viernes, 13 de mayo de 2016

Mamá en apuros: Adiós, Hyundai



Era noviembre de 2004. Papá en Apuros y yo vivíamos en pareja, y por fin nos iban bien las cosas. Tras un inicio de la convivencia complicado en temas económicos, ahora levantábamos cabeza, gracias al trabajo fijo de ambos donde ganábamos lo suficiente. Nos decidimos a comprar un coche.

Tampoco un coche excesivamente caro, pero lo queríamos nuevo. Sacamos de fábrica un flamante Hyundai Accent blanco, en berlina cinco puertas que en ese momento nos pareció maravilloso.

Nos siguió pareciendo maravilloso cuando, apenas cinco meses después, le hicimos pasar la prueba de su vida. Papá en Apuros y yo nos casamos, y de viaje de novios nos fuimos una semana a un hotel de los alpes austríacos. Para darle más emoción al viaje, y así poder visitar más sitios, decidimos ir en coche. Sí, sí, en coche. Y fue espectacular.

En el viaje de ida hicimos varias paradas, para poder conocer más lugares y dar descanso al cuerpo. Primero hicimos escala en Barcelona, que por aquel entonces no conocía y era una ciudad que me apetecía ver. No me decepcionó.

De Barcelona partimos hacia San Remo, haciendo una pequeña parada en Mónaco, que es la cuna del lujo, sin duda. Tras degustar el helado más rico que he probado en mi vida, y pasar la noche en un hotelito bucólico de San Remo, nos dirigimos a Venecia.

Y me enamoré de Venecia. Pero nos debíamos ir, y desde allí ya nos dirigimos al hotel donde pasaríamos una semana. Pero el pobre Hyundai no descansó allí, no. Ya que estábamos, y teníamos nuestro coche, nos dedicamos a visitar todo lo que pudimos en el lapso de tiempo que duró nuestra estancia: los pueblos magníficos de alrededor, la cueva de hielo más grande de Europa (y ahora no recuerdo si del mundo), y, como estábamos a escasos 200 km, Munich. Cuando se trata de viajar y conocer lugares me posee un ansia tremenda.

Y todo eso con nuestro cochecito coreano que no rechistó en ningún momento.

Me acuerdo cuando llegamos al hotel, que nos recibió el recepcionista, un austriaco enorme, y muy amable, que nos preguntó por nuestro viaje. Cuando le contamos desde dónde veníamos en coche, en una mezcla de inglés chapucero y mímica, el hombre se echó las manos a la cabeza y, acto seguido, preguntó: “¿Mercedes? ¿Audi? ¿BMW?” Nosotros, con una sonrisa, y por qué no, un punto de orgullo, negamos con la cabeza y contestamos: “Hyundai”.

Pero la peor parte se la llevó el pobre coche a la vuelta. El plan era parar en Milan, a pasar la noche, y ya si eso, hacer otra escala en Barcelona. Pero se nos fue de las manos. Íbamos cansados, y para acceder a Milán había que desviarse. Decidimos seguir adelante. Cada tres horas parábamos a tomar un café y a cambiar de conductor. Hicimos cálculos, y, total, estábamos a ocho horas escasas de Barcelona. Allí ya descansaríamos.

Pero llegamos a Barcelona, y eran las once de la noche. Y había un acontecimiento deportivo en la ciudad, creo recordar que las motos, de modo que pensamos que se haría difícil encontrar hotel. No queríamos dar vueltas hasta encontrar uno. Así que continuamos. Tres horas más y estaríamos en Zaragoza.

Efectivamente. En tres horas estuvimos en Zaragoza, y a partir de ahí ya tan solo nos separaban de casa otras tres… ¿Y qué eran tres horas más? Nada. Continuamos. Sin darnos cuenta llegamos a casa, 22 horas después de haber comenzado el viaje, sin haber dormido y casi sin haber descansado. Juro que me pareció escuchar un suspiro del motor cuando le apagamos hasta el día siguiente, yo creo que reconoció su casa. No tuvimos un solo problema en todo el viaje.

Los años pasaron, y el coche siguió comportándose como el héroe que fue, sin darnos un solo problema. Llegó MiniP, y pudo acoger en el maletero todo lo que necesitábamos tanto en los trayectos cortos (la silla) como en las vacaciones (la silla, las maletas, la cuna de viaje, la bañera, y un larguísimo etcétera).

