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viernes, 19 de mayo de 2017

Mamá en Apuros: El día de la familia




Como MiniP ya pasó a primero de primaria, hay muchas cosas que han cambiado con respecto al año pasado. Una de ellas es que ya no tenemos regalos del día de la madre ni del día del padre. En lugar de eso hacen el día de la familia.

Hay mucha controversia por este tema. Yo puedo entender la diversidad y el respeto hacia todo tipo de familias, de hecho educo a MiniP para que sepa que nuestro modelo (mamá, papá e hija) no es el único ni tiene por qué ser el “normal”, pero mentiría si dijera que no me molesta quedarme sin collar de macarrones en el día de la madre. Soy una materialista, lo sé.

Pero mandaron circular del cole que tal día se celebraría el día de la familia y que todo aquel o aquella que quisiera colaborar con una lectura de cuento, una manualidad o lo que se le ocurriera bienvenido sería. 

Al principio no le hice mucho caso porque como estaba recién operada (lo tengo pendiente de contar), y hasta arriba de calmantes pues no me apetecía mucho pensar. Y por apetecer se puede entender que me resultaba un poco imposible. Siempre he tenido mala cabeza, pero la falta de concentración que me da el enantium no es normal. Ahora, también es verdad que así soy mucho más feliz, estilo Homer Simpson, que me pongo a imaginar mi país del chocolate y a dar saltitos por la calle pegando bocados a perros de chocolate… (Hummmm… Chocolaaaateeeee).



Pasados unos días (avisaron con mucho tiempo de antelación), volví a ver el papelito de la circular (lo pegué en la nevera, para recordarlo) y se me encendió una bombilla. ¿Por qué no les escribía un cuento en el que aparecieran los niños y niñas de la clase de MiniP? ¡Ja! Genial idea.

Hablé con la profesora de MiniP, y le dije que quería contar un cuento en el día de las familias, pero necesitaba saber si el evento era para una clase solo o para las dos. Le conté mi idea, pero es lo que le dije: no voy a contar un cuento para veinticinco niños y niñas y dejar a otros veinticinco con la cara como un poema porque a ellos no se les ha nombrado. Me dijo que lo consultaría con la otra profesora y que me diría algo.

Al día siguiente, al recoger a MiniP del colegio me llamaron las dos tutoras. Me acerqué a ellas con un nudo en la garganta: eran dos contra una y encima yo no estaba en mi mejor momento, operada como estaba. Pero no querían nada malo, tan solo proponerme una opción: ¿no podría incluir a los cincuenta niños y niñas en el cuento? En un arrebato de valentía acepté. Les pedí una lista con los nombres y una cualidad que más o menos les describiera y lo haría. La lista me la mandaron al día siguiente. Ya tenía todo lo que necesitaba para empezar.

Eso fue un martes, y tendría que leer el siguiente lunes. Tiempo de sobra para hacerlo.

Además, iba a hacer un poco de trampa, ya que tenía un cuento que escribí hace muchos años para el hijo de mi amiga, que leyó en su clase de la guardería (imaginad si hace años que el niño en cuestión está en el último curso del colegio), pero yo pensaba que sería quitar unos nombres y poner otros y no. Porque se me había olvidado que la primera versión era para niños más pequeños y porque tenía que meter a cincuenta niños en lugar de diecinueve. Pero sin miedo, yo podía con ello. Hasta con calmantes.

El miércoles busqué el cuento. Lo encontré.

El jueves estuve muy cansada todo el día y no pude encender el ordenador.

El viernes encendí el ordenador, pero para escribir el post de mamá en apuros que tocaba publicar ese mismo viernes. Siempre on the limits.

El sábado estábamos los tres en casa (papá, mamá y MiniP), y estuvimos procrastinando en familia. Ya sabéis, familia que procrastina unida permanece unida.

Imagen de aquí


El domingo me empecé a poner nerviosa. No había reescrito ni una sola palabra. Madre mía. Y la lectura sería el lunes. Más me valía ponerme las pilas.

Por la mañana no hice nada, salvo salir a dar un paseo.

