sábado, 20 de enero de 2018

Reto Serendipia Recomienda



Este año había dicho que iba a ser mi año, empecé con muchas ganas de organizarme, pero luego hubo una serie de cosas que me han hecho caer en lo mismo de siempre... Total, que me veo a 20 de enero y todavía no me había sentado a escribir la entrada del reto de Mónica Gutiérrez.

De modo que he vuelto a lo mismo de siempre. Pero como se suele decir, más vale tarde que nunca. Aunque en este caso tarde, lo que se dice tarde, no llego. Al límite sí, pero no me he pasado de tiempo.

Para quien no conozca cuál es el reto, se trata de Serendipia Recomienda y lo puede cotillear aquí. Consiste en recomendar tres lecturas, a ser posible originales. Yo había pensado en El Perfume, que es la mejor novela de todos los tiempos, bajo mi punto de vista, pero al ser tan grande la he descartado. Esa ya la conoce todo el mundo. En la segunda fase debemos elegir tres lecturas de los demás participantes y hacerles reseña. Las reseñas las enlazaré en esta misma entrada para que no se vuelva loca Mónica al buscarlas.

Y sin más dilación, os presento las tres lecturas que más me gustan a mi, las que considero dignas de compartir.

  1. Chica Cósmica, de Roberto Carrasco. (Pezsapo Editorial). A este escritor lo descubrí por Twitter, hace ya algunos años y su ópera prima me impactó mucho. En Chica Cósmica, su último trabajo hasta el momento, me he encontrado con un autor más maduro, con magia en sus palabras. Cuenta la historia de Arcadia, una chica que se convierte en una niña perdida en la década de los ochenta. Se pierde en una espiral de drogas, sexo y alucinaciones. Es un autor con voz propia que merece mucho la pena. 
  2. Vida Robada, de Ann Morgan (Arrobabooks o Círculo Editorial). Lo pedí a Círculo y lo leí en lo peor de mi verano, cuando no tenía fuerza ni en las neuronas. Lo devoré en dos días. Cuenta la historia de dos hermanas gemelas Hellen y Ellie, que un día con seis años deciden jugar a cambiarse la identidad. El problema llega cuando Ellie, la tonta de Ellie, no quiere devolverle su personalidad a su hermana. Esta mentira marcará el resto de sus vidas.
  3. Mamá en Apuros contra el cáncer, de Pilar G. Cortés (Amazon). Igual no lo conocéis... La autora es una mujer muy maja que destina todos los beneficios a la AECC... No es trampa, porque pregunté a Mónica si podía hacerlo y me dijo que sí. Es el libro que he publicado con los post que escribí desde el diagnóstico de cáncer de cuello de útero hasta que me dijeron que había funcionado y que el tumor era historia. Siempre desde el punto de vista del humor.

Espero que escojáis alguno de ellos (el mío) y que lo disfrutéis (del mío). 
Dejo aquí el lugar donde estarán los enlaces a las reseñas de los tres que yo elija:
  1. Libro 1
  2. Libro 2
  3. Libro 3
Gracias Mónica por organizar el reto, y suerte para todos los participantes.


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viernes, 12 de enero de 2018

¡Feliz año nuevo!

¡Mamá en Apuros es escritora!

¿Qué? ¿Cómo es eso? ¿Me he perdido algo? ¡Sí! He perdido muchas cosas a causa de las fiestas, entre ellas la rutina, pero la noticia más importante, antes incluso de felicitar el año, es esta:
¡Que ya soy escritora!
En este tiempo que no he aparecido por aquí he estado liada compilando, revisando y maquetando lo que se ha convertido en mi primer libro publicado: Mamá en Apuros contra el cáncer. Ha sido una ardua tarea, porque aunque pueda parecer que solo he cogido los post que escribí durante mi tratamiento, también los he revisado, corregido errores y me ha llevado más tiempo del que esperaba. Pero, a fecha del día 25 de diciembre, mi sueño se hacía realidad, y el libro vio la luz. Mirad qué magnífica portada:
Tenía ganas de hacer algo con todas esas palabras que ya volqué por aquí, y que sirvieran más que de adorno cibernético, de modo que todos los beneficios que obtenga con este libro están destinados a la AECC. Desde el principio quería que fuera así, y lo será mientras de beneficios.

