martes, 18 de noviembre de 2014

El Club de los Viernes, de Kate Jacobs



Cada viernes se reúne en el local de Georgia Walker, en Manhattan, un grupo de ocho mujeres que, a través de su pasión común por el punto, han desarrollado una fuerte amistad. La laboriosa actividad da pie a que cada mujer dé rienda suelta a sus anhelos, sus pasiones y sus angustias. Pero las cosas no siempre han sido fácil es para Georgia. Doce años atrás, cuando estaba embarazada, su novio James la abandonó para irse a vivir a Francia. Ahora James ha vuelto para conquistar de nuevo a Georgia y ejercer de padre de su hija.

Cogí este libro por circunstancias. Mi madre estaba ingresada en observación, y salí de casa sin un libro. Grave error, no sé cómo pudo ocurrir, pero ocurrió. Pero mi madre sí que tenía su kindle, y era de los pocos que me interesó que tuviera cargado, de modo que lo empecé.

Enseguida me enganché. Leía en la sala de espera y eso cunde mucho. De hecho nos turnábamos para entrar mi hermana mayor y yo (la pequeña estaba convaleciente de un esguince severo en casa), y me ofrecí a quedarme fuera “desinteresadamente”. Bueno, eso dije, pero lo cierto es que dentro le daba conversación a mi madre y no podía leer. Fuera podía dejar toda mi atención para Georgia, su hija Dakota, su amiga Annie y el club de punto.

La historia engancha, no lo voy a negar. Georgia es dueña de una tienda de punto y la vida no ha sido fácil para ella. Cuando se quedó embarazada su novio la dejó para irse a Francia a trabajar, y salvo para mandarle unos cheques no volvió a tener contacto con él. Se encargó de criar a su hija en solitario, en la ciudad de Nueva York, pero salió adelante. Le ayudó mucho Annie, una mujer ya mayor, jubilada, que se encargó de darle a Georgia el empujón que necesitaba. Gracias a Annie acaba montando el club de punto, los viernes después de trabajar, en el que se juntan ocho mujeres a comenzar a tejer un jersey, y entre los puntos de las agujas parece que van tejiendo juntas sus propias vidas.

Es una novela fácil de leer, la narración es sencilla, alterna mucho diálogo y no se hace pesado en ningún momento. La autora tiene buen ojo para contarnos las vidas de las mujeres sin resultar pesado, ni monótono. Con pequeños detalles nos podemos hacer una idea bastante acertada de lo que hay detrás de cada una de ellas. No son personajes planos, están muy bien dibujados con profundidad propia, y aunque se trata de la vida de ocho mujeres, las del club de punto, en realidad todo gira en torno a Georgia.

Lo que no me ha terminado de convencer es algún aspecto de la trama. Vuelven dos personas del pasado de la protagonista, y de repente se convierten en importantes. Así, casi sin más. No sé si será porque soy una persona rencorosa, pero yo no lo habría visto tan fácil. Quizás sea yo, pero no me ha gustado. No es que no lo haya visto realista, porque la autora lo ha sabido contar de tal manera que surge todo como muy natural, pero no me ha cuadrado mucho con la psicología que le suponía a la protagonista.

Otra cosa que no me ha gustado nada es un detalle de la trama: Georgia no ha tenido ninguna relación sentimental desde que la abandonó el padre de su hija. En un momento reflexiona (atención, puede contener spoiler, no digais que no avisé): será que le estaba esperando. ¿Esperas doce años a alguien que te abandonó? Me parece que la señal que se envía ahí no es muy acertada, como que no puede tener vida porque todavía sigue enamorada de su ex. Sin embargo él sí que ha estado ocupado todo este tiempo. No soy una mujer que encuentre alarmas feministas en todas partes, pero este detalle sí que me ha parecido alarmante. Y ha sido el único en todo el libro, porque pese a que la trama gira en torno al punto, no cae en clichés antiguos. De hecho con las ocho mujeres que componen el club combina no sólo distintas edades sino distintas mentalidades, creando un prisma con visiones muy distintas de un mismo tema: tejer.

En conjunto, pese a pequeños detalles, me ha gustado mucho y voy a continuar con la saga, que he descubierto que hay dos más. No termino de estar conforme con el final, pero no porque no me gustara, sino porque me enfadó y me entristeció. Esto dice mucho en positivo de la novela, me hizo empatizar lo suficiente como para crearme sentimientos.

