viernes, 11 de diciembre de 2015

Taller Literautas de noviembre: El Lápiz Mágico

Os traigo el taller de noviembre de Literautas, en esta ocasión la única norma era que se titulara "El lápiz mágico". Yo opté por la siguiente historia:



Jugueteaba con el cable del teléfono mientras hablaba. Pasaba los dedos siguiendo la espiral eterna de los muelles de aquel aparato antiguo. Tan antiguo como su propia abuela. Balanceaba las piernas, que colgaban del taburete. Y resoplaba sin hacer ruido. Esa era la parte más importante, no hacer ruido.
De vez en cuando, y para no tener que aguantar más charla, intervenía.
- Sí, mamá. Claro, mamá.
Pero eso lo que hacía era alentar a su madre, que inquieta y nerviosa por no poder estar con ella, la martilleaba a órdenes, a pórtates bien y no des guerra a la abuela. Un machaque constante incentivado por la culpabilidad. Era el primer verano, en sus catorce años, que lo pasaba sin su madre. El primero desde el divorcio.
- Sí, mamá, como bien, mamá.
Las manos, cansadas ya de seguir los bucles, rebuscaron en el mueble del teléfono, junto al que estaba sentada. Allí encontró papel, y atendiendo ahora a la búsqueda, tras unos segundos eternos en los que su madre le estaba contando el calor que hacía allí y que se alegraba de que ella pudiera disfrutar del fresco del pueblo, por fin lo encontró. El lápiz.
- Sí, mamá, hace mucho calor. Aquí por la noche no, tengo que dormir arropada.
Se puso a dibujar distraídamente. Primero un garabato, luego una flor.
- Sí, mamá, me abrigo. Sí, el plumas si hace falta. No, mamá, no estoy siendo insolente…
Cinco pétalos, un pequeño tallo, y una hoja en el tallo. Le estaba dando sombra a los pétalos cuando sintió el calor. Emanaba del lápiz, un calor envolvente, calentaba sin quemar. Miró detenidamente el pequeño cilindro de madera, y no le vio nada extraño. Se encogió de hombros, como queriendo quitar importancia a una tontería, y continuó con su dibujo.
- Sí, mamá, lo paso bien. No, aún no tengo amigos, pero no me hacen falta. Ya lo sé, mamá.
Terminó de darle sombra a los tallos y se dispuso a darle profundidad a la hoja. Luego comenzó a hacer pequeñas rosas, un rosal entero que ocupaba ya media hoja.
- Vale, mamá, un beso. Sí, yo también – suspiró mirando al techo – .Sí, claro que puedo decirlo, mamá. Te quiero.
Colgó y aún se entretuvo un rato con su rosal. Total, no tenía nada mejor que hacer. Su abuela estaba trabajando en el huerto, y a ella eso de mancharse las manos de tierra no le iba nada. Le puso pequeñas espinas a su rosal.
Apoyó la mano sobre el folio, para sujetarlo mientras atacaba una esquina con una telaraña, y enseguida la retiró, con una pequeña exclamación de sorpresa y dolor. Se miró la palma y ahí lo vio, una pequeña gota de sangre. Se había pinchado con algo.
Examinó su folio más de cerca, y al moverlo a contra luz, un reflejo de color rojo le deslumbró. Pasó la mano por encima y tiró el folio al suelo al volver a pincharse. Desde el suelo, haces de luz de colores brotaron e inundaron la sala.
Paralizada por la impresión, pudo ver cómo de un simple folio estaba brotando el rosal que ella misma había dibujado. Las rosas crecían pequeñas y deformes, nunca se le había dado bien dibujar, y ahora más que nunca lo estaba comprobando.
La otra flor también surgió, con una hoja verde, perfecta en su simetría, colgando de un tallo imposible de tan fino. Las hojas, de un morado oscuro, destilaban pequeñas gotas de color allí donde el trazo del lápiz había sido más grueso.
Miró el lápiz, atónita. Era normal y corriente, el que te encuentras en cualquier papelería, naranja con rayas negras. Nada en él sugería que fuera especial.
Seguro que estaba soñando. Para comprobarlo, se pincharía con el lápiz en la mano. Si sentía dolor, estaba despierta, pero seguro que al parpadear desaparecería el rosal que seguía creciendo ante ella.
Antes de que la punta de grafito pudiera tocar su piel, sintió cómo alguien le arrebataba el lapicero de las manos. Miró casi sin ver a su abuela con un mohín de preocupación en los labios.
- Creí que lo había guardado a buen recaudo. Desde luego – miró el cajón abierto – en este cajón no estaba.
Revolvió el contenido para, al instante, mostrar triunfante una goma de borrar. Se agachó y la pasó por el folio.
- Reina, menos mal que no te ha dado por dibujar un monstruo. – Sonrió.
Guardó el lápiz y nunca más volvió a hablar de él.