Proyectos de año nuevo

Este 2018 se me presenta bien. Lo he arrancado con ganas. Tengo muchos proyectos en mente y ya me estoy poniendo las pilas en cuestión de organización, para que no me atropelle la vida como viene siendo habitual. Te adelanto que este Mamá en Apuros contra el cáncer ha sido el primero, pero no será el último libro que me autopublique. Ya está en preparación mi primera novela. ¡Espero que guste! También habrá un cambio de blog, pero ya lo anunciaré cuando sea oportuno.
Hoy viernes es el último de mis vacaciones, pero estoy feliz. Feliz porque vuelvo a mi vida normal y muy ilusionada con los proyectos que tengo por delante. ¡Este va a ser un gran año! ¡Lo presiento!
Y a ti… ¿Cómo se te presenta el año?

viernes, 22 de diciembre de 2017

¡Feliz Navidad!



Tenía pensado escribir una entrada de Mamá en Apuros, pero es el último viernes antes de Navidad y además estoy liada con un proyecto del que sabréis en breve y que me tiene muy emocionada (los suscriptores os encontraréis un regalo de Papá Noel). De modo que me paso por aquí para desearos que paséis una muy buena noche en compañía de quienes más os apetezca.

¡Feliz Navidad!

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viernes, 15 de diciembre de 2017

Mamá en Apuros: Encuentro con Amaral



El jueves 7 de diciembre es una fecha muy mala para mí. Es una fecha en la que solíamos celebrar un cumpleaños —el de mi padre—, pero no podemos desde hace ya cinco años. Demasiados. El tiempo te distancia del dolor, pero la pena sigue ahí. Es un día que suelo pasar entretenida con algo, y este año me fui de compras con MiniP.

Hacía mucho que no me iba de compras con ella, y creo que ha digievolucionado o algo. Ahora es una especie de pokemon inquieto que no para de toquetear la ropa, que descuelga las perchas para enseñarme lo bonito que es todo y que no para más de dos segundos en el mismo lugar. Yo, que quería una mañana tranquila, de mirar lo que iba buscando —una camisa negra y un pantalón corto de vestir, para la cena de empresa, pero eso lo cuento en otro post—, me encontré que no podía despegar la vista de una niña de siete años que no me dejaba ni pensar con las constantes preguntas. El karma, que tiene maneras muy sutiles de vengarse…*

Estaba ya a punto de estallar cuando recibí una llamada. Miré el móvil y vi el número de mi hermana pequeña. Es muy raro, casi nunca me llama, hablamos mucho pero por mensaje. Lo cogí extrañada.

—Me tienes que hacer un favor —me dijo, tras los saludos de rigor.

—Que no sea muy pesado que no puedo coger mucho peso…

—El lunes me tienes que acompañar a un sitio… Espera, que te leo el email que me han enviado…

En la pausa que hizo para buscar el email, o simplemente que esperó para darle dramatismo, me asusté. Pensaba en juzgados, en cosas laborales, no sé… Algo malo.

—Si está leyendo este email —comenzó a transmitirme—, ¡enhorabuena! Ha sido elegido como ganador de una entrada doble para asistir al encuentro con Amaral…

No escuché más.

—¡¡¡¡¡¡¿¿¿¿¿Quéééééééééé?????!!!!!

Mi reacción fue incluso más exagerada que para cinco signos de exclamación. La dependienta del puesto de juguetes que estaba mirando con MiniP en ese momento me miró como si me estuviera dando un ataque, y efectivamente casi que me estaba dando uno.

—¿Un encuentro con Amaral? ¿En serio?

—Sííí.

—¿Y me vas a llevar a mi?

—Pues claro.

En ese momento cambió el día. MiniP siguió comportándose igual, no se relajó, pero nos debimos poner al mismo nivel, porque ya no era consciente de que estuviera alterada. Claro, que yo sí que lo estaba…

Pasaron más cosas ese día, pero no vienen al caso. También pasaron más cosas en los días que siguieron, tuve la cena de la empresa, pero como ya he dicho antes, eso se merece un post aparte. Tan solo añadiré que el día terminó y a mi me habían pasado dos cosas maravillosas: las entradas para ver a Amaral y que encontré unos pantalones de la talla 42 que me quedaban bien… (Probablemente den mucha talla, pero que me hizo ilusión).

Llegó el día. El lunes. Pude dormir bien, porque llegué tarde de la cena de empresa, y el domingo no dormí mucho, por lo que había acumulado sueño. No lo hice a propósito pero me vino bien, porque sino no habría pegado ojo. Los nervios, los nervios. Iba a ver a Amaral de cerca, mi grupo favorito de todos los tiempos, con permiso de los Héroes del Silencio, vaya.