Supongo que una de las razones por las que me ha gustado el libro, y por la que he empatizado con él es que en mi casa siempre se ha tejido. En mi familia siempre hay alguien haciendo alguna labor. Mi madre cose que es un primor, pero además te hace unos cuadros de punto de cruz para exponer en algún museo. También sabe hacer punto (dos agujas) y ganchillo, aunque lo practica menos. Mi abuela era ganchillera de pro, siempre estaba con la labor. Hizo de todo: colchas, paños, jerseys, pamelas, bolsos... Todo lo que pudieras imaginar mi abuela lo hacía realidad. Mi hermana mayor siguió los pasos de mi abuela, y aprendió ganchillo pese a que en sus inicios se clavó una aguja de lado a lado de la mano (momento gore), y yo no conseguí pasar de la cadeneta, pero aprendí con las dos agujas. Además, hace poco me dio la vena, me iluminó el espíritu de mi abuela o algo así y decidí aprender ganchillo.

Así que cuando Georgia habla de punto media, y de las distintos tipos de lanas y agujas a mi me suena a terreno conocido. De hecho, después de la lectura de la novela se me ocurrió la idea: crear nuestro propio club de los viernes. Desde entonces nos reunimos en casa de mi madre para comer, mis hermanas y yo, y cuando retiramos la mesa mandamos a los niños a jugar y nos ponemos con las agujas. Es una manera distinta de pasar una tarde, y os aseguro que nos reímos mucho, sobre todo con lo amorfo que me suele salir la labor...
Edito: mi club de los viernes se ha cancelado durante un mes, que es lo que tardarán en quitarme la escayola de la mano derecha. ¡Qué rabia!


viernes, 14 de noviembre de 2014

Mamá en apuros: Los patines



Era una bonita y nublada mañana de domingo. MiniP llevaba despierta un buen rato, y las risas que compartía con su padre me despertaron a mi. Me levanté medio zombie (las ocho y media de la mañana de un domingo para mi no son horas) y cuando tomé mi café di los buenos días.

Apenas terminé de desayunar ya me estaban atosigando padre e hija para ver qué hacíamos, cómo pasábamos el domingo mañanero.

Ahí confluyen varios problemas. El primero que, como ambos son tan tempraneros, quieren hacer cosas cuando el resto del mundo (y por resto del mundo me refiero a mi) queremos dormir. El segundo, que como el día anterior estuvo lloviendo hasta altas horas de la noche, nos fastidió los planes de salir los tres con la bici por los caminos de tierra, que esa mañana probablemente fueran barrizales. El tercero es que, como no somos (ninguno de los tres) amigos de las aglomeraciones, ir a un centro comercial no entra en la categoría de diversión para nosotros. Más bien al contrario.

De modo que quedamos en bajar con la bici de MiniP a dar un paseo. Pero MiniP no quería bici. Quería patinete.

- Mamá, y tú te bajas los patines.

No era una idea nueva, ya se lo he dicho alguna vez, pero en ninguna ocasión lo habíamos llegado a hacer: ella con el patinete y yo con los patines, y así disfrutábamos juntas. Eso decidimos hacer.

No creo que sorprenda a nadie si desde ya adelanto que muy bien no acabó el día.

Papá en apuros decidió que él prefería andar, y bajamos hasta el parque riendo, comentando que él prefería un patinete para mayores, que iba a vender sus patines, que había utilizado dos veces ya que no sabe patinar.

- Del patinete te puedes tirar, los patines no te los puedes quitar en caso de emergencia.

- Bah, yo casi prefiero los patines, a mi siempre me ha gustado mucho patinar.

- ¿Te vas a acordar?

- Uff, pues puede que no...

Paramos en un banco, me calcé las ruedas y Papá en apuros me ayudó a levantarme. Rodé un poco junto a MiniP, que iba con su patinete encantada de la vida, pidiéndome carreras y riendo porque ganaba. Me abandonó donde los columpios, porque si algo le apasiona a mi pequeña es columpiarse.

Mientras MiniP se entretenía estuve dando algunas vueltas por el parque, recordando. La verdad es que no se me estaba dando tan mal, el parque va en ligera pendiente donde los columpios y la cuesta arriba tiraba pero cuesta abajo era muy divertido.