Tan solo falló una vez. Fue tras cambiarle la correa de la distribución, y el azar quiso que ocurriera en las primeras vacaciones que pasábamos la familia Apuros junta. MiniP era un bebé de apenas dos meses, y nos dejó tirados a la vuelta, a la altura de Valencia capital. Fue un follón divertido porque teníamos el maletero a rebosar, y un bebé a cuestas. El seguro nos quería pagar los billetes del tren, pero tras insistir (y gritar, que aún me acuerdo) un poco, nos pusieron un coche de alquiler. Mi pobre Hyundai se tuvo que quedar, solito y asustado, en Valencia.

Tengo mil historias con el coche. Estaba enamorado de mí, y yo le quería mucho, pese a que le cambié (por motivos logísticos) por Leoncio. Le queríamos, y el otro día le dijimos adiós.

La verdad, 12 años para un coche ya son años. Era un abuelillo que empezaba con achaques. Y tenía que hacer un servicio diario de 50 km. No superó, tampoco, los tres meses de abandono de cuando me rompí la muñeca. El caso es que ya tosía todos los días, y Papá en Apuros, que es el que lo llevaba a diario, con menos sentimentalismo, decidió que era hora de cambiarlo. Y yo estuve de acuerdo, tras unos días de titubeo, en los que mi corazón no se ponía de acuerdo con la lógica del cerebro. 


Pero al final nos decidimos, y, con lágrimas en los ojos, nos despedimos del Hyundai. Le dijimos adiós, y le dejamos allí solito y abandonado. Solo espero que quien lo reciba le quiera tanto como le quisimos nosotros…

Ahora tenemos un coche nuevo en la familia, de un flamante rojo que le ha granjeado el nombre de Flecha Roja, aunque ninguno jamás ocupará el puesto del Hyundai. Por lo que significó, por todos los viajes que hicimos con él, por todo lo vivido junto a su corazón de chapa y gasoil.
 
Adiós, querido Hyundai, hasta siempre.

viernes, 6 de mayo de 2016

Mamá en apuros: Baile de Carnaval (Tres actos y conclusión final)



Pues sí, lo reconozco, me gusta el jaleo. Me apunto a un bombardeo. Y después de dos años preparando el baile de carnaval para los peques, este año lo esperaba con ansia.

Y no fui la única, varias mamás de la clase de MiniP ya andaban preguntando que cuándo sería, que qué haríamos. Queríamos cerrar a lo grande, ya que creíamos que iba a ser el último año. Porque esto lo hacían solo para el ciclo de infantil, y MiniP, con todas sus compañeras y compañeros, pasa ya a primaria.

Esta es la historia, en tres actos y conclusión final, del carnaval de este año.

Primer acto: ensayos, reuniones y comparsas.

La semana fue de locura. Recién aterrizada en el AMPA, habíamos programado dos reuniones para la misma semana que teníamos que ensayar el baile de carnaval. Por casualidad (o no), casi todas las del AMPA también bailábamos, y como ya se sabe que mal de muchos, consuelo de tontos, al menos no fui tonta yo sola.

Quedamos las mamás (que no sé por qué los papás no se apuntan a estas cosas), y nos costó decidirnos, pero lo conseguimos. Sacamos canción, un mix que me costó remezclar lo que no está escrito, y acordamos ensayar todas las tardes de la semana, de lunes a jueves, ya que el viernes era la actuación.

Este año había dos novedades: la primera, que además de bailar para los peques, podríamos participar en la comparsa. El cole había decidido sacar al ciclo infantil y al primer ciclo de primaria a la calle (tenemos una calle peatonal junto al cole), para hacer ruido y reclamar el sitio de nuestro cole en el pueblo. Y la segunda, que también se bailaría para el primer ciclo de primaria, que hasta ahora se lo habían vetado por ser (supuestamente) ya mayores para estas cosas.

Con lo que tuvimos que compartir zona de ensayo con las mamás de 3 y 4 años, y además, con las de primaria.

Con las de 4 no había problema, eran pocas y bien avenidas (con nosotras), pero con las de 3... Se juntaron varias mamás de 3 años que a su vez eran mamás de 6 años, con las que coincidimos en años anteriores, y pudimos comprobar que la estupidez suele aumentar con los años. Siempre han ido de glamurosas, de finas (¡¡que vivimos en un pueblo, por favor!!), y lo de este año ya fue tremendo. No consintieron en compartir espacio de ensayo, por lo que se quedaron después de que nosotras nos fuéramos, y no empezaron hasta que no salimos todas por la puerta. De hecho, una mamá que se olvidó algo tuvo que volver, y las muy petardas pararon la música, dejaron de bailar, y, molestas, no comenzaron hasta que se vieron de nuevo solas.