Por la tarde Papá en Apuros se llevó a MiniP con la bicicleta y aproveché para quedarme tranquila en casa y escribir el cuento. La verdad es que se me dio bien (es cierto que lo tenía escrito casi todo, pero añadí partes y tuve que incluir a los cincuenta niños), y casi había terminado cuando llegaron Papá en Apuros y MiniP del parque. Lo terminé, lo repasé y lo di por bueno.

Ya solo quedaba imprimirlo.

Ups.

Resulta que el ordenador de mesa había decidido fallarnos un poco y no encender. Parece ser que es cosa del botón de encendido. Pero es que, además, la impresora no tiene tinta. Aunque quisiera conectarla al portátil no imprimiría nada más que algunas líneas en negro (nota mental: comprar tinta de impresora). Bueno, no pasa nada, lo llevo a una copistería antes de subir a la clase y punto. Miré por internet el horario y resulta que la copistería abría a las diez. Yo había quedado con las profesoras que subiría a las 9:15. Mierda.

Plan B. Tenía que buscar un plan B, pero los calmantes no me dejaban discurrir. Fue Papá en Apuros quien me solucionó la papeleta.

— ¿Por qué no te llevas el portátil?

Ah, jolín, qué buena idea.

Pues me llevé el portátil.

Ese día Papá en Apuros no trabajaba por lo que pudo acompañarme. Subimos a la clase según se iba la fila y la profesora nos recibió con una gran sonrisa. A MiniP se le iluminó la cara al vernos a los dos allí (me sentí más que recompensada con eso), y todos sus compañeros se revolucionaron un poco.

Mientras venían los compañeros de la otra clase su profesora nos comentó que éramos los ÚNICOS padres que se habían ofrecido a hacer algo el día de la familia. Y no lo entendí. 

Porque, a ver, es verdad que no ha habido mucho feeling con las tutoras este año. Que ha habido muchos desencuentros y que no hemos (por ambas partes: padres y profesoras) conseguido un acercamiento real. Pero el día de la familia no era para contentar a las tutoras, sino para ilusionar a los peques. Tan solo ver la cara de ilusión que puso mi hija (y sus compañeros) cuando entramos en la clase merecía la pena cualquier esfuerzo que se hubiera hecho. Aunque, como he explicado arriba, mi esfuerzo se limitó al día anterior, pero puedo decir en mi descargo que vivo drogada.

Me pareció una pena que de cincuenta niños y niñas (¡50!) solo hubiéramos acudido la familia de una de ellas. Pero, aparte de la pena que me dio, de repente me cayó (porque yo quise echármela encima, todo hay que decirlo) una responsabilidad: que disfrutaran con el cuento.

Me cogí la silla de la profesora, ya que no aguanto mucho de pie, y menos con el ordenador en la mano, y encendí el ordenador. Busqué el pdf que había creado con el cuento, y como mi portátil es un convertible lo puse en modo tablet: la pantalla gira 360 grados y además es táctil. 

Me senté y comencé a leer. Los nervios se apoderaron de mi y al principio me temblaba la voz. Tuve que respirar hondo para procurar serenarme, porque estaba viendo que me desconcentraba y no acertaba con las palabras justas. Casi como un milagro lo conseguí, les conté el cuento entero y por lo que pareció les gustó mucho. 

Papá en Apuros me informó que cuando les decía su nombre se les iluminaba el rostro, y que se iban buscando unos a otros para decirse: “eres tú, tú”. 

Se abrió turno de preguntas y una de las niñas que estaban delante me preguntó, sorprendida: 

— ¿Cómo has hecho para doblar así el ordenador?

Sonreí y le dije:

— Es que es un ordenador especial.

MiniP nos dio el regalo que habían hecho para la familia (un puzle que había dibujado ella, que luego nos costó hacer porque como no le gusta mucho pintar había dejado casi todas las piezas en blanco, y un punto de libro), y la profesora nos premió a Papá en Apuros y a mi dejando que nos quedáramos un rato en la clase, viendo cómo trabajaban. Aceptamos encantados.

