viernes, 16 de enero de 2015

Mamá en apuros: ¡Proyecto terminado!



Empiezo 2015 de manera muy esperanzadora, pues en las dos primeras semanas del año pude terminar un proyecto que empezó en enero de 2014.

Ya lo sabéis porque lo he dicho en varias ocasiones, pero uno de mis propósitos de 2014 fue volver a escribir, y hacerlo todos los días. No fue fácil coger la rutina, pero poco a poco lo conseguí. No me paró ni una escayola en el brazo derecho, como pude seguí escribiendo. Y ahora viene la recompensa: tengo terminado y encuadernado el primer borrador de lo que ya puedo llamar mi primera novela.

Tengo una opresión en el pecho un tanto extraña. Que nadie se asuste, tan solo es emoción. Creo que es la primera vez en mi vida que termino un proyecto tan grande (al final me han salido 165 páginas), y que consigo un propósito que me planteo a largo plazo. No sé si será porque me hago mayor (snif, snif), o porque al final simplemente me he dado cuenta de qué es lo que me motiva en la vida y me he decidido ir a por ello.

Estoy tan emocionada que quería compartirlo con todo el mundo. Sé que aún es pronto, pero he escogido a unas pocas personas para que lean el original, sin corregir ni nada. Así que me puse manos a la obra y me decidí a imprimir mi obra.

Pero soy mamá en apuros, y las cosas no pueden ser fáciles para mi. Me puse con toda mi ilusión a darle un poco de forma al archivo, a quitarle las fechas intermedias (siempre marco el día que escribo), y a cambiar los guiones cortos por los largos en los diálogos, y busqué mis folios. Le di a imprimir, con la opción doble cara activada, y ahí que le di. Empezaron a salir folios y folios impresos, con mi historia, y yo los fui colocando con cuidado y amor para luego darles la vuelta. Hasta ahí fue bien la cosa, pero cuando tocó imprimir por la otra cara se complicó la historia.

Las primeras 34 páginas bien. Pero a partir de ahí se me fueron colando folios que estaban más atrás, con lo que ya descuadraban las páginas. Paré, rompí, tiré y lo volví a intentar, pero por más que colocaba y le daba a imprimir, salía mal. Al final tiré todos los folios a la basura, por no tirar la impresora, y copié el archivo en un pendrive para llevarlo a una copistería.

El primer intento mal. No pudo abrir el archivo y la dependienta me recomendó que lo llevara en un pdf. Me volví a casa aún más frustrada. ¿Sería una señal del universo para que no lo imprimiera? Cuando estoy cansada o frustrada me da por ver señales en todas partes (hasta en la carretera, jaja, chiste malo), y a cuestionarme cosas que de otro modo no haría... En fin, no le quise dar más vueltas y convertí el maldito archivo a pdf. Antes de recoger a MiniP del cole fui a que me lo imprimeran.


Había una chica jovencita, con su bebé de apenas un mes, y su abuela esperando primero. Ellas estaban imprimiendo unas fotos del bebé (preciosa, con un melenón negro impresionante y mofletes rellenos de algodón), y la dependienta se peleaba con el programa. Le di el pendrive y le dije:

- Un archivo que se llama Valentina.

Y escuché a la chica cuchichear con su abuela, repitiendo el nombre de mi protagonista. Cuando la muchacha decidía con la dependienta qué más fotos iba a imprimir, su abuela me dijo:

- Es que la niña se llama Valentina.

No me lo pude creer. Eso sí que era una señal, pero de las gordas y de las buenas. Una nueva vida, una oportunidad para mi proyecto, para mi Valentina, a la que dejaré ver mundo cuando esté lista. Sin titubeos, sin excusas. Sin autoboicot.

Cuando me dio la dependienta la copia, encuadernada ya con cuadernillo, eché de menos algo de música celestial y un rayo de luz iluminando los folios, porque el momento era tan especial para mi que quedaba soso sin nada especial.