Hay que ser ridículas.


Segundo acto: el día de la comparsa
Cuando tienes todos los días ocupados, el tiempo pasa volando, y así fue la semana de carnaval. Antes de que nos diéramos cuenta, ya estábamos a viernes. Yo, como siempre, dejé mi disfraz y el de MiniP para el último momento, aunque en esta ocasión tuve suerte y no sufrí ningún percance. A MiniP la vestí de gimnasta, con mayas, calentadores, cinta en la cabeza, y el brazalete de mi móvil, y yo metí mi disfraz del baile en una bolsa, y me vestí con mi ropa más llamativa de correr. Y, creedme, que llama la atención: mayas negras (que hacía frío), y unas cortas encima, naranja fosforito. Y para arriba, un cortavientos también naranja, que además me queda pelín ajustado. Lo que tiene comprarse la ropa cuando más delgada se está, que luego engordas y ya no entras. Para rematar me prestaron una peluca rosa de rizos. Iba monísima. Y, a excepción de la peluca, así me fui para el colegio.

Pasamos el día entero allí, ya que saldríamos en comparsa sobre las diez. Sin apenas notar el frío esperamos pacientemente a que salieran los pequeños. Los colocaron por clases en filas, cada uno de ellos disfrazado de un tema, y nos miraban alucinados. Claro, vieron un grupo de locas madres vestidas a lo loco, que si de médicos, gimnastas, cocineras, y con pelucas y pitos para hacer ruido… Alguno debió pensar que se cambiaba de madre… Hicimos desfile en la calle peatonal, hasta el final y vuelta. Yo me metí la vergüenza en los rizos de la peluca y me puse a cantar, a tocar el silbato y a correr para arriba y para abajo animando y, de paso, sacando fotos. La verdad es que me lo pasé genial.

Tercer acto: Por fin, el baile

En principio, tras el desfile y la quema de la sardina, tendríamos libre hasta después del recreo, que era cuando bailábamos para los nuestros. Pero no pudimos resistirnos a ayudar a las mamás de primaria, que de las dos clases de 7 años se habían presentado tres madres. Una tercera, monitora de zumba, iba a acudir, pero en el último momento le cambiaron el turno en el trabajo, y dejó a las otras sin nada preparado. Nos ofrecimos a hacer nuestro baile, ya que no coincidía el público, y de ese modo acabamos bailando dos veces. Pensábamos que no iba a gustar, ya que eran niños más mayores, pero les encantó.

Eso sí, ahí estaban las petardas también, madres de los de 6 y los de 3, e hicieron ese baile ultra secreto que guardaban con tanto celo. Era entretenido y movido, pero no dejaba de ser una coreografía de zumba. Para nosotras, sin mérito, ya que seguro que se la habían aprendido de alguna clase del gimnasio.

Lo nuestro sí que tenía mérito: utilizamos tres canciones que unimos, nos inventamos el baile desde cero, y no lo escondimos como si fuese el código de la bomba nuclear.

Tras el ensayo que nos supuso bailar para los mayores, tuvimos, al fin, un momento de respiro. Hasta después del recreo no volvíamos a actuar (esta vez el de verdad), y decidimos irnos a tomar un café. ¿Cómo? Pues como íbamos vestidas. Tal cual. Tutú, camisa blanca, tirantes, dos coletas y coloretes exageradamente rojos. Colegialas de casi cuarenta. Casi no llamamos la atención. De hecho, el dueño de la cafetería nos pidió una foto grupal para su facebook. Por supuesto que dijimos que... sí. Nos faltó tiempo, vaya.

Y, por fin, llegó el gran momento. Bailábamos para nuestros pequeños. Como cerrábamos actuación, habíamos previsto llevar serpentinas para tirarles a los niños, y más música para bailar después. Después de tantos nervios, tanto ensayo, tanto tiempo para prepararlo, el momento llegó, y en cuestión de dos minutos, ya había pasado. Ya habíamos bailado y nos estaban aplaudiendo. El confeti volaba, y los niños como locos querían atraparlo. Fui a abrazar a MiniP, que estaba loca de contenta, cuando sentí que me llamaban…

Las petardas tenían que ser. Habían decidido, entre todas, que repetirían su baile, pero todas juntas. Nos miramos las mamás de 5 años, y algunas de las de 4, con ganas de abalanzarnos sobre ellas y tirarlas de los pelos, pero un gesto nos hizo acordarnos de que había menores delante y que no sería un buen ejemplo para ellos... Pero no nos gustó. Si querían que repitiéramos su baile (¿y por qué el suyo, y no el nuestro?), no tendrían que haberlo tratado como asunto de estado.