Con mucho, ha sido la experiencia más gratificante del año, con respecto al colegio. Casi les perdono que nos dejaran sin función de Navidad. Casi.

Aunque para el año que viene les voy a proponer que la función la hagan para mi sola (bueno, y para Papá en Apuros también, venga), ya que nadie se animó a participar en este día de la familia. 

En condiciones normales a lo mejor no sería tan mala, pero como puedo alegar enajenación mental a causa de los calmantes…

viernes, 27 de enero de 2017

Mamá en apuros: Reunión del cole 2º Trimestre



Estaba esperando al día de hoy, martes, para escribir el post del viernes, por una razón en concreto. No es que yo vaya procrastinando alegremente y me ponga a hacer algo el día anterior de entregarlo, no… (si alguien se ha creído esto, por favor que levante la mano), es que hoy precisamente era la reunión trimestral del colegio y esperaba sacar material para el post.

La estaba esperando como agua de mayo. Iba yo con las pistolas cargadas y el dedo suelto, para disparar a la primera de cambio, pero como suele pasar cuando vas preparada, no me ha hecho falta. Y me he quedado chafada.

Me he vuelto a casa pensando que me he equivocado. Pues porque eran los mismos padres y madres que llevo viendo tres años (con este ya cuatro), y las mismas profesoras que nos recibieron a principio de curso, si no, pensaría que me he ido a otro colegio. Hay que ver cómo cambia el discurso, y como, cuando queremos, hablamos sin atacar. 

Era como en los ladrones de cuerpos. Donde a principios de curso era todo pésimo y no había nivel, hoy ha sido una evolución muy grande de los niños. Lo cuenta la profesora hinchando el pecho como una campeona. Sus palabras decían de los niños, con sus gestos se atribuía el mérito.

Aunque no todo ha sido ponerse medallas. Ya han advertido y han dejado claro que se puede repetir en primero de primaria, con lo que han dejado acongojados por lo menos a la mitad de los padres y madres presentes. Yo por ese lado no tengo problemas. Creo firmemente que MiniP no está para repetir, pero si lo estuviera preferiría mil veces que repitiera a que pasara sin haber interiorizado los conceptos. Eso sí, y aunque es verdad que no todas las personas, por poca edad que tengan, tienen la misma inteligencia, creo que es una falta de tacto decirlo delante de todo el mundo. Es verdad, no todos son igual de inteligentes, pero quizás deban repetir no por falta de inteligencia sino por falta de nivel madurativo. En la misma clase hay niños o niñas de diciembre con otros de enero, que es casi un año de diferencia, y que hay niños o niñas que evolucionan más despacio. No todo es cuestión de inteligencia.

Luego está el hecho de que los que más se quejan, luego en las reuniones no abren la boca para nada. No dicen ni mú. Asienten a todo lo que dicen las profesoras sin cuestionar ni media palabra y se guardan las protestas para la puerta del colegio, donde todas (o todos) somos más valientes y sinceros que nadie. Sí, ya lo veo. Como yo no lo puedo evitar, que, aunque me diga que no voy a abrir la boca me pierde el nervio, fui de las pocas que hablamos en la reunión. Para cuestionar, para preguntar, para inquietar. Mi cerebro a veces tiene vía libre con mi boca y antes de pararme a pensar ya lo estoy diciendo. Así pasa, que luego soy la borde, la intratable, la mandona. 

No fui la única que habló, pero intervenimos tres padres. Creo que en el tema de repetir o no repetir quizás alguno más debió haber dicho algo, sobre todo porque de puertas para fuera no tienen problema en decir lo que piensan. Yo tampoco, a ver si me entendéis, que me encanta cotillear y despellejar como a la que más, pero si lo tengo que decir a la cara tengo la misma facilidad.

