viernes, 2 de febrero de 2018

Mamá en Apuros de Canguro



El karma es un ente caprichoso. Estaba yo preocupada por cómo podría devolverle el favor a esas Mamás en Apuros que se encargaron de MiniP cuando yo no podía, que ni en cien vidas sería capaz, cuando llegó el karma, con su genial sentido de la oportunidad y me lanzó encima una losa de cien kilos.

«¡Toma, bonita, no penes más que ya estoy aquí!», me dijo, y se marchó alegremente para entregar más justicia divina por el universo.

Y ahí me quedé yo: que pasé de ser un plan b a un plan a en cuestión de segundos. Y para cuidar a una niña de cuatro años, nada menos.

Me preguntó una amiga que si podía hacerme cargo de su hija porque trabajaba y nadie de su entorno estaba disponible. Por supuesto dije que sí, no fuera a ser que el cachondo del karma me estuviera mirando y además pensé que tampoco sería para tanto. Total, ya he criado a una, sé lo que es tratar con una enana.

Ay, amiga, qué equivocada estaba.

Llegó el sábado, y puntual llegó B a dejarme a MiniN. Para empezar, las madres tenemos la memoria atrofiada. Creo que es por algo de supervivencia de la especie, porque solo recordamos cosas buenas. A mi lo que más me alucina es que ya no me acordaba de lo pequeñas que pueden ser las niñas de 4 años. Según me vio me dio un abrazo, un pago adelantado por lo que vendría después, y su madre marchó a trabajar con la preocupación que llevamos todas las madres de hacer cargar con nuestras pequeñas bestiecillas a otras personas que no están acostumbradas.

"¡No te tires Gustavo, que solo son dos horas!" "No puedo más con la vidaaaa"

MiniN es un encanto. Me dio conversación todo el camino a casa. Y cuando llegamos también. Y durante todo el rato que estuvo en casa. Yo creía que MiniP hablaba mucho pero esta chica la superaba con creces. 

Luego, además, no paraba. Veía algo que le llamaba la atención: pues allá que iba con el dedo en ristre y la pregunta saliendo de su boca:

—¿Esto qué es?

—Eso es una casa de las Pin y Pon.

—Lo quiero. 

—Vale.

—¿Esto qué es?

—Un joyero.

—Lo quiero.

—No.

—¿Por qué?

—Porque es para guardar collares.

—Quiero ponerme un collar.

—No, que se pueden romper.

—Pero no lo rompo. Es que me lo quiero poner.

Y así con todo.

Jugó con casi todos los juguetes que tenía MiniP en su cuarto, y como buena hija única y (más importante aún), nieta única, tiene un montón. Luego sacamos un juego de mesa acorde a su edad y nos pusimos las tres a jugar: MiniP, MiniN y yo. Jugamos cuatro partidas seguidas. ¡Cuatro! Dos ganó MiniN y otras dos MiniP. Acabé apalizada. Y dejamos de jugar porque se aburrió.

Llevaba una hora en casa y yo ya empecé a mirar el reloj a cada rato, deseando que llegara la hora. Se portó muy bien, era obediente y no tocaba nada sin preguntar primero, pero no paraba quieta ni un segundo. ¡Hasta cansó a MiniP! Se sentó en el sofá, pidió ver dibujos, y no respondió ni a las llamadas de MiniN para que fuera a jugar. 

Yo no sé si es que, como he dicho antes, ya no me acordaba, o es que MiniP fue más tranquila, pero no me esperaba que una niña de 4 años tuviera tantísima energía. Sé que tienen, pero esto era exagerado. También es verdad que estaba medicada, con Ventolín, y ese medicamento hace que se pongan más nerviosos. Pero no sabía que tanto…

El sábado se fue con su madre más contenta que unas castañuelas, vestida con un disfraz de princesa que a MiniP se le había quedado pequeño, y con la promesa de descansar mucho para volver el domingo. Yo me eché la siesta, pero es que a MiniP no se la escuchó en toda la tarde, entretenida con sus cosas, sin armar ruido ni bailar que es lo usual en ella.