Lo guardé en el bolso, y al llegar a casa en el cajón. Dentro de unos meses lo desenterraré para enfrentarme, por primera vez en mi vida, al trabajo de corrección de una novela propia. Creo que eso me costará más que escribirla, pero es trabajo inevitable.

Aunque, de momento, brindo con una copa de vino por los proyectos terminados con éxito. Y por los que estén por venir.

martes, 13 de enero de 2015

La chica de Los Planetas, de Holden Centeno




Contraportada: Yo odiaba el café y ella lo tomaba a todas horas; ella era zurda y yo diestro; ella era la persona más especial que había conocido y yo solo un jodido gilipollas. Sin embargo, la chica de Los Planetas decidió enamorarse de mi. Y desenamorarse depués, o no.

Pero cuando se ha conocido la magia no es fácil volver a conformarse con una vida de asfalto y ascensores. Por eso decidí jugármela y demostrarle que nuestra historia no era un historia de amor común, que nuestra historia era Literatura.

La chica de Los Planetas es un libro que recopila nuestros momentos, un realto de amor y música junto con otros muchos relatos que surgieron después y que, antes de este libro, fueron publicados en mi blog. También recoge una carta inédita del ya famoso Páez y otra de puño y letra de la chica de Los Planetas.


Este libro me lo envió la editorial, Suma de Letras, a la que le estoy muy agradecida. La sinopsis me llamó la atención y en cuanto llegué me puse a leerlo. La verdad es que me duró poco. Es un libro que se lee muy rápido, que te incluye en su universo como espectador con butaca especial en primera fila, y que se disfruta y se sufre a partes iguales.

Se está haciendo viral en las redes, y la verdad es que no me extraña. Si yo tuviera veinte años y me gustara la música indie, sin duda sería mi libro fetiche. Pero me ha pillado con treinta y seis primaveras a mi espalda, y a mi me va más el rock, de modo que no ha terminado de ser mi libro.

La primera mitad me gustó mucho. Las historias inverosímiles, la narrativa sencilla pero agresiva, cargada de palabrotas, transgresiva. Me recordaba vagamente a Ray Loriga, aunque con un toque mucho más romántico, y sin la fuerza primitiva de los primeros libros de Loriga. O tal vez sea mi visión distorsionada con la edad. Estoy convencida que es el Ray Loriga de los de la generación de ahora, los que disfrutan de la veintena en estos momentos.

Pero de mitad para el final me cansó. La historia da vueltas sin parar sobre el mismo eje, la chica de Los Planetas parece no tener muy claras las cosas, y él, Centeno, se empecina en perseguir humo. No dudo que para un blog, para leerlo semanalmente, no sea entretenido, pero para leerlo todo junto en un libro se me hace cansino.

También es verdad que me hubiera apetecido darle un par de sacudidas a Centeno, para intentar hacerle ver que las cosas han de ser más fáciles, que cuando una historia se complica tanto es porque algo no funciona, y que la vida debe ser más sencilla. Lo malo es que da igual quién o cómo se lo diga, es algo que no aprenderá hasta que no pasen los años y lo vea todo en retrospectiva.

Quizá lo mejor del libro es cómo conjuga la música con la literatura. Aunque ya digo que yo no soy muy indie, sí que me apasiona la música, y eso es algo que he disfrutado mucho con la lectura. Aunque soy de las que piensan que Los Planetas en un grupo infumable, cuando lo escucho me parecen todas las canciones iguales y solo pensar en escuchar un disco entero me entra depresión (también me pasa con Lana del Rey, por ejemplo, ya digo que no es mi música). Aunque esto ya lo advierte Centeno en su libro, que Los Planetas es un grupo al que adoras o al que odias, sin término medio.

Aunque no sea un libro para mi, me alegro mucho que esté teniendo éxito, porque es un autor que escribe con personalidad. Solo espero que su historia acabe bien.

viernes, 9 de enero de 2015

¡Mamá en apuros se divierte!



