viernes, 13 de noviembre de 2015

Mamá en apuros: la llamada del colegio

 
 
No se pasan más apuros que cuando te llaman del colegio.
Resulta que MiniP ha tenido la desgracia de tener la mitad de mis genes. Y hay cosas que me hubiera gustado que hubiera sacado de ahí, como por ejemplo dormir más, ya que se levanta los fines de semana a las siete y media de la mañana, con ganas de desayunar y dar por saco ver dibujos. Pero claro, su padre a esas horas ya lleva como dos levantado, porque dormir es una pérdida de tiempo según él. Y según ella, por lo visto.
También me hubiera gustado que se pareciera más a mí en… en…. No sé, la verdad es que tampoco se me ocurren más cosas que me fastidien tanto como lo de dormir. ¿De verdad que no pueden quedarse en la cama y descansar, viajar al mundo de Morfeo, dejarse mecer en sus brazos? Es la sensación más gloriosa que he sentido nunca. Yo daría media vida por quedarme la otra mitad en la cama. Lo que más me cuesta del mundo es levantarme, da igual a la hora que me levante. Me cuesta lo mismo sean las cinco de la mañana (mi hora habitual, es un castigo porque en otra vida fui malvada, seguro), o las once. Me quedaría en la cama hasta que me dolieran todos los huesos del cuerpo.
 
Pero ellos no. Mi peque y Papá en Apuros, si se despiertan, tienen que levantarse. Y a ambos les sucede igual: si se acostaran, se volverían a dormir. Pero no quieren. Ninguno de los dos.
Pues MiniP, para casi todo lo demás, tira de mis genes. Es despistada, alocada y puro nervio. No para quieta, tanto que a veces parece que hay cinco niñas. Y es torpe.
Es lo que más lamento haberle cedido, la torpeza. Yo era de las que se tropezaban con su propio dedo gordo del pie, me caía, me hacía brechas y heridas… Y MiniP también. Cuando era un bebé, además, la pobre paraba todos los golpes con la cabeza. Me costó, pero al final logré enseñarle a poner las manos. Aun así, su cabeza seguía el arco más allá de sus brazos y daba con toda la frente en el suelo. Menudos chichones se ha hecho la pobre.
Del cole ha salido ya dos veces con los dedos amoratados, pillados ambas con una puerta. Jugando con otras compañeras, no se dio cuenta de donde ponía el dedo y los juegos no esperan a nadie. Las puertas tampoco, aunque haya un dedo en medio. Otra vez salió con una pequeña herida en la nariz, la camiseta manchada de sangre. Mientras unos niños tiraban piedras al tejado, ella pasó por medio, y sufrió los efectos de la gravedad.
Ese día, al ir a recogerla al colegio, me encontré de repente rodeada por siete niños y niñas que me contaban a la vez que un compañero le había tirado una piedra a MiniP y le había hecho sangrar por la nariz. Creo que quedaron conmocionados con tanta sangre. Más tarde me enteré de la historia, y de que no había sido a posta, sino una conjunción de mala suerte y algo de gamberrismo.
Pero, pese a este historial de torpeza, no me habían llamado nunca del colegio. Hasta el otro día.
Estaba en Madrid centro, a punto de entrar a una reunión, cuando sonó el teléfono. Como soy una mala madre, no tenía el número guardado en la agenda. Solo vi un fijo, y por la numeración, aparentemente de cerca de donde vivo.
Lo cogí y al escuchar la voz de SúperE, la profe de MiniP, una mano fría me atravesó el pecho y me apretó el corazón. Me explicó que la peque se había dado un golpe en la cabeza, pero que de momento estaba bien. Me avisaba por si la veía que empeoraba, que fuera a recogerla, aunque aún no la veía para tanto. Incluso hablé con MiniP por teléfono. Estaba muy bobita, contestaba con monosílabos, pero me pareció una prueba de vida aceptable. La mano fría de mi pecho se relajó un tanto, aunque no soltó su presa.
Quedé en arreglar lo de la reunión y en salir hacia allí lo antes posible, por si tenía que recogerla estar más cerca. Pero apenas me dio tiempo de explicar la situación (unos diez-quince minutos) cuando el teléfono volvió a sonar. El mismo número. La mano fría volvió a espachurrar mi corazón.
Casi no le di tiempo a SúperE de hablar. Me dijo que la veía un poco peor, más ñoña, y que prefería que fuera a buscarla. Antes de colgar había cogido mi abrigo al vuelo, mascullado una disculpa a mis compañeros y salí volando hacia Atocha. Mentalmente hacía cálculos sobre la hora estimada de llegada, mientras aceleraba todo lo posible.
En éstas, se me ocurrió llamar a Papá en Apuros, para informarle más que nada. Él, apurado también, me colgó para informar a sus jefes del asunto y pedir permiso para ir a buscar a MiniP. Él tardaría veinte minutos en llegar, mientras que yo casi una hora.
Así de grande era el chichón de MiniP
 