Para las personas que se hayan quedado con ganas de más, es una historia que me gustó tanto que sí me gustaría continuarla. En cuanto lo haga, lo compartiré aquí. ¿Qué os ha parecido? ¿Tenéis alguna idea propia sobre la forma en que llegó el lápiz a estar en poder de la abuela?
Os invito a leer los demás cuentos aquí.

viernes, 4 de diciembre de 2015

Mamá en apuros: sin cabeza


Ya no sé si cuento cosas que me pasan o me pasan cosas para contarlas. Supongo que habrá gente que piense que me invento todo lo que cuento por aquí, y he aquí lo triste: todo es verídico. Puede que al contarlo exagere un poquito, u omita alguna información, pero no me invento nada. Así de divertida es mi vida.

También me pasa a veces que no encuentro nada que contar. No estoy tropezando con la vida todos los días (por suerte), y a veces ocurre que mi estado de ánimo no me deja ver el lado bueno de las cosas, aunque afortunadamente esto sucede poco.

Quizás todo se deba a mi mala cabeza. Soy despistada hasta decir basta. Una de las cualidades de mi hija que más me saca de quicio es que está en su mundo, no se entera de nada y nunca tiene cuidado con las cosas. Esto le pasa porque casi nunca se concentra en lo que hace, y se traduce en golpes, caídas y pérdidas de juguetes. Pues bien, adivinad de qué gen lo ha sacado. En eso es clavadita a mí. Y soy consciente de que ella no puede hacer nada por evitarlo, y quizás por ello me enfado más. Lo que no tengo muy claro es con quién me enfado, si con ella o conmigo…

En estos días tengo que viajar mucho en tren hasta Atocha. Diferentes asuntos me llevan allí. Pues para ahorrar me cogí un bono de diez viajes. Y allí que he ido, tranquilamente con mi bono, guardadito en una cajita que me agencié que me viene genial (tiene el tamaño ideal), viaje para arriba, viaje para abajo. Llevaba la cuenta mental de los viajes. ¿Qué podía fallar?

El último día que tuve que viajar a Madrid, llegando a la estación de tren me di cuenta de que me había dejado el monedero en casa. Me eché las manos a la cabeza un segundo para volver a bajarlas, más tranquila, un instante después. Si volvía a casa llegaría tarde, ya que tengo que coger el coche para ir a la estación de tren (en el pueblo donde vivo no hay RENFE), pero como llevaba el billete de diez viajes me despreocupé. Lo peor que podría pasar era que me parara la policía y me pidiera la documentación. Por un instante imágenes de mi detenida, y sujetando un cartel para que me hicieran la foto de frente y de perfil, pasaron por mi cabeza, pero las deseché por falta de histórico. Y mi cabeza funciona así: si no me ha pasado nunca en mis 37 años de vida (sobre todo teniendo en cuenta que con la cabeza que tengo no es la primera vez que salgo indocumentada de casa), ¿por qué habría de pasar ahora?

Me encogí de hombros y seguí mi camino. Pasé el día de forma tranquila. Tuve que gorronear a mis compañeros para el desayuno, eso sí, pero como ya me van conociendo no se lo tomaron a mal. Y tuve la suerte de volver con una compañera a Atocha. Ella cogía el mismo tren que yo, pero se bajaba una parada de antes.

Como las dos somos algo así como calladas y tímidas, íbamos charlando sin parar. Llegamos a los tornos, nos dirigimos cada una a uno y ella pasó, pero el mío no se abría. Miré el mensaje de la pequeña pantalla que ponía “bono agotado”, pero no era capaz de entenderlo. Recuperé el billete, que lo había escupido la máquina, y lo volví a meter. Mismo mensaje, billete escupido. No tenía viajes en el bono de diez.