MiniP se cansó, y volvió a coger su patinete. Con la cara iluminada por la felicidad, pasaba junto a mi gritando:

- ¡Vamos mamá!

Yo la seguía como podía, que tiene una facilidad pasmosa para los cacharros con ruedas, y a mi me suenan todas las bisagras por el óxido...

- ¿Hacemos una carrera? - me dijo, después de cuatro vueltas al mismo sitio.

- ¡Venga! - y ahí que la seguí.

Y ese fue el error.

MiniP cogió carrerilla parque abajo, y siguió más allá de la zona de los columpios. A partir de ahí la suave pendiente se convierte en bajada descarada, y empecé a coger velocidad. La bajada no termina en un llano: o hace una curva o sigues para la carretera, y yo intentaba frenar con el freno del patín derecho (al ser patines en línea sólo tienen un freno) pero la goma decidió ignorar mis intentos. MiniP seguía delante mío, tan feliz, y a mi la cuesta se me fue de las manos. Sin control, ya no sabía cómo frenar. Hasta que la gravedad decidió por mi.

No sé exactamente qué fue lo que me llevó al suelo, pero caí de culo, y en el último instante de la caída, planté la mano derecha para estabilizar. Escuché un ligero crujido, pero el dolor de trasero me hizo olvidar todo por momentos.

MiniP paró, tiró su patinete, y vino a mi convertida toda ella en preocupación.

- ¿Mamá, te has hecho daño? - repetía, una y otra vez.

Y yo, casi desfallecida del dolor que tenía en el culo, no supe disimular.

- ¡Ay! ¡Ay! Sí, cariño, me he hecho daño...

- ¡Papá! - llamaba ella, mirando hacia atrás - ¡Papá!

Papá en apuros acudió al rescate, me devolvió mis zapatillas y me ayudó a ponerme en pie. La mano molestaba, pero no se hinchó mucho. Aún así decidimos acudir a urgencias.

De camino, aleccionaba a MiniP, una Mamá en apuros aprovecha cualquier momento para dar lecciones a sus vástagos.

- ¿Sabes por qué me he hecho daño?

- ¿Porque te has caído?

- También. Pero porque no llevaba las protecciones.

- ¡Te lo dije que te dejaba las mías!

Y es verdad que me lo dijo. Pero lo que ella no entiende es que sus protecciones me sirven para los dedos de la mano...

Ilusa de mi, acudí a las urgencias del centro de salud, pensando que sería un esguince o poco más. Sentada en los sillones de plástico, el dolor de trasero se amortiguó, o quizás se vio eclipsado por la muñeca. Porque lo que en principio no dolía nada ahora era una oleada de sensación horripilante que se transmitía de mi mano al cerebro directamente. MiniP me soplaba, imitando lo que le hago yo cuando le escuece una herida, Y me acariciaba, con mucho cuidado, la zona que ahora sí que se había inflamado. Me entraban ganas de comérmela a besos.

De ahí me mandaron directamente al hospital tras un solo vistazo.

- Mínimo tienes fisura, pero yo apostaría por fractura. - Me dijo la doctora.

En el hospital, más esperas. Lo bueno es que el dolor se había amortiguado y a MiniP la recogieron sus abuelos, para que no se aburriera. Me hicieron una radiografía, como a los presos: de frente y de perfil; y cuando pasé a la consulta pude ver una línea más oscura que avanzaba por mi radio, a la altura de la muñeca.

- Tienes una fractura sin desplazamiento.

- ¿Y eso qué significa?

El doctor apenas me miró. Me entraron ganas de explicarle que conocía el significado de las palabras, pero no lo que significaban aplicadas específicamente a mi brazo.

- Que con una escayola se curará.

- Vale.


Y lo que empezó siendo una bonita y nublada mañana de domingo en el parque terminó siendo una preciosa tarde soleada en la que lucí mi primera y blanca inmaculada escayola.

Y más que bonita, es incómoda, que ahora sí que soy la mayor expresión de Mamá en apuros: con una rotura de muñeca e impedida de movimientos.

Y como no hay mal que por bien no venga aprovecho la escayola para que MiniP y todos sus amiguitos aprendan que hay que llevar las protecciones cuando se coge cualquier cacharro con ruedas.