Después de acabada la reunión, pese a la poca intervención parental, extensa como pocas, me quedé para aclarar ciertos términos con las profesoras. Y de paso, para pedir una reunión personal, y terminar de descargar lo que consideré que no era oportuno soltar en público. Porque al final pasa una cosa: si eres la única que saca la cara el resto se aprovecha, se hacen las buenas personas y dejan que otros (en este caso yo), se partan la cara en su beneficio. Y yo ya no. Hay cosas que las tengo que decir en público, pero otras tantas prefiero decirlas en privado. Y que cada cual se busque la vida, si la gente es feliz arreglando el mundo donde no se puede hacer nada, pues ole por ellos, pero luego que no me vengan con historias porque se llevarán la contestación que me garantizará la fama de borde de por vida. Porque yo lo valgo.

En esta charla coloquial, cara a cara, cuando casi todos los padres y madres de criaturas angelicales como mi propia hija se fueron a sus casas, la queridísima profesora de mi hija, en cuanto vio una pequeña oportunidad, ensalzó a SúperE, la genial profe de infantil de MiniP. Donde antes las insinuaciones iban encaminadas a que habían recibido mucho amor pero poca educación, ahora era todo magnífico: ella magnífica, el colegio magnífico, todo magnífico. Me hubiera gustado preguntarle: “ah, ¿pero es que ya le diriges la palabra?”, pero no lo vi de recibo. 

Quizá algún día se lo diga en privado, de momento me lo guardo para mí como información privilegiada de la que no debo abusar. La semana que viene tengo la tutoría privada, ya veremos si consigo disparar todas mis balas…





viernes, 11 de noviembre de 2016

Mamá en apuros: goteras (parte I)




Soy una firme y convencida defensora de que existe el cambio climático. Creo que es una realidad, creo que nos estamos cargando el planeta y que las estaciones ya no son como cuando yo era pequeña. Es por eso, a causa del cambio climático, que hemos tenido temperaturas casi primaverales hasta casi noviembre, y por lo que, cuando por fin ha llovido, después de meses y meses de necesidad de lluvia, lo ha hecho a mala leche. 

El agua busca camino. Y si cae con tanta fuerza como las últimas lluvias que han caído por Madrid, no solo lo busca, sino que lo hace. Se lo fabrica. Serpentea por las calles, los tejados, las paredes, buscando pequeñas hendiduras por donde hacer su aparición. Y si son pequeñas, las agranda, con paciencia pero sin pausa, taladra hasta adentrarse en lo más profundo de nuestros hogares, feliz por aparecer donde no tendría que haber agua.

Y así pasó en el colegio de MiniP. El agua llegó en el momento justo, cuando estaban reformando el cole. Esas obras, que podrían haberse hecho en verano, cuando no suele llover (y no llovió) y cuando el alumnado y profesorado están de vacaciones, se pospusieron hasta unas semanas antes de empezar el cole.

Las voces anónimas que siempre se alzan, por supuesto se alzaron. Gritos de por qué, de si los niños y niñas tendrían que soportar ruido, polvo, incomodidades, pero las quejas no llegaron a ningún lado. Apenas un par de madres se acercaron al ayuntamiento, donde les dieron las explicaciones oportunas que admitieron gustosamente. Las demás madres y padres se conformaron con cuchichear a la salida, en los parques, pero sin dar la cara. Lo que suele pasar siempre.

Las obras avanzan a ritmo lento pero seguro. Demasiado lento a juzgar por los acontecimientos. Llegamos a octubre, y en las primeras lluvias torrenciales nos encontramos con que una señora gotera ha dañado una clase y material del aula. 

De nuevo las voces se alzan, de nuevo la gran mayoría se conforma con quejarse.

Se toman medidas para arreglar la gotera, se llama a los seguros para cubrir los daños y se continúa con el normal funcionamiento del colegio. Hasta que llegó el diluvio universal. 


Ese día los cielos se abrieron y seres místicos a los que habíamos enfadado vete a saber por qué nos tiraron agua a cubazos. Llegó ese día y con él, casi, el fin del mundo. Resulta que toda la planta de arriba del cole se había convertido en una piscina. De las ocho o diez clases que hay allí tan solo dos estaban secas, pero los accesos no. Los pasillos se convirtieron en ríos, y la situación fue un caos por lo menos la primera hora. Debido al mal tiempo algunos de los profesores llegaron tarde por el atasco, de modo que con menos personal hubo que meter a los alumnos en el gimnasio y de allí se fueron desviando por clases a lugares provisionales convertidos en aulas: la sala de profesores, la biblioteca, el laboratorio, etc…

Pero mientras dentro se intentaban organizar, acudía el alcalde, un inspector, la Comunidad, por fuera las madres se organizaban en pandillas, unas para recabar información, otras para crear caos. Porque si no, no me lo explico.