Miré alarmada a mi compañera.

- ¡No tengo el monedero!

Ella me miraba, entre alarmada y divertida.

- ¡Pero no lo entiendo! Si son diez viajes y todos son pares, de ida y vuelta, esto tiene que estar mal.

- Mira el billete, a ver cuántos has gastado.

A mí me seguían sin cuadrar las cuentas. Si yo hacía dos viajes cada día, y el billete era de diez, me tendría que haber fallado en el viaje de ida, no en el de vuelta.

- ¡Claro! –me dijo mi compañera, que llegó a la solución antes que yo – Si ayer no cogiste el tren para volver.

Por supuesto. El día anterior su marido había ido a recogerla y fueron tan amables de llevarme hasta donde tenía el coche. Y yo no me había acordado.

Antes de que me pusiera aún más histérica, mi compañera me cedió su tarjeta de crédito (ya que ella no llevaba suelto) para que me comprara un billete. Creo que no se lo agradeceré lo suficiente. Me fui a la máquina a sacar el billete, y después de haber hecho todos los pasos no me dejaba meter la tarjeta en la ranura. Lo intenté como cinco veces, pensando que a lo mejor es que lo hacía mal. Después del quinto rechazo cambié de máquina.

En la segunda máquina pude meter la tarjeta, pero lo hice al revés y me la devolvió. Por tercera vez tuve que hacer todos los pasos, y ya, por fin, coloqué la tarjeta en su sitio de la manera correcta. Ahora a ver si me acordaba del pin. Sí, me acordé. Aunque mi compi puede estar tranquila que ya se me ha olvidado. Cogí el billete, no le di un beso por no borrarle la banda magnética, y fui al encuentro de mi compañera.

Bajando por las escaleras mecánicas ya nos reíamos las dos, aunque cinco minutos antes lo que yo había tenido eran ganas de llorar. Ella me estuvo contando que un día que llevaba mucha prisa bajó al andén y se metió en el tren sin mirar. Resultó que no era el tren correcto y que iba en dirección contraria, por lo que tuvo que bajarse en la siguiente estación para coger el tren en la dirección acertada. Me alegré de no ser la única torpe…

martes, 1 de diciembre de 2015

Matemos al tío, de Rohan O´Grady



Sinopsis: (web de Impedimenta): Barnaby Gaunt tiene diez años y acaba de quedarse huérfano. Solo y desamparado en la vida, ha de vivir con su tío, por lo que viaja a una preciosa isla remota de la costa de Canadá, llena de amables ancianitos y donde hay hasta un policía montado. A primera vista, todo indica que le espera un verano perfecto. Salvo por un pequeño problema: su tío está tratando de matarlo. Heredero de una fortuna de diez millones de dólares, Barnaby se cansa de decirle a todo el mundo que su tío, un hombre misterioso y aterrador, anda detrás de su herencia, pero nadie le cree. Nadie salvo Christie, una niña rara y de poco comer, que llega a la conclusión de que Barnaby solo puede detener a su demoniaco tío de una manera: matándolo primero a él. Y así, con la ayuda de Una Oreja, un puma salvaje a quien los isleños atormentan desde hace años, Christie y Barnaby traman un plan infalible.

Cada visita a la biblioteca es un peligro para mi lista de lectura. Hasta cuando solo voy con intención de dejar libros, o para que coja la peque. Porque curioseo, miro las estanterías de vez en cuando, atraída por los cantos de sirena de miles y miles (en mi imaginación miles de millones) que me atrapan en sus redes.

Este le vi en la estantería de novedades, y me acordé que lo tenía apuntado en la lista infinita gracias a Mónica Serendipia, que lo reseñó con gran acierto en su blog. Antes de que pudiera pensar siquiera ya me encontraba en el mostrador con el libro y el carné en la mano.

Lo primero a destacar es la edición. Había oído hablar de la cuidada edición de Impedimenta, pero aún no había tenido el placer de tener uno de sus libros entre las manos. Hasta el tacto es placentero. Los márgenes, las ilustraciones, el tipo de letra, todo juega a favor para que el lector se sienta cómodo con sus páginas, lo que puede parecer una tontería pero que ayuda mucho en la lectura.