- ¡Te dije que te dejaba las mías! - replica MiniP cada vez que lo digo.

martes, 11 de noviembre de 2014

Los hombres que miraban fijamente a las cabras, Jon Ronson



Tras la derrota de Vietnam, el ejército de los Estados Unidos exploró todo tipo de posibilidades para impedir nuevos fracasos militares… y el control mental fue una de ellas. Ésta es la historia real de un destacamento militar del ejército estadounidense especializado en fuerzas paranormales, cuyos integrantes pretendían aprender a asesinar al enemigo con la mirada, dominar la técnica de atravesar paredes, conseguir poderes similares a los de los caballeros Jedi de La guerra de las galaxias, y desarrollar otras de espionaje psíquico… técnicas que más tarde se usarían en la «Guerra contra el terror» del presidente George W. Bush.
Reconozco que me acerqué a este libro pensando que era de humor, y ficción... Y me encontré con algo completamente distinto.

Para empezar, no es humorístico en absoluto. Está todo tratado con el mayor rigor posible, acudiendo y citando varias fuentes de información, y contanto los hechos de forma rigurosa. No es humorístico, pero el contenido la verdad es que aún no he decidido si me hace reir... o llorar.

Porque vamos a ver, la realidad es que esto no es serio, ¿no? No se espera algo así de un ejército, y mucho menos del de los Estados Unidos, que se supone que es la élite. Que me lo hubieran contado de aquí, de España, el pais de la pandereta, donde los tanques van con parches en las ruedas (?), y las armas remendadas con cinta aislante, pues sí. Oiga, teniente, que no tenemos psíquicos de verdad... No pasa nada, tú mira fijamente a la cabra hasta que se muera. Pero teniente, si yo me puedo quedar bizco, pero la cabra sigue ahí de pie... Eso es porque no te concentras, soldado. Y al próximo que se ría le caen 30 días en el calabozo...

Pues algo así debió pasar en Estados Unidos tras la guerra de Vietnam. No sólo llegaron traumatizados los soldados, sino que fue un duro golpe para la institución entera. Y buscaron soluciones alternativas. Estamos hablando de los sesenta y los sesenta, cuando el apogeo del new age y las terapias naturalistas... De modo que ahí volvieron la vista los señores del ejército, y dijeron ¿por qué no? ¿Por qué no probar lo que no se ha probado hasta ahora, por improbable que parezca? Y ahí se lanzaron, compraron unas pocas cabras y tuvieron a un destacamento mirándolas hasta que alguno de los dos, soldado o cabra, desfalleciera.

El libro está narrado en forma de documental, la voz la lleva el autor, comenta sus pesquisas en primera persona, cuenta lo que le dicen sus informadores en tercera y también incluye diálogos. Da los nombres y apellidos de cada uno de sus informadores, y estructura el libro en capítulos. Todo esto hace que la lectura sea amena, entretenida. Y lo que te cuenta no tiene desperdicio, la verdad. Cada página que avanzaba se me abría más la boca, del asombro, no del aburrimiento.

Tiene una hipótesis final, en la que especula que el destacamento tan nefasto (ningún soldado consiguió resultados) era tan solo una pantalla, que en algún lugar unos psíquicos de verdad estaban haciendo trabajo de verdad... Pero yo no sé qué pensar, la verdad. Porque si me creo que unos soldados, que no destacan por su apertura de mente que digamos, se dedican a intentar matar cabras con la mirada porque así se lo ha ordenado su superior, entonces estoy dispuesta a creerme (casi) cualquier cosa.



Es una lectura interesante, cuanto menos. También tiene adaptación al cine, aún no he visto la película, pero dejo el trailer por si alguien siente curiosidad.
 