El domingo fue más de lo mismo: energía a raudales. Pero como hizo mejor día cuando aún quedaba un rato para que llegara su madre me las bajé al parque. Allí se pusieron a jugar con los columpios y demás y me dejaron a mi un rato en paz. 

Luego en la despedida todo fueron dramas: no quiero irme, no quiero que se vaya, me quiero quedar, quiero que se quede… Finalmente me arrancó la promesa de repetir otro día, pero puse la condición de que me tenía que recuperar primero. 

Que ya no estoy para estos trotes…

PD: Es verdad, acabé agotadísima, pero volvería a repetir las veces que fuera necesario.


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sábado, 20 de enero de 2018

Reto Serendipia Recomienda



Este año había dicho que iba a ser mi año, empecé con muchas ganas de organizarme, pero luego hubo una serie de cosas que me han hecho caer en lo mismo de siempre... Total, que me veo a 20 de enero y todavía no me había sentado a escribir la entrada del reto de Mónica Gutiérrez.

De modo que he vuelto a lo mismo de siempre. Pero como se suele decir, más vale tarde que nunca. Aunque en este caso tarde, lo que se dice tarde, no llego. Al límite sí, pero no me he pasado de tiempo.

Para quien no conozca cuál es el reto, se trata de Serendipia Recomienda y lo puede cotillear aquí. Consiste en recomendar tres lecturas, a ser posible originales. Yo había pensado en El Perfume, que es la mejor novela de todos los tiempos, bajo mi punto de vista, pero al ser tan grande la he descartado. Esa ya la conoce todo el mundo. En la segunda fase debemos elegir tres lecturas de los demás participantes y hacerles reseña. Las reseñas las enlazaré en esta misma entrada para que no se vuelva loca Mónica al buscarlas.

Y sin más dilación, os presento las tres lecturas que más me gustan a mi, las que considero dignas de compartir.

  1. Chica Cósmica, de Roberto Carrasco. (Pezsapo Editorial). A este escritor lo descubrí por Twitter, hace ya algunos años y su ópera prima me impactó mucho. En Chica Cósmica, su último trabajo hasta el momento, me he encontrado con un autor más maduro, con magia en sus palabras. Cuenta la historia de Arcadia, una chica que se convierte en una niña perdida en la década de los ochenta. Se pierde en una espiral de drogas, sexo y alucinaciones. Es un autor con voz propia que merece mucho la pena. 
  2. Vida Robada, de Ann Morgan (Arrobabooks o Círculo Editorial). Lo pedí a Círculo y lo leí en lo peor de mi verano, cuando no tenía fuerza ni en las neuronas. Lo devoré en dos días. Cuenta la historia de dos hermanas gemelas Hellen y Ellie, que un día con seis años deciden jugar a cambiarse la identidad. El problema llega cuando Ellie, la tonta de Ellie, no quiere devolverle su personalidad a su hermana. Esta mentira marcará el resto de sus vidas.
  3. Mamá en Apuros contra el cáncer, de Pilar G. Cortés (Amazon). Igual no lo conocéis... La autora es una mujer muy maja que destina todos los beneficios a la AECC... No es trampa, porque pregunté a Mónica si podía hacerlo y me dijo que sí. Es el libro que he publicado con los post que escribí desde el diagnóstico de cáncer de cuello de útero hasta que me dijeron que había funcionado y que el tumor era historia. Siempre desde el punto de vista del humor.

Espero que escojáis alguno de ellos (el mío) y que lo disfrutéis (del mío). 
Dejo aquí el lugar donde estarán los enlaces a las reseñas de los tres que yo elija:
  1. Libro 1
  2. Libro 2
  3. Libro 3
Gracias Mónica por organizar el reto, y suerte para todos los participantes.


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viernes, 12 de enero de 2018

¡Feliz año nuevo!

¡Mamá en Apuros es escritora!