La verdad es que por lo poco que recordaba de la reseña creía que era un clásico más antiguo, pero me he encontrado con una historia ambientada en el siglo XX, después de la II Guerra Mundial, en la que dos niños llegan a una isla en la que hace mucho tiempo que ya no hay niños. Enviaron a todos los jóvenes a la guerra y tan solo volvió uno. Desde entonces ya no hubo ninguno.

La historia es terriblemente deliciosa. Sí, he escrito eso. Terriblemente deliciosa (lo que me hace imaginarme una boca con dientes de vampiro relamiéndose unas gotas de sangre). Porque es tierna pero cruel a la vez. Porque los personajes están tan bien estructurados que todos son perfectos en su imperfección. Los niños son los protagonistas de esta historia (aunque no son los únicos), y es muy complicado escribir desde la perspectiva infantil. No me he sentido defraudada en este aspecto.

La narración es muy acertada, en tercera persona cambiando el punto de vista, lo que nos da una visión más global de la historia, y le añade agilidad a su lectura.


Para mí ha sido todo un descubrimiento, una de las mejores lecturas de este año, con la que he disfrutado y sufrido a partes iguales. Una apuesta segura de lectura.

viernes, 27 de noviembre de 2015

Mamá en apuros: Los apuros con la copa menstrual


Hoy voy a hablar de cosas de chicas. Creo que no me leen muchos chicos, y si me leen no pasa nada, porque afortunadamente ya no estamos en los tiempos de María Castaña, y ahora se puede hablar de estas cosas. Supongo que aún habrá risitas tontas en algún contexto, pero eso es inherente al ser humano. Desde las cavernas resuenan las risitas tontas cuando se habla de ciertas cosas: sexo, menstruación, y… básicamente más sexo.

Hoy voy a hablar de mi amiga la roja, de los bolcheviques, del período, de a qué huelen las nubes… Lo que comúnmente se conoce como regla. O, más científicamente, menstruación.

Pero no os asustéis, que no me voy a poner aquí a explicar en qué consiste. Aunque me lo sé bien. Hace como unos mil quinientos millones de años, unas amables señoritas vinieron al cole a darnos una charla sobre la menstruación y en qué consistía. Enviadas por una conocida marca de productos de higiene (no solo femenina), después de darnos la conferencia repartieron a las chicas unas muestras del producto en cuestión.

Yo por aquel entonces aún era niña. Aún no me había convertido en mujer. No había tenido mi menarquia. Que no me había venido la regla por primera vez, vaya. Hay tantas maneras de decirlo. Y es que cuando un tema es tabú enseguida aparecen miles y miles de maneras de hacer referencia a él, algunos más sutiles que otros.

El caso es que yo estaba como loca con mis tampones (que es lo que nos regalaron las señoritas), y deseando que me llegara la regla. Pobrecita yo, qué inocente era. Quería ser mayor a toda costa, y no me di cuenta de que luego no me abandonaría mes tras mes, con la excepción del embarazo, durante el que tuve otro tipo de molestias. Y que no solo es el engorro de la sangre, son las hormonas haciendo montañas rusas con tus emociones: que si ahora muerdo o ahora lloro. Si volviera atrás cogería a esa niña escuchimizada (increíble pero cierto) y la zarandearía hasta que me hiciera caso. Dos cosas le diría: no quieras crecer tan rápido y por el amor de dios no comas tantas chucherías que se te va a poner el culo como una mesa camilla.


Y llegó el día. Una mañana me levanté, fui al servicio y me encontré el pastel. Mi madre, muy pragmática ella, me plantó una compresa y me mandó al colegio. Que digo yo, ya que era mi primera regla me podría haber dejado en casa, ¿no? Como un premio de consolación. Pero no. Allá que fui, con mis vaqueros, mi compresa, mi regla, y mi paranoia. Porque yo notaba el emplasto gigantesco entre las piernas, cual pañal para adolescentes, y no hacía más que preguntarle a mi amiga: ¿se me nota?