 
 

viernes, 7 de noviembre de 2014

Taller literario de Literautas: octubre

Ya he comentado alguna vez que participo en el taller literario de la página Literautas. Me gusta mucho porque las directrices suelen ser muy fáciles, y a cambio de comentar tres textos de otros compañeros recibes tres comentarios sobre tu texto. Son los mismos que participan en el taller los que también comentan y esto me parece muy positivo. Pero más positivo aún me parece el formulario que hay que rellenar para hacer los comentarios: en primer lugar te piden que destaques lo positivo, en forma y contenido; y luego te piden que comentes aspectos que podrían mejorarse. 
Está todo enfocado de manera muy positiva, para que sea de verdad una crítica constructiva y que no sólo señales una serie de errores porque sí. Yo, que soy una persona muy susceptible con las críticas (por decirlo suavemente), lo agradezco mucho y tolero sin llegar a enfadarme y no respirar (de verdad, que soy así, me enfado y no respiro y hasta pongo morritos) las críticas que me han hecho. Algunas las he tenido en cuenta y otras no, que todo hay que decirlo, pero en eso cada uno es libre de hacer lo que quiera con su texto.
Quería compartir los ejercicios que escribo para este taller, sentíos libres de opinar sobre lo que queráis, que como ya he dicho he superado las rabietas...
En el taller de octubre se pedía que la acción se desarrollara en un patio de colegio, y que apareciera la frase: ¿Dónde están los niños?
Máximo 750 palabras.

PERRITO FALDERO

No sé quién lo dijo primero, pero parece ser que la idea tuvo mucha aceptación. Y en seguida se expandió como la pólvora, todos excitados y encantados, repitiéndolo hasta la saciedad junto con exclamaciones y palabrotas.

Era una noche como otra cualquiera. Yo había quedado con Laura, pero nos encontramos con Luis y sus amigos, Peri y El Trenzas, que iban para el parque cargados con las bolsas. Laura no dudó en unirse a ellos, y yo les seguí como un perrito faldero que no sabe quedarse solo. En el parque ya esperaban los demás, y en total nos juntamos ocho personas.

Ahora les miraba, todos riendo y chocando manos, iluminados por el tenue reflejo de la media luna que lucía en el cielo. En sus manos bailaban los minis de cerveza y de calimocho, creando olas en su superficie debido al movimiento. Algo de bebida se desperdició en el suelo, síntoma inequívoco de que la borrachera estaba en su punto álgido. Cuando aún no ha hecho efecto el alcohol solemos ir con mucho más cuidado, no nos podemos permitir desperdiciar ni una gota. Apenas tenemos dinero para comer, y el alcohol es uno de los pocos lujos que nos permitimos. Otro es el tabaco. Algunos se permiten vicios más caros, pero yo me conformo con el cáncer en barritas.

Soltaba el humo de un cigarro, mirando hacia el cielo y con la mano libre metida en el bolsillo cuando El Trenzas me zarandeó.

- ¡Vamos, tía! ¡Que te quedas en la parra!

Le miré, y por detrás de él vi que los demás ya se habían puesto en marcha.

- ¿Dónde vamos?- pregunté antes de dar otra calada.

- ¡Vamos a colarnos en el colegio! ¿No es una pasada?

Soltó un grito al estilo vaquero y dio un salto, como de triunfo.

No sé qué tiene de triunfal no tener otra cosa que hacer que colarse en un colegio. Tampoco encuentro el sentido cuando pocos años antes -muy pocos en realidad- andábamos como locos por escaparnos de allí. Sin embargo, no dije nada. Me encogí de hombros y les seguí sin rechistar. Ya he dicho que era un perrito faldero.

Saltar la valla no supuso un problema. Pese al nivel de alcohol, no hubo ningún hueso roto. Laura se raspó una rodilla al caer, pero no fue nada grave. El Trenzas me esperó, me ayudó a encaramarme, y fue el último en saltar.

Estábamos en el patio de nuestro antiguo colegio, de noche y borrachos. Luis y El Trenzas chocaron las manos, y gritaron al cielo como posesos.

- ¡Tío, cómo mola!

- ¡Vamos a jugar al fútbol!

Y salieron corriendo a colgarse de la portería, dándose cuenta tarde de que no tenían balón.

Peri miraba alrededor con los ojos como platos, enrojecidos.

- Tío, tío... - repetía, como ido - ¿Dónde están los niños?

Como nadie le hizo caso se acercó a mi y me cogió por los dos hombros.

- ¿Dónde están los niños? - preguntó de nuevo, y pude ver lágrimas en sus ojos.

No me estaba tomando el pelo. De verdad estaba preocupado. No sé qué es lo que tenía en la cabeza, qué imaginaba, para llorar por unos niños que posiblemente estuvieran durmiendo en su casa, o jugando, o en cualquier lado excepto en el colegio porque era de noche y no tenían que estar allí.