Tengo una red de mamás que nos conocemos más o menos desde que nuestros peques tenían un año. La cosa empezó poco a poco, viendo a los mismos en el mismo parque los mismos días, jugando con los peques y hablando con los papás. Luego alguno de ellos dio el paso de invitar al cumpleaños del retoño (la celebración de los dos años), y a partir de ahí ya lo demás fue rodado. Intercambio de teléfonos, la llegada del whatsapp y nuestra predisposición para charlar hizo lo demás.

Para enraizar aún más fue con una de esas mamás con la que me inicié en el running, y la red se fue ampliando. Se unió a correr otra mamá con retoño de la misma edad que el nuestro, que no solía ir al mismo parque pero nos dio igual. De la mano de esa mamá vino su vecina, con un niño también del mismo año, y así fueron pasando los años y lo que eran meras conocidas del parque se convirtieron en amigas.

Pues este año fuimos un paso más allá. Con la excusa de las navidades, una de ellas propuso (en el grupo de WhatsApp, que a veces sirve para algo) organizar una cena con la consiguiente copichuela después. A todas nos hizo ilusión y gracia, y nos apuntamos. La mayoría de nosotras, como a mi me pasa, habíamos olvidado la última vez que salimos. En mi caso particular hacía un año que no me iba de fiesta propiamente dicha. Porque para mi ir de fiesta significa bailar hasta reventar, con borrachera opcional, y eso con Papá en Apuros no lo tengo. Salir sí, pero él no es muy bailongo, y me siento un poco idiota bailando sola. Y que, admitámoslo, no es lo mismo salir en pareja que en grupo.

La organización fue un poco desastrosa. Ninguna sabíamos dónde ir, por el motivo que ya he explicado antes. Los garitos que estaban de moda cuando teníamos por costumbre salir a quemar la ciudad ya no están, y, en mi caso, no conocía ninguno porque a mi me ha ido siempre más el rock, y no tanto la música comercial. Además, discotecas no conocía ninguna porque yo he sido siempre más de bares... Si no llega a ser por una de las mamás, que se preocupó de ofrecer lugares y buscar menús habríamos acabado comiéndonos una hamburguesa en el aparcamiento, medio muertas de frío...

En el proceso algunas de las mamás estaban indecisas, con otros compromisos, de modo que nos quedamos seis para celebrar la reunión. Finalmente teníamos reserva, en una localidad cercana a donde vivimos (que no es un pueblo muy grande, con muy poco ambiente), y cerca de la zona de garitos para bajar después la comida bailando. Llegó el día, y fuimos cinco. Una de nosotras, B. tuvo que quedarse en casa porque su hija le había pegado la bronquitis.

Las demás nos emperifollamos cada una en nuestro estilo y medida y nos fuimos dispuestas a pasar una buena noche. Y vaya si lo fue.

El local donde cenamos era pequeño, un bar normalito, pero donde nos trataron como a reinas. El menú fue tremendo, de cantidad de comida y de lo rica que estaba, y lo regamos todo con un vino tinto que nos supo a gloria. Hablamos de todo, sobre todo de los hijos, pero también de otras muchas cosas. Nos reimos muchísimo, y según corría el vino más nos reíamos.

Luego nos fuimos a bailar. Resultó que el lugar de marcha no estaba tan cerca como parecía, y tuvimos un pequeño paseo donde nos pudimos despejar un poco, y nos reímos aún más. Los temas de conversación iban y venían, a veces nos quedábamos a medias con uno porque de repente salía otro más jugoso, y cada una de nosotras ofrecíamos nuestro beodo punto de vista. No íbamos muy borrachas, al menos no la mayoría. A una de nosotras le afectó más el vino que a las demás, quizás por la masa corporal, quizás porque sin darse cuenta se encargó ella solita de botella y media. El caso es que la mujer debía andar agarrada a nuestro brazo, pero gracias a ella tuvimos aún más risas en lo que quedaba de noche.

