero la camilla ginecológica es un potro de tortura.

Me colocaron las piernas en los apoyos, y una enfermera me cogió una vía en el brazo derecho mientras que otra me tomaba la tensión en el izquierdo. La que me ayudó a colocar las piernas procedió a limpiarme la zona pélvica, con un líquido que, he de decir, estaba muy frío.

Miré a un lado y a otro. Estaba rodeada. Si hubiera querido escapar me habría resultado imposible. La luz del techo tembló y se escuchó una risa diabólica. Vale, me ha dado por lo de la luz, pero no, deben de tener los recibos al día porque no falló para nada.

Para que no protestara, o escapara, o les apuñalara con la aguja de la vía (que en realidad no es una aguja, sino un tubito de plástico con el que poco hubiera hecho), me sedaron. La anestesista me dijo que me iba a marear un poco, y apenas noté el mareo se me fundió todo en negro. Fue el momento más feliz del día.

Oí que me llamaban, pero pensé que no pasaba nada si me hacía un poco más la dormida. Pero no coló. Siguieron llamándome, y utilizando mi nombre completo, con el María incluído, para hacer más daño. Cuando ya se hacía evidente que estaba fingiendo, decidí contestar.

En lugar del “qué” de mala gana que me habría gustado soltar, tan solo pude articular con un hilo de voz si ya habían terminado. 

-Esta fase sí. Todo ha ido bien.

Me trasladaron de camilla y me llevaron a otra sala para verme por dentro: un tac les diría si el implante estaba bien colocado o si me habían perforado algo como les hubiera gustado (por la cosa de la malignidad y el gusto por la sangre). 

Todo correcto, de vuelta a la sala de tortura.

Solo que no a la misma sala. Me metieron en otra que tenía puerta de plomo para que nadie escuchara mis gritos cuando decidieran acabar conmigo. También me dieron drogas, para que no me quejara. Y una enfermera salió a la sala de espera para traerme el móvil, que lo tenía Papá en Apuros. Jamás había visto tanta maldad junta. 

En la habitación me tuvieron unos tres años, más o menos. Tumbada en una camilla, con los pies apoyados en un rectángulo de gomaespuma medio rígido, cuyo objetivo era que mantuviera las piernas separadas, y sin poder moverme. Debajo del culo, para que sufriera, me habían puesto una placa rígida. Al cabo de un rato me dolía la rabadilla y se me empezó a dormir el culo. Pedí más drogas. Las trajeron. Me siguió doliendo la rabadilla y además del culo, se me durmieron las piernas. Me intenté entretener con lo que me descargué de Netflix, pero mi mente contaba los segundos que quedaban para terminar con la tortura.

Cuando pensaba que no podría más (estiraron mi agonía todo lo que pudieron los muy canallas), llegó una persona, me conectó unos cables a otros que salían de mi cuerpo (adivinad desde qué parte), y se fue. Levanté la cabeza y vi los cables. La volví a bajar, impresionada. Parecían los tentáculos de un alien. Ay, por favor, con el asco que me da la escena esa en la que el alien sale de dentro de aquel pobre hombre…

Conectaron. Lo supe porque habían cerrado la puerta de plomo y aquello empezó a hacer ruido, y los cables se movieron como si algo estuviera circulando por ellos (posiblemente, y digo solo posiblemente, fuera la radiación necesaria para acabar con Voldemort, pero eso quizá en el plano de la realidad). Después de unos diez minutos eso dejó de moverse (¿el alien había muerto?), y la puerta se abrió. Hacía más ruido que la del castillo de Drácula.

Llego la misma persona que me había puesto los cables para quitarlos, acompañada del doctor y de varias enfermeras. Me desconectaron todo lo que tenía conectado (los cables, la vía, la sonda), y el doctor empezó a sacar cosas de mi vagina.

Y como si de un mago se tratara, empezó a tirar de una gasa. Y siguió tirando. Y siguió. Aquella era la gasa infinita, era como el truco de los pañuelos anudados. Cuando por fin salió del todo, vi al doctor fruncir el ceño.
Los instrumentos de tortura


-Uf, se ha quedado muy adentro.

-¿El qué? –Pregunté alarmada. ¿Acaso podían caber más cosas? ¡Mi vagina es limitada!

-Queda una gasa y un colposcopio.

A saber qué era eso. Te pones en manos de los médicos y te meten cualquier cosa.

De hecho ese doctor en concreto me estaba metiendo la mano hasta el fondo. Si se esforzaba un pelín más me podría tocar la campanilla. Un poco más, un poco más, uy, casi.

-No llego.