Así, visto en retrospectiva, me da la sensación de que a los dos nos va el drama. Me imagino a mí misma corriendo Castellana abajo, casi con lágrimas en los ojos, y parando de vez en cuando para ponerme la mano en la frente cual sufrida madre que soy. Pero es que me imagino también a Papá en Apuros en el coche, con un pañuelo blanco en la ventanilla, pitando a los coches que se interponen en su camino, cual caballero que va en busca de su dama. Damita en este caso.
Me lo imagino llegando al colegio, corriendo por los pasillos, zarandeando a la vedela para que le dijera de una vez dónde está su hija.
Pero no. Conociéndole, llegaría al colegio con andar pausado, preguntaría muy amablemente a alguien por SúperE, y eso sí, en cuanto viera a MiniP, la cogería en brazos.
Cuando yo llegué ya estaban en la consulta del médico. MiniP tenía la carita pálida, ojeras y un chichón en la parte de atrás de la cabeza más grande que la cabeza propia. Había vomitado, y con eso y su mala cara, ya me veía esa noche durmiendo en el hospital (como me pasó a mí en cierta ocasión… ejém… los genes…).
Pero no. La doctora la examinó y determinó que de momento no había ningún signo que evidenciara una conmoción o algo peor. No obstante, tendríamos que vigilarla y si notábamos algún signo extraño, la lleváramos de inmediato al hospital.
Papá en Apuros se volvió a trabajar y yo me quedé en casa de observadora. Tras comer y descansar, MiniP recuperó el color. Para última hora de la tarde yo ya estaba echando de menos el hospital. Al menos habríamos descansado algo…
Cuando le pregunté que cómo había sido, me explicó, con su tono de “mi madre es que no se entera de nada”, que una amiguita de su clase la había cogido en brazos para demostrarle lo fuerte que estaba, y que, desde arriba, se había caído.
Ella, hasta que se encontró con el suelo, estaba encantada de la vida de que la cogieran. Si es que no nos pasan más cosas de milagro…
 