Los locales de música estaban llenos. Había mucha gente de nuestra edad (a la mesa nos sentamos cinco mujeres de la misma generación, apenas había uno o dos años de diferencia entre nosotras), e incluso más mayores, lo que nos hizo sentirnos jóvenes (o muy bien conservadas, cualquiera de las dos opciones es válida). El caso es que el calor del vino animó nuestras venas y bailamos música de los ochenta, de la actualidad y también porquería que algunos llaman música y yo llamo tortura. Tomamos más copas y movimos el cuerpo, nos dio igual si bien o mal.

Nuestra amiga, la que llevaba una destilería en lugar de venas, nos hizo deprimirnos mucho aquella noche. Es una chica guapa, muy delgada a pesar de haber tenido dos hijos (hecho por el que la odio un poco), con el pelo larguísimo y una sonrisa casi perenne en los labios. El caso es que la chica llamaba la atención, y se le acercaron un montón de chavales para decirle hola. Ella, en lugar de espantarlos como hicimos las demás con los pocos que se atrevieron siquiera a mirarnos, hablaba con ellos. Les daba conversación, y supongo que, aunque les decía que estaba felizmente casada, también esperanza. A ciertas horas tan solo el hecho de que te contesten da esperanzas a cualquiera. Las demás bailábamos y nos reíamos de la colección de chicos que estaba reuniendo en una sola noche. Y, secretamente, la odiábamos un poco. No hay peor cosa que en un grupo de chicas solo una ligue. Da igual que ninguno tenga esperanza de prosperar, lo que queremos a estas alturas tan solo es un poco de autoestima.

Debo decir que nuestra amiga no llego a casa. Sufrió un pequeño "accidente" por el camino. Las demás hicimos un pacto de silencio que jamás romperemos... ¡Que no! ¡Es broma! La pobre llegó, aunque no puedo responder por las condiciones...

Casi amanecía cuando me metí en la cama. Cansada pero contenta. Una noche así puede salir bien o puede salir muy mal. No hay nada peor que aburrirse en una cena grupal, a mi me ha pasado varias veces. Pero nuestra primera cena navideña de mamis no pudo salir mejor. Incluso nos quedaron ganas de repetir más veces.

Eso sí, a la mañana siguiente, cuando con dolor de cabeza y pocas horas de sueño tuvimos que hacernos cargo de nuestros pequeños ya no nos pareció tan divertido...

jueves, 1 de enero de 2015

¡Feliz año 2015!



Ya acabamos el año, y la verdad es que en estas fechas parece que me ha invadido el espíritu del grinch. No sé si será cosa de la edad o qué, pero antes me lo pasaba muy bien en navidades, me encantaba especialmente nochevieja, el momento de tránsito de un año a otro siempre ha tenido mucha simbología para mi. Y fiesta. Simbología y fiesta, pero eso era antes.

Cierto es que desde hace tres años hay una ausencia que marca cada fiesta que pasamos, pero se marca mucho más en estas fechas, ya que son más familiares que otras. Aunque a mi me da igual, en todas ellas hay una presencia invisible que recuerda a todos quién falta. Y eso, aunque ya haya pasado el tiempo, aún entristece un poco las celebraciones.

Me salva MiniP, que con sus cuatro años empieza a disfrutar de la navidad. Canta villancicos, se emociona con las luces, espera ansiosa la cabalgata de reyes... Si no fuera por ella creo que, exceptuando los días señalados en los que no queda más remedio que compartir mesa con la familia, me pasaría las navidades en una burbuja insonorizada.

Como digo, un grinch. O como le gusta decirme Papá En Apuros, soy Mr. Scrooche, una versión del siglo XXI en femenino. Y por lo gruñona, no por lo agarrada...

Pero acaba el año, y siempre que llega el día 31 de diciembre me gusta hacer repaso, y establecer objetivos para el año que llega. Este año, aunque el sentimiento es menos intenso, ahí está, y con respecto a algunas cosas estoy muy contenta con los datos del 2014.