Para no liarla accedimos, no sin echarles algunas miradas asesinas, y comenzó la canción. Ellas bailaron tan bien y glamurosas como siempre, como si lo hubieran ensayado mil veces, claro. Y las demás... Las demás hicimos lo que pudimos con lo que teníamos. Para compensar, a mitad de la canción sacamos a los niños y ahí ya se disimuló todo.

Conclusión final: la diversión.

Pese a la locura que supuso esa semana en mi vida, pese a los nervios, al acostarse tarde por acomodar las canciones, y pese a las madres petardas (y a algunas cosas que me he dejado en el tintero por no extenderme aún más), fue algo maravilloso. Tan solo la sonrisa de MiniP al verme disfrazada, y luego su felicidad al venir a bailar conmigo lo compensan todo. Y además de eso, no lo olvidemos, hubo mucha, pero mucha diversión. 

viernes, 29 de abril de 2016

Relato: La Lotería

Con este relato quise participar en el concurso literario anual que celebran en el pueblo donde vivo, y digo quise porque, por lo visto, me lo echaron para atrás. No cumplía las normas. Había que dejarlo como máximo en 50 líneas y me pasé en tres... Y no es por ser quisquillosa, pero tres líneas de una sola palabra cada una... En fin, otra vez será. Aquí lo comparto, al menos así alguien lo lee.

Nadie me cree -la mujer, nerviosa, no paraba de retorcer las asas de su bolso, que dejaba en su regazo como un escudo. No estoy loca, pero nadie me cree. 
Tranquila… revolví en mis papeles Angustiascon un nombre así cómo iba a librarse de ir al psicólogo, pensé, e hice un verdadero esfuerzo para no reírme. Usted relájese y cuéntemelo todo. No estoy aquí para juzgarla. 
¿Que no me va a juzgar? echó la cabeza hacia atrás y soltó una sonora carcajada  ¿Y qué va a hacer, si no? 
De viejecita indefensa no tenía un pelo. Aparentaba más de los 62 años que decía el informe, y por lo que podía constatar también aparentaba más inocencia de la que en realidad tenía. Se suponía que no debía prejuzgar a los pacientes, pero no podía evitarlo. Y esta señora me estaba empezando a caer mal. 
Cuénteme cómo es que llegó a los hechos... 
No me va a creer tomó aire y me miró, lo veo en sus ojos. De hecho, le caigo mal.  
Angustias, no sea infantil —logré decirlo sin dejar entrever mi sorpresa. Usted a mí ni me cae bien ni mal, es una paciente y yo todo un profesional. Si no me cuenta lo que pasó difícilmente podré hacer un informe favorable. 
Se incorporó un poco, y sus piernas chirriaron contra el cuero del sillón. Era evidente que no estaba cómoda, pero no le ofrecí cambiar de asiento.  
Todo empezó con la lotería suspiró. Yo no suelo jugar, pero ese día estaba de suerte, vi un puesto de los ciegos y me quedaba en el bolsillo el dinero justo para el décimo. Lo jugué, y me tocó. Fue una alegría. 
¿Y le quisieron robar el dinero, y por eso hizo, ejém…? revolví en mis papelesA ver… 
¡No interrumpa, por favor! volvió a acomodarse, con chirrido incluido.No, no fue eso. Me tocó uno de esos sueldos para toda la vida, casi mejor que si te tocan todos los millones juntos. La Paqui tiene un primo al que su vecino le tocó el gordo de Navidad hace unos años, y ahora está peor que antes. Se le subió a la cabeza, ya ve. El dinero nos vuelve locos. 
Enarqué las cejas, aunque supe contener la broma 
No, señor. Lo mejor un sueldo para toda la vida. Un sueldazo. Pero enseguida empecé a notar cosas raras. 
¿Cosas raras? Defina el término, por favor, Angustias. 
Cosas raras. Me seguían por la calle. Me sentía vigilada. A mi casa venían muchos técnicos. Del agua, del teléfono, del gas. Y yo no tengo gas… Empecé a sospechar y me informé en el internet. Di con un foro de esos de gente a la que le había tocado la lotería, como a mí, y decían unas barbaridades… Que si los de la lotería nos atacaban, para que tuviéramos accidentes y así dejaran de pagarnos los sueldazos. Así es como hacen negocio: te ofrecen un premio, en vez de todo junto, en forma de un sueldo al mes para toda la vida y luego… ¡zas! Hacen que parezca un accidente y ya no te tienen que pagar más. 
Por eso atacó usted a aquel hombre… 
¡Me estaba siguiendo! Angustias se incorporó, con las manos sobre la mesa, dejando caer el bolso.Me seguía, y yo paseaba tranquilamente, viendo escaparates. Me quería empujar a la carretera para que me pillara un coche. Por eso me di la vuelta y le ataqué con el paraguas. 
Señora, le rompió usted cinco costillas, a un pobre hombre que no tenía culpa ninguna. 
¡Ya, sin culpa, dice! respiró hondo y se sentó de nuevo- Estaba allí para matarme y que pareciera un accidente, se lo aseguro. Enciérreme, que estaré más segura que en la calle. 
Con eso di por terminada la sesión. Ya tenía suficiente información para emitir un informe. Paranoia. Quizás algo de psicosis. Estaba como una regadera, vaya. 
Me asomé a la ventana para verla partir. Cuando pegué la frente al cristal un objeto pasó por delante de mis ojos: una maceta que caía al vacío. Miré hacia abajo justo a tiempo de ver cómo Angustias caía al suelo, un charco de sangre la rodeó enseguida. Un accidente. Un terrible accidente. 