¿Qué? ¿Cómo es eso? ¿Me he perdido algo? ¡Sí! He perdido muchas cosas a causa de las fiestas, entre ellas la rutina, pero la noticia más importante, antes incluso de felicitar el año, es esta:
¡Que ya soy escritora!
En este tiempo que no he aparecido por aquí he estado liada compilando, revisando y maquetando lo que se ha convertido en mi primer libro publicado: Mamá en Apuros contra el cáncer. Ha sido una ardua tarea, porque aunque pueda parecer que solo he cogido los post que escribí durante mi tratamiento, también los he revisado, corregido errores y me ha llevado más tiempo del que esperaba. Pero, a fecha del día 25 de diciembre, mi sueño se hacía realidad, y el libro vio la luz. Mirad qué magnífica portada:
Tenía ganas de hacer algo con todas esas palabras que ya volqué por aquí, y que sirvieran más que de adorno cibernético, de modo que todos los beneficios que obtenga con este libro están destinados a la AECC. Desde el principio quería que fuera así, y lo será mientras de beneficios.

Proyectos de año nuevo

Este 2018 se me presenta bien. Lo he arrancado con ganas. Tengo muchos proyectos en mente y ya me estoy poniendo las pilas en cuestión de organización, para que no me atropelle la vida como viene siendo habitual. Te adelanto que este Mamá en Apuros contra el cáncer ha sido el primero, pero no será el último libro que me autopublique. Ya está en preparación mi primera novela. ¡Espero que guste! También habrá un cambio de blog, pero ya lo anunciaré cuando sea oportuno.
Hoy viernes es el último de mis vacaciones, pero estoy feliz. Feliz porque vuelvo a mi vida normal y muy ilusionada con los proyectos que tengo por delante. ¡Este va a ser un gran año! ¡Lo presiento!
Y a ti… ¿Cómo se te presenta el año?

viernes, 22 de diciembre de 2017

¡Feliz Navidad!



Tenía pensado escribir una entrada de Mamá en Apuros, pero es el último viernes antes de Navidad y además estoy liada con un proyecto del que sabréis en breve y que me tiene muy emocionada (los suscriptores os encontraréis un regalo de Papá Noel). De modo que me paso por aquí para desearos que paséis una muy buena noche en compañía de quienes más os apetezca.

¡Feliz Navidad!

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viernes, 15 de diciembre de 2017

Mamá en Apuros: Encuentro con Amaral



El jueves 7 de diciembre es una fecha muy mala para mí. Es una fecha en la que solíamos celebrar un cumpleaños —el de mi padre—, pero no podemos desde hace ya cinco años. Demasiados. El tiempo te distancia del dolor, pero la pena sigue ahí. Es un día que suelo pasar entretenida con algo, y este año me fui de compras con MiniP.

Hacía mucho que no me iba de compras con ella, y creo que ha digievolucionado o algo. Ahora es una especie de pokemon inquieto que no para de toquetear la ropa, que descuelga las perchas para enseñarme lo bonito que es todo y que no para más de dos segundos en el mismo lugar. Yo, que quería una mañana tranquila, de mirar lo que iba buscando —una camisa negra y un pantalón corto de vestir, para la cena de empresa, pero eso lo cuento en otro post—, me encontré que no podía despegar la vista de una niña de siete años que no me dejaba ni pensar con las constantes preguntas. El karma, que tiene maneras muy sutiles de vengarse…*

Estaba ya a punto de estallar cuando recibí una llamada. Miré el móvil y vi el número de mi hermana pequeña. Es muy raro, casi nunca me llama, hablamos mucho pero por mensaje. Lo cogí extrañada.

—Me tienes que hacer un favor —me dijo, tras los saludos de rigor.

—Que no sea muy pesado que no puedo coger mucho peso…

—El lunes me tienes que acompañar a un sitio… Espera, que te leo el email que me han enviado…

En la pausa que hizo para buscar el email, o simplemente que esperó para darle dramatismo, me asusté. Pensaba en juzgados, en cosas laborales, no sé… Algo malo.