Acabo el año lesionada, pero dentro de lo malo, saliendo ya de la lesión. No me hubiera gustado cruzar el año con la escayola, por una tonta superstición, aunque, como es lógico, no me la habría quitado si se hubiera dado el caso. Pero el hecho de estar en las últimas semanas de la recuperación me da esperanzas para tener un 2015 fuerte. Espero que en el tema salud y lesiones sea mejor que el que dejo.

Pero donde he estado fuerte este año ha sido en mi pasión: leer y escribir. Con el blog estoy a tope, cumpliendo con mis reseñas semanales, y añadiendo los Mamá en Apuros de los viernes. Sigue siendo un blog modesto, pero los pocos comentarios que recibo me bastan para darme fuerzas y continuar.

2014 en cifras
En cuestión lecturas he superado con creces al año anterior. Este año he llegado a la cifra redonda de 50 libros leídos, lo que me ha sorprendido gratamente. Ha ayudado un poco que MiniP se haya vuelto miedosa y haya que quedarse con ella hasta que se duerme. Algo que al principio me parecía negativo, una marcha atrás, la he convertido en casi mi mejor parte del día: me siento junto a su cama, con una lucecita de lectura, y aprovecho para leer hasta que se duerme (a veces incluso un rato más).

No todas las lecturas las he reseñado, de hecho sólo he publicado 40 reseñas en el blog, pero he conseguido superar el ir escribiendo las reseñas para colgarlas. Antes solía escribirlas el lunes para colgarlas el martes, pero ahora las voy escribiendo con una semana de antelación. Mi objetivo es ir escribiéndolas según termine el libro, cosa que hasta ahora había sido imposible. Lo he hecho posible gracias a un cambio en mis rutinas.

Porque ahora escribo todos los días. Nulla dies sinne linea se ha convertido en mi lema, y lo estoy cumpliendo casi a rajatabla. Es donde más contenta estoy. Porque empecé 2014 con un propósito: volver a escribir. Todos los días. Y al final lo he cumplido.

Comencé enero escribiendo cuatro mil palabras, y un proyecto literario a comenzar, y terminamos diciembre con quince mil (¡¡quince mil!!) palabras, y el proyecto, con nombre propio, ya casi terminado. Y, lo que es casi mejor, una rutina creada. Todas las tardes me siento frente a mi netbook (Nettie) a darle a la tecla. Algunos días escribo una reseña, otros un Mamá en Apuros o avanzo en el proyecto. De esta manera he desengrasado mis dedos, mi mente, y las palabras fluyen.

Objetivos 2015
Para el año que entra tengo un objetivo claro: seguir escribiendo. Ya estoy jugueteando con un proyecto nuevo, para cuando termine el que tengo ahora entre manos, y subir mi objetivo mensual de palabras.

Tengo también alguna idea para hacer secciones nuevas en el blog, pero está tan en pañales que no quiero adelantar nada.

Y en cuestión deportiva, me estoy poniendo ya las pilas para volver a encontrar mi estado de forma, y correr una media maratón, veinte kilómetros en el año que entra.

Por lo demás, seguir como hasta ahora, leer mucho, visitar los blogs amigos, y disfrutar de mis dificultades de ser madre para contarlo con sentido del humor. O por lo menos intentarlo. Seguir soñando. Y seguir encontrándome aquí, con los más fieles, cada semana.

¡Feliz año nuevo!

martes, 30 de diciembre de 2014

Juego de tronos, George R.R. Martin



Debo ser de las últimas en incorporarme a la la lectura de tan famosa saga, y que además me he negado a ver la serie hasta que no leyera los libros. Y no quería leer los libros hasta que no me apeteciera, sin presiones, por favor.

Poca persona humana que no hay vivido en otro planeta el último año puede decir que no conozca nada de nada de la saga. Quien no ha leído los libros ha visto la serie, total, que por un lado u otro la historia de los Siete Reinos ha ido calando en la imaginería popular. Resulta difícil mantenerse al margen por completo, pese a que lo he intentando. Me han llegado nombres, lemas, y más o menos sabía quién era el malo y quién el bueno.