- ¿Qué te has tomado?

Peri me miró, abrió aún más los ojos y empezó a reirse como un loco. Me zafé de él y fui a buscar a Laura.

Pude ver, entre las tinieblas del pasillo que daba paso al interior del colegio, a mi amiga con Luis. Se metían mano aprovechando la oscuridad y no quise interrumpirles. Me daba la vuelta cuando me topé con El Trenzas.

- ¿Dónde vas? - se apoyó en la pared, en una pose de chulo que, en realidad, me dio pena.

- Me voy.

Le esquivé y me dirigí hacia la parte de la valla que vi menos peligrosa para saltar. Me encaramé a ella y salí del colegio. Simplemente estaba ya aburrida de perder el tiempo, de no tener otra alternativa, otra aspiración aparte de beber y salir los fines de semana. No quería desperdiciar mi tiempo colándome en colegios, o sentada en bancos del parque.

No miré atrás.

No me despedí.
 
No volví a verlos.

martes, 4 de noviembre de 2014

Zaragoza, de Benito Pérez Galdós



Seguimos con la lectura de Los Episodios Nacionales, siguiendo a Gabrielillo por esa España en guerra con el francés. El chaval se mete en todos los fregados, allá donde hay una batalla importante aparece, como por voluntad divina. Pero el señor Galdós se las ingenia bien para que no sea de manera artificial, siempre hay un por qué, una clara y realista explicación de por qué se encuentra allí Gabriel. Entre otras cosas, porque es un patriota, y no piensa dejar caer el pais en manos de Francia sin pelear.

En esta ocasión se escapa de las garras del ejército francés, con su amigo Román, y van a parar a la ciudad de Zaragoza, donde Román tiene un amigo. Allí les reciben con los brazos abiertos, dando a los huéspedes hasta la camisa si hiciera falta. El amigo de Román, Don José Montoria, es de los principales de la ciudad, que se está preparando para el segundo sitio. El primero fue en el que cobró protagonismo Agustina de Aragón, que es nombrada en este libro, en el que los franceses tuvieron que recular. Ahora toda la ciudad se prepara, podando los árboles que les dan de comer para que los franceses no los utilicen en su contra, donando comida e incluso abriendo las casas para alojar al ejército y a los heridos.

Gabriel hace mucha amistad con Agustín de Montoria, el hijo pequeño de Don José al que tienen destinado para cura, y aquí es donde radica una gran diferencia con respecto a los libros anteriores. La historia de Gabriel e Inés en este libro se obvia, y deja paso a la historia de amor de Agustín y Mariquilla, una historia de amor abocada al fracaso. Mariquilla es hija de Jerónimo Candiola, un usurero egoísta, el único personaje de toda Zaragoza que no ha donado ni un grano de trigo para la defensa de la ciudad. A él sólo le importa el dinero, y queda claro en la novela por los delirios que le atacan. Además, es enemigo acérrimo de Don José Montoria, por lo que Agustín está entre la espada y la pared, amando a Mariquilla, pero sin querer defraudar a su familia.

Me costó meterme en la historia al principio. Empieza medio suave, con la llegada de Gabriel a Zaragoza, con la presentación de los personajes, con la explicación de los acontecimientos, pero a medida que la historia avanza la narración se vuelve más trepidante y mucho más cruda. Ahí ya me atrapó, con la lucha encarnizada entre los dos ejércitos, el francés superior en número, el español superior en obcecación. Una vez que fueron capaces de entrar en la ciudad, atacada por los franceses, pero también por el hambre y la epidemia, los españoles se la disputaron casa por casa, calle por calle. A Galdós no le duelen prendas en contar los muertos que había en la calle, insepultos todos debido a la necesidad de manos en el frente. No escatima en detalles al contar las luchas dentro de las casas, las explosiones de las minas, el ánimo de los maños que ni muertos soltaban la presa de su ciudad. Y los franceses, que consiguieron una victoria de pena. Una victoria sobre los escombros y los muertos de una ciudad entera.