—Si está leyendo este email —comenzó a transmitirme—, ¡enhorabuena! Ha sido elegido como ganador de una entrada doble para asistir al encuentro con Amaral…

No escuché más.

—¡¡¡¡¡¡¿¿¿¿¿Quéééééééééé?????!!!!!

Mi reacción fue incluso más exagerada que para cinco signos de exclamación. La dependienta del puesto de juguetes que estaba mirando con MiniP en ese momento me miró como si me estuviera dando un ataque, y efectivamente casi que me estaba dando uno.

—¿Un encuentro con Amaral? ¿En serio?

—Sííí.

—¿Y me vas a llevar a mi?

—Pues claro.

En ese momento cambió el día. MiniP siguió comportándose igual, no se relajó, pero nos debimos poner al mismo nivel, porque ya no era consciente de que estuviera alterada. Claro, que yo sí que lo estaba…

Pasaron más cosas ese día, pero no vienen al caso. También pasaron más cosas en los días que siguieron, tuve la cena de la empresa, pero como ya he dicho antes, eso se merece un post aparte. Tan solo añadiré que el día terminó y a mi me habían pasado dos cosas maravillosas: las entradas para ver a Amaral y que encontré unos pantalones de la talla 42 que me quedaban bien… (Probablemente den mucha talla, pero que me hizo ilusión).

Llegó el día. El lunes. Pude dormir bien, porque llegué tarde de la cena de empresa, y el domingo no dormí mucho, por lo que había acumulado sueño. No lo hice a propósito pero me vino bien, porque sino no habría pegado ojo. Los nervios, los nervios. Iba a ver a Amaral de cerca, mi grupo favorito de todos los tiempos, con permiso de los Héroes del Silencio, vaya.

Quedé con mi hermana en Atocha, con tiempo de sobra. Tuvimos un debate sobre dónde y cómo quedar, porque puede ser que yo sea un poco desastre y no me entere bien de la calle en la que quedamos y hasta podría pasar que estuviéramos esperando en estaciones equivocadas, pero no… Nos costó encontrarnos, a pesar de estar en la misma estación, pero después de dos minutos de wasaps mandándonos la ubicación, nos vimos. 

Reímos. Los nervios.
Mi hermana y yo quedando en un sitio concreto.


Encontramos el sitio gracias al gps del móvil, que nos fue indicando las calles por donde ir, y de repente había pasado el tiempo de espera y comenzaba el evento. No os voy a contar cómo fue, porque os voy a dejar el enlace abajo para quien quiera verlo. Fue una entrevista con unas cien personas de público, y tuvimos la oportunidad de hacer algunas preguntas. También tocaron un par de canciones en acústico. Estuve a unos dos metros de ellos. 

Me hizo especial ilusión, porque Amaral de alguna manera se ha convertido en un símbolo de la esperanza durante todo mi tratamiento. Cogimos las entradas de su concierto fin de gira poco antes de que me dijeran que tenía cáncer, y pasé todo el tratamiento pensando en que me tenía que poner bien para asistir al concierto. Fue como mi objetivo primordial. No pensaba solo en curarme, pensaba en que tenía que estar en condiciones el 28 de octubre para verlos en directo. Y lo estuve. Y no solo lo estuve, si no que a los pocos días del concierto me confirmaron que el tratamiento había hecho efecto y que ya no había restos de cáncer. Me dieron suerte. 



Cuando se abrió el turno de preguntas levanté la mano. Quería decir muchas cosas, pero tenía un encargo especial. MiniP me había hecho prometer que si podía hablar con ellos, les preguntara cómo habían empezado en la música. Y eso hice. Si veis el vídeo, esa voz temblorosa y que no termina de explicarse bien es la mía… Me contestaron ambos, con anécdotas graciosas, mirándome a la cara. La fan que llevo dentro se murió un poco de la impresión. 