Finalmente decidí darle una oportunidad, y me embarqué entusiasta en la lectura del primero... para decepcionarme en los inicios. Era lento, y un poco tostón, la verdad. Demasiados nombres, y contaba algunas cosas del universo de los Siete Reinos como si todo el mundo estuviera enterado, es decir, sin explicar nada de ello, lo que hacía que me perdiera un poco. Al igual que con los nombres. Demasiados nombres, demasiados cargos, demasiadas casas. Me hierve la cabeza solo de recordarlo.

Pero continué leyendo y la historia me fue enganchando poco a poco. Empecé a ver por qué la saga se estaba conviertiendo en viral. Los personajes tienen una fuerza desgarradora, todos y cada uno de ellos, y que elija a unos cuantos para contar la historia desde su punto de vista, alternándolos, le da mucho dinamismo. Empencé a comprender por mí misma los elementos de ese universo de fantasía (los sept, los árboles corazón, el bosque de dioses), y ya no pude parar de leer. La historia la verdad es que arranca fuerte, ya desde el primer momento ves que no va a ser un cuento de hadas, sino una novela de gente cruel y de vida dura, y es parte de lo que le hace diferente.

La forma de narrar de Martin no es que sea especial, en mi opinión es más bien normalita, y además peca de meter demasiada paja. Tal como lo veo yo, el libro podría entenderse a la perfección si ocupara la mitad de páginas. Hay párrafos enteros que te describen los banquetes de los que disfrutan los señores, y se para a contar en qué consiste cada plato. Con la ropa pasa algo parecido, e incluso hay escenas enteras, con interacciones de personajes, que no aportan nada a la trama.

Sin embargo, aunque se hace pesado, la paja ayuda a meterse en el mundo de los Siete Reinos, lo sientes a tu alrededor como si fuera real.

Los personajes son el punto fuerte de la historia, como ya he dicho tienen mucha fuerza y son muy reales. Hasta el paje más superfluo podría ser real. Si hay algo que me gusta de la historia son los personajes femeninos. Si bien el mundo que describe es machista hasta lo insoportable (ha habido partes que me han enfadado mucho), los personajes femeninos no lo son. Cubren un espectro que abarca desde la dama más fina hasta la luchadora nata. Hay mujeres débiles y otras más fuertes, y cada una de ellas tiene su espacio en el mundo de los Siete Reinos. Cada una de ellas, desde la dama más fina hasta la bruja más cruel tienen muchos más aspectos que el principal que las caracteriza, huyendo de estereotipos. Uno de mis personajes favoritos es Arya, una niña que se niega a lo que la sociedad le tiene deparado, y lucha contra ello.

Debido a la paja, y a que dependiendo del personaje que escoja para el punto de vista algunos capítulos son un poco tostón, la lectura fue como una montaña rusa. Tan pronto avanzaba mucho como de repente iba muy lenta. Sin embargo, pese a todo, he disfrutado mucho la novela. La historia es muy buena, te atrapa sin remedio, y hasta tomas parte en la disputa. El final es un poco abrupto, y sorprendente, pero no inesperado. Seguiré leyendo la saga, aunque con un poco de moderación, para no agobiarme demasiado pronto. De hecho acabo el año terminando el segundo de la saga, tan solo leí un libro entre medias y ya tuve que empezarlo, no podía dejarlo tal como se quedaba en el primero.

Ahora entiendo por qué gusta tanto Canción de Hielo y Fuego.

viernes, 26 de diciembre de 2014

Mamá en apuros: Función de Navidad



Como viene siendo habitual por estas fechas en los colegios, la última semana de cole prepararon la función de Navidad. Para este año nos pidieron que disfrazáramos a cada niño de una cosa, y nos dieron una frase para que la ensayaran en casa. A MiniP le tocó de beso (o felicidad o corazón, pero elegí beso por la facilidad del disfraz), y su frase era "y una sonrisa de felicidad".