Quedé con mi hermana en Atocha, con tiempo de sobra. Tuvimos un debate sobre dónde y cómo quedar, porque puede ser que yo sea un poco desastre y no me entere bien de la calle en la que quedamos y hasta podría pasar que estuviéramos esperando en estaciones equivocadas, pero no… Nos costó encontrarnos, a pesar de estar en la misma estación, pero después de dos minutos de wasaps mandándonos la ubicación, nos vimos. 

Reímos. Los nervios.
Mi hermana y yo quedando en un sitio concreto.


Encontramos el sitio gracias al gps del móvil, que nos fue indicando las calles por donde ir, y de repente había pasado el tiempo de espera y comenzaba el evento. No os voy a contar cómo fue, porque os voy a dejar el enlace abajo para quien quiera verlo. Fue una entrevista con unas cien personas de público, y tuvimos la oportunidad de hacer algunas preguntas. También tocaron un par de canciones en acústico. Estuve a unos dos metros de ellos. 

Me hizo especial ilusión, porque Amaral de alguna manera se ha convertido en un símbolo de la esperanza durante todo mi tratamiento. Cogimos las entradas de su concierto fin de gira poco antes de que me dijeran que tenía cáncer, y pasé todo el tratamiento pensando en que me tenía que poner bien para asistir al concierto. Fue como mi objetivo primordial. No pensaba solo en curarme, pensaba en que tenía que estar en condiciones el 28 de octubre para verlos en directo. Y lo estuve. Y no solo lo estuve, si no que a los pocos días del concierto me confirmaron que el tratamiento había hecho efecto y que ya no había restos de cáncer. Me dieron suerte. 



Cuando se abrió el turno de preguntas levanté la mano. Quería decir muchas cosas, pero tenía un encargo especial. MiniP me había hecho prometer que si podía hablar con ellos, les preguntara cómo habían empezado en la música. Y eso hice. Si veis el vídeo, esa voz temblorosa y que no termina de explicarse bien es la mía… Me contestaron ambos, con anécdotas graciosas, mirándome a la cara. La fan que llevo dentro se murió un poco de la impresión. 

Es curioso, porque creo que antes de haber pasado por la enfermedad no me habría atrevido a levantar la mano. Pero el lunes sí que me atreví, porque mi filosofía de vida ha cambiado. Hay que aprovechar los momentos que tienes delante, porque es muy posible que no se vuelvan a dar.

Amaral, Eva y Juan, estuvieron sublimes. Cercanos, humildes, con el aspecto que dan de no saber muy bien a qué viene tanto lío con ellos, si lo único que hacen es música. Como si eso fuera poco…

Decir que salí flotando en una nube es quedarse corta. Fue una experiencia genial, que recordaré siempre. Gracias Amaral, por darme tanto. Y gracias, Nunu, por llevarme.

*Dicen las malas lenguas que yo era algo así cuando era pequeña…

Aquí os dejo el vídeo, por si lo queréis ver... Pensaba que no me habían grabado, pero ayer me llevé un susto monumental al descubrir que me equivocaba... En el minuto 48 más o menos, hago mi intervención triunfal con cara de pánico... ¡Pero mereció la pena!



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viernes, 1 de diciembre de 2017

Mamá en apuros es feminista

El pasado sábado se conmemoró el día contra la violencia de género. No digo se celebró de forma consciente, porque creo que un día así no es para celebrarse. Es para que nos demos cuenta de que este problema existe y del calado que tiene.

Quien me conoce sabe que soy feminista. De hecho me suelen decir que soy demasiado feminista. Pero creo que se equivocan. Aquí o lo eres o no lo eres, pero no eres demasiado feminista al igual que no eres demasiado ser humano. De hecho creo que si no eres feminista entonces eres machista, porque sí que se trata una guerra de bandos, porque se trata de posicionarse y si no piensas que todas las personas somos iguales, entonces lo que estás pensando es que algunas son inferiores a otras.