lunes, 25 de abril de 2016

Hombres Buenos, Arturo Pérez Reverte





Me decidí por Reverte porque, pese a que fue un autor al que me costó llegar, una vez me convenció no me ha defraudado nunca. Hace muchos años, durante mi dura y loca adolescencia, intenté leerme su Tabla de Flandes, pero no pude pasar de las primeras diez páginas. Probablemente estuviera a otra cosa, en ese momento para mí más importante, pero el caso es que algunos años después le di una nueva oportunidad, con el mismo libro y me encantó. Me terminó de enamorar con Alatriste, y a partir de ahí no es que lo haya leído todo, pero casi todo sí. Por eso lo escogí, para quitarme de encima esa penosa sensación de no acabar ningún libro que empiezas.


Y no, no me ha defraudado.


¿Qué hace la Enciclopedia de los ilustrados franceses, en su primera edición, en las estanterías de la Real Academia de la Lengua? Fue la duda que le surgió al autor, que ocupa un sillón de la institución desde hace algunos años. La enciclopedia en esa edición era un rara avis, y estaba completa, con todos los tomos. Decidió investigar un poco, descubrió una historia maravillosa, y creyó que debía ser contada.


Resulta que a finales del siglo XVIII, el de las luces, los ilustrados (todo por el pueblo, pero sin el pueblo), la RAE, que acababa de crear su diccionario y estaba a punto de sacar una segunda edición, decidió en un pleno enviar a dos hombres buenos a París a buscar los 28 tomos de la Enciclopedia. Esta obra, firmada entre otros por Voltaire, estaba prohibida en España por la Inquisición. Pero los miembros de la RAE se veían en la obligación de traer la luz a un lugar de tinieblas, para superar el oscurantismo, y obtuvieron para ello un permiso especial.


De modo que allá se van don Hermógenes Molina, el bibliotecario, y don Pedro Zárate, brigadier retirado de Marina, autor de un diccionario de términos navales, a la aventura. Y lo que creían que sería un viaje sencillo, parece que por momentos se complica.


Porque no todo el mundo quiere llevar la luz donde hasta ahora solo había tinieblas, por lo que les ponen alguna que otra trampa por el camino.


Estoy segura de que era la novela que necesitaba en este momento. Ya que me ha animado tanto en mi faceta de lectora como en el de (humilde) escritora, debido a que Arturo Pérez Reverte ha tenido el acierto (para mi gusto) de intercalar la historia de los dos hombres buenos con capítulos en los que habla en primera persona sobre cómo ha llegado a la historia y cómo ha sido la labor de documentación. Me han gustado por igual, llegándome a fascinar en algunos puntos.


Que la historia esté basada en hechos reales le hace ganar puntos, por lo menos a mi modo de ver. Me gustaba pensar que aquellos dos hombres existieron, y que les sucedieron muchas de las cosas de las que habla el libro. Otras, obviamente, son licencias literarias, pero aquí Pérez Reverte tiene muy buena mano para rellenar los huecos que la documentación no le dejó ver. Una novela, que además de entretener, te hace reflexionar. Sobre la educación, la cultura, la necesidad del ser humano del conocimiento. Gracias a algunos de estos hombres, que pusieron a dios por debajo de la ciencia en una época en la que hacer eso te podía llevar a la horca, se hicieron muchos avances en el conocimiento. Merece la pena leerlo.

viernes, 22 de abril de 2016

Mamá en apuros: Plan B




Que me gusta correr no es algo nuevo, ya he hablado de ello por aquí. Me enganché a ello como terapia, para superar el mal trago de la pérdida de mi padre, y me atrapó de tal manera que aún no me ha soltado. Aunque hemos tenido nuestros altibajos.