Lo estuvimos ensayando en casa, incluso cogió su micrófono de juguete para hacer el ensayo más real. En el colegio también lo ensayaron, con un boli como micrófono primero, en el escenario con el microfóno real los últimos días antes del gran día.

Para poder ver la obra a los papás nos daban dos entradas. Este año lo organizaron mucho mejor que el pasado, y para poder explicar esto bien debo hacer un pequeño flashback. Esto me pasa por no haber escrito lo del año pasado en su momento.

Para muchos de los padres era la primera vez que acudiríamos a un acto de este tipo. Para todos era la primera vez que veíamos a nuestros peques, pero algunos tenían hijos mayores, por lo que ya conocían la experiencia. Hicimos cola, entramos, todos los padres de infantil (3, 4 y 5 años), y ya antes de empezar hubo jaleo.

No había sillas para todos, por lo que la gran mayoría tuvo que quedarse de pie tras los asientos, pero algunos padres, haciendo gala de la gran educación que deben darle a sus hijos, ocuparon el pasillo central que había entre los asientos, impidiendo el paso a todo el que se propusiera llegar hasta el escenario, incluido el propio director. Cuando éste pasó entre los padres pidiendo por favor que se retiraran de ahí, algunos se le enfrentaron creando un espectáculo bochornoso. Hubo gestos obscenos, gritos y salidas de tono. Algunos nos temimos que después de aquello dejaran de hacer el espectáculo navideño, y con razón. A la vuelta de vacaciones tuvimos una reunión de padres con profesoras en la que nos echaron una soberana bronca por nuestro comportamiento. Nunca me he sentido más en apuros como entonces.

Para evitar espectáculos parecidos, este año decidieron que cada curso tendría sus espectadores. Actuarían los de cinco años para sus padres, saldrían los padres y entraríamos los de cuatro años. Cuando terminaran los nuestros, saldríamos y entrarían los de tres años. Cada año tenía un color distinto de entrada, para evitar pillerías. Fue una idea muy buena, pues al final el espectáculo lo dieron los niños y no los padres, como debe ser.

Lo que no cambió nada fue el sabor a nostalgia que me dio. Tanto el año pasado como éste, todo tenía un color tan casero, un aspecto tan sencillo que me recordó mi propia infancia. Claro, que yo recuerdo el escenario de mi colegio mucho más grande que el de MiniP, pero no porque el nuestro fuera un teatro, sino porque yo lo sigo recordando con la visión de una niña. Imagino que para MiniP el escenario sería enorme, y un mar infinito de caras la estarían mirando desde las sillas, por más que fuéramos los padres de cincuenta niños.

Hicieron una obra de teatro muy tierna, en la que un niño preguntaba qué es la Navidad, y luego cada uno de los peques decía una frase, explicando así lo bonito de la Navidad. Cuando le llegó el turno a MiniP salió al escenario con otros tres niños, pero ella quedó la última. Cogió el micrófono, se echó el pelo detrás de la oreja con gesto inseguro, y dijo su frase, o por lo menos la mitad de ella. Empezó en voz baja, se le escuchó apenas "y una sonrisa", pero perdió la parte final: "de felicidad", en un murmullo ininteligible. Según soltó el micrófono todo el auditorio exclamó: "Ohhhhhh", movidos quizá por la pena, o como en mi caso, por la ternura que me inspiró. Claro que yo soy su madre, y a mi me parece tierna hasta cuando ronca.

Ocupó su sitio, sentada junto con los demás niños, y se dedicó el resto de la obra a divertirse con sus compañeros. Suspiré aliviada al ver que no había sufrido daños y que estaba pasándoselo bien.

Más tarde, cuando la recogí del cole, me preguntó:

- ¿A que lo he hecho muy bien, mamá?

- Lo has hecho bien, mi reina - le contesté.

Su profesora me corrigió:

- Lo ha hecho súper bien - explicó - En los ensayos no conseguimos que dijera la frase. Hoy por lo menos la ha dicho...

El futuro es incierto, pero no veo a MiniP en el mundo del espectáculo...