Últimamente he visto muchos movimientos por las Twitter y Facebook, que son las dos RRSS que yo más utilizo, reivindicando este tema. Poniendo sobre la mesa aspectos que parecían estar escondidos para algunas personas, mujeres dando testimonios de los agravios que sufrimos a veces cada día. Uno de ellos fue a raíz del caso de Hollywood, en el que una actriz pidió a las mujeres que contáramos nuestros casos particulares de acoso bajo el hagstag #metoo. Es abrumador la cantidad de post que salieron sobre el tema. Y los que no salieron, porque nos cuesta contarlo. Nos cuesta sacar a la luz temas delicados en los que nos sentimos atacadas, indefensas, y hasta pudimos temer por nuestra vida. Pero, ¿por qué no podemos ir solas por la noche? Llevaba mi coche, el camino a casa no lo haría andando sola, y el aparcamiento quedaba bien cerca del portal. ¿Acaso no puedo caminar cien metros solas sin que pueda sentirme atacada?

En Twitter hace poco colgaron las 31 cosas que hace una mujer que vuelve sola a casa. Si lo queréis ver está aquí. Ha sido un éxito de tuit, porque todas nos sentimos reflejadas en esas 31 cosas. Y esto me indigna. Nosotras hemos aprendido a defendernos. Pero, ¿por qué ellos no han aprendido a respetarnos? Nos educan en la desigualdad: nosotras somos, siempre, el bando perdedor. Porque ellos se arropan entre sí, si no nos pueden atacar individualmente lo hacen en manada. Y sí, he escogido esa palabra conscientemente.

Como madre lo veo. Y no lo veo solo en mi hija. Yo la intento educar en el feminismo, apoyada incondicionalmente por Papá en Apuros, que intenta despojarse de los machismos que a todos nos quedan dentro. A mi incluida. Es verdad, no es fácil ser feminista, porque a veces te descubres en frases, en comportamientos, que esconden machismo disfrazado de «es que esto ha sido así toda la vida». Pero lo bueno es intentarlo, y a MiniP inculcarle desde bien pequeña que es perfectamente válida para todo. Válida como puede serlo un chico. Me preocupa, porque está entrando en la edad en las que las niñas dejan de verse igual que los chicos, y se sienten inferiores, por ejemplo, en matemáticas. A veces creo que me paso, porque se indigna mucho cuando le dicen que no puede jugar a algo porque es niña, o que la manden a jugar con muñecas. O cuando ve un anuncio de muñecas en el que tan solo salen niñas. Me dice: «Mamá, pero es que eso está mal, porque los niños también pueden jugar con muñecas». Me la comería a veces.

Y ahí es donde yo quería ir a parar. Ponemos el foco feminista en las niñas. Y está bien, o lo estaría, si también lo pusiéramos en los niños. Está más o menos aceptado que las niñas jueguen con coches, o con pistolas, pero seguimos sin ver bien que los niños jueguen con muñecas, carritos, o a maquillarse. Y me alucina que padres y madres de mi generación, con mi edad o incluso aún más jóvenes, fomenten la diferencia, que sigamos inculcándoles a nuestra prole los roles de género.

No me sirve de mucho que yo en casa le diga a MiniP que no existen diferencias entre niños y niñas, y que los juguetes no tienen género si luego en el colegio los niños (masculino) le dicen que no se creen que ella tenga coches de juguete porque es una niña y las niñas solo tienen muñecas. Tampoco sirve si ven que un niño (siete años) se ha dedicado a tocarles el culo a las niñas durante el recreo, y lo que hacen es reírle la gracia. Esto lo he visto yo con mis ojos, y de hecho tuve que llamarle la atención a un niño en la piscina el verano pasado. Le pregunté: «¿Es tu culo? Si no es tuyo no tienes por qué tocar». El niño en cuestión me miró como si yo fuera el demonio, con miedo. Era la primera vez que le regañaban por ese tema, parece ser. Porque, claro, él, como niño que era, tenía derecho a tocarle el culo a quien quisiera. Eso, con siete años. Cuando crecemos con esa convicción, luego un no no es suficiente.

Al menos hemos avanzado algo. La lucha ya es visible, y además se ha generalizado. Ya la palabra feminista no es solo un insulto, sino una forma de vida. Debemos todas y todos hacer introspección y pensar en qué futuro queremos construir, si uno en el que podamos convivir mujeres y hombres como iguales, o seguir como hasta ahora…

Recomiendo ver esta charla de la escritora Chimamanda Adichie en la que explica, mucho mejor que yo, por qué todos (todos y todas) deberíamos ser feministas.

viernes, 24 de noviembre de 2017

Mamá en apuros: Las albóndigas de la abuela



No soy una persona que disfrute especialmente de la comida. Yo como y ya está, hay cosas ricas, hay otras que no tanto, pero para mí es un simple trámite. Como mucho, no es que sea de comer poco, preferiblemente dulce, pero no estoy todo el día pensando en comida, ni deseando que llegue la hora de la comida, o pensando en ir a un restaurante para deleitarme.