El año pasado no fue muy pródigo en carreras, en entrenamientos. Supuestamente salgo tres días en semana a correr, pero tenía suerte si salía dos, aunque la mayoría de las semanas salía uno o ninguno. Así no hay manera de avanzar. De modo que me puse un reto.

Yo es que soy muy de retos. No soy ambiciosa, no me pico con nadie, pero cuando se trata de superarme a mí misma me sale un monstruo de dentro… Me encanta ponerme retos, ganarme a mí misma. Yo sola y para mi sola, al estilo de Juan Palomo… Me acuerdo, de adolescente, cuando estudiaba, que tenía que pasar los apuntes a limpio y me picaba yo sola porque tenía que hacerlo en menos líneas que lo sucio. Lo sé, nunca he estado muy bien de la azotea (pero me hago de querer…)

El reto que me puse este año tenía dos razones de ser. Una, la primera, superarme en esto de las carreras, demostrarme que podía hacerlo. Y dos, no menos importante, tenerme con la cabeza entretenida para no darme cuenta que se acercaba una fecha maldita. Quería poner algo bueno en el calendario, en el mes de marzo. Algo positivo. Por eso me apunté a la Media Maratón de Aranjuez, que se celebraba el 13 de marzo.

Lo que pasa es que el tiempo es muy caprichoso, y ahora estamos en noviembre, y tenemos tiempo de sobra, como que te pega un salto de repente y te plantas a finales de enero con menos de catorce semanas para entrenar. Y a eso se le añaden que hoy me duele una ceja y no salgo a correr, que si hoy llueve y me mojo y una gran lista de etcéteras que tengo de excusas para no correr. Y algunas funcionan. Pero el remate final fue una incidencia familiar que me dejó sin relevo para cuidar a MiniP durante unos cuantos días. El caso es que no había entrenado lo suficiente, la tirada más larga que había hecho era de 12 kilómetros y ya estábamos a falta de una semana para la prueba. 

De modo que no la hice. Cambié la prueba de Media Maratón (21km con 195m) por la de 8 km, mucho más asequible a mi estado físico. Y ahí entré en barrena: se me juntó la decepción de no haberlo conseguido (de hecho, de ni haberlo intentando) con el día fatídico, la crisis lectora y demás, y casi, casi, me rindo.

Casi.

Porque otra cosa no, pero yo le saco un rayo de sol a un día nublado aunque sea guiñando mucho los ojos o apuntando con una linterna. Así que me saqué de la manga el plan B.

El Plan B era casi un mes después de la carrera de Aranjuez. Misma distancia, población más cercana: Coslada. Aunque palabras mayores, ya que abundan las cuestas. No las tenía todas conmigo, pero, como una señal del cielo, un compañero del Club de Atletismo ofreció su dorsal, ya que él no podía correr, y lo cogí. Y empecé a entrenar como una loca.

Y tan loca. En las tiradas largas me choqué contra el muro. Las terminaba, pero en un estado lamentable: vomitando todo el líquido que ingería. Al rato se me pasaba y me encontraba bien.

La última vez que sucedió fue en el último entrenamiento de tirada larga antes de la carrera. Con 16 km por delante, un día de fuerte viento y ligera lluvia, no llevé avituallamiento, y llegué a comer con los suegros en un estado en que alarmé a todos. Cansada y con mal cuerpo, aunque por otro lado feliz, puesto que había conseguido aguantar 16 km. 

Cuando dije en el grupo del Club de Atletismo que no sabía si participar (de nuevo me echaba para atrás en un reto), una compañera se interesó por mí y me hizo mil preguntas. Ella, que en Twitter tiene el apodo de @Reto21k, ya que el año pasado decidió afrontar por primera vez esa distancia, me acogió como alumna y me acompañó a la carrera. Yo, que creo que no merezco tanto interés, le estaré eternamente agradecida.

Porque no solo me acompañó, sino que me guió durante todo el camino. Desde la salida, donde me pedía que no me emocionara y siguiera mi ritmo, pasando por los ánimos en las cuestas (“venga, que esta es cortita y se acaba ya”), hasta los puntos de avituallamiento donde me asesoró más allá de donde lo hace un entrenador personal. Si hasta me llevó un gel para que me tomara a mitad de carrera. 