El muy cabrón.

-Te voy a tener que mirar en la camilla ginecológica.

Así que nada, me tuve que levantar, ir caminando hacia el potro de tortura, y una vez allí colocarme con las piernas en los soportes, bien abierta.

El doctor se asomó y la luz bajó, dejando iluminada tan solo la parte de sus ojos, que se medio cerraron en una expresión de maldad absoluta. Se escuchó una risa diabólica con voz cavernosa.

Pero no me dio tiempo a preguntar de dónde venía. El doctor metió la mano y su brazo entero dentro de mí. Y esto no es exageración por las drogas. Bueno, puede que sí. Pero le sentí hurgar en mi vagina, intentando cazar algo. Juraría que le vi sacar la lengua por una de las comisuras de la boca, como hago yo cuando me concentro en algo. Cuando ya creía que no podría más y que me iban a salir sus dedos por la boca, el doctor cantó eureka.

Sacó una cosa que recogió la enfermera. Ni siquiera la vi. Creía que me podría levantar, pero él volvió a meter su mano dentro. Faltaba otra gasa.

Mientras me hurgaba y me hacía el mayor daño que me ha hecho nadie jamás en mi historia personal (y mira que he tenido una hija y se me fue la epidural mientras me cosían, y además me he partido un brazo, y una vez de pequeña me caí por las escaleras y me di en la cabeza con el asa de una botella de butano), me iba explicando que normalmente ponían solo una venda, pero que en mi caso habían puesto dos porque tenía la vagina muy larga.

Iba a protestar, pero por fin atrapó la gasa y la sacó, de nuevo con el truco de los pañuelos anudados. Una vez que dejó la gasa en el cuenco que tenía la enfermera preparado, volvió a repetir lo de la vagina larga y se fue.

Yo me quedé pasmada, dolorida y enfadada. 

Ni que fuera mi culpa que mi vagina fuera así de larga. Los tíos se pelean por ver quien tiene el pene más largo y nadie se lo echa en cara… 

Me vestí, y salí en silencio. Fuera me esperaban los agentes de FBI que me habían rescatado en el último minuto de las garras de un asesino en serie. Los focos iluminaban el sótano del hospital abandonado donde me habían tenido presa, y gracias a ellos pude comprobar que las manchas de la pared efectivamente eran de sangre…

Papá en Apuros me abrazó y yo no pude evitar las lágrimas. No había sido una historia de terror de verdad, pero realmente se le había parecido mucho.

Esa fue la primera de cinco sesiones. Afortunadamente fue la peor. La última de ella fue casi como un paseo. 



Y aunque quizá no fue para tanto, me alegro mucho de haberlo dejado atrás.

viernes, 11 de agosto de 2017

Mamá en apuros: Primer día de tratamiento





Nunca me ha gustado esperar. De pequeña quería ser mayor a toda costa y me agobiaba pensando en todo el tiempo que tendría que esperar para que eso sucediera (y ahora me gustaría volver atrás y darme dos leches y paralizar el tiempo en algún momento feliz). Cuando me quedé embarazada (y este es un recuerdo que tengo muy vívido), recuerdo que me senté un día en el sofá de casa, me toqué la tripa aún plana (¡ja!, nunca he tenido la tripa plana, a quién quiero engañar, me toqué el michelín), y pensé en lo largo que se me iba a hacer todo, hasta que naciera MiniP (y ahora me gustaría volver atrás en el tiempo y… bah, no, no me perdería por nada del mundo a MiniP, la verdad, pese a que no todo ha sido un camino de rosas). 

Y, aunque esto sea casi spoiler porque cuando lo estoy escribiendo ya he terminado el tratamiento, cuando por fin llegó el primer día de tratamiento, pensé que se me haría larguísimo. Y en efecto, se ha hecho largo, pero también ha terminado.

Porque si una cosa buena tiene esperar, es que nunca esperas eternamente.

Y ahora vuelvo al punto del pasado en el que la eterna espera por el primer día de tratamiento terminó, y llegó aquel viernes que era el principio del fin de Voldemort. 

Nos dieron cita a las nueve y media, con lo que nos dio tiempo de llevar a MiniP al colegio. Yo me levanté echa un manojo de nervios. De verdad que no sabía en qué iba a consistir, y sobre todo me preguntaba si antes de quitarme la vía del brazo ya se me habría caído el pelo (pese a lo que dijera la doctora, yo no las tenía todas conmigo). Papá en Apuros tampoco sabe manejar muy bien los nervios, y aquella mañana se levantó refunfuñando, de manera que ya me puso de mala hostia desde primera hora. Fui al colegio con los morros de aquí a Lima, y con ganas de llorar.