Es verdad que la gran mayoría de las madres y padres que se quedaron para ver qué sucedía sirvieron de mucha ayuda. Y de apoyo para las que no pudimos estar. Hay muchas y muchos que trabajamos y dejamos incluso antes a nuestros hijos o hijas en el desayuno, con lo que no podemos ir al ayuntamiento a meter presión, ni a que nos informen. Por suerte, y estoy muy agradecida, estuve constantemente informada vía WhatsApp, con lo que mi preocupación sobre el estado del colegio fue relativa. Hubo preocupación, porque se habló de cerrar el cole, se habló de trasladar a algunas clases a otros colegios, pero finalmente se concluyó que tan solo era problema de la impermeabilización del tejado, la estructura estaba perfecta. De modo que se buscaron aulas alternativas y se continuó con la actividad del colegio.

Pero hubo un grupo minoritario que alzó mucho la voz. Me imagino a esos padres y madres con antorchas en las manos, y azadas, en un grupo hostil, gritando en la puerta del colegio. En Facebook, ese lugar donde vale todo, alguien se encargó de tranquilizar al personal (recordad, hay muchos padres y madres que trabajan y no saben lo que sucede) poniendo que se había derrumbado el tejado del colegio, afectando a varias clases. Y que los niños seguían dentro, en un colegio que podría ser perjudicial para ellos. La noticia se propagó como la pólvora, y hasta hubo quien se creyó con capacidad para corregir una publicación de un medio de información local. En un comentario les corrigió diciendo: “No han sido humedades, se ha caído el techo”.

¿En serio? 

A ver, soy tan histérica como la que más, pero confío lo suficiente en el personal que dirige el colegio como para que manden a casa a mi hija si el lugar no es seguro. Si hay gente que no tiene claro esto, ¿por qué continúan en este colegio? Actualmente en la Comunidad de Madrid existe la zona única, puedes pedir un traslado.

Hubo quien preguntó qué estaba haciendo el AMPA, como si el AMPA fuese un ente repara goteras, como si no lo compusieran los padres y las madres de los alumnos, tanto la directiva como la asociación entera.

Finalmente tras haber calado el agua caló la verdad. Se les dio nueva ubicación provisional para las clases afectadas y se llamó a una segunda empresa de construcción para que se dieran más prisa en arreglarlo. Tan solo había que esperar a que dejara de llover, y para eso no estábamos autorizados nadie.



Aunque creo que en algún muro de Facebook se han quejado de eso también…

viernes, 30 de septiembre de 2016

Mamá en apuros: Los apuros de primaria




MiniP ha empezado primaria este año, de modo que pasamos a otro estadio. Es como pasar de nivel en un videojuego, solo que primaria de juego tiene poco y de vídeo menos.

Hay mucha polémica en torno al cambio de infantil a primaria, y yo tengo mi posición bien clara. Creo que es un cambio demasiado brusco, y no creo que el error radique en infantil. Los peques vuelven de un verano eterno, durante el cual han jugado, se han bañado, han reído, han llorado, se han caído, se han levantado y han dormido poco, mucho o infinito. Un verano durante el cual algunos padres o madres preocupados han ido tras los chiquitines con un libro de vacaciones en la mano para que repasaran lo aprendido. Pero es inevitable. Lo olvidan.

Y llega el primer día de clase. Entran todos tan contentos y salen que parece que les has metido en la casa del terror… Vale, es mentira. Estoy exagerando (por otro lado, siempre exagero). Somos las madres las que parece que estamos entrando en la casa del terror.