Lo estuve rumiando durante toda la mañana. Tenía localizados de sobra los tampones que nos dieron de muestra (aunque ya hacía algún tiempo de ello, incluso creo que fue en el curso anterior), y según llegué a casa cogí la muestra, agarré la radio y me encerré en el baño. Puse música para relajarme y me coloqué el tampón tal como indicaban las instrucciones. Desde entonces solo ha habido una etapa de mi vida en la que no he usado tampones: en el post parto. Aunque eso se merece una entrada aparte.

Y siempre me he creído súper moderna. He tenido amigas que no iban a la piscina cuando estaban menstruando. Porque utilizaban compresas y por un montón de mitos que aún hoy día se siguen propagando, como que es malo mojarse. Parece increíble, pero cuando yo era pequeña, a mi madre y a mis tías les decían que no se podían duchar en esos días. ¡Qué horror! También he tenido que soportar miradas de asombro y asco cuando contaba que usaba tampones sin aplicador. ¡Por favor, que te tenías que meter el dedo (mano al pecho y bajada de voz) ahí! Como si fuera la cueva del lobo o algo peor…

Un día, hará un año o así, mi hermana pequeña (lo que es la vida), me descubrió la copa menstrual. Ella enseguida se pasó a ella (de hecho lleva con ella dos años, uno más de lo que yo creía), pero yo tenía mis serias dudas. La primera y más importante era que no me iba a gastar veinte eurazos para que luego no me hiciera con ella. Pero al final me decidí porque lo veía todo ventajas. Es más higiénico (no tiene peligro del Síndrome del Shock Tóxico), es más ecológico porque evitas residuos, es mejor para el organismo porque al no absorber no reseca la zona y al ser reutilizable, es más barato. Y esto fue lo que me decidió. Porque los tampones no son precisamente baratos, no olvidemos que hasta hace dos días eran considerados artículo de lujo (como todos sabemos los utilizamos por gusto y pijería) y se le aplicaba un 21% de IVA (ahora cotizan un 10%, como las entradas del fútbol pero eso es otro tema). Al final encontré una muy barata en una conocídisima cadena de hipermercados francesa. Por 9 euros me arriesgué a intentarlo.


Y ahí estaba yo, 23 años después (he hecho el cálculo y casi me da algo de la impresión), en mi cuarto de baño con música para relajarme y un nuevo producto de higiene femenina a probar. Me sentí, de nuevo, torpe e insegura y tuve que hacer tres intentos hasta que quedó colocado de manera medio decente. Aviso a navegantes: si eres de las que le daban asquito meterse el dedo para colocarse el tampón mejor ni te acerques a la copa menstrual. Tres dedos fueron necesarios para dejarlo colocado. Tres. A la vez. Pero eso no fue lo peor, no. Lo peor fue quitármela.

Cuando ya habían pasado unas horas fui a quitarme la copa. Y ahí empezó el horror, la pesadilla. No encontraba el palito de la copa. Ya no el palito, la copa entera. El pánico me invadió y ya me veía yendo a urgencias a que me quitaran aquello, que vete a saber dónde se había metido, organismo adentro. Cuando estaba a punto de enviar una sonda, lo encontré. Parte del pánico se diluyó, pero no todo porque lo tocaba pero no era capaz de sacarlo. Se había subido bastante y además se había torcido, y estuve un rato jugando al gato y al ratón con el palito de la copa. Finalmente se me ocurrió (se me encendió una bombilla de repente) que podría bajarlo con los músculos de la vagina y, efectivamente, funcionó. Después de un rato largo (creo que estuve una media hora), por fin me había quitado la copa.

Otra persona se podría haber amilanado, pero yo soy una inconsciente valiente y después de lavarla, me la volví a poner. Ya llevo varias menstruaciones con ella (tres o cuatro), y aunque aún tengo algunos problemas, la verdad es que me gusta la comodidad que supone, y la limpieza.