Pero conseguí no hacerlo, aunque le regalé a mi marido el silencio todo el camino hasta el hospital. De hecho me duró el enfado hasta que me sacaron la sangre, y luego nos tuvimos que ir a la cafetería a tomar un café, y luego dar un paseo porque teníamos como hora y media (o más, ya no lo recuerdo bien) hasta la consulta. Con el café se disolvió la mala leche, y ya solo quedaron los nervios.

La doctora me felicitó por los análisis, era muy bueno partir de una analítica tan alta (estaba como una rosa, solo que con cáncer, no como ahora, que ya —es más que probable— que no tenga cáncer pero estoy de puta pena)y yo me sentí como una niña que saca todo dieces. Me volvió a explicar en qué consistiría el tratamiento, los efectos secundarios, y dejó abierta una ventana a preguntas, y me dijo que estaba lista para recibir el cisplatino (la quimio) en cuanto estuviera preparado de farmacia. 

Otra hora y media por ahí perdida. Y era algo que se volvería habitual.

Cuando por fin pasamos al hospital de día y me sentaron en un sillón estaba tan espídica a causa de los nervios que a punto estuve de salir corriendo. Solo que si salía corriendo Voldemort iba a estar cómodamente instalado en mi cérvix durante el tiempo que le diera la gana, y encima se podría ir de vacaciones a cualquier parte de mi cuerpo, de modo que me senté y dejé que me enchufaran.

Las enfermeras vinieron y me explicaron muy amablemente el funcionamiento del sillón (súper cómodo) y en qué iba a consistir el tratamiento: suero primero, medio litro, para hidratar; luego dos bolsitas pequeñas de pre-medicación; la bolsa del veneno (como ellas mismas lo llamaron) de nuevo suero y para casa. 


Según comenzó a pasar el suero por mi vena, me relajé. Y ya relajada, se pasaron las tres horas y media mucho más rápido de lo que pensaba en un principio.

Tenía instrucciones de acudir al hospital de la Princesa según terminara con la quimio, para empezar con la radio externa. También tenía instrucciones de ir con la vejiga llena, por lo que primero de todo, antes de salir del hospital de día, fui al baño (tenía una hora para llegar a la Princesa, más o menos), y lo segundo que hice fue coger una botella de agua de litro y medio e ir bebiéndola por el camino.

Cuando quise llegar, ya tenía necesidad de ir al baño, pero me cogieron enseguida, me explicaron instrucciones, y me dejaron esperando un poco. Poco, como cinco minutos, que a mi se me hicieron un milenio. La vejiga me daba toques de atención a cada rato, recordándome que su capacidad era limitada, y que yo la estaba sobrepasando. Por mucho que hubiera ido al baño donde la quimio, me habían puesto un litro de suero directamente en vena, y yo había bebido lo equivalente a un embalse. 

Antes de que pudiera rendirme e ir al baño, me llamaron para entrar. Me tumbaron en la camilla y un cabezal enorme se puso sobre mi. 

Les advertí a los técnicos —un chico y una chica muy jóvenes, tan atentos que el chico, muy pudorosamente, me puso un papel para taparme el monte de venus— que estaba al límite de mi aguante, y me dijeron que era cosa de diez minutos. Pero que si tenía necesidad que levantara la mano.

Respiré hondo y acepté. 

— Que sea rápido, por favor.

— Como las balas — me contestaron.

Efectivamente, enseguida noté cómo la máquina se ponía en marcha. No daba claustrofobia, ya que es abierta, además, mi cerebro estaba demasiado ocupado con la alarma que se iluminaba en intermitente rojo, advirtiendo que quedaban escasos minutos, puede que segundos, para que tuviéramos una inundación. Cuando empecé a sentir que el dolor se hacía insoportable, levanté la mano.

Inmediatamente (lo que tardó en abrirse una puerta de acero del grosor de un campo de fútbol por lo menos, en la que en ese momento, entretenida como estaba con el nivel de mi vejiga no pensé, pero que me daría entretenimiento en sesiones posteriores), apareció el chico y me dijo que me quedaban dos minutos. Dos minutos. Pero que si iba al baño ahora tendría que esperar otro buen rato a que se me volviera a llenar la vejiga. Respiré hondo de nuevo, y le insté a correr.

Dos minutos después volvió a abrirse la puerta y yo no salté de la camilla porque estaba muy alto. Además, me dijo el chico que me tenía que marcar tres puntos de tatuaje de referencia. ¿Otros tres? Le dije que ya los tenía.