De todos modos, cómo no se le van a olvidar a los peques las cosas, si somos los adultos y nos olvidamos también. Que llega el primer día de cole y están todos los papás, las mamás, los abuelos y abuelas dentro del colegio, en la zona que el año pasado estaba restringida a padres (y el anterior, y el anterior, y el anterior), dándoles la mano a sus hijas, hijos, nietos, nietas, sobrinos, sobrinas y hasta a la hija de la vecina del quinto de tus padres si hace falta. Que se les descoloca el flequillo, ahí están esas madres sacrificadas, para peinárselo. Que Fulanito empuja a Menganito, ahí está el abuelo para darle una patada en la espinilla al agresor. Porque las burbujas son invisibles e intangibles, si no, no habría manera de estar allí entre tanta protección.


Con el tema educativo nos pasa tres cuartas de lo mismo, y ahí voy a aplicarme el cuento. Sí, soy una mamá burbuja en ese aspecto. Creo que primero de primaria es donde deben sentar las bases para el resto de la educación, y es ahí, en este curso, donde les tienen que enseñar a leer. ¿Qué salen de infantil leyendo? Genial. Pero si no es así, no pasa nada. 

Todas las compañeras y compañeros de MiniP han salido de 5 años con una noción de lectoescritura básica. Básica al menos. MiniP ya lee bastante bien, pero además yo no he tenido que perseguirla este verano con el libro de vacaciones. Me ha pedido leer todas las noches, se acostara a la hora que se acostara, y el famoso libro lo compramos porque ella lo pidió. Leímos Charlie y la Fábrica de Chocolate, por cierto, y le encantó la historia.

Suelo tender a presumir de hija y a considerarla superdotada, como buena madre que soy, pero la realidad es que no es la primera de su clase. Es decir, que todos, más o menos, se manejan con las letras. Unos mejor que otros, es verdad, pero se podría decir que han cumplido el objetivo de 5 años.

Pues ha sido entrar a primaria y parece otro grupo. Ahora resulta que tienen un nivel bajísimo. Pero bajísimo, bajísimo, que a mí me da por pensar si están evaluando a un grupo de primero o de cinco años. Este tipo de comentarios hace que me ponga a la defensiva. Primero porque acabé muy contenta con la profesora de mi hija, y este tipo de comentarios me parecen una falta de respeto al trabajo que realizó durante tres años, y luego porque como madre me sienta mal, porque parece que está diciendo que nuestros hijos o hijas son tontos y no saben hacer lo que se supone que deben hacer. Sé que no lo han dicho con esa intención, pero la falta de respeto a la educadora anterior sí que está ahí.

Tengo una teoría. Una teoría de la conspiración. Sé por habladurías que esta situación no es la primera vez que ocurre y que se repite prácticamente con todos los grupos que pasan de infantil a primero. Y no solo con las mismas profesoras, esto no se limita a un colegio. Aparte de que, quizás, la expectativa de nivel que tengan las profesoras es quizá demasiado alto, sospecho también que haciendo publicidad negativa de cómo llegan de nivel, cuando llegue navidad y hagan balance y vean lo bien que van entonces, se cuelguen la medalla por lo buenas profesoras que son. 

Está claro que el problema educativo es muy profundo, y que no va a mejorar, al menos de momento, porque los que gobiernan no ponen demasiado empeño en mejorarlo. No se puede cambiar la ley cada cuatro años, o cada ocho según qué casos, y siempre dependiendo de las preferencias de rojos o azules. Y tampoco pueden crear las normas quienes no saben de educación, en lugar de consultar a profesionales que los hay y muchos. Y muy buenos.

A lo mejor es que hace falta un punto intermedio entre infantil y primaria, y crear un curso de orientación a primaria, al estilo del antiguo COU, donde afiancen la lectoescritura en los peques, y que no cause estrés en las profesoras (o profesores, hablo en femenino porque es lo que nos ha tocado a nosotras), que sé que están pensando en prepararles lo mejor posible para lo que les queda en el colegio.

Así les quedaría más tiempo para jugar, para seguir siendo niños, para disfrutar de los días de invierno y no pasarlos toda la tarde encerrados en casa haciendo deberes... Vamos, digo yo...



viernes, 6 de mayo de 2016

Mamá en apuros: Baile de Carnaval (Tres actos y conclusión final)



Pues sí, lo reconozco, me gusta el jaleo. Me apunto a un bombardeo. Y después de dos años preparando el baile de carnaval para los peques, este año lo esperaba con ansia.