Es curioso, porque creo que antes de haber pasado por la enfermedad no me habría atrevido a levantar la mano. Pero el lunes sí que me atreví, porque mi filosofía de vida ha cambiado. Hay que aprovechar los momentos que tienes delante, porque es muy posible que no se vuelvan a dar.

Amaral, Eva y Juan, estuvieron sublimes. Cercanos, humildes, con el aspecto que dan de no saber muy bien a qué viene tanto lío con ellos, si lo único que hacen es música. Como si eso fuera poco…

Decir que salí flotando en una nube es quedarse corta. Fue una experiencia genial, que recordaré siempre. Gracias Amaral, por darme tanto. Y gracias, Nunu, por llevarme.

*Dicen las malas lenguas que yo era algo así cuando era pequeña…

Aquí os dejo el vídeo, por si lo queréis ver... Pensaba que no me habían grabado, pero ayer me llevé un susto monumental al descubrir que me equivocaba... En el minuto 48 más o menos, hago mi intervención triunfal con cara de pánico... ¡Pero mereció la pena!



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viernes, 1 de diciembre de 2017

Mamá en apuros es feminista

El pasado sábado se conmemoró el día contra la violencia de género. No digo se celebró de forma consciente, porque creo que un día así no es para celebrarse. Es para que nos demos cuenta de que este problema existe y del calado que tiene.

Quien me conoce sabe que soy feminista. De hecho me suelen decir que soy demasiado feminista. Pero creo que se equivocan. Aquí o lo eres o no lo eres, pero no eres demasiado feminista al igual que no eres demasiado ser humano. De hecho creo que si no eres feminista entonces eres machista, porque sí que se trata una guerra de bandos, porque se trata de posicionarse y si no piensas que todas las personas somos iguales, entonces lo que estás pensando es que algunas son inferiores a otras.

Últimamente he visto muchos movimientos por las Twitter y Facebook, que son las dos RRSS que yo más utilizo, reivindicando este tema. Poniendo sobre la mesa aspectos que parecían estar escondidos para algunas personas, mujeres dando testimonios de los agravios que sufrimos a veces cada día. Uno de ellos fue a raíz del caso de Hollywood, en el que una actriz pidió a las mujeres que contáramos nuestros casos particulares de acoso bajo el hagstag #metoo. Es abrumador la cantidad de post que salieron sobre el tema. Y los que no salieron, porque nos cuesta contarlo. Nos cuesta sacar a la luz temas delicados en los que nos sentimos atacadas, indefensas, y hasta pudimos temer por nuestra vida. Pero, ¿por qué no podemos ir solas por la noche? Llevaba mi coche, el camino a casa no lo haría andando sola, y el aparcamiento quedaba bien cerca del portal. ¿Acaso no puedo caminar cien metros solas sin que pueda sentirme atacada?

En Twitter hace poco colgaron las 31 cosas que hace una mujer que vuelve sola a casa. Si lo queréis ver está aquí. Ha sido un éxito de tuit, porque todas nos sentimos reflejadas en esas 31 cosas. Y esto me indigna. Nosotras hemos aprendido a defendernos. Pero, ¿por qué ellos no han aprendido a respetarnos? Nos educan en la desigualdad: nosotras somos, siempre, el bando perdedor. Porque ellos se arropan entre sí, si no nos pueden atacar individualmente lo hacen en manada. Y sí, he escogido esa palabra conscientemente.

Como madre lo veo. Y no lo veo solo en mi hija. Yo la intento educar en el feminismo, apoyada incondicionalmente por Papá en Apuros, que intenta despojarse de los machismos que a todos nos quedan dentro. A mi incluida. Es verdad, no es fácil ser feminista, porque a veces te descubres en frases, en comportamientos, que esconden machismo disfrazado de «es que esto ha sido así toda la vida». Pero lo bueno es intentarlo, y a MiniP inculcarle desde bien pequeña que es perfectamente válida para todo. Válida como puede serlo un chico. Me preocupa, porque está entrando en la edad en las que las niñas dejan de verse igual que los chicos, y se sienten inferiores, por ejemplo, en matemáticas. A veces creo que me paso, porque se indigna mucho cuando le dicen que no puede jugar a algo porque es niña, o que la manden a jugar con muñecas. O cuando ve un anuncio de muñecas en el que tan solo salen niñas. Me dice: «Mamá, pero es que eso está mal, porque los niños también pueden jugar con muñecas». Me la comería a veces.