martes, 10 de noviembre de 2015

El nombre del viento, Patrick Rothfuss

 
Sinopsis (web oficial): “Me llamo Kvothe, que se pronuncia ‘cuouz’. Los nombres son importantes porque dicen mucho sobre la persona. He tenido más nombres de los que nadie merece. Los Adem me llaman Maedre. Que, según como se pronuncie, puede significar la Llama, el Trueno o el Árbol Partido. Mi primer mentor me llamaba E’lir porque yo era listo y lo sabía. Mi primera amante me llamaba Dulator porque le gustaba cómo sonaba. Me han llamado Kvothe el Sin Sangre, Kvothe el Arcano y Kvothe el Asesino de Reyes. Todos esos nombres me los he ganado. Los he comprado y he pagado por ellos. Pero crecí siendo Kvothe.
Una vez mi padre me dijo que significaba ‘saber’. He robado princesas a reyes agónicos. Incendié la ciudad de Trebon. He pasado la noche con Felurian y he despertado vivo y cuerdo. Me expulsaron de la Universidad a una edad a la que a la mayoría todavía no los dejan entrar. He recorrido de noche caminos de los que otros no se atreven a hablar ni siquiera de día. He hablado con dioses, he amado a mujeres y he escrito canciones que hacen llorar a los bardos. Quizá hayas oído hablar de mí.”
Así empieza una historia extraordinaria. Músico, mendigo, ladrón, estudiante, mago, héroe y asesino: esta es la leyenda que se ha forjado alrededor de la figura de Kvothe. Ahora, por primera vez, él va a relatar la verdad sobre sí mismo. Y para hacerlo bien, deberá empezar por el principio: su infancia en una troupe de artistas itinerantes, los años malviviendo como un ladronzuelo en las calles de una gran ciudad, y su llegada a una universidad donde espera aprender una magia de la que se habla en las historias… Atípica, profunda y sincera, El nombre del viento es una novela de aventuras, de historias dentro de otras historias, de misterio, de amistad, de amor y de superación, escrita con la mano de un poeta y que ha deslumbrado -por su originalidad y la maestría con que está narrada- a todos los que la han leído.
Últimamente parece que me estoy encontrando cosas muy interesantes en la biblioteca municipal. Cada vez que voy, aunque solo sea a devolver o a pasar la tarde con la peque, me acabo trayendo un libro a casa. No me preocuparía lo más mínimo si no tuviera ya, entre mis estanterías físicas y virtuales, más libros de los que creo que soy capaz de leer en una vida. Tampoco pienso demasiado en ello, la verdad, me atraen, los cojo, los leo y los devuelvo. No hay problema.
El nombre del viento me susurró desde su puesto en la estantería más cercana al suelo. Se notaba que lo había leído mucha gente, estaba muy manoseado y ajado, pero eso no me importa, creo que le da vida a los libros. Ojo, no estoy abogando por el maltrato a los libros, solo digo que si se nota que han sido leídos, no necesariamente maltratados.
El nombre del viento es un libro peculiar. Bueno, más bien su protagonista es peculiar. Nos encontramos con Kote, un tabernero normal y corriente, que regenta su Roca de Guía siempre con una sonrisa. Pero cuando llega un extranjero preguntando por Kvothe es cuando nos encontramos con la verdadera historia.
Hay mucha intriga y muchos misterios sin resolver en este libro. Porque nos estamos enterando del principio de la historia, de cuando el famoso Kvothe era apenas un niño y estaba forjando su leyenda, mientras tienes unas pinceladas del presente. Y entre medias hay mucha miga. Pero mucha, mucha.
Los personajes son muy buenos. Tienen profundidad y dimensionalidad, todos ellos. El universo que Patrick Rothfuss ha creado es tan real que casi es tangible, y lo ha dotado de vida propia. Me encanta cuando los escritores saben hacer bien su trabajo, porque me veo transportada a ese mundo, vivo allí, en sus calles, veo la magia, vivo la hambruna y paso miedo con los monstruos (humanos o no), y este ha sido el caso.
Pese a ser un tochazo, no le he encontrado mucha paja. Es un libro de acción, no es para nada reposado, y no le sobra nada. Más bien al contrario, encuentro partes que se quedan un poco cojas. Por ejemplo, y sin ánimo de espoilear a nadie, toda la parte de Auri me parece que no ha tenido un trato justo. Lo ha hecho a saltos, y cuando se quedaba en un cliffhanger no lo volvía a retomar hasta varios capítulos después.
Es la única pega que le encuentro. Por lo demás, no me extraña nada la repercusión que ha tenido, puesto que es una puerta a un mundo lleno de magia en el que no me importaría entrar de nuevo.
 