Y no fui la única, varias mamás de la clase de MiniP ya andaban preguntando que cuándo sería, que qué haríamos. Queríamos cerrar a lo grande, ya que creíamos que iba a ser el último año. Porque esto lo hacían solo para el ciclo de infantil, y MiniP, con todas sus compañeras y compañeros, pasa ya a primaria.

Esta es la historia, en tres actos y conclusión final, del carnaval de este año.

Primer acto: ensayos, reuniones y comparsas.

La semana fue de locura. Recién aterrizada en el AMPA, habíamos programado dos reuniones para la misma semana que teníamos que ensayar el baile de carnaval. Por casualidad (o no), casi todas las del AMPA también bailábamos, y como ya se sabe que mal de muchos, consuelo de tontos, al menos no fui tonta yo sola.

Quedamos las mamás (que no sé por qué los papás no se apuntan a estas cosas), y nos costó decidirnos, pero lo conseguimos. Sacamos canción, un mix que me costó remezclar lo que no está escrito, y acordamos ensayar todas las tardes de la semana, de lunes a jueves, ya que el viernes era la actuación.

Este año había dos novedades: la primera, que además de bailar para los peques, podríamos participar en la comparsa. El cole había decidido sacar al ciclo infantil y al primer ciclo de primaria a la calle (tenemos una calle peatonal junto al cole), para hacer ruido y reclamar el sitio de nuestro cole en el pueblo. Y la segunda, que también se bailaría para el primer ciclo de primaria, que hasta ahora se lo habían vetado por ser (supuestamente) ya mayores para estas cosas.

Con lo que tuvimos que compartir zona de ensayo con las mamás de 3 y 4 años, y además, con las de primaria.

Con las de 4 no había problema, eran pocas y bien avenidas (con nosotras), pero con las de 3... Se juntaron varias mamás de 3 años que a su vez eran mamás de 6 años, con las que coincidimos en años anteriores, y pudimos comprobar que la estupidez suele aumentar con los años. Siempre han ido de glamurosas, de finas (¡¡que vivimos en un pueblo, por favor!!), y lo de este año ya fue tremendo. No consintieron en compartir espacio de ensayo, por lo que se quedaron después de que nosotras nos fuéramos, y no empezaron hasta que no salimos todas por la puerta. De hecho, una mamá que se olvidó algo tuvo que volver, y las muy petardas pararon la música, dejaron de bailar, y, molestas, no comenzaron hasta que se vieron de nuevo solas.

Hay que ser ridículas.


Segundo acto: el día de la comparsa
Cuando tienes todos los días ocupados, el tiempo pasa volando, y así fue la semana de carnaval. Antes de que nos diéramos cuenta, ya estábamos a viernes. Yo, como siempre, dejé mi disfraz y el de MiniP para el último momento, aunque en esta ocasión tuve suerte y no sufrí ningún percance. A MiniP la vestí de gimnasta, con mayas, calentadores, cinta en la cabeza, y el brazalete de mi móvil, y yo metí mi disfraz del baile en una bolsa, y me vestí con mi ropa más llamativa de correr. Y, creedme, que llama la atención: mayas negras (que hacía frío), y unas cortas encima, naranja fosforito. Y para arriba, un cortavientos también naranja, que además me queda pelín ajustado. Lo que tiene comprarse la ropa cuando más delgada se está, que luego engordas y ya no entras. Para rematar me prestaron una peluca rosa de rizos. Iba monísima. Y, a excepción de la peluca, así me fui para el colegio.

Pasamos el día entero allí, ya que saldríamos en comparsa sobre las diez. Sin apenas notar el frío esperamos pacientemente a que salieran los pequeños. Los colocaron por clases en filas, cada uno de ellos disfrazado de un tema, y nos miraban alucinados. Claro, vieron un grupo de locas madres vestidas a lo loco, que si de médicos, gimnastas, cocineras, y con pelucas y pitos para hacer ruido… Alguno debió pensar que se cambiaba de madre… Hicimos desfile en la calle peatonal, hasta el final y vuelta. Yo me metí la vergüenza en los rizos de la peluca y me puse a cantar, a tocar el silbato y a correr para arriba y para abajo animando y, de paso, sacando fotos. La verdad es que me lo pasé genial.