Por eso me suelo quedar en blanco cuando me preguntan por mi comida favorita. Me encojo de hombros y empiezo a pensar en lo que me gusta. Por ejemplo, el sushi, concretamente los makis, con su alga negra rodeando un caparazón de arroz blanco y en su corazón, salmón o atún (son mis dos favoritos). El sushi me gusta, pero no tanto como para que sea mi favorito. El pescado también me gusta, a la plancha. Y las ensaladas. Pero no estaría comiendo ensaladas toda la vida.


Entonces se me enciende la bombilla. Sí que hay un plato que me ha gustado desde siempre y que comería más de dos veces a la semana. Las albóndigas de mi abuela.

Mi abuela era una gran cocinera. Cuando me independicé iba a verla, a veces la llamaba para que me invitara a comer, y ella me preguntaba: ¿qué quieres que te ponga? Y yo siempre le respondía: albóndigas.

Nos las ponía en un plato de cristal de duralex, color caramelo. Debieron de ser comunes ese tipo de vajilla porque las había en todas las casas (mi madre también la tenía). Esa era la de diario, claro, pero mi abuela solo sacaba la vajilla buena cuando nos juntábamos todos en celebraciones especiales, o cuando venía alguien a comer de fuera de su círculo de confianza. Para su tercera nieta no había vajilla especial.


Solo con el olor yo me retorcía del gusto. Era olor a carne, a laurel, a sofrito, pero sobre todo, era olor a mi abuela. A hogar, a sentirse a gusto. Siempre solía asomarme a la cocina a otear en la olla, y a veces incluso cogía una cuchara y probaba el caldo. O una patata, si ya las tenía fritas y las había echado junto con la carne para que cogieran el sabor. Se quedaban empapadas en la salsa, a veces de aspecto blando y color oscuro, pero siempre estaban muy ricas.

Cuando llegábamos a la mesa siempre nos servía allí. Tenía la vieja costumbre de tener un cuarto de estar, con la tele y una mesa camilla, algunas sillas y un sofá. Era donde pasaba la mayor parte del día. Y si las visitas cabíamos, comíamos allí. Cuando estaba ella sola, comía en la cocina. Pero cuando iba yo a verla, sola o con mi marido, comíamos en el cuarto de estar.

Lo que significaba que tenías que dar varios paseos para llevar la intendencia de la comida a la mesa. Y en lugar de llevar los platos servidos desde la cocina (costumbre que había en casa de mis padres, y en la mía aunque yo no tengo cuarto de estar), mi abuela llevaba la olla a la mesa y allí servía los platos.

Siempre preguntaba: ¿Cuántas albóndigas quieres? E, independientemente de lo que contestaras, te echaba las que ella considerara oportunas. 

Miraba el plato, relamiéndome de gusto. Cuatro, cinco, o hasta seis pelotillas algo más pequeñas que una bola de golf me observaban. Las patatas, cortadas en cuadraditos, colonizaban la parte del plato que no ocupaban las albóndigas de carne. Todo ello flotaba en una salsa de textura untuosa, de un color entre gris y marrón.

Lo primero que hacía era partirme pan y mojar en la salsa. Su textura, aunque no era del todo líquida, lo permitía. Y el sabor era delicioso. Había una labor en esa salsa: un sofrito previo, una cucharada de harina para espesar, un remover con paciencia. Y además de ese sabor que le daban las verduras, había absorbido todo el jugo de la carne. Era como un anticipo de lo que estaba por llegarle al estómago. 

Después partía las albóndigas por la mitad, para que también se empaparan por dentro. Cogía una mitad con el tenedor, la untaba bien en la salsa y me la metía entera en la boca. Dentro ya se separaban los sabores: la salsa bajaba primero, y después masticaba la carne.

Las albóndigas también tenían su truco: eran carne picada con huevo, ajo y perejil. Se mezclaba todo y se hacían las pelotillas. Eso era algo con lo que disfrutaba mucho cuando era pequeña: ayudando a mi abuela a hacer las pelotas de carne picada. Hasta que ella se enfadaba, claro, porque cada dos bolas le pegaba un pellizco a la carne y me la comía, cruda. Es una costumbre que aún mantengo.