viernes, 6 de noviembre de 2015

Mamá en Apuros sin cabeza

 
De pequeña me solían decir, mis mayores, que si no tuviera la cabeza pegada al cuerpo la perdería por algún lado. Y no me queda más remedio que darles la razón.
Siempre he sido despistada. Lo que no entendían los mayores, y siguen sin entender ahora mis contemporáneos, es que mi mente no ve una sola vida. De pequeña tenía aún más imaginación que ahora, y andaba siempre perdida por las nubes. Visitaba mundos, inventaba historias, hablaba con los muñecos, saludaba a las plantas. ¿Qué culpa tenía yo si no podía estar en dos sitios a la vez? Porque si me iba de viaje a mis mundos irremediablemente olvidaba lo terrenal. Así me pasaba, me dejaba los relojes caídos en sitios insospechados, las llaves, pulseras y en general cualquier cosa que tuviera en las manos era susceptible de ser olvidado en algún sitio.
Ahora soy mayor, enfoco mis mundos en papeles en blanco, pero la verdad sea dicha, no he mejorado mucho. Si acaso voy a peor.
Ahora que, además de adulta, soy trabajadora y mamá, mis apuros se multiplican. Mis mundos imaginarios se ven relegados a un huequito, porque tengo que dejar sitio para recordar citas, médicos, la lista de la compra y la de tareas por hacer en casa (aunque de ésta ya sabéis que me preocupo poco). Afortunadamente mi trabajo es manual y mecánico, por lo que tengo que prestar poca atención y mis mundos aprovechan y se inflan y me visitan a su antojo. Esto me viene muy bien porque en mi ratito de escritura de después de comer aprovecho y los vuelco tecleando como loca en el ordenador.
Por eso no me extraña cuando me pasan cosas. Y cuando esas cosas que me pasan no es la primera vez que suceden.
El otro día, por razones que no vienen al caso, pude llevar a la niña al colegio. Luego tenía que acudir a una cita, pero era más avanzada la mañana, por lo que me daba tiempo de volver a casa para organizar una documentación, meterla en un pincho, y acudir a la cita. Estaba tan segura de mi misma, tan tranquila…
Como siempre que llevo a la peque al cole, se nos hizo tarde. Algún día este hecho será objeto de un estudio, porque no me lo explico. Nos levantamos con tiempo de sobra, desayunamos tranquilamente, pero me lío a hacer cosas, y entre vestirme yo, vestir a la peque y peinarnos las dos, ya se ha hecho tarde.
- Vamos, vamos, cálzate que llegamos tarde. – La increpo, toda nervios
- Jooo, mamiiiii –se queja ella- Siempre dices lo mismo.
- Lo sé, reina, lo sé…
Pues entre ponerle el abrigo y las zapatillas y coger el desayuno y la carpeta de los deberes, cogí el llavero de las llaves de casa, las del coche (llovía, si no la llevo andando) y salimos. No cogí nada más, ni móvil ni monedero, nada.
La llevé al cole, le di su bolsa, un besazo y volví a por mi documentación a casa. Aparqué en mi calle, bajé del coche, lo cerré y ya caminaba hacia el portal cuando cogí las llaves de casa. Me paré en seco.
Tengo la costumbre de tener las llaves preparadas mucho antes de llegar al portal y eso fue lo que me salvó de hacer el ridículo en mi propia casa. Al coger el llavero me percaté de su poco peso. No, no podía ser.
Otra vez no…
Pues sí.
Miré el llavero desde todos los ángulos pero la realidad es la realidad y no se puede cambiar por mucho que lo desees. El llavero tenía su arito de metal, su búho de tela (cosido por mí), y una sola llave: la del buzón. Las llaves de casa y del portal estaban, tan tranquilas y relajadas, en su estante del mueble de la entrada.
Y yo sin móvil. A las ocho de la mañana. ¿Y ahora qué?
Que no panda el cúnico. Digo, que no cunda el pánico. Respira, Mamá en Apuros, respira. Y ahora que ya respiras, piensa…
Mi madre tiene copia. Me toca ir a por ellas. Se va a llevar una sorpresa, pero como apenas duerme, por lo menos no la despertaré.
De camino a casa de mi madre (a unos 15 km de la mía), me voy dando de cabezazos contra el volante. Me ha pasado lo mismo de nuevo, y por las mismas causas. Resulta que la tarde anterior fui a correr, y para que no abulten mucho las llaves, saco del llavero las dos importantes: portal y casa. Cuando llegué, con la lengua fuera y las piernas temblando (ese día fui muy rápido), las dejé alegremente encima del mueble de la entrada. Y ahí se quedaron.
Y luego está el tema de las rutinas. A veces me preocupa desarrollar un Síndrome Obsesivo Compulsivo, pero visto lo visto, es lo que me viene mejor. Tengo una especie de rutina para casi todo, para evitar precisamente este tipo de despistes. Son pequeños bailes que he ido desarrollando como un método de defensa contra mi mala cabeza. Por ejemplo, aunque el coche es de mando, cierro y luego compruebo que he cerrado accionando la manilla de la puerta. De esa manera, cuando me asalta la duda de si he cerrado el coche, recuerdo haber intentado abrirlo y no haber podido. Soy retorcida, lo sé.
Cuando salgo de casa siempre suelo echar la llave. Esto significa que salgo con el llavero en la mano, que miro la llave de la puerta de casa antes de cerrar ésta, y así me aseguro de no haberla dejado dentro. Pero aquella mañana me salté todos los pasos. Hasta me dejé el móvil, que nunca salgo de casa sin él. Es que estaba predestinada…
Cuando llegué a casa de mi madre me recibió con cara de sorpresa y un tapón en la nariz. La sorpresa dio paso a la risa cuando le dije el motivo por el que me encontraba allí, yo reí con ella aunque no me haga ni pizca de gracia. Mamá, que los genes son tuyos, así que un poco culpa tuya también es… Pero lo dejé pasar y enfoqué la conversación en su nariz.
La acompañé un rato por si se mareaba, ya que por una medicación que toma no se le cortan las hemorragias, y ya de paso le saqué un desayuno. No todo va a ser sufrir…
Cuando por fin llegué a casa y pude sacar mi documentación, llamé a un compañero, que esperaba noticias mías. Le dije:
- He ido a dejar a la niña al cole y no te vas a creer lo que me ha pasado.
Tras un pequeño silencio en el que intuí una risita, contestó:
- Te has dejado las llaves en casa.
¿Cómo lo habrá sabido, si apenas me conoce?