Tercer acto: Por fin, el baile

En principio, tras el desfile y la quema de la sardina, tendríamos libre hasta después del recreo, que era cuando bailábamos para los nuestros. Pero no pudimos resistirnos a ayudar a las mamás de primaria, que de las dos clases de 7 años se habían presentado tres madres. Una tercera, monitora de zumba, iba a acudir, pero en el último momento le cambiaron el turno en el trabajo, y dejó a las otras sin nada preparado. Nos ofrecimos a hacer nuestro baile, ya que no coincidía el público, y de ese modo acabamos bailando dos veces. Pensábamos que no iba a gustar, ya que eran niños más mayores, pero les encantó.

Eso sí, ahí estaban las petardas también, madres de los de 6 y los de 3, e hicieron ese baile ultra secreto que guardaban con tanto celo. Era entretenido y movido, pero no dejaba de ser una coreografía de zumba. Para nosotras, sin mérito, ya que seguro que se la habían aprendido de alguna clase del gimnasio.

Lo nuestro sí que tenía mérito: utilizamos tres canciones que unimos, nos inventamos el baile desde cero, y no lo escondimos como si fuese el código de la bomba nuclear.

Tras el ensayo que nos supuso bailar para los mayores, tuvimos, al fin, un momento de respiro. Hasta después del recreo no volvíamos a actuar (esta vez el de verdad), y decidimos irnos a tomar un café. ¿Cómo? Pues como íbamos vestidas. Tal cual. Tutú, camisa blanca, tirantes, dos coletas y coloretes exageradamente rojos. Colegialas de casi cuarenta. Casi no llamamos la atención. De hecho, el dueño de la cafetería nos pidió una foto grupal para su facebook. Por supuesto que dijimos que... sí. Nos faltó tiempo, vaya.

Y, por fin, llegó el gran momento. Bailábamos para nuestros pequeños. Como cerrábamos actuación, habíamos previsto llevar serpentinas para tirarles a los niños, y más música para bailar después. Después de tantos nervios, tanto ensayo, tanto tiempo para prepararlo, el momento llegó, y en cuestión de dos minutos, ya había pasado. Ya habíamos bailado y nos estaban aplaudiendo. El confeti volaba, y los niños como locos querían atraparlo. Fui a abrazar a MiniP, que estaba loca de contenta, cuando sentí que me llamaban…

Las petardas tenían que ser. Habían decidido, entre todas, que repetirían su baile, pero todas juntas. Nos miramos las mamás de 5 años, y algunas de las de 4, con ganas de abalanzarnos sobre ellas y tirarlas de los pelos, pero un gesto nos hizo acordarnos de que había menores delante y que no sería un buen ejemplo para ellos... Pero no nos gustó. Si querían que repitiéramos su baile (¿y por qué el suyo, y no el nuestro?), no tendrían que haberlo tratado como asunto de estado.

Para no liarla accedimos, no sin echarles algunas miradas asesinas, y comenzó la canción. Ellas bailaron tan bien y glamurosas como siempre, como si lo hubieran ensayado mil veces, claro. Y las demás... Las demás hicimos lo que pudimos con lo que teníamos. Para compensar, a mitad de la canción sacamos a los niños y ahí ya se disimuló todo.

Conclusión final: la diversión.

Pese a la locura que supuso esa semana en mi vida, pese a los nervios, al acostarse tarde por acomodar las canciones, y pese a las madres petardas (y a algunas cosas que me he dejado en el tintero por no extenderme aún más), fue algo maravilloso. Tan solo la sonrisa de MiniP al verme disfrazada, y luego su felicidad al venir a bailar conmigo lo compensan todo. Y además de eso, no lo olvidemos, hubo mucha, pero mucha diversión.