Lo que aún no se me ha pasado es la sensación de inseguridad que tengo, tanto cuando me la pongo, como mientras la llevo puesta. Cada visita al baño es una incógnita. ¿Habrá aguantado en su sitio? ¿Tendré los restos de un asesinato en mis bragas? Esto le da un punto de emoción a mi aburridísima vida de madre trabajadora…

martes, 24 de noviembre de 2015

Cicatriz, de Juan Gómez-Jurado

 
 
Sinopsis (Amazon): Simon Sax podría ser un tipo afortunado. Es joven, listo y está punto de convertirse en multimillonario si vende su gran invento -un asombroso algoritmo- a una multinacional. Y, sin embargo, se siente solo. Su éxito contrasta con sus nulas habilidades sociales. Hasta que un día vence sus prejuicios y entra en una web de contactos donde se enamora perdidamente de Irina, con la inexperiencia y la pasión de un adolescente, a pesar de los miles de kilómetros que los separan. Pero ella, marcada con una enigmática cicatriz en la mejilla, arrastra un oscuro secreto.
Una novela que te hará mirar de otra forma a la persona con la que duermes. Una historia absolutamente adictiva firmada por el autor español de thriller más leído en todo el mundo.
 
No suelo escribir reseñas nada más terminar una novela, de hecho suelen pasar dos o tres semanas hasta que me arranco y vuelco mi opinión, pero hoy me he debido de tomar algo y me he venido arriba. Me voy a saltar la lista de terminados/no reseñados (para no gustarme las listas tengo unas cuantas), y voy a hablar de mi libro del libro que me he terminado esta misma tarde volviendo de Madrid capital en el tren.
Para empezar diré que lo compré en pre-venta, algo muy inusual en mí. Sí, parece que con esta novela me estoy saltando todas mis normas… Pero había que comprarlo. Con ese precio no podía dejarlo pasar. Primero por barato, y segundo por el simbolismo. Porque significara algo. Y para mí, y para muchos, lo ha significado.
Juan Gómez-Jurado es muy conocido por su actividad en Twitter y por su activismo por bajar los precios de los libros electrónicos. Hace algunos años tuvo algunas palabras virtuales con Alejandro Sanz, y de ahí surgió 1libro 1 Euro a favor de Save The Children, una iniciativa genial que además tuvo mucho éxito.
Particularmente me gusta mucho cuando mis autores, cantantes y admirados en general no están subidos en una torre de marfil, y que no nos llamen ladrones también es de agradecer. Juan Gómez-Jurado en ese aspecto es un autor genial. Hace radio, triunfa en las letras (sus libros han sido traducidos a 40 idiomas) y aun así cuando le mencionas en Twitter responde. Siempre. Por lo menos esa ha sido mi experiencia.
Y ahora, después del exitazo de su anterior novela, El Paciente (de la cual regaló un spin-off a todo aquel que la valorara en Amazon), a pesar de ser un escritor consagrado y que imagino que esperaban muchas ventas de su nueva novela lo pone en preventa a un precio espectacular. 3,79€. Imposible resistirse. Y, a pesar de ser una novedad, sigue en digital a menos de 5 euros, precio más que razonable.
Como lo compré en preventa, no se me descargó en el Kindle hasta el día 18. Es la primera vez que hago algo así, de modo que estaba deseando llegar a casa para comprobar la descarga. La verdad es que esperaba que además de la novela se me descargar alguna nota de agradecimiento, o de felicitación, o que salieran cohetes y fuegos artificiales del aparato, pero no, mi gozo en un pozo. Aunque lo de los cohetes casi mejor que no hubiera pasado, porque no tengo extintor en casa…
 
El caso es que lo abrí para cotillear. Para ver si había algo especial. No, no había nada especial, la portada, los datos legales, el primer capítulo… Y ahí cometí, como el protagonista de la novela, mi primer error. Comencé a leer, y me quedé irremediablemente atrapada.
Está dividida de forma muy inteligente, empieza con acción, sigue con acción y termina con acción. Entre medias te cuenta la vida de los protagonistas, pero nunca de manera tediosa y aburrida, lo que suele ocurrir en novelas de este tipo (para poder conocer las motivaciones de los personajes) ya que es el corte clásico. Pero Cicatriz no tiene nada de clásico.
La narrativa me ha encantado. Leí hace tiempo uno de los primeros libros de Juan Gómez-Jurado (si no el primero) y debo decir que se notan las tablas. Ha aprendido mucho, y bien. La división de los capítulos es muy acertada (algunos incluso sólo tienen unas líneas, son geniales), y el uso de dos tipos de narrador, también. Primera persona para el protagonista, con lo que empatizas mucho con él, y narrador semiomnisciente para los demás personajes. Muy acertado, en mi modesta opinión, ya que sigue centrando el tema en Simon (el protagonista), y a los demás los conocemos lo suficiente para entenderlos, pero para seguir prefiriendo a Simon (y dudando de todos los demás, todo hay que decirlo).
Los personajes son reales, profundos. No hay clichés, más allá de que la prota está buena, pero claro, es Ucraniana. Me encanta el protagonista, que lejos de ser un tipo duro es un programador informático con sobrepeso y serios problemas sociales. Me ha gustado especialmente ver esa fobia social desde dentro de su cerebro, ya que me ha parecido muy realista. (Yo, que soy asocial, he empatizado mucho con él).
El tema de la novela no es nuevo, pero está enfocado de manera original. Está plagada además de lugares comunes, apuntes de cultura social que te ayudan a introducirte en el universo de la novela, a hacerlo real. ¿Y por qué no? No es una historia tan descabellada.
Puede que no sea Guerra y Paz, pero yo de vez en cuando también agradezco novelas rápidas que se lean en tres días, que te entretengan pero sin acudir a clichés o a manidas historias. Está claro que en las novelas “de tiros y persecuciones” también puede haber calidad. Si no lo tienen claro, preguntad por Juan Gómez-Jurado y su Cicatriz.