miércoles, 4 de noviembre de 2015

Miércoles Musicales: Nocturnal, lo nuevo de Amaral


Lo primero que escuché de Amaral fue su primer single: Rosita. Pero no fue hasta su segundo álbum, Una pequeña parte del mundo, que no me hice fiel seguidora de ellos. Además el primer single de dicho álbum, Cómo hablar, se coló en mi incipiente historia de amor con Papá en Apuros, quedando para siempre en los anales de NUESTRA HISTORIA (sí, con mayúsculas).
Desde entonces sigo la trayectoria del grupo. La voz de Eva es singular, llega muy lejos y muy adentro. Pero no es solo la voz de la cantante, es la música, el toque de guitarra de Juan Aguirre y son las letras de las canciones.
Me siento muy identificada con muchas de ellas. Cómo hablar me sirvió para explicar lo que empezaba a sentir por mi pareja. Pero no es la única que me ha ayudado a expresar lo que me pasaba en el momento. Tiene un punto de depresión, de ver la vida en negro que siempre he compartido.
Acaban de sacar su nuevo álbum, NOCTURNAL, y ya casi me lo sé de memoria, gracias a spotify. Va muy en el estilo del álbum anterior, HACIA LO SALVAJE, con letras oscuras, depresivas pero con cierta esperanza. El primer single, Llévame muy lejos, ya lo dice todo con su título, pero la letra no se queda atrás.
Comparto el vídeo del single, espero que os guste por lo menos la mitad de lo que me gusta a mi. Ahora solo espero impaciente fecha para su próximo concierto en Madrid.
¡Que lo disfrutéis!

martes, 3 de noviembre de 2015

SANDMAN, de Neil Gaiman

 

Sandman es una serie de cómics, que proceden de la siempre brillante mente de Neil Gaiman y en la que han colaborado distintos dibujantes de cómics. Hay episodios sueltos y tramas que se extienden varios números. El primero se publicó en 1989 y el último en el 96. (Para más info, os remito a la wiki).