Y ahí es donde yo quería ir a parar. Ponemos el foco feminista en las niñas. Y está bien, o lo estaría, si también lo pusiéramos en los niños. Está más o menos aceptado que las niñas jueguen con coches, o con pistolas, pero seguimos sin ver bien que los niños jueguen con muñecas, carritos, o a maquillarse. Y me alucina que padres y madres de mi generación, con mi edad o incluso aún más jóvenes, fomenten la diferencia, que sigamos inculcándoles a nuestra prole los roles de género.

No me sirve de mucho que yo en casa le diga a MiniP que no existen diferencias entre niños y niñas, y que los juguetes no tienen género si luego en el colegio los niños (masculino) le dicen que no se creen que ella tenga coches de juguete porque es una niña y las niñas solo tienen muñecas. Tampoco sirve si ven que un niño (siete años) se ha dedicado a tocarles el culo a las niñas durante el recreo, y lo que hacen es reírle la gracia. Esto lo he visto yo con mis ojos, y de hecho tuve que llamarle la atención a un niño en la piscina el verano pasado. Le pregunté: «¿Es tu culo? Si no es tuyo no tienes por qué tocar». El niño en cuestión me miró como si yo fuera el demonio, con miedo. Era la primera vez que le regañaban por ese tema, parece ser. Porque, claro, él, como niño que era, tenía derecho a tocarle el culo a quien quisiera. Eso, con siete años. Cuando crecemos con esa convicción, luego un no no es suficiente.

Al menos hemos avanzado algo. La lucha ya es visible, y además se ha generalizado. Ya la palabra feminista no es solo un insulto, sino una forma de vida. Debemos todas y todos hacer introspección y pensar en qué futuro queremos construir, si uno en el que podamos convivir mujeres y hombres como iguales, o seguir como hasta ahora…

Recomiendo ver esta charla de la escritora Chimamanda Adichie en la que explica, mucho mejor que yo, por qué todos (todos y todas) deberíamos ser feministas.

viernes, 24 de noviembre de 2017

Mamá en apuros: Las albóndigas de la abuela



No soy una persona que disfrute especialmente de la comida. Yo como y ya está, hay cosas ricas, hay otras que no tanto, pero para mí es un simple trámite. Como mucho, no es que sea de comer poco, preferiblemente dulce, pero no estoy todo el día pensando en comida, ni deseando que llegue la hora de la comida, o pensando en ir a un restaurante para deleitarme.

Por eso me suelo quedar en blanco cuando me preguntan por mi comida favorita. Me encojo de hombros y empiezo a pensar en lo que me gusta. Por ejemplo, el sushi, concretamente los makis, con su alga negra rodeando un caparazón de arroz blanco y en su corazón, salmón o atún (son mis dos favoritos). El sushi me gusta, pero no tanto como para que sea mi favorito. El pescado también me gusta, a la plancha. Y las ensaladas. Pero no estaría comiendo ensaladas toda la vida.


Entonces se me enciende la bombilla. Sí que hay un plato que me ha gustado desde siempre y que comería más de dos veces a la semana. Las albóndigas de mi abuela.

Mi abuela era una gran cocinera. Cuando me independicé iba a verla, a veces la llamaba para que me invitara a comer, y ella me preguntaba: ¿qué quieres que te ponga? Y yo siempre le respondía: albóndigas.

Nos las ponía en un plato de cristal de duralex, color caramelo. Debieron de ser comunes ese tipo de vajilla porque las había en todas las casas (mi madre también la tenía). Esa era la de diario, claro, pero mi abuela solo sacaba la vajilla buena cuando nos juntábamos todos en celebraciones especiales, o cuando venía alguien a comer de fuera de su círculo de confianza. Para su tercera nieta no había vajilla especial.