Gracias a ella, y estoy segura de que es así (si hubiera ido sola me había quedado en la primera vuelta), no sólo conseguí superar mi reto, el de terminar una Media Maratón, sino que lo conseguí sin que me fuera la vida en ello. Crucé la meta con una sonrisa, cansada, pero sin desfallecer, dos horas y dieciocho minutos después de haber pasado por la línea de salida. Feliz, orgullosa de mi misma, y eternamente agradecida.

A Laura, por hacerse cargo de mí tan maravillosamente, y a la gente del Club de Atletismo por ser un ejemplo de esfuerzo, superación, y, sobre todo y, ante todo, humanidad. 

Ahora solo queda apoyar a las compañeras y compañeros que se enfrentan a la próxima Maratón de Madrid (eso ya son palabras mayores para mí, al menos de momento). Estoy segura de que cruzarán la meta tan feliz como crucé yo la mía.

Porque no hay mejor sensación que la de ganarse a uno mismo.



martes, 19 de abril de 2016

LA PLAZA DEL DIAMANTE, Merce Rododera




Sinopsis (Casa del Libro): La plaza del Diamante ha sido reconocida como una de las mejores novelas catalanas de posguerra. “La novelista – dice Joan Fuester- ha sabido encontrar el tono del personaje con una exactitud prodigiosa. Hay pocas novelas de tanta espontaneidad aparente lograda con tal sutileza.” La acción no puede ser más sencilla a la par que conmovedora, aunque más exacto sería referirse destino de mujer común y la forma como se descripción elegíaca de los hechos con la descripción elegíaca del un modo de vivir, de un pedazo de ciudad entrañable.

Se me pasó la crisis lectora gracias a Arturo Pérez Reverte. Cogí su Hombres Buenos, y me reconcilió con la palabra escrita. Pero tenía pendiente la novela que tocaba para el club de lectura, que era La plaza del Diamante, novela de la que hasta ahora no había oído hablar, y lo cogí, pese a su ligereza de páginas, con más miedo que vergüenza. De hecho me vi obligada (de manera metáforica) a paralizar la lectura de Hombres Buenos (dejé a mi buen Hermógenes y al aguerrido Zárate en París), para comenzar con Rododera, porque si no no llegaba a la cita del club con los deberes hechos.

Igual que a veces encadenas libros que no te gustan y te hacen aborrecer la lectura, hay veces que todos los que coges te encantan y te los bebes. Este fue el caso con Rododera, que me terminé la novela en tres días, y al final no quería seguir leyendo para no terminarla. Eso sí, creo que no salí entera de la lectura.

La plaza del Diamante es un libro duro, durísimo, contado de una manera tan simple que hay veces que no sabes si reír o llorar. La historia la cuenta Natalia, no exactamente la narra, si no que la vives dentro de su cabeza. Ella va pensando en su propia historia, desde el momento en que conoce a Quimet, y cuando éste la bautiza como Colometa pierde toda su personalida, cediéndosela a él, hasta el final del todo, ya pasada una guerra y con los hijos mayores. Entre medias, palomas, muchas palomas, no sé si como símbolo de algo o simplemente que a la autora le perdían estas aves. A posteriori he averiguado que Colometa, en catalán viene siendo algo así como palomita, que si lo hubiera sabido antes a lo mejor la lectura habría tenido otro sentido.

Pero traducciones aparte (el original está escrito en catalán, cosa que al parecer le trajo problemas a la autora) es un libro que te hace vivir, te hace sentir la tragedia de la guerra. Ella es una mujer normal, tirando a insulsa, que se deja gobernar por el marido, al que le consiente todo. Pero que cuando se tiene que levantar y sacar adelante a su familia lo hace sin ninguna clase de heroicidad. Lo hace porque lo tiene que hacer, sin plantearse si quiera si está bien o mal. 

Es una lectura muy dura, que te da la visión de la guerra desde el punto de vista de alguien inocente, que ni la buscó ni la hizo, simplemente se vio envuelta en ella como le pudo pasar a la mayoría de la gente de aquella época. Durante la lectura yo me acordaba de mi abuela, que era una niña cuando estalló el conflicto, y me imaginaba a mi bisabuela como a esta Colometa, sacando adelante a sus vástagos, recibiendo la visita esporádica del marido cuando volvía del frente (de cualquiera de ellos), y se me ponen los pelos de punta. Imposible apartar de la mente, también, la situación actual que están viviendo en Siria, por ejemplo. O en Nigeria, o en cualquier país africano.