El nexo de unión de todos los tomos es Sueño, la personificación antropomórfica de los sueños mismos (también lo he sacado de la wiki). Sueño es uno de los hermanos de los siete eternos, cuyos nombres, en inglés, empiezan por D. Todos ellos representan antropomórficamente ideales, sensaciones que de otra manera sería imposible representar. Destino, Delirio, Deseo, Desesperación, Muerte (Death) y otro que ya conoceremos.

Me lo dejó mi hermana, con la recomendación de leerlo, sí o sí, porque a ella le había cambiado la vida. Lo malo de las expectativas altas es que a veces no se llegan a ellas, y éste, aún a riesgo de ser maltratada por mi hermana pequeña, no ha llegado. Me ha gustado, pero no me ha cambiado la vida. 

Pero gustarme claro que me ha gustado. Tiene un punto de terror, y luego deriva a lo fantástico, habla de Sueño, de Muerte y de Delirio como seres reales, que dirigen de cierta manera tu vida. Las historias son geniales, cada personaje cuenta, su historia (y todos la tienen), siempre cuenta. Todos tienen bagaje, personalidad, profundidad. Tiene detalles que me han encantado. Como que, según a quién se aparezca, Sueño tiene una apariencia. 


El protagonista, Sueño, es genial. Tan serio, tan responsable. Tan recto siempre, y con ese sentido del humor que es casi inexistente. Tanto, que cuando hace una broma tanto el lector como su interlocutor nos quedamos asombrados.

Pero hay una cosa en la que tengo que estar de acuerdo con mi hermana, y es en el personaje de Delirio. Delirio es la hermana pequeña, no siempre fue delirio, evolucionó hacia la perdición desde otro nombre, y, como su nombre indica, su reino es el de los que están perdidos de la cabeza.


Tiene cierto protagonismo en una de las líneas argumentales, y la verdad es que no me hubiera importado que hubiera protagonizado más. Es, sencillamente, genial. Y aunque Muerte también tiene su punto, me quedo con Delirio y sus mariposas.

Los dibujantes son todos geniales. Cada uno con su estilo, ha habido Sueños que me han gustado más y otros que menos, pero lo que tienen todos en común es su grandísimo trabajo.


Recomiendo la lectura, los que suelen leer cómics deben de haberlo leído ya, y los que no (como es mi caso), no les va a suponer esfuerzo alguno leerlo. Y el universo de Gaiman merece mucho la pena.

Y ese final. Ese final.

Grande, Gaiman. Grande.

domingo, 1 de noviembre de 2015

Día de todos los santos...


Me acuerdo que yo de pequeña no me disfrazaba en Halloween. De hecho, apenas nombrábamos Halloween a no ser como curiosidad que hacían los yankis, y que nos llegaba en las películas y las series, pero a mucha menor escala que ahora. 
Se celebraba el día de todos los santos, y lo que se hacía era casi lo contrario a una fiesta. No se podía poner música, no se celebraba nada. Se compraban flores y se iba de visita al cementerio a recordar a nuestros muertos, gente que para mi poco significaba. Luego sí, nos daban huesitos de santo y buñuelos para merendar, pero te tenías que tragar primero el rollazo de visitar un cacho de mármol que hacía llorar a tu abuela, y tú no entendías por qué.
Luego, cuando fuimos un poco más mayores, nos libramos de ir a cementerios y aprovechábamos para ir "de calbotes": a asar castañas al campo. Eso sí que era divertido y poníamos música, y reíamos, olvidados los cementerios y lo que significaban.
Ahora, de más mayor todavía, desgraciadamente tengo un cacho de mármol que visitar que me hace llorar (aún cuatro años después), y que no quiero dejar en el olvido por mucho que sepa que allí ya no está mi ser querido. No sé dónde estará, pero está claro que ahí no.