— Ya, pero esos son los primeros, ahora los que te marquemos serán mucho más precisos.

Cogió una aguja, la inundó de tinta y allá que fue con ella.

— Ten cuidado donde me marcas que te sale un chorro de orina. Estoy que exploto.

El técnico rio.

Después de marcarme los tres puntos de rigor, en el mismo eje que los anteriores pero mucho más abajo (tan abajo que el del centro, que el de arriba está por encima del ombligo, no se ve ni con un minibikini), me dejó libre para ir al baño.

Salí corriendo (ainss, aún tenía energía entonces…), y no esperé ni a vestirme. Como no me había descalzado salí a la sala de espera, que había que cruzar para ir al baño, desnuda de cintura para abajo, tapada únicamente por una bata de papel azul de cuya opacidad tengo mis dudas. No me lo pensé, ni en este momento me arrepiento, creo que no he sentido jamás hasta ahora una sensación de liberación más potente que la de aquella tarde, cuando por fin pude vaciar la vejiga.

Pensé, a la vuelta hacia el coche, que con 24 sesiones más por delante seguro que mejoraría en eso de controlar lo de llevar la vejiga llena. Y no, no me equivoqué. Un mes y pico dio para un máster por lo menos.

Pero el primer día ya estaba superado.

viernes, 16 de junio de 2017

Mamá en apuros: DES-PA-CI-TO (La canción del verano se ha escrito para mi)




Si no me habían operado más que una vez, solo había tenido una ocasión para probar lo que era la convalecencia. En aquella ocasión, con 13 años y de vacaciones, unos padres demasiado histéricos velaron por mi bienestar, impidiendo que entrara en la playa, que me tocara los puntos, o que me sentara al estilo indio. ¡Pero si yo estaba bien!

Pero ahora… Ahora tenía 38 años, a apenas una semana de cumplir 39, y no iba a permitir a nadie que me dijera dónde tenía el límite. A nadie excepto a mi propio cuerpo, claro que sí. Ese es el más sabio y el que más pies me ha parado en esta post operación.

— Cuerpito mío — le decía yo, cariñosa, porque ya se sabe que se cazan más moscas con miel que con vinagre — ¿Tendrás a bien dejarme salir a la calle sin marearme?

— Dormir. — Contestaba mi cuerpo, con su dicción del paleolítico.

Y yo, que soy una chica obediente, me iba a dormir.

La verdad es que lo pasé fatal los primeros días. Tenía la barriga peor que cuando salí con un bebé del hospital (va a hacer ya 7 años), más hinchada y más dolorida. Era como si me hubiera comido tres cocidos seguidos y no hubiera echado ningún gas. El horror.

Pero para el día de mi cumpleaños, el lunes siguiente al alta, ya estaba algo mejor. Al menos no me mareaba y el cuerpo pedía algo más que dormir. No mucho más, no se nos fuera a ir la pinza, pero al menos pude pasear. 

Hay que ver cómo se te queda el cuerpo después de no moverte. Te duele todo. La barriga por lo obvio, pero también la espalda, las piernas, hasta el nacimiento del pelo. Y me dije que la barriga no me quedaba más remedio que me doliera, ahí es por dónde habían entrado y sajado, pero que lo demás no me tenía por qué doler. 

Mi cuerpito me respetó y además de dormir consintió en pasear.

Pero tampoco muy deprisa. 

Nada deprisa.

Nada de nada deprisa.

Hay un parque donde vivo que hace un circuito cerrado de unos 900 metros, con pinos plantados y además algún puesto de ejercicios. Como barras laterales, o para hacer abdominales. Está muy bien, aunque podría estar mejor si hubiera sombra en todo el circuito. Allí que me he estado yendo cada mañana, según dejaba a MiniP en el cole, a dar mis vueltas. La primera semana dos vueltas, y a pasito corto.

Que a ver, sé perfectamente que estoy convaleciente, soy consciente de lo que eso conlleva, pero mi cabeza va por libre, y el cerebro se siente bien, y recuerda. Recuerda cuando era capaz de correr a 6 minutos el kilómetro. Que para los “pros” no es mucho, no lo voy a negar, pero para mí era como Usain Bolt. Porque antes de la operación estaba corriendo un minuto por encima. ¡Por encima! Y aún así ahora lo echo de menos. 

Porque es muy triste que tú, que has volado como el viento, te veas ahora adelantada por una anciana con andador. 



¡Verídico! Allá que iba la señora, con cara de velocidad incluida, y casi la pude escuchar hacer con la boca: “ñiaunnnn” al adelantarme. Luego se giró para verme, se ajustó sus gafas de piloto, y los guantes, y me guiñó un ojo, para seguir su camino a toda velocidad. Bueno, puede que lo haya adornado un poco, no voy a decir que no. No llevaba guantes.