Porque la guerra es la guerra aquí o en China, y en cualquier tiempo pasado o actual. Y siempre hay víctimas que lo único que hacen es intentar sobrevivir en medio de la miseria. Es algo que, los que somos afortunados, no sabemos de primera mano; pero no deberíamos olvidar que nuestros abuelos lo vivieron, aunque hoy por hoy algunos prefieran dejar el recuerdo enterrado en las cunetas. Es algo, sin embargo, que deberíamos recordar para así tener más humanidad con la gente que ahora lo está pasando mal. Porque son personas, como lo fueron nuestros abuelos, que se ven obligadas a huir de sus países con una mano delante y otra detrás.

En fin, como digo, no he salido entera de esta lectura, pero que recomiendo sin dudar a todo el mundo. Merece la pena leerlo. Merece la pena recordar.

viernes, 8 de abril de 2016

Mamá en apuros: Sin rutinas



Es terrible el paso del tiempo. Terrible no, implacable. Abres los ojos un día, es primeros de marzo. Los cierras, en mi caso muy fuerte para no ver lo que los recuerdos se empeñan en mostrarme, y cuando los abres, ya estás en abril. Exactamente eso es lo que me ha pasado.

Marzo es un mes terrible para mí. Hace cuatro años, la víspera del idus de marzo, que tan pomposo suena, amanecí con la peor de las noticias. Mi padre, traicionado por su corazón, no se levantó de la cama esa mañana. Nos dejó sin dar un ruido, como el que escapa de la fiesta por la puerta de atrás, dejando a su mujer y a sus hijas ahogadas en la desolación.

Por lo inesperado, por lo temprano, por lo injusto. No tocaba a esas edades. No era su momento. No era irreversible, no podía serlo. Rebelde como soy, por naturaleza, me negaba a aceptar que aquello fuera así y que fuera para siempre. Por eso me niego marzo cada año, porque me recuerda la inevitabilidad del fallecimiento de mi padre. 

Pero este año se me ha ido de las manos, lo reconozco. Y se me ha juntado con otras crisis, quizás auspiciadas por mi mal ánimo de este mes que inicia la primavera, o quizás no, pero el caso es que ni he escrito una sola palabra, ni he sido capaz de leerme un libro entero. Ha sido como un agujero negro que me ha consumido.

Mi apreciado sofá de la biblioteca, donde suelo sentarme a escribir, ha sido invadido por el monstruo de la ropa para plancha (aka Romualdo), lo que tampoco me incitaba a sentarme a escribir. Y es que, con lo caótica que soy yo, me he dado cuenta de que necesito orden para poder seguir con mis rutinas. Además, es como un juego de dominó en el que si tiras una ficha caen todas las demás: si pierdo una rutina acabo por perderlas todas, y mi vida se convierte en un caos en el que tengo suerte si encuentro unos vaqueros limpios para ponerme por la mañana. Y lo contrario: cuando establezco una rutina y la mantengo, me resulta más sencillo mantener mi vida en orden.

Un buen ejemplo es la rutina de escribir. Suelo escribir por las tardes, después de comer. Pero antes de sentarme a escribir he de recoger la cocina, porque si no luego no me da tiempo, ya que voy con MiniP a las extraescolares y después al parque. Pero para que no me coma el monstruo del tic tac, tengo que dejar medio preparada la comida, porque si no, entre hacerla, comer, y recoger la cocina, no me da ni media hora para sentarme frente al portátil. Y aquí encadenamos rutinas también: para sentarme en mi sofá, frente a mi mesa, con mi portátil, he de tener el espacio para que me entre el culo. Y si no tengo ropa acosándome mientras escribo, mejor. Por eso me preocupo de mantener a Romualdo a raya, que no engorde mucho, y así mato dos pájaros de un tiro: me puedo sentar a escribir, y conseguiré vaqueros limpios por la mañana en mi cajón, y no rebuscando entre Romualdo (que siempre me los esconde).

De modo que este mes, en el que he dejado de escribir, también he perdido todas las demás rutinas. Y ahora que despierto como un oso en su cueva, de un letargo que me ha durado un mes, pero que parece que me ha durado todo el invierno, me encuentro mi casa no como la dejé, no, sino como una leonera. O como la cueva de un oso, con Romualdo más gordo que nunca, ocupando mi sofá de dos plazas, riéndose de mí como un descarado.



Pero no todo está perdido. Dicen que la esperanza es lo último que se pierde, y yo, como Scarlett O´hara, levanto mi mano al cielo y juro por lo más sagrado que jamás volveré a perder mis rutinas. O al menos lo intentaré, que es lo más que me veo capaz de jurar.