Esa mezcla de sabores, más luego haberlas frito y haber cogido el sabor de la salsa se notaban en la boca. De color rojo apagado, encendían todo su arsenal cuando las mordías.

No solía dejar nada en el plato. Lo rebañaba todo con el pan. Y mi abuela se quedaba muy satisfecha. El orgullo de saber que cocinas algo que gusta, y además, como ella pasó la guerra y la posguerra, la satisfacción de ver a su nieta comer.

Era una gran cocinera, mi abuela. La cocina le había ayudado a salir adelante. Pero de todo lo que hacía bien, mi comida preferida eran esas albóndigas.

Tenemos la receta en casa. Mi hermana la hace a menudo. Yo la he intentado (y eso que no sé cocinar), pero aunque las de mi hermana se acercan, no son las de mi abuela.

No he vuelto a probar unas albóndigas como las suyas. Hay toques que son inimitables.


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viernes, 17 de noviembre de 2017

Mamá en apuros: ¡Vida social! Concierto y Visita



Las entradas para el concierto de Amaral las tenía desde principios de marzo, más o menos. Sé que fue antes de que me dieran el diagnóstico, y lo sé porque si hubiera sido después no las hubiera cogido. No quise hacer planes a corto plazo, por el tema del tratamiento, y pasé todo el verano cruzando los dedos para que a finales de octubre me pudiera mantener en pie sin querer morirme al menos dos horas.

No solo lo conseguí, sino que lo conseguí con nota, y llegó finales de octubre. Se me juntó un poco con las pruebas de la primera revisión, en el que veríamos si Voldemort había muerto o solo lo había fingido, de modo que para mí el concierto se convirtió en una especie de símbolo, el de la sanación. 

Además, con la escenografía que le dio el grupo, Amaral, con la luna iluminándose, y con la luna yéndose como en un eclipse, o como en una fase acelerada de decrecimiento, me animó mucho. Fue como si, con ese eclipse de luna, también se eclipsara mi enfermedad. La dejé atrás, vencida por la medicina. Como debe ser.


Pero el concierto acabó, y fue muy triste, pero había que seguir. Cerró una semana de vacaciones mentales que agradecimos mucho, ya que al día siguiente recogimos a la peque, que llevábamos sin verla desde el sábado anterior. 

Debe ser que todo lo bueno tiende a acumularse en los mismos días, ya que, en esa semana, recibí un mensaje de Isi: iba a pasar por Madrid de manera fugaz y preguntó si podíamos quedar a comer. Solo estaba de paso, estaría unas horas, más o menos a la hora de comer y sobremesa, y aunque sé que le hubiera gustado hacer una macroquedada, no pudo. Me siento muy afortunada de que preguntara si podíamos quedar…

Yo, a pesar de que no había visto a mi hija en una semana entera, y de que la recogí el domingo, acepté gustosa. No todos los días viene una bloguera de León, una persona achuchable como pocas, de visita a los madriles, así que ni me lo pensé. MiniP se mosqueó, porque ella también quería conocerla, pero tenía que ir al cole. Ya había perdido demasiadas clases…

Llegué pronto, por si por algún casual se adelantaba. También había contactado con mi hermana pequeña (anteriormente conocida como Lady Boheme, ahora Crazy Cat Nunu, autora de los blogs Leo, luego existo y ...y todo lo demás), y fui hablando con ella por el móvil según iba en metro. Esto de que haya cobertura bajo tierra aún me flipa. Me iba diciendo, toda misteriosa ella, que saliera por la salida del pez de cristal, que era muy fácil de encontrar, pero es que yo, si es fácil, no lo encuentro. Cogí una salida, y sorpresa, no era la correcta. Dio igual, crucé la plaza de Sol, y ahí la vi, esperando frente a la boca de metro, tal y como esperaba, aunque ella no me había dicho que estaría allí.

Ella tenía que volver a su trabajo, pero la acompañé. No porque sea buena hermana, que no lo soy, es que necesitaba un baño con urgencia y me aseguró que podría utilizar uno allí. De camino pasé por un edificio, que tenía una placa oficial que ponía: «Registro de la Propiedad Intelectual». Creo que estaba claro para qué era, pero yo no pienso bien con la vejiga llena y me dije: «¿Será aquí donde tengo que traer a registrar una obra?». 