viernes, 20 de noviembre de 2015

Taller Literautas Septiembre: El sobre morado

Ya os he hablado aquí del taller Literautas. En septiembre ha vuelto a empezar, tras el parón de las vacaciones, y ya tenía ganas, muchas ganas, de taller. La norma de septiembre era que apareciera en el texto "el sobre estaba vacío".  A mi me surgió la siguiente historia:

EL SOBRE MORADO

Llegó tan cansada que casi se salta la rutina de abrir el buzón. Se había vuelto a quedar a echar horas, a terminar los pedidos, y con éste ya llevaba cinco días seguidos de jornadas extendidas. Su trabajo no consistía en estar sentada en una silla ocho horas, pendiente del ordenador. No. Ella tenía un trabajo físico, en el que debía cargar peso y seguir el ritmo durante toda la jornada. Por eso después de cinco días llegaba con los pies arrastrando y el alma a cuestas.

Casi pasa de largo el buzón. Aunque nunca le llegaba nada lo miraba todos los días. Ecos de su infancia, de cuando tenía muchos amigos postales y casi todos los días le llegaba una carta a casa. Ahora siempre se quedaba con las ganas, o con la desilusión de ver una carta y comprobar que era del banco.

Pero hoy tenía una sorpresa deparada. Abrió la puertecilla metálica y descubrió un sobre morado, de papel de alto gramaje, opaco a la luz.

Se mordió el labio inferior, una medio sonrisa quería escaparse de su boca. Pero el cansancio era más fuerte y no apareció. Miró el sobre durante lo que le pareció una eternidad, miles de años podrían haber pasado sin ella enterarse.

¿Qué podría ser? Se preguntó. ¿Quién le habría escrito?

De repente una parte de su cerebro se reactivó y enseguida comenzó a hacer elucubraciones. Por el tipo de sobre parecía una invitación de boda. Pero no sabía de nadie que se fuera a casar, y esas cosas se sabían. La única pareja de su entorno que había estado cerca de casarse habían sido, precisamente, ella y su novio. Pero no salió bien, y por eso ahora vivía sola y se veía obligada a echar horas extras en el trabajo. Arrugó el ceño y sacudió un poco la mano, como para espantar una mosca o los malos pensamientos.

No, invitación de boda no sería.

Quizás tenía un admirador secreto. Preferiría que fuera una nota de un admirador a que fuera una carta de su exnovio pidiéndole perdón. No quería volver a ser segundo plato de nadie, él hizo su elección y no fue a ella a quién escogió. Ya lloró bastante y ya lo superó. No quería volver a pensar en ello. Pero en un admirador…

Tal vez la había visto por la calle, o era algún vecino. Seguro que le había llamado la atención pero no se atrevía a decirle nada en persona. No era nada descabellado. No estaba en su mejor momento, pero sabía que era atractiva. Seguro que sería un admirador.

Se dio cuenta de que llevaba un rato admirando el buzón abierto y el sobre de su interior, y miró a los lados, avergonzada. No había nadie en el portal, lo que le hizo suspirar de alivio, y estiró la mano para coger el sobre.