Lo que no he cambiado en todos estos años es una tradición muy propia, quizás me viene de familia, tenemos una rama macabra (creo que por parte de madre), y que me encanta: contar o leer historias de fantasmas.
Lo suelo hacer todo el año, pero el día de difuntos es el más propicio para ello. Da igual qué se celebre, si el superficial Halloween, si el colorido día de los muertos mejicano, o nuestro sobrio día de difuntos, que la premisa es la misma: la delgada línea que separa el mundo terrenal con el espiritual desaparece y se entremezclan ambos mundos, pudiendo ser que te encuentres con fantasmas aún sin saberlo. Es mágico y terrorífico, y por eso me encanta.
Un infalible es siempre Bécquer. El otro día, en el cuenta cuentos de sus leyendas, me di cuenta de que hacía mucho que no lo leía, así que he tenido que ponerle remedio. Os dejo el primer fragmento de El monte de las Ánimas, a ver si os animáis y lo leéis vosotros también...

"La noche de difuntos me despertó a no sé qué hora el doblar de las campanas. Su tañido monótono y eterno me trajo a las mientes esa tradición que oí hace poco en Soria.
Intenté dormir de nuevo. ¡Imposible! Una vez aguijoneada la imaginación, es un caballo que se desboca, y al que no sirve tirarle de la rienda. Por pasar el rato me decidí a escribirla, como en efecto lo hice.
Yo la oí en el mismo lugar en que acaeció, y la he escrito volviendo algunas veces la cabeza con miedo cuando sentía crujir los cristales de mi balcón, estremecidos por el aire frío de la noche. 
Sea de ello lo que quiera, "ahí va", como el caballo de copas.
[...]"

viernes, 30 de octubre de 2015

Mamá en Apuros en el Cuenta Cuentos (para adultos)



Vivo en un pueblo relativamente pequeño, ya lo he dicho alguna vez. Hay bastantes habitantes, pero dada su cercanía con la capital la mayoría de ellos son nocturnos. Es decir, vienen a casa a dormir, después de pasarse el día trabajando. Lo que antes se llamaba ciudad-dormitorio y que tanto abunda en la periferia de las grandes ciudades.

El caso es que el pueblo no es muy allá. Con la excusa de la crisis ha entrado en decadencia y está sucio. El ayuntamiento hasta ahora no se ha preocupado ni de limpiar ni de arreglar nada. Yo, como otras mamás en apuros, veo con tristeza como van desapareciendo columpios de los parques. Los retiran cuando se estropean, pero no los reponen.

Lo único que hay en más cantidad que bares son peluquerías. Vamos, que los que no van encervezados van muy bien peinados. O encervezadas y peinadas. O ninguna de las dos. Si ha habido algún intento de abrir algún comercio de corte moderno, enseguida se ha venido a pique. Los dos parques de bolas que hay son bares con acceso a la piscina, como el que conté la semana pasada.

Vamos, que de ofertas culturales mejor ni hablamos. Lo más cultural que hay por aquí son los encierros en las fiestas, y yo que estoy en contra del matrato animal, pues no los disfruto. Ah, las fiestas, esos días al año donde la gente se saca la barbacoa al parque, frente al portal de casa, y se lían a asar chorizos, pancetas y morcillas, atufando al vecindario. Claro, que la mayoría del vecindario está rondando cerca de la barbacoa, con una cerveza en la mano y un botellín en la otra.

Y sin embargo tenemos una biblioteca que ocupa un edificio entero. Y de tres plantas.