Visité el baño del trabajo de mi hermana, y me dejaron estar un ratito por allí con ella. Fueron todos muy amables. Pero cuando Isi avisó de que cogía el metro, decidí irme a Sol a esperar, para ir adelantando. 

Pero tenía un plan en la cabeza.

Volví a pasar junto al edificio oficial, y me decidí a entrar. El portal daba acceso a un hall, con dos puertas de cristal: una a mano derecha y otra a izquierda. Había carteles grandes por todas partes, pero aún así me costó un rato asimilar dónde tenía que ir. Al final seguí un cartel que ponía: «Registro de obras». Pensé que era el camino correcto, y no me equivoqué.

Había un detector de metales y una vigilante de seguridad que muy amablemente me preguntó si venía a registrar una obra y me indicó que cogiera un número de espera. Como no había nadie, apenas tuve que esperar dos minutos, y me hicieron pasar. Pedí la información pertinente, me indicaron cómo tenía que presentar la documentación y salí de allí feliz.

Feliz, porque me sentía una escritora de verdad. 

Después fui a Sol directa, donde me encontré con Isi.

Hay personas a las que no has conocido en persona nunca, pero cuando te ves por primera vez, es como si te hubieras criado con ellas. Isi es una de esas personas. Es puro amor, casi le salen arcoiris y unicornios por las orejas. La conversación con ella es sencilla, fluye, no hay silencios incómodos. 

Nos fuimos a la plaza Mayor, a curiosear por la Feria del Libro, y nos fuimos de allí antes de comprarnos todos los ejemplares que veíamos.


Nos tomamos un capuccino cerca de Sol, y enseguida llegó la hora de recoger a mi hermana y llegar al sitio donde habíamos quedado con Loque, autora de la gran Edwina, libro que no se llama exactamente así, pero que hay que leer se llame como se llame, para comer. Fuimos a que nos cuidara una tal Olivia, un lugar muy chulo para comer, con un menú muy sano y sabroso, pero en el que había que compartir mesa, lo cual me resultó muy curioso. También es muy pequeño, pero sí que merece la pena probarlo. 



Belén hizo de cicerone, y nos organizó una pequeña ruta, que tenía tres paradas: una papelería muy molona que nos hacía ilusión a todas, una librería igualmente apasionante y un bar de cereales. El último era por rebajar el tono cultureta de la visita, claro, no porque nos encante el azúcar con formas de colores.

Nos llevamos un chasco, la papelería solo abría de martes a domingo, por lo que después de un rato en el que estuvimos las cuatro con la cara pegada al cristal, Belén nos arrancó de allí con la promesa de ver libros.

Aviso: nunca lleves a cuatro blogueras literarias a una librería. Te pueden dar las uvas. Las cuatro estuvimos viendo libros, tocando lomos, leyendo sinopsis y comentándonos las lecturas que nos habían entusiasmado y las que habíamos aborrecido. Yo, que parezco una abuela, tuve que sentarme un rato, pero es que la librería es tan fabulosa que tenía un silloncito bastante cómodo por ahí. Nos alternamos Belén y yo en el asiento. Por cierto, Belén, necesito que me recuerdes el nombre del autor que me recomendaste, el de la serie de detectives…

Para rematar la excursión, fuimos al bar de cereales. Y allí casi sufro un síndrome de Stendhal, pero en lugar por la belleza, por los colores. No podía imaginar que hubiera tantos cereales en el mundo. Y además distinguían por nacionales y de importación, como con los whiskies. Cada una hizo su elección y nos atiborramos a azúcar entre risas y más y más conversación.


Aprovechamos para escribir una postalita que enviamos con todo nuestro cariño a Mónica. (*)

Se hizo de noche en Madrid. Acabábamos de cambiar la hora por lo que todavía nos sorprendió que anocheciera tan pronto, pero es que también se hizo tarde. Isi debía continuar su viaje, y yo debía recoger a mi hija, que como mala madre que soy la dejé con su abuela y sus primos… 

A pesar de que acabé reventada (mi reloj casi hecha humo), repetiría ese día cien veces. Las cosas fluyen cuando estás con personas bonitas, y te alegran no solo el día, ni la semana, sino el mes entero.

Gracias por los buenos ratos, y nos vemos pronto, chicas.

(*) Me acaban de chivar por el pinganillo que la postal la escribimos donde Olivia. Pero me permitís una pequeña licencia, ¿verdad? 


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