Ya me pareció duro y me marcó el 2 de mayo, 19 de junio, pero Zaragoza es la novela más cruda que he leído de los Episodios Nacionales hasta la fecha. No sé si es porque no es una batalla en campo abierto, sino en cada esquina de cada calle, que lo veo como más cercano. Más duro, pensar en la ciudad sometida y que ninguno de sus habitantes tenga la mínima intención de rendirla a pesar de los muertos, casi más a causa de la epidemia que a causa de la batalla. La voz disidente recae en Jerónimo Candiola, que se queja de si merece la pena luchar hasta reducir Zaragoza a escombros. En contrapartida, Montoria, que pese a perder un hijo en la lucha sigue defendiendo la ciudad a costa de la sangre de todos.

Creo que aquí Galdós nos hace ver muy bien que el patriotismo llevado al extremo no conduce a nada. Yo leo entre líneas la pregunta: ¿mereció la pena? Al final Zaragoza fue conquistada por la Francia, una triste victoria sobre los cadáveres de casi toda la ciudad. ¿Mereció la pena?

Cada nueva lectura de los Episodios Nacionales me sorprende más. Qué grande era Galdós, qué pena no haberle descubierto antes. Ahora toca esperar impaciente para leer la próxima entrega, que tengo yo ganas de saber qué pasa con Inesilla...

viernes, 31 de octubre de 2014

Noviembre: el mes de la novela.



Lo descubrí hace un par de años, por casualidad. Vi el nombre en las redes y me llamó la atención: NANOWRIMO. ¿Nanoqué? Pensé. NANOWRIMO: lo leí como una niña pequeña, juntando las letras: la n con la a naaaa, la n con la o noooo y así: NA-NO-WRI-MO. Luego investigué un poco más y me fascinó la idea.

El nombre es un acrónimo: NAtional NOvel WRIting MOnth: el mes nacional de la escritura de novela. La iniciativa nació en Estados Unidos (dónde si no...), hace unos dieciséis años, para dar prioridad a la creatividad, pero no es exclusivo de ese país. Puedes participar vivas donde vivas.

La idea es bien sencilla (al menos aparentemente): consiste en escribir una novela en un mes. El mínimo de palabras que tienes que escribir son 50.000, que es el mínimo exigible para una novela corta (unas 175 páginas, he leído por ahí). Y ahí te apañas tú, te planificas como veas y vas subiendo la cantidad de palabras a la web. Y el 30 de noviembre validas tu novela, para ver si has superado la cantidad. Si es así, enhorabuena, has ganado Nanowrimo.

La idea es escribir sin pararse a comprobar si está bien o está mal, si es material del bueno o es pura bazofia. Escribir como si no hubiera un mañana, para llegar al 30 de noviembre con 50000 palabras en una novela. De mierda, una novela de mierda, vale, pero ya tienes una base que editar más tarde. Y quién sabe, lo mismo de ese germen medio pocho sale un súper ventas.


Lo que me parece más divertido del asunto es que no lo haces solo. Escribir es una tarea muy solitaria, y además bastante incomprendida. Entre mis conocidos veo caras raras cuando digo que escribo, y eso que no se lo digo a todo el mundo. Pero en Nanowrimo hay foros, hay herramientas de ayuda y hay quedadas por regiones para hacerte sentir en compañía.

En Madrid quedarán esta noche, sobre las once, para cuando el reloj marque la media noche ponerse cada uno a escribir. A mi me parece una manera muy divertida de celebrar Halloween.

Hace dos años, cuando lo descubrí, me apunté, y fue un fracaso total. ¿Y por qué no me apunto otra vez, si me parece tan divertido e interesante? Pues porque sé que no voy a poder conseguirlo. O mejor, sé que si lo consigo será a costa de dejar atrás otro tipo de cosas, como el blog o mi proyecto. Que, por cierto, casi llevo las cincuenta mil palabras que piden en Nanowrimo, pero desde enero, es decir... ¡en diez meses!

No lo descarto para más adelante, pero ahora sé que no es mi momento. Sin embargo animo a cualquiera que sienta el cosquilleo de las palabras en las puntas de los dedos a que participe, porque no hay nada que perder y sí mucho que ganar. Podeis visitar la página aquí.

Y aprovecho para desearos un feliz Halloween. Yo veré una vez más la peli que luego veo también por Navidad, una de mis favoritas. Y para muestra, un botón:

 

martes, 28 de octubre de 2014

El océano al final del camino, Neil Gaiman




Contraportada: «-No sé. ¿Por qué crees que le tiene miedo a algo? Es una adulta, ¿no? Y los adultos y los monstruos no tienen miedo.