Solo con el olor yo me retorcía del gusto. Era olor a carne, a laurel, a sofrito, pero sobre todo, era olor a mi abuela. A hogar, a sentirse a gusto. Siempre solía asomarme a la cocina a otear en la olla, y a veces incluso cogía una cuchara y probaba el caldo. O una patata, si ya las tenía fritas y las había echado junto con la carne para que cogieran el sabor. Se quedaban empapadas en la salsa, a veces de aspecto blando y color oscuro, pero siempre estaban muy ricas.

Cuando llegábamos a la mesa siempre nos servía allí. Tenía la vieja costumbre de tener un cuarto de estar, con la tele y una mesa camilla, algunas sillas y un sofá. Era donde pasaba la mayor parte del día. Y si las visitas cabíamos, comíamos allí. Cuando estaba ella sola, comía en la cocina. Pero cuando iba yo a verla, sola o con mi marido, comíamos en el cuarto de estar.

Lo que significaba que tenías que dar varios paseos para llevar la intendencia de la comida a la mesa. Y en lugar de llevar los platos servidos desde la cocina (costumbre que había en casa de mis padres, y en la mía aunque yo no tengo cuarto de estar), mi abuela llevaba la olla a la mesa y allí servía los platos.

Siempre preguntaba: ¿Cuántas albóndigas quieres? E, independientemente de lo que contestaras, te echaba las que ella considerara oportunas. 

Miraba el plato, relamiéndome de gusto. Cuatro, cinco, o hasta seis pelotillas algo más pequeñas que una bola de golf me observaban. Las patatas, cortadas en cuadraditos, colonizaban la parte del plato que no ocupaban las albóndigas de carne. Todo ello flotaba en una salsa de textura untuosa, de un color entre gris y marrón.

Lo primero que hacía era partirme pan y mojar en la salsa. Su textura, aunque no era del todo líquida, lo permitía. Y el sabor era delicioso. Había una labor en esa salsa: un sofrito previo, una cucharada de harina para espesar, un remover con paciencia. Y además de ese sabor que le daban las verduras, había absorbido todo el jugo de la carne. Era como un anticipo de lo que estaba por llegarle al estómago. 

Después partía las albóndigas por la mitad, para que también se empaparan por dentro. Cogía una mitad con el tenedor, la untaba bien en la salsa y me la metía entera en la boca. Dentro ya se separaban los sabores: la salsa bajaba primero, y después masticaba la carne.

Las albóndigas también tenían su truco: eran carne picada con huevo, ajo y perejil. Se mezclaba todo y se hacían las pelotillas. Eso era algo con lo que disfrutaba mucho cuando era pequeña: ayudando a mi abuela a hacer las pelotas de carne picada. Hasta que ella se enfadaba, claro, porque cada dos bolas le pegaba un pellizco a la carne y me la comía, cruda. Es una costumbre que aún mantengo.

Esa mezcla de sabores, más luego haberlas frito y haber cogido el sabor de la salsa se notaban en la boca. De color rojo apagado, encendían todo su arsenal cuando las mordías.

No solía dejar nada en el plato. Lo rebañaba todo con el pan. Y mi abuela se quedaba muy satisfecha. El orgullo de saber que cocinas algo que gusta, y además, como ella pasó la guerra y la posguerra, la satisfacción de ver a su nieta comer.

Era una gran cocinera, mi abuela. La cocina le había ayudado a salir adelante. Pero de todo lo que hacía bien, mi comida preferida eran esas albóndigas.

Tenemos la receta en casa. Mi hermana la hace a menudo. Yo la he intentado (y eso que no sé cocinar), pero aunque las de mi hermana se acercan, no son las de mi abuela.

No he vuelto a probar unas albóndigas como las suyas. Hay toques que son inimitables.


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