Pero mi cuerpo no quería ir más deprisa, y no le quería presionar, no fuera a ser que me volviera a pedir dormir todo el día, por lo que me resigné, y cada vez que la señora anciana con andador me adelantaba, yo sonreía y saludaba con la mano. Mientras, por dentro, me cagaba en el andador, en la señora y en Usain Bolt. Que él tiene la culpa de todo. Hombre, ya.

Pero poco a poco se consiguen las cosas, y si durante dos semanas tuve que hacer solo dos vueltas, a la tercera ya pude aumentar a tres, e incluso cuatro. Y la velocidad fue aumentando sola. Correr aún no, pero no puedo evitar ser mala: ahora me pongo delante de la señora y la voy picando, pero como he aumentado mi velocidad, nunca me coge. 

Es un placer perverso, pero ahora vivo con miedo a pasar junto a una anciana con andador por la calle, no vaya a ser la del parque y me pegue con el andador en la cabeza. Se le veía en la cara que tiene mal perder…

viernes, 7 de abril de 2017

Mamá en apuros: MARZUS HORRIBILUS




Cuando te dan una noticia horrible, tan solo puedes pensar: ¿qué?

¿Qué?

La doctora sigue hablando. Te da información, te mira fijo, sabe que es un palo, pero ella tiene que contártelo. Pero tú solo piensas: ¿qué?

Me entero de la mitad de lo que cuenta, porque mi mente sigue divagando. ¿Qué? Parece que se ha quedado en pausa, no consigo avanzar más allá de la palabra maldita, la que más cuesta pronunciar, como si tan solo al nombrarla estuvieras llamando en la puerta del infierno. Como si fuera Voldemort. Pero mi mente solo piensa: ¿Qué?

No un por qué. No un cómo. Solo un: ¿qué?

En ningún momento he pasado por la negación. No es un no me lo creo. No es un: ¿perdona? Es un: ¿qué?

Quizá era una noticia que no esperaba escuchar nunca. Todos mis análisis han sido perfectos siempre. Estoy sana, hago deporte, intento cuidarme, aunque para qué nos vamos a engañar, no siempre lo consigo. Pero intentarlo, lo intento. Y ahora esto. 

¿Qué?

Me he quedado como si me hubieran dado un palazo en la cabeza. En shock. Abrumada. Las lágrimas vienen después, porque vienen. No podía ser de otra manera, soy una llorona desde que nací. Pero no son malas, las lágrimas no son malas, al contrario. Me ayudan a contestar a ese qué, que parece que no quiere moverse de mi cerebro. 

Salimos de la consulta, Papá en Apuros está conmigo. Por suerte. Él también se ha quedado helado. No es para menos. La palabra maldita ha estado en su familia el último año, y ahora que parecía que se había marchado resulta que ha saltado hasta mi útero. 

El útero, vaya cosa. Si yo ya lo he usado, no lo quiero para nada más. Pero parece ser que no me lo quieren quitar. Debe ser que como ahora está defectuoso no lo quiere nadie. 

Cuando consigo avanzar más allá del qué, iluminado con bombillas fosforescentes, lo siguiente que pienso es que tenía que ser en marzo. Estoy segura de que si hubiera sido otro mes distinto esto se habría quedado en un susto, pero marzo es el mes maldito. El mes que se llevó a mi padre hace ya cinco años, y el mes en el que me nombran la palabra maldita. Es horrible, podría borrarse del calendario. Me ha traído mala suerte. No lo quiero. Lo regalo junto con el útero.

Y después, fases. Montañas rusas. Me sorprende salir a la calle. En la silla de la consulta, cuando la doctora me ha dicho lo que tenía, parecía que mi vida se había acabado. Pero no. La vida continúa. La de los demás y la mía también. Todo sigue girando, el sol sigue saliendo tras la lluvia, las nubes siguen su misterioso y desconocido camino.

Y mi vida está en suspenso, pero no interrumpida. Está en suspenso porque no sé qué pasará en un futuro próximo, no sé qué tratamiento me darán ni cómo me va a sentar. Mi vida normal, mi estrés, mis puzles diarios de horas se han visto afectados. Ahora todo eso no me importa. Porque tengo otras cosas en qué pensar. Y son más importantes.

Tengo miedo, pero no tengo miedo. 

Soy una guerrera y presentaré batalla. No será fácil, pero lo haremos divertido.



La victoria está un paso más cerca.