Era áspero al tacto. Lo miró por el anverso y el reverso. No había nada escrito. Sus dedos viajaron solos hacia el cierre y comprobó que no estaba pegado. Abrió la solapa mientras sentía el corazón acelerado.

Esperaba una carta. O tal vez algún recorte. Incluso habría entendido que hubiera letras cortadas de una revista, como hacían los psicópatas de la tele. Pero no estaba preparada para lo que encontró.

El sobre estaba vacío.

Cerró el buzón con hastío y se encaminó hacia su casa. Hoy sería otro día igual, nada marcaría la diferencia.

martes, 17 de noviembre de 2015

Purga, Sofi Oksanen

 
 
Sinopsis (Casa del Libro): En una despoblada zona rural de Estonia, en 1992, un año después de que la pequeña república recuperase la independencia tras la implosión de la Unión Soviética, Aliide Truu, una anciana que malvive sola junto al bosque, encuentra a una joven exhausta y desorientada en su jardín.
 
He de decir que la sinopsis era más completa, pero por eso precisamente he decidio borrarla. Creo que revelaba demasiado de la historia. Quien tenga curiosidad y no le importe, he enlazado a la página web donde la pueden leer entera.
Este es el segundo libro que leo del Club de Lectura, Purga, dividido en capítulos cortos y que poco tiene que ver con el anterior El sueño más dulce. Este no me ha costado leerlo, menos de una semana ha estado entre mis manos. Una gran diferencia.
Decidí leerlo sin apenas leer la contraportada. He de confesar que no es por resultar moderna, ni por postureo (que a veces también), mi motivo es mucho más prosaico: me da pereza leer las sinopsis. Te llenan la cabeza de datos que probablemente no necesites para la lectura, y además en muchas ocasiones te revelan cosas que aniquilan el factor sorpresa durante la lectura. Y en este libro me parece importante no saber nada de las dos protagonistas antes de adentrarte en él. Todo lo que necesitas saber ya lo vas descubriendo a su debido tiempo, solo necesitas un poco de paciencia para desenredar el hilo.
En esta novela tenemos dos personajes principales que son las que la sustentan. Se trata de la anciana Alidee que vive junto al bosque, haciendo conservas y soportando de vez en cuando el ataque de algunos gamberros. Y por otro tenemos a Zara, que aparece una mañana frente a la casa de la anciana, con aspecto de haber sido atropellada por un tren, de necesitar ayuda. Alidee tarda mucho, desconfía, pero finalmente algo le vence y decide ayudarla.
Está dividida en capítulos cortos que avanzan o retroceden en el tiempo para contarnos la historia de ambas. Volvemos a antes de la guerra para conocer a la joven Alidee y a su hermana. De ahí al presente, a solo dos años atrás para conocer mejor a Zara e ir averiguando por qué ha llegado a la casa de la anciana. Pasamos por la II Guerra Mundial y por la invasión soviética de Estonia, que duró hasta 1991.
 
No es una novela de personajes, aunque la sustenten personajes. La novela destila animadversión hacia los rusos de manera poco sutil, pero muy bien manejada. Te cuenta el miedo en la ocupación soviética, cómo hicieron desaparecer a gente, cómo se trasladaron ciudadanos rusos para ocupar las casas que habían dejado vacías, cómo interrogaban a los insurgentes, cómo no perdonaban ni a los niños. El sentimiento de opresión vivido durante más de cuarenta años que ha dejado huellas en el alma y en el sentimiento de un país entero.
Aunque me ha gustado mucho he de reconocer que no es un libro perfecto. Partes de las tramas coinciden demasiado como para pensar que son por casualidad, por ejemplo. Por tanto demonizar a los rusos casi saca como buenos a los alemanes. Pero son cosas que piensas después de la lectura, en mi caso fue gracias a la charla en el club de lectura, donde me di cuenta de que si rascas más a fondo te encuentras con diversos fallos en aras de que la trama quede cerrada.
La narración es fluida, llena de vida, y de belleza. Envuelve las cosas de sentimientos para profundizar en el alma de los personajes y así darte una visión profunda de los problemas a los que se enfrenta cada uno.
No me extraña que se haya llevado tantos premios. Con esta autora sí que me han quedado ganas de repetir.