Cuando me mudé aquí una de las primeras cosas que busqué fue la biblioteca. Y ahí me planté, frente a un edificio enorme, con la boca abierta y el corazón desbocado. No me lo podía creer. Que un pueblo así tuviera (tenga, aún sigo sin creerlo) una biblioteca tan descomunal (para el contexto, sé que las hay más grandes y más bonitas, pero para lo que tiene alrededor es descomunal). Y encima, totalmente gratis. Me saqué el carné casi antes de empadronarme, y la visitaba de vez en cuando. A veces más a menudo, otras más espaciado, pero siempre la tenía presente.

Y luego llegó MiniP. Y fue bebé y no me atrevía ir ni a coger un libro por si lloraba y molestaba. Pero luego creció. Tampoco mucho, no tendría ni dos años cuando la llevé para hacerse su propio carné. Y empezamos a ir más o menos una vez por semana.

Ahí es cuando he empezado a conocer la biblioteca de aquí y todo lo que ofrece. Porque no todo son libros.

La sala infantil es genial. Tiene mesas de estudio, cuatro puestos de ordenador, y una gran moqueta para que los peques se sienten con sus cuentos. A MiniP le encanta ir, se coge un cojín, y empieza a curiosear por los estantes. Coge un cuento, se sienta, lo hojea, y lo deja en el cesto. Importante, en el cesto, no en la estantería. Vuelve a levantarse. Coge otro, lo hojea, me lo cuenta, inventándoselo, por supuesto, y lo vuelve a dejar. Los que quiere llevarse (hasta cinco) los va dejando aparte. Me he llegado a encontrar con montones de hasta ocho cuentos, la peque mirándome con ojitos de cordero degollado, pidiéndome que cogiera con mi carné los que no podía llevarse ella con el suyo.
Una vez al mes, la biblioteca trae un cuenta cuentos. El año pasado fuimos a casi todos, son gratuitos y muy entretenidos. O por lo menos la mayoría lo son. Pero lo mejor es que, de vez en cuando, también traen cuenta cuentos para adultos.
 
http://www.espantanieblas.com/

A finales del curso escolar pasado fuimos Papá en Apuros y yo a uno, cuya autora ya vi con MiniP y me había gustado mucho. Era la primera vez que iba a un cuenta cuentos para adultos, y me podía la curiosidad. Se trató, simplemente, de lo que era: un cuenta cuentos, solo que en lugar de ratoncitos y animalitos, el temario era más adulto, pero igualmente divertido.

Este año, con objeto de celebrar el día de las bibliotecas, que se celebra el 24 de octubre, trajeron también una actividad para adultos. David, de  Espantanieblas Teatro, venía a contarnos las leyendas de Bécquer.

Y allá que fui, con una de mis MAA, ya que Papá en Apuros se tuvo que quedar con MiniP (problemas de logística, qué le vamos a hacer). Y qué decir del cuenta cuentos… Solo que fue genial.
El actor salió a escena cantando una coplilla, vestido de época, con su capa, sus medias y su sombrero con pluma. Cuando terminó de cantar se presentó, nos habló del amor romántico y nos contó la historia de Manrique. Entre medias fue intercalando distintas leyendas del gran poeta, como Ojos Negros o la grandísima El monte de las ánimas, haciendo partícipe, a la vez, al público. Tanto la MAA como yo nos reímos muchísimo, ella lo pasó peor que yo, ya que cada vez que el autor se dirigía a ella se encogía en la silla y le entraba la risa nerviosa.

Pero además de reír, vivimos las historias. El narrador era un grandísimo autor, tanto que casi pude ver niebla surgiendo entre las patas de las sillas, la cama con dosel, e incluso casi pude ver en él a una mujer cuando nos estaba contando el diálogo de una.

Lo único malo de la jornada fue la poca afluencia de gente. No estuvo vacío la sala, pero tan solo se llenaron dos filas de las sillas que estaban dispuestas. Luego oigo quejarse a los vecinos que en este pueblo no se hace nada, pero cuando se hace, nadie acude. A no ser que haya toros o comida de por medio…

Agradezco infinitamente a la biblioteca por el aporte en cultura que realizan.