-Oh, los monstruos sí que tienen miedo -dijo Lettie-. Por eso son monstruos. Y en cuanto a los adultos... -Dejó de hablar y se frotó su pecosa nariz con un dedo-. Te voy a decir algo muy importante: por dentro, los adultos tampoco parecen adultos. Por fuera son grandes y desconsiderados y siempre parece que saben lo que hacen. Por dentro, siguen siendo exactamente igual que han sido siempre. Como cuando tenían tu edad. La verdad es que los adultos no existen. Ni uno solo, en todo el mundo. -Se quedó pensando un momento. Luego sonrió-. Solo mi abuela, claro está.»



Neil Gaiman no necesita presentación como autor, es, por derecho propio, uno de los grandes. Siempre es oscuro, y sus historias nunca son simples. Y es un excelente narrador. Aquí podría acabar mi reseña, pero como cuando leí Coraline no me terminó de gustar, quisiera explicar por qué este libro no solo me ha gustado sino que me ha encantado.

Me lo regaló mi hermana. Bueno, para hacer honor a la verdad y no desmontar la magia, me lo regalaron los Reyes Magos a través de mi hermana Lady Boheme. Cuando abrí el paquete, pensando que podría ser un balón de fútbol (sí, con un paquete rectangular no hay mucho misterio), me sonrió y me dijo, muy segura ella: "Lo tienes que leer. Te va a ENCANTAR." No sé cómo, pero hasta se apañó para poner las mayúsculas.

Y no le faltó razón. Me ENCANTÓ. Con mayúsculas y todo.

En la contraportada no han puesto una sinopsis, sino una conversación del libro que ilustra muy bien lo que te vas a encontrar. Supongo que no habrá habido nadie que haya sido capaz de hacer una sinopsis decente sin reventar parte de la trama, y a la vez, haciendo atractivo el libro para el lector. Yo tampoco sabría. Por eso he copiado la contraportada.

Puedo contar que el protagonista vuelve de mayor a su pueblo natal, y se acerca al final del camino de su casa. Según va llegando, y descubriendo la casa que hay allí, recuerda a una amiga de su infancia, Lettie. Decide pasar a saludarla. Y es allí, atendido por la madre de Lettie, ya anciana, cuando recuerda una parte de su pasado que estaba enterrada en lo más profundo de su mente. Recuerda contemplando el lago que hay tras la casa, el lago que Lettie llamaba Océano, y aseguraba que por allí llegaron ella y su familia al pueblo.

La trama que cuenta cada vez se va haciendo más oscura e intrigante, manteniendo la atención del lector. Habla del miedo, de lo sobrenatural, pero, sobre todo, de lo natural. Es increíble cómo este hombre retuerce lo más inocente, y lo usa como base para adornar lo más horrible. Y con una prosa sencilla, evocadora, pero genial. Las palabras te absorben y te introducen dentro de ese mundo oscuro, de ese mundo aparte que no haces más que atisbar.

Me parece más que interesante la conversación de la contraportada, en la que Lettie afirma que los monstruos lo son porque tienen miedo, y que no hay ningún adulto en la faz de la tierra, por dentro todos son niños, porque es verdad. Creo que ninguno superamos los miedos de la infancia, los dejamos a un lado o los disfrazamos de incredulidad, pero ahí siguen. Por eso no sacamos las manos de debajo de las sábanas cuando nos desvelamos a las tres de la madrugada. Por eso encendemos todas las luces cuando llegamos de noche, y solos a casa. Por eso dormimos con un ojo abierto y otro cerrado cuando tenemos un bebé en casa. El miedo forma parte de nosotros, aunque no lo admitamos, y una parte de nuestro cerebro, o de nuestra conciencia, no lo ha superado aún.

Esta novela te hace disfrutar, te hace pasar miedo y te hace plantearte si hay algo de cuando eras niño que has relegado al olvido. Algo importante.


Por si os apetece, os dejo el enlace a la entrevista que le hicieron en Página 2. He intentado colgarlo aquí, pero debo tener el día torpe. Merece la pena echarle un vistazo. La tenéis aquí.